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La Vista De Un Policía (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


La Vista De Un Policía es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

El 12 de Mayo de 1904 fué día de gran fiesta en Córdoba. En ese día vino a nuestra capital el Rey don Alfonso XIII por primera vez después de su coronación y, tanto por tratarse de la visita oficial cuanto por haber transcurrido mucho tiempo, veintidós años, desde que tuvimos el honor de albergar, durante algunas horas, a otro soberano, tratábase de un verdadero acontecimiento que produjo gran expectación.

Seguros de que la mayoría de nuestros lectores no los habrán olvidado, no hemos de consignar los preparativos que se hicieron para recibir dignamente a Su Majestad; ni hemos de describir el hermoso arco que se levantó en el centro del paseo del Gran Capitán; ni hemos de hablar de la agradable excursión a las Ermitas, a donde un rico labrador cordobés condujo al Monarca en un coche a la calesera tirado por cuatro magníficas mulas y guiado por su propietario; ni hemos de consignar, en fin, que la provincia de Córdoba se despobló, pues la mayoría de su vecindario vino a la capital para ver a don Alfonso XIII.

Llegó el viajero augusto con su séquito; en este figuraba un cordobés, don José Ramón de Hoces y Losada, duque de Hornachuelos, que venía prestando servicio como gentil-hombre.

En el mismo tren que Su Majestad llegaron varias damas de la aristocracia madrileña para presenciar las fiestas que aquí habían de celebrarse. Una de aquellas damas era la popular Gloria Laguna, que en el almuerzo servido en las Ermitas derrochó el ingenio y la gracia.

En la estación organizóse la comitiva; al estribo del landau en que entró Su Majestad iba el duque de Hornachuelos; alrededor del carruaje el veterano e inolvidable periodista don Francisco Peris Mencheta y algunos redactores de la prensa local, entre ellos el autor de estas líneas y aislando al coche del público que pretendía rodearlo un cordón de policías de la ronda especial de los Reyes, a las órdenes de su jefe el incansable don Manuel Machero.

La comitiva recorrió el itinerario marcado previamente, dirigiéndose a la Mezquita-Catedral.

En toda la carrera apiñábase extraordinaria muchedumbre; la tribuna instalada en el lado derecho del paseo del Gran Capitán estaba llena de señoras que saludaban con los pañuelos y arrojaban flores al Monarca.

Análogo recibimiento dispensábanle las damas que había en los balcones, todos engalanados con ricas colgaduras.

En la calle del Cardenal González habíase improvisado otra tribuna, forrada de mantones de Manila, desde la cual un grupo de gitanas ideales piropeó de lo lindo al joven Rey y le llenó el coche de claveles y rosas.

Llegó el cortejo a la Catedral: Su Majestad penetró en la Basílica por el Arco de Bendiciones, registrándose un ligero incidente respecto a las personas que podían acompañarle bajo el palio, y dirigióse al altar mayor, donde había de cantarse el solemne Te Deum.

Al público no se le permitió la entrada en la Mezquita y a muchos de los acompañantes del Soberano tampoco se les dejó penetrar en el Crucero ni subir al altar.

En el lugar donde este se halla sólo se situaron las autoridades, los altos palatinos y parte del clero Catedral y en las escalinatas algunos aristócratas que vinieron a Córdoba con motivo de la visita regia y tres o cuatro periodistas.

Mientras los sacerdotes entonaban las preces religiosas, quien estas notas escribe, arrodillado en la grada superior del recinto del altar, anotaba los nombres de los acompañantes del Rey, que iba diciéndole don Rafael de León y Primo de Rivera, marqués de Pikman.

Este, de pronto, suspendió su relación, levantóse súbitamente, y, casi volviendo la espalda al altar, dirigió la mirada hacia la nave derecha del crucero.

Unos segundos después volvía a arrodillarse y continuaba su relación de nombres.

¿Qué ha ocurrido? le preguntamos.

Que Machero se ha dirigido a una persona, para mí desconocida, que había en la primer grada y ha marchado con ella hacia el exterior del templo, nos contestó.

Concluido el Te Deum don Alfonso XIII recorrió la Mezquita y la comitiva volvió a ponerse en marcha, yendo a las Casas Consistoriales, donde se celebró la recepción oficial y luego al Desierto de Belén.

El hecho notado por el marques de Pikman pasó casi inadvertido.

En la primer ocasión en que pudimos hablar unos momentos a solas con Machero le interrogamos qué había sucedido y nos manifestó que el caso no tenía importancia.

Llamóle la atención, sin saber por qué, estas fueron sus palabras, un hombre que había al pie de la escalinata; lo llamó, preguntóle quien era y por qué estaba allí y como no quedara satisfecho de las contestaciones del desconocido entrególe a una pareja de la policía para que lo condujera detenido a la Inspección de Vigilancia.

Allí se comprobó que era un individuo forastero e indocumentado; dijo que se hallaba de paso en Córdoba y que, al llegar don Alfonso XI1I a la Catedral, él estaba admirando aquel monumento, manifestación muy dudosa puesto que momentos antes de la visita regia fué minuciosamente registrada la Basílica.

El popular Machero, por primera vez venía a Córdoba y, en su consecuencia a nadie conocía aquí, pero su admirable instinto policiaco le hizo fijarse en la única persona sospechosa que seguramente encontró a su paso en nuestra capital.

Algunas horas después de haberse marchado el Rey, el desconocido fué puesto en libertad y acompañado por los agentes de las autoridades hasta que continuó su viaje en dirección a otra capital andaluza.

Machero rogó a los periodistas que se enteraron del suceso que no hablaran de él para evitar alarmas puesto que no había tenido importancia alguna y los chicos de la prensa prometiéronle complacerle y tan bien supieron cumplir su palabra que hasta ahora, cuando han transcurrido quince años, no se ha hecho público este alarde de vista del malogrado y perpetuo acompañante de don Alfonso XIII.

Abril, 1919.