Las Figurillas De Los Nacimientos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
¡Qué gratos recuerdos traen a nuestra memoria, en estos días, los puestos de toscas figurillas para los Nacimientos que, como heraldos de la Nochebuena, aparecen en los alrededores del Mercado.
Ellos evocan los venturosos tiempos de la infancia en que pasábamos horas y horas, embelesados, absortos en la contemplación de tales figurillas, para nosotros, entonces, de mayor merito y más valor que las esculturas de Alonso Cano.
La confección de Nacimientos formaba un ramo de la juguetería cordobesa, tosca pero típica, con cierto carácter primitivo, de sencillez, que no dejaba de prestarle encantos.
Dos o tres meses antes de las fiestas de Navidad nuestros antiguos jugueteros suspendían la tarea de hacer herreros, cigüeñas, lavadores y mueblecitos pintarrajeados para dedicarse a modelar o vaciar misterios, pastores, zagalas y animales de todas clases, a la vez que a construir portales y casitas.
Los mayores anacronismos, la falta absoluta de proporciones, eran la característica de estos juguetes.
Sólo la Virgen y San José aparecían con la indumentaria propia del pueblo y de la época en que ocurrió el acontecimiento más grande que registra la historia de la humanidad; los pastores vestían zahones, zamarras y sombreros de anchas alas, como en nuestros días, y las zagalas faldas cortas y pañuelos de talle, sin que les faltara ya el sombrero de palma, ya las flores en la cabeza.
Parecía que todos los jugueteros tenían los mismos moldes, a juzgar por la semejanza de las figuras.
Todos los misterios eran iguales, diferenciándose solamente por el tamaño, y en ninguno faltaba, detrás del pesebre que sirvió de cuna a Jesús, un gran redondel lleno de pedacitos de talco que simulaba los resplandores del divino Niño; en la venta la figura de la Virgen montada en el pollino resultaba infinitamente más pequeña que la de San José, que tenía proporciones tan jigantescas [sic] como el candil del mesonero, y los Reyes Magos, ataviados con trajes propios de Carnaval, siempre tenían los caballos con las manos levantadas, no en actitud de andar, sino de encabritarse.
El palacio del rey Herodes era una casa moderna, con multitud de balcones y ventanas acristalados y fuentes de mármol, rodeado de guardias luciendo brillantes corazas, cascos y lanzones.
Los pastores y pastoras que no aparecían tocando panderetas, zambombas y castañuelas, iban cargadas de obsequios de todas clases para el Niño: gallinas, quesos, tortas, jamones, botas de vino y hasta sandias, en pleno mes de Diciembre.
En ningún puesto faltaban, porque eran indispensables en todos los Nacimientos, una cocina con la campana de la chimenea llena de chorizos y morcillas y una mujer ante el fogón preparando las viandas; una vieja hilando, un viejo calentándose y un pastor haciendo el salmorejo en un mortero.
Pero lo que resultaba verdaderamente curioso era la ganadería; hasta entre los animales más distintos se notaba muy poca diferencia. Todos consistían en un pegote de barro con cuatro alambres a guisa de patas. ¿Estaba pintado de negro?, pues representaba un cerdo; ¿de blanco?, pues simulaba una oveja. ¿Tenía en un extremo unos apéndices más o menos levantados?, pues entonces era un burro o una vaca.
Todas las figuras descansaban sobre unas peanas verdes y hallábanse pintadas con colores chillones y cubiertas con una capa de barniz muy brillante porque precisamente en el brillo consistía su principal mérito para los muchachos.
Los jugueteros, además de las figuras sueltas, vendían nacimientos completos, en los que llegaban a su limite máximo los anacronismos.
Sobre una tabla levantábase un risco de corcho pintarrajeado con almazarrón y almagra; en el centro del portal, semicubierto por la nieve, simulada por chorreones de cal; a un lado un puente diminuto, por el que pasaban los Magos, mucho mayores que el referido puente; debajo un río de cristal machacado o papel de estaño, donde lavaba una pastora que tenía puestas a secar, en un tendedero, prendas que, por su tamaño, casi pudiera utilizarlas una persona.
Sobre el portal lucía la estrella de talco pendiente de un alambre; en el monte, simulado con ramas de brusco, pacían ovejas, cabras y cerdos en amigable consorcio; arriba veíase la ciudad, compuesta de casas de todos tamaños y colores, pertenecientes a un estilo arquitectónico desconocido, muy original y pintoresco.
Tales Nacimientos tenían menos salida , como se dice en jerga comercial, que las figurillas sueltas, porque uno de los entretenimientos más agradables de los muchachos en esta época consistía en formar el risco y colocar los pastores a su antojo.
Hace ya bastante tiempo unas señoras apellidadas Bolaños dedicábanse a hacer figuras para los Nacimientos, mucho mejores, más finas como dice el vulgo, que las corrientes.
Estas figuras y las llamadas granadinas pretendían derrotar a las genuinamente cordobesas, pero jamás lo consiguieron, tal vez porque eran más caras o menos típicas que las presentadas en el mercado por nuestros antiguos fabricantes de juguetes.
Un ingenioso lucentino, el popular Casimiro, nos visitó durante muchos años en la época actual, estableciendo en la plaza Mayor una tienda repleta de toda clase de figuras para los Nacimientos de las denominadas finas, pero tampoco logró salir airoso de la competencia con los toscos muñecos que llenaran de regocijo, en su edad Infantil, a nuestros abuelos y padres.
Hoy la industria a que nos referimos va desapareciendo; ya son escasos los puestos para la venta de tales juguetes que al aproximarse las fiestas de Navidad aparecen en los alrededores del Mercado y pocas las casas en que se rinde culto a una de las tradiciones más bellas de los hogares cristianos: la de poner el Nacimiento .
Diciembre, 1922.
