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Los Barrios De Cordoba (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Los Barrios De Cordoba es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Antiguamente, cada barrio de nuestra ciudad tenía un carácter propio que lo distinguía de los demás; hoy, ese carácter, como casi todo lo típico y tradicional, ha desaparecido al convertirse Córdoba en una ciudad moderna.

El barrio de la Catedral, hace medio siglo, distinguíase por su silencio, por su tranquilidad. En las calles inmediatas a la Mezquita habitaban canónigos y beneficiados, en casas viejas, pero muy bien cuidadas, con frescos patios, en los que siempre se sacrificaba la estética a la comodidad.

En las demás calles tenían sus domicilios las familias amantes del reposo y del sosiego.

Uno de los extremos de este barrio, la Pescadería, constituía la nota discordante del mismo. La mayor parte de su vecindario estaba formada por gitanos y gente de mal vivir, entre los cuales eran muy frecuentes los escándalos, las riñas y hasta los crímenes.

El barrio de San Juan podía considerarse como una prolongación del de la Catedral. Abundaban en él las casas solariegas, las viviendas señoriales, y su constante calma, la soledad de sus revueltas calles, producíannos la impresión de una ciudad dormida.

El de San Pedro era, en cambio, el barrio en que se concentraba toda la vida, todo el movimiento, toda la actividad de la población.

En él hallábanse establecidos numerosos talleres y fábricas de diversas industrias y las principales tiendas de comercio.

En la época a que nos referimos, en que no abundaban, como ahora, las fondas y casas de huéspedes, los forasteros se alojaban en los mesones de la plaza de la Corredera o de sus proximidades, contribuyendo a aumentar la animación de dicho barrio.

Tenía éste unas fiestas típicas llenas de encantos, la procesión de la Virgen del Socorro, que era presenciada en la Plaza Mayor por millares de personas, a las que inspiraba la poética imagen un eutusiasmo [sic] indescriptible.

El barrio de San Andrés era el de los labradores. En él tenían sus viejas casonas, con grandes portalones, con amplios graneros abarrotados de trigo, con extensos patios y cuadras llenas de ganado de labor y de hermosos caballos cordobeses.

Los barrios de San Lorenzo y Santa Marina, genuinamente populares, diferenciábanse de todos los demás por la amplitud de sus calles, por la familiaridad del trato entre sus habitantes, por sus usos y costumbres, hasta por su cielo, más alegre, al parecer, que en el resto de la población.

En el de San Lorenzo vivía la clase obrera, entonces feliz porque no albergaba en sus corazones la ambición ni el odio; cada casa de vecinos era un pueblo en miniatura, habitado por numerosas familias, que se entregaban, durante el día, al trabajo y al anochecer recluíanse en sus hogares, encontrando en ellos los goces y el solaz que hoy buscan, inútilmente, en otros lugares.

El de Santa Marina era el barrio de los piconeros, ese tipo simpático, exclusivamente cordobés, que ya casi ha desaparecido, noble por su comportamiento heroico en un memorable hecho de armas, la batalla del Campo de la Verdad, el cual se diferenciaba de todos los demás cordobeses por su vocabulario pintoresco, por su acento, por su traje, y se distinguía por su ingenio y por su gracia.

No menos típico que el de Santa Marina resultaba el barrio, contiguo a aquél, denominado de la Merced, el barrio del Matadero, cuna de los toreros más famosos, habitado casi exclusivamente por éstos y por los carniceros, matarifes y chindas.

En los días festivos, los hombres vestían el traje corto, las mujeres la falda de vivos colores llena de volantes y arandelas y el rico mantón de Manila e iban al baile, a la verbena o a cualquier otra fiesta popular, haciendo galas por todas partes, del rumbo, del donaire y de la majeza.

En los días de nuestra renombradas ferias, cuando en el circo de los Tejares lucían su arte y su valor Lagartijo , Bocanegra y los demás toreros cordobeses, mucho antes de empezar la corrida la concurrencia en el barrio de la Merced era extraordinaria; los amigos y admiradores de los diestros acudían para acompañarles hasta la Plaza; todos los vecinos salían a las puertas de sus casas para piropearles y despedirles con la consabida frase de: mucha suerte.

Puede decirse que los de San Nicolás de la Villa, San Miguel y la Compañía eran los barrios aristocráticos, residencia de familias acomodadas, de empleados de buena posición y también de algunos labradores.

No menos típico que el carácter de los barrios de Santa Marina y San Lorenzo era el de la Ajerquía o San Nicolás del Río.

En él se hallaban instalados los talleres y fábricas de las dos industrias mis importantes de nuestra ciudad, que le han dado fama: la platería y el adobado de pieles.

