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Las razias de Almanzor fueron el conjunto de campañas militares de saqueo —llamadas aceifas— que Almanzor, chambelán y gobernante de facto del Califato de Córdoba en nombre del califa Hisham II, dirigió contra los reinos y condados cristianos del norte peninsular entre 977 y 1002. Lanzadas casi todas desde Córdoba, no perseguían la conquista de territorio sino el botín, los cautivos y el debilitamiento del enemigo, y convirtieron a la capital del Califato en el centro de una auténtica política del terror sobre la cristiandad hispana.

Contexto histórico

Tras la muerte del califa Alhakén II en 976 y la entronización del niño Hisham II, Almanzor fue acaparando el poder real del Estado andalusí. Como no era califa, basó su legitimidad en la dirección de la yihad, que debía proclamar en nombre del soberano; su imagen de paladín del islam le sirvió para justificar el control del gobierno.[1]

Frente a quienes en la corte —como el regente al-Mushafi— defendían replegar la frontera hasta el Guadiana y abandonar las tierras del norte, Almanzor optó por la respuesta militar agresiva ante las correrías cristianas.[2] Las campañas cumplían además una doble función interna: mantener ocupado y pagado con botín a su enorme ejército —reforzado con contingentes bereberes— e intimidar a los generales de las marcas fronterizas, capaces de erigir principados independientes.[2]

La aceifa: mecánica de la razia

La aceifa era la expedición estival de saqueo, una incursión rápida y devastadora dirigida contra arrabales, monasterios y fortalezas para obtener botín y cautivos, sin propósito de ocupación permanente. A pesar de sus continuas victorias, Almanzor apenas incorporó territorio: sus aceifas solo lograron frenar de forma temporal el avance cristiano.[1]

El Califato organizaba su defensa fronteriza en tres marcas: la Superior, con capital en Zaragoza; la Media, con capital en Medinaceli; y la Inferior, con capital en Coímbra o Coria. Desde ellas partían y a ellas regresaban las columnas, y su control era también uno de los objetivos de las campañas.[2]

Principales campañas

La primera aceifa partió de Córdoba en febrero de 977 hacia tierras salmantinas, donde Almanzor saqueó los arrabales de Baños de Ledesma y se llevó cautivas, aunque no tomó ninguna fortaleza.[1] A esta siguieron, durante un cuarto de siglo, más de medio centenar de campañas —las fuentes oscilan entre las cincuenta y dos y las cincuenta y seis— en las que, según la tradición cronística, nunca conoció la derrota.[2] Por haber apoyado a su suegro, el general Gálib, Almanzor centró sus golpes contra el Reino de León entre 981 y 986, lo que forzó el repliegue de la frontera cristiana al norte del Duero.[2]

El saqueo de Barcelona (985)

Precedido de ataques al condado barcelonés en 978, 982 y 984, el gran golpe llegó en 985. El 5 de mayo de 985 Almanzor salió de Córdoba siguiendo la costa mediterránea hacia Tarragona; el conde Borrell II le salió al paso y fue vencido, sin recibir auxilio del rey franco. Las comarcas del Panadés, el Llobregat y el Vallés fueron asoladas y los monasterios de San Cugat del Vallés, San Pablo del Campo y San Pedro de las Puellas, destruidos y sus comunidades pasadas a cuchillo.[2]

El asedio de la ciudad comenzó el 1 de julio y, según las crónicas, los almajaneques arrojaban contra los muros cabezas humanas en lugar de piedras —hasta un millar diarias—. El 6 de julio un feroz asalto remató la operación: la urbe fue saqueada y sus habitantes, masacrados o llevados como esclavos a Córdoba. El 23 de julio Almanzor regresaba victorioso a la capital. Las crónicas hablan de hasta setenta mil cautivos, cuyo rescate posterior probó la riqueza del condado.[2]

Santiago de Compostela (997)

