Las Puertas De La Ciudad es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Caprichos del mal llamado progreso mas que necesidades de las modernas poblaciones, hicieron desaparecer casi todas las puertas de Córdoba, algunas de gran valor histórico, a la vez que derrumbaron la vieja muralla coronada de almenas que, como cinturón ciclópeo, rodeaba la ciudad.
De nuestras antiguas puertas sólo se conservan dos y restos de otra construida por los árabes.
Tales restos pertenecen a la de Sevilla y consisten en tres torreones que se hallan ocultos por los muros de edificios construidos en los tiempos actuales. Dos arcos ultracirculares unían dichas torres.
La puerta de Sevilla era fatídica y triste, no sólo por estar frente aun cementerio, sino porque en ella se ejecutaba a los reos de muerte, lo mismo a los que eran pasados por las armas que a los condenados a garrote.
La puerta de Almodóvar, una de las dos que han sido respetadas por la piqueta demoledora, también pertenece a la época árabe y se llamó de los Judíos, por corresponder al barrio de estos.
Consta de dos torres con almenas unidas por un arco de herradura.
En el año 1802, a consecuencia de hallarse en estado ruinoso, fué objeto de importantes obras de reparación que le hicieron perder algo de su carácter primitivo.
Desde tiempos muy remotos las personas que, en mayor número, salían y entraban por la citada puerta, eran las mujeres del pueblo, domiciliadas en el barrio de la Judería y en tos inmediatos, que iban a la alcubilla próxima para proveerse de agua.
Hace cincuenta o sesenta años, muchos días antes de que comenzara la Feria de Nuestra Señora de la Salud, era extraordinaria la animación en los alrededores de la puerta de Almodóvar, donde sentaban sus reales numerosas caravanas de gitanos, y modestos industriales establecían multitud de bodegones y ventorrillos.
Antiguamente, entre las terribles pedreas de los chiquillos de Córdoba, tenían fama las de los bandos de las puertas de Almodóvar y Sevilla; eran verdaderas batallas campales, que a veces duraban muchas horas y en las que casi siempre resultaban vencedores los chiquillos de la puerta de Almodóvar, ante los cuales sus adversarios pedían perdón insistentemente, repitiendo la copla:
“Guerra guerrilla guerra, guerrón...”
Las puertas de Sevilla y Almodóvar conservan estos nombres a causa de haber entrado por ellas las tropas de la ciudad hispalense y de Almodóvar del Campo que intervinieron en la conquista de Córdoba por San Fernando.
En los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, al ser urbanizado el muladar de la Trinidad, hoy calle de Lope de Hoces, se abrió la puerta de aquel nombre, generalmente llamada de Hierro, porque tenía cancelas de dicho metal, sujetas en unos postes poco artísticos.
Un día, cuando se verificaban los preparativos para la batalla de Alcolea, un inmenso gentío aglomeróse en la plaza de la Trinidad, se oyó un disparo y varios hombres a caballo, abriéndose paso entre la multitud, huyeron por la puerta mencionada.
Eran el hermano del famoso bandido Pacheco y varios de sus amigos y camaradas que emprendían la fuga al verle caer delante del palacio de los Condes de Hornachuelos, muerto, cuando iba a pedir el indulto, de un certero disparo que un soldado le hiciera, en virtud de órdenes del general Caballero de Rodas.
La puerta de la Trinidad o de Hierro desapareció hace treinta años próximamente.
Una de las puertas más antiguas de Córdoba era la de Gallegos, que ponía en comunicación la plaza denominada hoy de Antonio Grilo con el campo de la Victoria.
La abrieron los romanos y la reconstruyeron los árabes, formando un arco de herradura sostenido en dos esbeltas columnas, que ostentaban capiteles de la primitiva puerta romana.
Al efectuar el Rey D. Fernando III la conquista de nuestra ciudad, se adicionó a la puerta en que nos ocupamos, como elementos de ornamentación, el escudo de Castilla en el centro del arco y el de Córdoba en ambas columnas.
El terremoto que hubo en el año 1755 convirtió en un montón de escombros la puerta de Gallegos, que fué reedificada poco después, cerrándose con un muro los huecos en que se hallaban las columnas y dejando en el centro un claro rectangular, semejante a la puerta de cualquier caserón antiguo.
En el año 1864 se procedió, con muy buen acuerdo, a demolerla, pues resultaba una de las mas antiestéticas de nuestra ciudad.
En su exterior había, en el muro izquierdo, una pequeña capilla con una imagen de Jesús en el Pretorio, que fué costeada por los hortelanos del pago de la Victoria y desapareció, hace un cuarto de siglo, al levantarse los edificios que hoy aparecen en aquel lugar.
