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Los Bodegones (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Los Bodegones es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Antaño, entre las notas típicas de la plaza de la Corredera, y sus alrededores figuraban los bodegones establecidos allí por ser el punto de reunión de la clase popular y el sitio en que se hallaba la mayoría de los mesones y demás albergues de la gente humilde.

Los bodegones, cuyo número ha disminuido hoy considerablemente, estaban instalados en espaciosos portales que servían, a la vez, de comedor y de cocina.

En un extremo aparecían las hornillas y el fogón y, a lo largo de la estancia, una o varias mesas cubiertas con manteles no muy limpios y rodeadas de toscas sillas o de bancos de madera.

De diez a doce de la mañana y durante las últimas horas de la tarde gran número de personas invadía las modestas casas de comidas formando un pintoresco y abigarrado conjunto.

Allí se congregaban los laboriosos hijos de Galicia dedicados a mozos de cordel y faroleros, los vendedores de relaciones y almanaques, los arrieros y otros huéspedes de los mesones, que preferían la comida del bodegón a la de la posada y algunos representantes de la gente del hampa, legítimos sucesores de los famosos manteses de Corredera.

A veces entre los comensales figuraban uno o dos que se distinguían por su grotesca indumentaria; eran los titiriteros ambulantes, los saltimbanquis vestidos con trajes de malla descoloridos o con el ridículo disfraz del payaso.

Los bodegones solían tener una parroquia distinta según el lugar en que se hallaban, en los de la Corredera predominaba el elemento característico de la Corte de Monipodio; los de la plaza del Salvador eran los preferidos por los gallegos y a los de la plaza de las Cañas acudían arrieros, traginantes y cosarios.

En estas casas por muy poco dinero se llenaba el estómago, no de manjares exquisitos, pero sí de comida abundante, y quien disponía de un par de reales disfrutaba de un banquete tan opíparo como los más famosos de Lúculo.

No había gran variedad de platos en estas humildes hosterías; en el almuerzo servíase invariablemente guisos de asadura con arroz, de callos, de guifa o de morcilla de lustre con tomate y en la comida sopa con tan poca sustancia que, segün [sic] los maliciosos, estaba hecha con pan mojado en agua caliente y un cocido en el que sólo valiéndose de la linterna de Diógenes, se podía encontrar media docena de garbanzos, duros como balines, entre un informe montón de verduras mal olientes.

El feliz parroquiano que disponía de recursos para permitirse el lujo de pedir un principio mezclaba en su abdomen, con la bazofia ya indicada, un guisote de carne de la que expenden las chindas o un poco de pescado, ya frito ya en salsa, vivamente coloreada de amarillo, en fuerza de echarle azafrán.

Generalmente actuaba de cocinera una mujer recia, fornida, copia exacta de la Marttornes [sic] descrita por Cervantes en su obra inmortal y servían de camareros hombres que, por su tipo y por su ropa, más parecían jayanes de cortijo que mozos de comedor.

Los bodegones, por regla general, ostentaban nombres bonitos y hasta poéticos, tales como “La Paloma”, que ciertamente no estaba en relación con la limpieza del establecimiento y “La Esmeralda”, éste bien aplicado, pues en la casa así denominada la base de la alimentación erau [sic] las verduras, apesar de que entonces no habían comenzado aún las propagandas de los vegetarianos

Cuando se pusieron en boga los baratos a real y medio la pieza, el dueño de una casa de comidas situada en la calle de Diego de León anunció almuerzos al módico precio a que se expendían todos los artículos de los baratos a que nos hemos referido anteriormente.

Muchas personas, no sólo pobres sino también de la clase media, acudían a disfrutar de la ganga , porque una verdadera ganga eran tales almuerzos; ¡cono que en ellos servíase, por cuarenta céntimos, una tórtola en salsa, una naranja, un bollo de pan y un vaso de vino de Valdepeñas!

No obstante el precio inverosímil de estos almuerzos, cada uno proporcionaba al amo del bodegón una ganancia de medio real.

¿Cómo podía ser esto? Muy sencillo; porque en vez de una tórtola daba un pájaro de los llamados vulgarmente abejarucos, que sólo le costaba cinco céntimos, y el vaso de vino contenía mucha mayor cantidad de agua que de mosto.

Como nada queda oculto, al fin se descubrió la farsa, que originó la quiebra del establecimiento.

Sucursales de estas casas de comidas eran los que pudiéramos llamar bodegones al aire libre y que en la época de la concentración en la capital de los quintos de la provincia veíamos en la plaza Mayor y en las inmediaciones de algunos cuarteles.

Consistían en amplias mesas, cubiertas con sucios manteles y llenas de grandes y pintarrajeadas fuentes de pedernal, repletas de tajadas de bacalao, de trozos de atún, de manojos de sardinas, todo muy pajizo por efecto del azafrán, especia que, como ya hemos dicho, se prodigaba extraordinariamente en las comidas de los bodegones, todo casi petrificado a juzgar por su dureza.

Los quintos agolpábanse como bandadas de pájaros alrededor de tales mesas para devorar estas pobres viandas o hacer provisión de ellas en el morral, y luego se diseminaban por la población, luciendo sus gorrillas azules con borla y ribetes encarnados, lanzando al aire coplas sentidas, tañendo la guitarra, sin duda para olvidar la pena que les producía el alejamiento del hogar, el recuerdo de los padres y de la novia.

Diciembre, 1922.