Sometidos León (986-989) y Castilla (989-995), en 997 Almanzor entró a sangre y fuego en Santiago de Compostela, el gran santuario de la cristiandad peninsular. Respetó, no obstante, el sepulcro del apóstol, pero se llevó a Córdoba las campanas de la catedral, porteadas a hombros de cautivos cristianos.[3][2]

La última razia y Calatañazor (1002)

Ya con más de sesenta años y medio centenar de razias a sus espaldas, Almanzor emprendió en 1002 su última campaña, contra tierras riojanas y sorianas, y atacó el monasterio de San Millán de la Cogolla. Enfermo —al parecer de gota—, hubo de ser trasladado en una camilla durante el regreso hacia al-Ándalus. La leyenda y algunos cronicones cristianos, poco fiables, sitúan aquí una gran derrota en Calatañazor, recordada por la copla:[3]

En Calatañazor, Almanzor perdió el tambor.

Lograse o no esa batalla, el caudillo alcanzó Medinaceli, donde murió el 9 de agosto de 1002 y fue sepultado, según la tradición, junto al polvo que había ido acumulando de todas sus campañas.[3][1]

Las campanas de Santiago: el botín cordobés

El episodio más célebre del botín de las razias une a Córdoba con el final de al-Ándalus. Las campanas que Almanzor trajo de Santiago de Compostela en 997 fueron colocadas en la gran mezquita de Córdoba, donde sirvieron como lámparas durante más de dos siglos. En 1236, tras la conquista de la ciudad por Fernando III, el rey castellano ordenó devolverlas a Galicia, esta vez porteadas a hombros de musulmanes, como desagravio simétrico de aquella afrenta.[3]

Cronología de las razias

Año Campaña u objetivo
977 Primera aceifa: Salamanca y Baños de Ledesma
981 Saqueo de Zamora; inicio de la ofensiva sistemática contra León
985 Saqueo y destrucción de Barcelona
986-989 Campañas contra el Reino de León
989-995 Sometimiento de Castilla
997 Destrucción de Santiago de Compostela
999 Saqueo de Navarra y Aragón
1002 Última razia (San Millán de la Cogolla) y muerte en Medinaceli

Balance historiográfico

La imagen del Almanzor invencible procede en buena medida de las crónicas, tanto árabes como cristianas, que magnificaron sus hazañas y sus cifras. Los números transmitidos —decenas de miles de cautivos, millares de cabezas cortadas— responden a una lógica propagandística y son hoy objeto de revisión y debate por la historiografía.[4] Del mismo modo, la célebre derrota de Calatañazor se considera materia de leyenda más que de historia.[3]

En el plano militar, el saldo permanente de las razias fue limitado: Almanzor saqueó y atemorizó, pero apenas conquistó territorio estable, pues las aceifas eran de castigo y botín, no de ocupación.[1] Su poder, sostenido sobre el ejército y la guerra continua, no sobrevivió a su linaje: pocos años después de la muerte de sus hijos, el Califato de Córdoba se hundió en la fitna que llevó a su desaparición.

Para el estudio de estas campañas siguen siendo fundamentales los trabajos de Luis Molina y de Juan Castellanos Gómez sobre la geoestrategia de las expediciones almanzoríes.[5][6]

Referencias

  1. 1,0 1,1 1,2 1,3 1,4 "Almanzor", en Wikipedia, la enciclopedia libre.
  2. 2,0 2,1 2,2 2,3 2,4 2,5 2,6 2,7 "Sitio de Barcelona (985)", en Wikipedia, la enciclopedia libre.
  3. 3,0 3,1 3,2 3,3 3,4 Camarasa, Vicente: "Almanzor. La última razia", en biombohistorico.blogspot.com.
  4. Sobre la exageración de las cifras y el mito de las razias, véase el artículo del diario ABC (2023) dedicado a la cuestión, en abc.es.
  5. Molina, Luis (1981): "Las campañas de Almanzor a la luz de un nuevo texto", en Al-Qantara, vol. II.
  6. Castellanos Gómez, Juan (2003): "Geoestrategia en la España musulmana: las campañas militares de Almanzor", Ministerio de Defensa.