En los pequeños portales de sus casas trabajaban también torneros y cordoneros y en las calles de Armas y de la Sillería estaban los almacenes de muebles, construídos en Córdoba, las sillas y los sofás de anea, las camas de madera barnizada, las cómodas y las arcas, las mesas-estufas, las urnas torneadas para las imágenes y los silloncillos de gutapercha y los andadores para los pequeñuelos.

La calle principal de nuestra población, la de la Feria, única que aún conserva su carácter primitivo, pertenecía a este barrio y en ella se celebraba la poética velada de San Juan.

También en la collación de la Ajerquía hallábase el paseo favorito de los cordobeses, el de la Ribera, en el que durante las noches de verano, era extraordinaria la concurrencia de público.

Tan laborioso como el de San Pedro, pero mas tranquilo que este, era el pequeño barrio de Santiago. En él había algunas fabricas de paño y otras industrias y en sus alegres casas de vecinos habitaban molineros, barqueros y pescadores.

Dos veces al año advertíase inusitada animación en la amplia calle del Sol, hoy de Agustín Moreno; cuando se celebraba la feria de la Fuensanta y la verbena de Santiago.

Durante los días de la primera, Córdoba entera desfilaba por dicha calle para visitar el Santuario de la Virgen, beber las milagrosas aguas del Pocito y disfrutar de los festejos que se celebraban en el Campo de Madre de Dios.

La noche de la velada en honor del Patrón de España los obreros del campo, que vienen a la ciudad el 25 de Julio para descansar de sus rudas faenas, invadían la mencionada calle, la cual semejaba un hormiguero humano.

Las risas y la charla de la multitud confundíanse con los pregones de los vendedores, con la destemplada música del tío vivo , con el ruído ensordecedor de carracas de madera y campanas de barro y en el ambiente flotaba el perfume de las macetas de albahaca que decoraban ventanas y balcones y de los ramos de jazmines que las mozas lucían entre sus abundantes y bien peinadas cabelleras.

Lo más saliente del barrio de la Magdalena era su amplia y alegre plaza, contigua a la puerta de Andújar, limitada en uno de sus lados por los muros del templo, defendida por la histórica torre de los Donceles, que manos enemigas del arte y de la tradición demolieron en mal hora.

Muchos vecinos de esta collación se dedicaban a la cría de los gusanos de seda y en bastantes casas había telares para la fabricación de lienzos

Así como los de Santa Marina y San Lorenzo eran los barrios de los obreros de la ciudad, los del Espíritu Santo y San Basilio, más conocidos por los del Campo de la Verdad y Alcázar Viejo, eran los de los obreros del campo; de esos trabajadores que pasaban la mayor parte de la existencia lejos de su familia, entregados a una ruda labor, sufriendo las inclemencias del tiempo, sin lanzar una queja ni un reproche, porque malos consejeros aún no les hablan hecho paladear la levadura del odio.

En las épocas en que los campesinos abandonaban sus faenas para venir a holgar, animábanse extraordina-riamente dichos barrios.

En el de San Basilio era fiesta de gran solemnidad, día de verdadero júbilo el 15 de Agosto, dedicado por la Iglesia a conmemorar la Asunción de María Santísima.

Los campesinos, vestidos con sus trajes de paño negro, sus camisas de pechera encañonada y sus botas de color con casquillos charolados asistían a la procesión de la imagen de Nuestra Señora del Tránsito, a cuyo paso por las limpias y bien regadas calles del barrio una multitud de hombres, mujeres y chiquillos no cesaba de repetir, con entusiasmo delirante, la original y simpática frase: ¡Viva la Virgen de acá!

Los vecinos del Campo de la Verdad congregábanse, el 3 de Mayo, en la explanada contigua a la Iglesia para celebrar la fiesta de la Cruz con bailes, juegos y otras expansiones, y los mozos se disputaban el honor de llevar la Cruz guiona , que conservan como preciado tesoro, en la procesión del Santo Entierro.

A veces, de tarde en tarde por fortuna, el Guadalquivir turbaba la tranquilidad de los honrados vecinos de este barrio, penetrando en sus casas, soberbio, impetuoso, avasallador.

Las aguas arrastraban cuanto había en los modestos hogares de aquella pobre gente, dejándola sumida en la miseria más espantosa.

Entonces la ciudad hidalga y noble daba gallarda prueba de sus sentimientos generosos, de su caridad inagotable, acudiendo solícita a socorrer con mano pródiga a aquellos desheredados de la fortuna.

Tales eran los barrios de Córdoba en los tiempos en que esta población conservaba su carácter propio, que hoy va perdiendo al convertirse en una ciudad moderna.

Diciembre, 1921.