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Las Serenatas (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Las Serenatas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Una de las notas populares, mas delicadas y poéticas de Andalucía, son las serenatas que, si no han desaparecido, como casi todo lo tradicional, van perdiendo su primitivo encanto.

El pueblo, con sus serenatas, evoca el recuerdo de los poetas árabes que, al compás de la guzla, entonaban dulces kásidas bajo los calados ajimeces tras cuyas espesas celosías suspiraba de amor una hermosa agarena; trae a nuestra memoria a los trovadores de la Edad Media que, al pie de los castillos feudales, pulsaban el laud para hacer la delicada ofrenda de una canción, mezcla de madrigal e idilio, a la dama de sus pensamientos.

Hace cincuenta anos, las serenatas constituían el principal incentivo para que todos los jóvenes aprendieran a tocar la guitarra y la bandurria. No había obrero que, al terminar su cotidiana, tarea, dejara de dedicar una o dos horas a tañer, cualquiera de esos instrumentos para adiestrarse en su manejo o para perfeccionar la ejecución de pasodobles, jotas, habaneras, polkas y valses.

En los grandes patios o en las extensas galerías de las casas de vecinos, según ta estación, los mozos pasaban gran parte de las veladas dedicados a ese culto recreo, que les solía apartar de los vicios.

Todas las barberías eran centros de reunión de los aficionados a la música en las que, a veces, improvisábanse verdaderos conciertos que no solían agradar a los parroquianos, pues el Fígaro les obligaba a esperar, para rasurarles, a que terminara la interpretación de una pieza.

No solamente los aficionados a la música, sino los profesionales de la misma, constituían innumerables grupos, especie de sociedades, algunas provistas de su reglamento, para obsequiar con serenatas a las muchachas y a los amigos.

Estas agrupaciones reuníanse para ensayar, generalmente, en una antigua taberna, en una de aquellas tabernas típicas de Córdoba, con alegres patios llenos de flores y grandes habitaciones tapizadas de carteles anunciadores de corridas de toros.

Allí se formaba el repertorio, compuesto siempre de obras populares, alegres, entre las que se concedía preferencia a las basadas en los aires andaluces.

Al terminarse cada reunión se hacía una colecta entre los músicos para constituir un fondo que se destinaba a la reposición de las cuerdas de los instrumentos y al aguardiente que se había de consumir durante las serenatas.

Un violín o una flauta y varias guitarras y bandurrias formaban, generalmente, el instrumental de estas agrupaciones; no obstante había muchas a las que se les podían conceder honores de orquesta, como las integradas por los elementos del primitivo Centro Filarmónico y de la popular comparsa La Raspa .

Algunas constaban, no sólo de músicos, sino también de cantantes, entre los que nunca faltaba un tenor o un barítono de extensa y bien timbrada voz que entonara danzas, jotas y habaneras, sin prescindir de las compuestas para la última excursión carnavalesca de La Raspa por el ingenioso Rafael Vivas.

Aunque los mozos amigos de divertirse y trasnochar hasta en las noches más crudas del Invierno, salían a dar serenatas, las épocas propias de estas eran la Primavera y el Verano y los días en que se efectuaban los sábados, amén de la víspera de las grandes festividades.

Cada agrupación congregábase en el que pudiéramos llamar su domicilio social; repasaban las obras preparadas para la excursión artística; procedía a formar el itinerario de esta, lo cual resultaba harto difícil, porque todos querían que se concediese la preferencia a sus novias o a sus amigas y, provistos los concertistas de un par de botellas de aguardiente; a media noche lanzábanse a la calle, dispuestos a divertirse.

Formaban corro ante la puerta de las casas de las personas a quienes se proponían obsequiar y momentos después violines, flautas, guitarras y bandurrias inundaban el espacio de notas alegres o sentidas.

Muchos de los agasajados invitaban a entrar en su domicilio a los músicos para ofrecerles unas copas de amílico o de dorado Montilla y unas tortas o unos pestiños; no pocos les acompañaban a la taberna más próxima para convidarles.

Frecuentemente era interrumpida la serenata por la presencia de un sereno antifilarmónico que exigía a los concertistas la licencia necesaria para tales expansiones y, si aquellos no la llevaban, entre los músicos y el agente de la autoridad surgía un altercado que, a veces, estaba a punto de tener un mal desenlace.

En determinadas noches, como la víspera de las fiestas de San Juan y San Pedro, el Centro Filarmónico, en pleno, provisto de atriles y faroles, salía a deleitar al vecindario con admirables conciertos, que tales eran sus serenatas, dirigidas por el gran maestro Eduardo Lucena.

Este, todos los sábados, invariablemente, en unión de dos músicos notables, Angel Villoslada y Nazario Hidalgo, recorría la población, a las altas horas de la noche, animándola con serenatas de imperecedera memoria.

Donde quiera que se detenían les rodeaba numeroso público, ansioso de escuchar la Pavana, la Barcarola, el Potpourrit de aires populares o cualquiera de las composiciones del autor del Pasodoble del 84, en las que parece que flota el alma cordobesa.

Los primeros rayos del Sol, inevitablemente, sorprendían a Lucena y sus camaradas, sentados en las amplias aceras de la calle de la Feria, ejecutando, de modo irreprochable, desde la obra de concierto más difícil hasta la tonadilla popular de moda, abstraídos de cuanto les rodeaba.

¡Las serenatas! ¡Qué dulces recuerdos traen a la memoria! Sus notas llegan hasta nosotros envueltas en auras de juventud, evocadoras de días felices que pasaron para no volver.

Súbitamente, interrumpiendo el silencio augusto de la noche, un torrente de armonías inunda el espacio. Percíbense, aún a gran distancia, los ecos de músicas alegres, retozonas, como la risa de las mujeres de quince abriles y el repiqueteo de las castañuelas, o melancólicas, sentimentales, como una tarde de Otoño y una rima de Bécqner [sic]. ¡Cuántas almas palpitan de emoción al escuchar esos acordes!

Ya la serenata se aleja; la música se pierde. Sus últimas notas se confunden con las de un cantar que lanza al viento un campesino y que no brota de los labios, sino de lo más hondo del corazón. Entre tanto las ruedas de la noria de la vecina huerta gimen sin cesar con monotonía adormecedora.

Y música, y cantares, y ruidos, forman un conjunto grandioso, un concierto verdaderamente sublime. Son las mágicas estrofas del divino poema de Andalucía.

Junio, 1922.