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Las Caravanas De Hungaros (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Las Caravanas De Hungaros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Antiguamente las caravanas de húngaros que visitaban con frecuencia nuestra ciudad constituían un espectáculo muy pintoresco, el cual llamaba poderosamente la atención del vecindario.

Dichas caravanas eran numerosas y vivían con cierta holgura merced a los productos de la industria a que se dedicaban, la calderería. Viajaban en grandes carros cubiertos, arrastrados por recios caballos percherones, en los que, a la vez, transportaban su impedimenta, que no era poca.

De ordinario sentaban sus reales en el Campo de Madre de Dios, donde, en corto tiempo, armaban multitud de tiendas de lona, formando un círculo, y establecían sus talleres al aire libre.

Las tiendas hallábanse provistas de almohadones hechos con telas rojas, que lo mismo servían de asiento que de cama.

Junto a las tiendas las mujeres improvisaban la cocina, consistente en una hoguera alimentada con leña, sobre la hoguera unas trévedes y, encima de estas, una sartén o un perol en que condimentaban la comida, siempre abundante y sustanciosa

Delante de su tienda cada familia montaba un taller, compuesto de una fragua portátil y un yunque clavado en el suelo, amen de algunos martillos y otras herramientas.

Los húngaros, apenas acababan de instalar su campamento, recorrían la población, con la humeante pipa en la boca y la tiznada caldera al hombro, ofreciéndose de casa en casa para componer toda clase de vasijas de cobre, esas vasijas utilizadas ayer hasta en las casas mis modestas y que hoy sólo figuran en los salones aristocráticos, a guisa de adornos de gran valor.

En muchas ocasiones entregábasele a un húngaro una caldera para que le tapase un agujero que se le había abierto en el fondo y la devolvía con un asiento nuevo, lo cual originaba las protestas del dueño del recipiente porque el precio de la compostura resultaba mucho mayor que el de la vasija.

Estos caldereros ambulantes poseían una gran habilidad para romper, sólo clavándole la uña, la chapa de cobre que estuviese un poco gastada y así les era fácil demostrar a los incautos que se hallaba lleno de picaduras un cacharro aunque se encontrase como el día en que salió de la fábrica donde lo construyeran.

¡Ya están ahí los húngaros!, decía, con júbilo al verles, el vecindario, porque ya contaba con una nueva distracción; la visita al campamento de nuestros huéspedes.

El lugar donde aquel se levantaba convertíase en animadísimo paseo desde que lo iluminaban los primeros resplandores del sol hasta que la noche lo envolvía en sus sombras.

Por la tarde aumentaba extraordinariamente la concurrencia de público, entre el que se confundían las personas de la alta sociedad con las de la clase más humilde.

Todos admiraban la irreprochable corrección de lineas de aquellos rostros broncíneos, acariciados por largas y sedosas melenas y la excepcional belleza de las mujeres que, vestidas con ropas de tela rameada y de vivos colores, ostentando entre las trenzas y alrededor del cuello, sartas de medallas y moneditas de plata, se confundían entre sus visitantes para pedirles tabaco, al mismo tiempo que una nube de chiquillos semidesnudos tendía las manos en demanda de un ochavito, súplica acompañada siempre de la frase: por la Virgen de Dios .

La gente no se conformaba con conocer el campamento desde sus alrededores, sino que lo invadía como país conquistado, entorpeciendo el trabajo de los hombres dedicados a la reparación de calderas y curioseando el interior de las tiendas por las aberturas de los lienzos, lo cual originaba a veces, las protestas de los húngaros y hasta violentos altercados, a los que ponía termino el jefe de la caravana, un anciano respetable provisto de una larga vara rematada por una contera de plata, como símbolo de su autoridad suprema.

Una de estas tribus nómadas pasó en Córdoba la Pascua de Reyes, celebrándola con inusitada solemnidad. En aquellos días se suspendió el trabajo; condimentóse comidas extraordinarias, en las que era plato indispensable el pavo y hombres y mujeres lucieron sus mejores galas; ellos trajes de rico paño llenos de grandes botones de plata y ellas vestidos nuevos muy pintarrajeados y arracadas, collares y dijes de medallas y monedas que casi. les cubrían, por completo, la cabellera, el busto y los brazos.

Después de pasear por la población congregábanse en el campamento y allí, en presencia de un inmenso gentío, entregábanse al baile, a unas danzas muy originales, acompañadas por panderos y canciones pletóricas de dulzura y melancolía.

La última caravana de húngaros que nos visitó, hace diez o doce años, instalóse en una haza que había en la carrera del Pretorio, levantando gran número de tiendas.

Tan frecuentemente como dichas caravanas nos visitaban otras mas pobres y menos numerosas, que no se dedicaban a la industria de la calderería, sino a presentar osos y monos amaestrados, lo cual les servia de pretexto para implorar la caridad pública.

Estas no poseían carros ni tiendas; acampaban en las márgenes del, río, a la sombra de los árboles o bajo los arcos de los puentes.

En cualquier calle o plaza formaban corro con los mozos y chiquillos que les seguían y obligaban a osos y monos a bailar y hacer piruetas, acompañándolos con monótonas canturias y con golpes de pandera sobre el enorme palo que utilizaban para castigar a los animales cuando no les obedecían.

Concluido el espectáculo ponían las panderetas en mano de los osos que se acercaban al público para que les echase en ellas unas monedas y la gente huía; más que por miedo a las fieras; por temor al sablazo .

En cierta ocasión ocurrió un suceso interesante en la calle de Céspedes; un húngaro castigaba duramente a un oso por negarse a lucir sus habilidades y, al tirarle con fuerza de la cadena le rompió el labio en que la tenía sujeta por medio de una argolla.

El animal lanzó un bramido de dolor y la gente que lo rodeaba, al verlo en libertad, huyó presa de un pánico indescriptible. Solamente quedó cerca de la fiera un niño, ignorante por su corta edad del peligro que corría. Acercósele el oso, le cogió un brazo y un grito de terror se escapó de la garganta de todas las personas que presenciaban la escena desde ventanas y balcones.

Todos temieron por la vida de la infeliz criatura. El animal, conduciendo al chiquillo tan cuidadosamente como lo hubiera llevado su madre, dirigióse a la puerta de una casa próxima y lo sentó en su gradilla. Luego, presuroso, se fue en busca del domador.

Hoy, a causa de la decadencia en que se halla la industria de la calderería y del poco interés que inspiran al público los espectáculos de osos y monos amaestrados, han desaparecido casi por completo aquellas caravanas pintorescas y sólo nos visitan, de vez en cuando, húngaros astrosos que se dedican, como los gitanos, a intervenir en los tratos para la compra y venta de caballerías o a asediar, en las calles, a los transeuntes, pidiéndoles una limosna.

Todo degenera en el transcurso del tiempo, hasta las manifestaciones de la indigencia, una de las cuales, acaso la más original y simpática, eran las antiguas caravanas de húngaros.

Diciembre, 1925.