Respecto a la denominación de dicha puerta los historiadores han acogido varias versiones. La más provista de fundamento es la de que se le impuso el nombre por el que aun en la actualidad conocemos el lugar en que estuviera a causa de haber entrado por ella en la población las tropas gallegas que formaban parte del ejército de San Fernando cuando libró a Córdoba del dominio de los árabes.
Antes de que se prolongase el paseo del Gran Capitán, durante las mañanas de Primavera y las tardes de Invierno desfilaban por la puerta de Gallegos innumerables personas que iban a aspirar los aires puros cargados de perfumes o a tomar el sol en los preciosos Jardines altos o en los de la Agricultura, llenos de exhuberante vegetación.
Y en los días de la Feria de Nuestra Señora de la Salud era extraordinaria la animación en el citado paraje y en sus inmediaciones, donde formaban un conjunto muy pintoresco los puestos de dátiles, cocos y babuchas establecidos por comerciantes judíos en los pequeños portales de la puerta de Gallegos y de la calle de la Concepción, que semejaban algo así como zocos marroquíes.
La puerta de Osario, que comunicaba la calle del mismo nombre con el Campo de la Merced, fui construida por los árabes y reedificada a mediados del siglo XIV.
Formábanla dos torres rectangulares unidas por un arco apuntado.
Dicha puerta perdió gran parte de su belleza artística a consecuencia de haberse elevado unas paredes sobre el arco, cubriendo el espacio comprendido entre ambas torres, para habilitar una habitación con destino a hospedería de los ermitaños del Desierto de Belén.
En la pared de la parte interior había un Cristo pintado al fresco.
La mencionada puerta, en la época del Califato, se llamó de los cristianos y después se la denominó del Osario por hallarse en la calle de este nombre, a la que, seguramente se le impuso porque conducía al cementerio situado en la actual plaza de Colón.
Esta puerta era una de las preferidas por los enemigos del impuesto de consumos para introducir fraudulentamente toda clase de artículos y por ella penetraba, a media noche, hace sesenta años, la famosa ternerilla descabezada , peregrina invención de los contrabandistas, merced a la cual el vecindario se encerraba en sus hogares, presa de un pánico indescriptible, dejándoles completamente libre el campo de sus operaciones.
La puerta del Osario fue la última demolida en Córdoba, a principios de la centuria que transcurre, con el fin de regularizar y mejorar el sitio en que se hallaba y sus inmediaciones.
La puerta del Rincón, llamada así por encontrarse en un ángulo de la muralla, a la terminación de la calle de Carnicerías o Alfaros, probablemente construida a fines del siglo XVII o principios del XVIII, tenía muy escaso valor artístico.
Formábala un arco cuya parte superior estaba cubierta por un tabique en el que aparecían, pintadas, las armas de Córdoba.
Desapareció el año 1852.
Por esta puerta penetraban en la población, al regresar de animadas excursiones cinegéticas, las caravanas de los antiguos cazadores, a los que precedían recios mulos cargados de ciervos y jabalíes o de perdices y conejos.
Los conductores de las caballerías iban provistos de sonoras trompas y cuernas de caza, con las que anunciaban la vuelta de los expedicionarios y, al oirlas, mujeres y chiquillos asomábanse a puertas y ventanas para ver las piezas cobradas y recibir, con muestras de júbilo, a los cazadores.
En el año 1240 abrióse la puerta que pone en comunicación la calle Mayor de Santa Marina con el llano de San Cayetano; en el lugar por donde asaltó la muralla, penetrando en la población, uno de los heroicos soldados del ejercito del Santo Rey que conquistó a Córdoba, el almogabar Alvar Colodro, cuyo nombre se impuso a dicha puerta.
Esta fue reconstruída en el año 1837; era de forma rectangular y carecía de mérito artístico.
En diversas ocasiones estuvo cerrada durante largo tiempo, a causa de haberse desarrollado epidemias y desapareció, como otras, en los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX.
Hace sesenta años, antes de que amaneciera, salía por la puerta de Colodro, diariamente, la pintoresca y original caravana de los piconeros del barrio de Santa Marina, con sus pacientes borriquillos, para jacé la piconá , según su frase, en la Sierra y, al anochecer, regresaban a sus hogares, por el mismo lugar, con los pollinos cargados de haldas llenas de buen picón de encina, satisfechos de la jornada, contentos, alegres, siempre con una copla o un piropo para las mozas entre los labios.
Cerca del lugar donde se hallaba la antedicha puerta, en la carrera de la Fuensantilla, hubo otra abierta por los árabes en un ángulo de la muralla.
Correspondía a un arrabal de la población, por lo que se la denominaba Escusada, y utilizábase, principalmente, para introducir en la ciudad el ganado con destino al abastecimiento de carnes del vecindario.
