Las Noches De Verano es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Qué típicas eran las noches de verano en Córdoba hace cincuenta años! ¡Qué agradablemente transcurrían para el vecindario de esta ciudad tranquila, silenciosa, llena de poesía. de encantos indescriptibles!
Las familias acomodadas se congregaban en los patios de sus viviendas, en aquellos patios con honores de jardines, cuyas paredes cubrían los naranjos, y allí pasaban la velada respirando los aires puros, embalsamados por nardos y jazmines.
Los moradores de las casas de vecinos convertían en patio la calle para disfrutar del fresco. Delante de las puertas de sus amplios y viejos caserones colocaban una fila de toscas sillas, fuera de las aceras para no interrumpir el tránsito del público, y arrellanadas en sus asientos las viejas dormitaban, las mozas se entretenían con la interminable y variada charla femenina y las parejas de los novios, alejadas de los demás contertulios, rimaban en voz muy baja el eterno idilio de los amores.
Estas reuniones concluían temprano. porque era preciso madrugar para dedicarse a las tareas diarias, excepto los sábados en que, como vísperas de día de descanso, se podía prolongar indefinidamente y, en muchas ocasiones se prorrogaban hasta que el sereno, aquella figura típica que también desapareció, anunciaba con su canto monótono que había mediado la noche.
¡Con cuánto afán esperaba la gente, joven los sábados para divertirse!.
En esas noches verificábanse las giras a los melonares y a las huertas del pago de la Fuensanta para comer higo-chumbos.
Y en nuestros campos; hermosos hasta en estío, la gente del pueblo improvisaba fiestas muy gratas, en las que eran elementos indispensables el baile, la canción, el rasgueo de la guitarra, presentándose a la vista del observador, iluminados por la luna, cuadros, bellísimos de la verdadera Andalucía.
En esas noches, grupos de jóvenes recorrían la población para obsequiar a novias y amigas con poéticas serenatas y súbitamente, enmedio del silencio llegaban hasta nuestros oídos las débiles notas de una música delicadísima, sentimental, inspirada que compendiaba toda el alma, todo el encanto de nuestro pueblo; era la música del gran maestro Lucena interpretada prodigiosamente por él mismo en su mágico violín y acompañada en la guitarra de manera irreprochable por Nazario Hidalgo, aquellos dos bohemios que invariablemente concluían sus conciertos nocturnos, agotando todo el repertorio, sentados en una gradilla de la calle de la Feria en pleno día y a pleno sol.
Las muchachas del barrio de la Catedral, en animados grupos, acompañadas de sus novios, iban al Caño Gordo para saborear las clásicas arropías de clavo y beber el agua fresca de la fuente contigua al camarín de la Virgen de los Faroles; las de otros barrios acudían á la vieja confitería de la Fuenseca para comer sus merengas famosas; muchas se endulzaban la boca con los melosos higo-chumbos de los puestecillos instalados en todas las plazas y en todas las esquinas.
Los domingos, las familias acomodadas, no muchas, se congregaban en el paseo de San Martín, primero, y en el del Gran Capitán, después, y allí, sentadas en las sillas del Asilo, formaban tertulias muy amenas y se obsequiaban con vasos de horchata de los vendedores ambulantes de helado; aquellos vendedores siempre vestidos de blanco, calzando alpargatas y con la cabeza envuelta en un pañuelo, a guisa de gorro, que también eran figuras originales de la Córdoba de antaño.
La gente del pueblo y muchas personas de otras clases sociales más elevadas preferían al lugar mencionado el paseo de la Ribera.
En éste se disfrutaba de más agradable temperatura que en aquél y había mayores encantos, mayores atractivos; los atractivos y el encanto del Guadalquivir.
Familias enteras acudían a bañarse en las primitivas casetas instaladas por el popular Ballesteros en ambas márgenes del río; otras paseaban en las prehistóricas barquillas de Juanico y sus camaradas, confundiéndose en el espacio los gritos estridentes y las sonoras carcajadas de las bañistas con la alegre charla y las sentidas coplas de los navegantes.
Entre tanto, para presenciar aquel cuadro lleno de poesía, una abigarrada multitud invadía los asientos de la Ribera y por la amplia acera del paseo discurrían las mozas perfumadas con el perfume exquisito de nardos y jazmines.
Desde la Cruz del Rastro al Molino de Martos veíase una larga hilera de lucecillas que semejaban luciérnagas; eran los pequeños faroles de las mesas de las arropieras y de los puestos de higo-chumbos.
Las noches de San Juan y San Pedro, la Ribera y la calle de la Feria presentaban un aspecto indescriptible, constituían un cuadro típico, original, de belleza insuperable, pues en aquellos parajes se rendía culto a la tradición, exclusivamente cordobesa, de celebrar con máscara dichas festividades.
La calle principal de nuestra población y su paseo favorito eran pequeños para contener a la muchedumbre; en interminables hileras de sillas situábanse las personas de peso, de respetabilidad y la juventud bullía incesantemente ya siguiendo a la comparsa para oir sus músicas y cantares, ya embromando a los conocidos y siempre llevando en torno la alegría.
En esas noches era inútil que el sereno, con su canto monótono y triste, anunciara las horas porque nadie se recluía en su hogar sin haber visto los primeros albores del día.
Las vísperas de la festividades de San Juan y San Pedro eran las dos únicas fechas en que los cordobeses trasnochaban.
Así lo demandaba una costumbre inmemorial, así lo exigía una interesante tradición.
¡Quién era capaz de abandonar aquellos deliciosos parajes cuando estaba
"el Betis lleno de luna
y la Ribera de gente"
como dijo nuestro gran poeta!
Agosto, 1920.
