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La Tertulia De Un Enfermo (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


La Tertulia De Un Enfermo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En el Teatro-Circo del Gran Capitán actuaba una compañía de zarzuela, en la que figuraba una tiple muy joven que se habla captado las simpatías del público de Córdoba.

Era una muchacha que a sus excelentes dotes artísticas unía una bondad y una modestia dignas de los mayores elogios.

Huérfana de madre, acompañábala un hermano suyo, menor que ella, casi un niño, y así recorría los teatros de España sosteniendo prematuramente la lucha por la existencia, mientras su padre percibía un modesto sueldo como profesor de la orquesta de un popular coliseo de Madrid.

La compañía de que formaba parte la tiple aludida estaba ensayando una obra en la que tenía cifradas todas sns [sic] esperanzas el empresario. A su juicio había de obtener el mayor éxito de la temporada.

La joven artista tenía a su cargo uno de los papeles principales y en él distinguíase, de modo extraordinario, lo mismo como cantante que como actriz.

Llegó el día del estreno; por la tarde verificóse el ensayo general que hubiera dejado satisfecho al director más exigente.

Cuando los artistas abandonaban el teatro deseosos de que llegara la noche, pues seguramente conseguirían un triunfo, el avisador acercóse a la tiple y le entregó un telegrama.

La muchacha leyólo rápidamente, lanzando un grito desgarrador y se desplomó, perdido el conocimiento, en brazos de sus compañeras que le rodeaban.

En aquel despacho se comunicaba a la artista la terrible noticia de la muerte de su padre.

El empresario, hombre sin entrañas, quiso obligar a la tiple a que trabajara aquella noche, no consiguiéndolo merced a la intervención de la autoridad

El estreno de la obra anunciada fué aplazado, verificándose tres noches después, con el buen éxito que se esperaba.

La tiple huérfana, al presentarse en la escena, enlutada y sin poder contener el llanto, oyó una de las mayores ovaciones que, seguramente, habrá escuchado en su ya larga carrera.

Pocos días después, el hermano de la muchacha caía enfermo con una grave afección en la garganta. Solos en una casa de huéspedes los dos hermanos, teniendo ella que permanecer gran parte del día y de la noche en el teatro; ¿quién se encargaría de cuidar al pobre enfermo?

Pronto contestó a esta pregunta la Caridad cristiana. Uno de esos ángeles de la tierra, envueltos en níveas tocas, que se imponen la santa misión de consolar a quien sufre y enjugar las lágrimas a quien llora, situóse a la cabecera del lecho del paciente, cuidándole con el cariño, con el esmero, con la solicitud de una madre y una hermana.

Aquella religiosa, en cuyo rostro estaba impreso el sello de la bondad y la virtud, era también muy joven. Pasó su niñez en un colegio de monjas e ingresó luego en la benemérita institución a que pertenecía; ignoraba, pues, del mundo todo lo que no fueran dolores ni sufrimientos.

En las interminables horas de la noche, cuando las dolencias se agudizan y el sueño y la tranquilidad huyen del enfermo, ¡cómo procuraba aquella bendita mujer ahuyentar las tristezas del hermano de la artista, distraerle, endulzar sus sinsabores! ¡Y que conversaciones sostenían tan ingenuas, tan sencillas, tan interesantes!

Muchas veces el joven hablaba a la religiosa del teatro, que ella desconocía en absoluto, pues sólo había visto las funciones infantiles que se representaban en su colegio y la Hija de la Caridad escuchaba con profunda atención los relatos y dirigía al narrador multitud de preguntas para satisfacer la curiosidad que en aquellos instantes le aguijoneaba.

Cuando concluía la función y la artista regresaba a la casa de huéspedes, anhelante de ver a su hermano, animábase de manera extraordinaria aquel cuadro lleno de poesía.

Casi a coro enfermo y enfermera preguntaban a la tiple si la habla aplaudido el público, si gustaron las obras puestas en escena, si hubo buenas entradas.

La muchacha, después de satisfacer la curiosidad de ambos, contaba los incidentes de las representaciones, con el mayor lujo de detalles, explicaba el argumento de las zarzuelas y hasta cantaba en voz baja los números de música más salientes de aquéllas para que los conociese la monjita.

Luego revolvía sus baules, con el objeto de enseñarle los trajes más caprichosos de su guardarropa; desde el de charra, lleno de brillantes lentejuelas hasta el de soldado de La Guardia amarilla .

Testigos nosotros, en muchas ocasiones, de tales escenas, nos atrevemos a asegurar que aquellos instantes eran los finitos en que el ángel de la nívea toca vivía la vida de la tierra.

Pasaban las horas lentamente; las primeras claridades del día bailaban la habitación del enfermo; este, al fin, entregábase al descanso, rendido por las fatigas de una noche de insomnio.

La religiosa y la artista, sentadas junto al lecho, casi inmóviles, silenciosas, abismábanse en hondas meditaciones.

¡Quién sabe si, por un momento, la mujer alejada de las farsas mundanales sentiría envidia de la mujer que vivía en perpetua farsa! ¡Quien sabe si la tiple, en aquellos instantes, hubiera sustituido, con gusto, sus galas por el severo hábito de la Hija de la Caridad y la música alegre y retozona del teatro por la grave y solemne del coro del convento.

Noviembre, 1922.