A consecuencia de haberla destruido un incendio, el pueblo le sustituyó el nombre de puerta Escusada por el de puerta Quemada, no variándoselo después de haber sido reconstruida a mediados del siglo XIII.
En el año 1729 se verificó su demolición, necesaria para edificar la parte posterior del hospital de !a Misericordia.
Entre las dos puertas últimamente citadas hubo otra que se llamó del Santo Cristo de la Misericordia, por hallarse en el muro posterior del hospital de este nombre.
Fue construída cuando se demolió la puerta Escusada o Quemada, a la que los árabes denominaban de Alquerque, y formábala un arco semicircular.
Desapareció hace unos cuarenta años.
La puerta de Plasencia, por la que desembocaba la calle Mayor de San Lorenzo en el campo del Marrubial, en el horrible quemadero de la Inquisición, también pertenecía a la época árabe, era de forma rectangular y carecía de mérito arquitectónico.
En cambio ¡qué de recuerdos memorables evocaba!
¡Cuántas páginas de nuestra historia comenzaron a escribirse allí!
Por ella penetró San Fernando la primera vez que vino a Córdoba después de haberla librado del dominio de los moros; por ella entraron triunfalmente los reyes don Alfonso el Sabio, don Sancho el Bravo, don Alfonso XI, don Enrique II, don Enrique IV, don Fernando V y doña Isabel la Católica y por ella entró también el cortejo fúnebre que acompañara el cadáver de don Fernando IV el Emplazado, conducido a nuestra ciudad para enterrarlo en la colegiata de San Hipólito.
Siempre que el pueblo cordobés trajo en procesión de rogativa, desde su santuario de la Sierra, la imagen de la Virgen de Linares, penetró, asimismo, por la puerta indicada, enmedio de una inmensa multitud, que no cesaba de dirigirle fervientes súplicas y de vitorearla con entusiasmo delirante.
La puerta de Plasencia fué una de las demolidas en la segunda mitad del último siglo.
En la plaza de la Magdalena hubo una puerta, donde hoy se halla la fuente pública, que fué construida antes de la conquista de Córdoba por don Fernando III, pues, según algunos historiadores, se la llamó de Andújar con motivo, de haber entrado por ella los soldados de dicha población que figuraban en el ejército del Santo Rey.
Fue reconstruida en el siglo XVII y se asemejaba a la de Plasencia.
Desapareció en el último tercio del siglo XIX.
Al lado izquierdo de esta puerta elevábase una esbelta torre, denominada de los Donceles, porque en la antigüedad formaban su guardia los soldados más jóvenes de nuestro ejército.
Dicha torre, en tiempos remotos, estuvo unida a otra igual por un arco, constituyendo seguramente una de las puertas de la ciudad.
Como la de la Malmuerta y otra muy parecida a esta que se elevaba a la derecha de la puerta de Gallegos, se utilizó para prisión de los nobles que cometían algún delito.
La torre de los Donceles fué demolida hace unos cuarenta años, por hallarse en completo estado de ruina, a causa del abandono en que aquí se acostumbra a tener los monumentos históricos y artísticos.
La puerta Nueva, por la que se comunicaba la calle del mismo nombre, hoy de Alfonso XII, con el campo de San Antón, construyóse en el año 1518 y la formaba un arco parecido al que constituía la parte superior de la primitiva del Rincón y de la del Osario.
En el año 1723 modificósela, al efectuarse en ella obras de consolidación y reparación y desapareció el arco, quedando en forma rectangular. Desde entonces llamósela Nueva.
Dicha puerta, como la de Plasencia, encerraba un verdadero tesoro de recuerdos históricos. Por ella entraron en la ciudad los reyes don Felipe II, don Felipe IV, don Carlos IV, don Fernando VII y doña Isabel II y otros muchos personajes.
En el año 1808 sustituyósele el nombre de puerta Nueva por el de puerta de Alcolea para conmemorar la batalla librada en dicho lugar contra las huestes invasoras de Napoleón Bonaparte.
Eu [sic] el mismo año las tropas del general Dupont penetraron en Córdoba por la citada puerta, abriéndola a cañonazos.
Cuando el Municipio acordó, muy desacertadamente, hace unos treinta años, demoler la puerta Nueva, llamada últimamente de Isabel II, sus hojas de madera, hechas pedazos por las balas, fueron depositadas en el Museo provincial, como recuerdo de la invasión francesa.
A fines del siglo XVI o principios del XVII debió ser construida la puerta de Baeza, que comunicaba la calle del Sol, hoy de Agustín Moreno, con el campo de Madre de Dios.
Era una de las más bellas y artísticas de nuestra población. Formibanla dos torres redondas unidas por un arco semicircular.
Durante los primeros días del mes de Septiembre advertíase una animación extraordinaria en dicha puerta. Por ella desfilaban casi todos las cordobeses e innumerables forasteros, para visitar la famosa feria de Nuestra Señora de la Fuensanta y el poético santuario de la Virgen, semioculto entre fértiles huertas de verdor perenne.
También en virtud de un censurable acuerdo de la Corporación municipal, la interesante puerta de Baeza fue demolida en el año 1863.
En la ribera del Guadalquivir, en el espacio comprendido entre el molino de Martos y la ermita de los Santos Mártires, hubo una puerta, construida en época anterior a la conquista de Córdoba, pues se la llamó de Martos, nombre que de ella tomó el molino próximo, a causa de haber penetrado por la misma las tropas de dicha población mandadas por Alvar Pérez de Castro que acompañaban al Rey don Fernando III.
Su forma era rectangular y tenia a la izquierda una torre cuadrada, coronada de almenas.
En los alrededores de la puerta a que nos referimos había numerosos asientos de piedra, pues el paraje aquel constituía, hace sesenta años, el paseo favorito de los cordobeses.
Allí concurrían innumerables personas, en invierno, por las tardes, para tomar el sol, y en el verano, por las noches, para disfrutar de una agradable temperatura.
La puerta de Martos, que fue demolida hace más de cuarenta años, se llamó también de las Siete Almenas, por ser éste el número de las que tenía su torre; del Sol por hallarse en dirección Este y de los Mártires.
Como decimos al comenzar estas notas, de las numerosas puertas que tuvo nuestra ciudad, solo quedan dos: la de Almodóvar, ya citada, y la del Puente.
Esta, más moderna que casi todas, si no en valor histórico, les superó en merito artístico.
Fue construida en el año 1571, por mandato del Rey don Felipe II.
Forma un arco triunfal, de estilo grecoromano y está decorada con magníficos relieves en piedra, obra de Torrigiano, entre los que sobresale uno que representa a Dalila cortando la cabeza a Goliat.
A cada lado tiene, sobre altos pedestales, dos columnas estriadas, con capiteles primorosos.
Esta coronada por un ático muy elegante.
El fondo y los pedestales son almohadillados.
El proyecto y la dirección de las obras de este valioso monumento estuvieron a cargo del arquitecto Hernán Ruiz.
Ruinosa la puerta de que tratamos, a consecuencia de la acción destructora del tiempo, hace pocos años, por iniciativa del alcalde de esta capital don Salvador Muñoz Pérez, comenzaron a realizarse en ella importantes trabajos de restauración, aún no terminados, y, con muy buen acuerdo, se demolieron los muros que tenia a derecha e izquierda, dejándola aislada para que luzcan más su elegancia y su belleza y se pueda apreciar mejor su extraordinario merito arquitectónico.
Los días triste en que el Guadalquivir, manso y tranquilo de ordinario, se transforma en mar impetuoso e inunda el Campo de la Verdad, arrastrando cuanto encuentra al paso, los vecinos de aquel barrio, tan humilde como honrado, tan pobre como laborioso, abandonan sus hogares, con el alma transida de dolor, y macilentos, abatidos, en lúgubre caravana, desfilan por la puerta del Puente para buscar en el interior de la ciudad el refugio y el socorro que sus habitantes, nobles, hidalgos y caritativos, jamás les niegan.
En la antigüedad hubo una puerta, de la que no hemos podido adquirir noticias, en el sitio denominado Bajada de la Cárcel, entre el edificio en que se halla el Seminario Conciliar de San Pelagio y las torres que fueron del Alcázar de los Califas.
Llamóse del Hierro porque los árabes martirizaban en ella a los cristianos.
Finalmente, al ser reformado y ampliado el paseo de San Martin, convirtiéndolo en el de Gran Capitán, se dió el calificativo de puerta de este nombre a la unión de dicho paseo con la carretera de los Tejares, hoy avenida de Canalejas.
Tales fueron las antiguas puertas de Córdoba; ellas nos hablaban de la colonia patricia, de la Corte de los Califas, de la ciudad de los mártires conquistada por San Fernando.
Ellas nos recordaban otras razas y otras épocas; nos ponían de relieve sus gustos arquitectónicos; traían a nuestra memoria hechos gloriosos, episodios interesantes, grandes figuras perpetuadas por la historia.
Hoy casi todos esos monumentos han desaparecido, más no se hundieron a su gran pesadumbre, como dijo el poeta refiriéndose a las torres de Itálica, sino al golpe de la piqueta destructora de los hombres modernos, que pretenden borrar las huellas y los caracteres primitivos de las viejas poblaciones, para imprimirles un sello de igualdad que las despoja de todo su interés, para convertir el mundo en una sola ciudad, precisamente cuando son mayores las diferencias, más hondas las divisiones, más grandes los odios que separan, no sólo a las razas y a los pueblos, sino a la sociedad y a la familia.
Julio, 1922.
