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Los Circos Ecuestres (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Los Circos Ecuestres es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En tiempos ya lejanos, cuando no se conocía el cinematógrafo ni los llamados números de variedades , que son una consecuencia de aquel, los espectáculos favoritos del público eran las representaciones teatrales y las funciones de los circos ecuestres.

Por este motivo había excelentes compañías tanto cómicas, líricas y dramáticas como acrobáticas y ecuestres, que recorrían las principales poblaciones, obteniendo en todas ellas pingües ganancias.

Entre las últimas de las compañías citadas ocupaba el primer lugar la de don Rafael Díaz, compuesta de artistas notabilísimos y poseedora de una magnífica colección de caballos.

Casi todos los años nos visitaba al aproximarse la feria de Nuestra Señora de la Salud y permanecía largas temporadas en Córdoba, donde la numerosa familia de Díaz llegó a reunir muchos amigos entre todas las clases de la sociedad.

Las primeras veces que actuó aquí estableció un circo en el solar de la calle del Ayuntamiento llamado el Galápago , contiguo al edificio de la Diputación provincial y después en el del paseo del Gran Capitán ocupado hoy por el Teatro Circo.

En todas sus funciones era extraordinaria la concurrencia de público y especialmente en las de los domingos y los jueves, estas últimas denominadas de gala, en las que se daba cita la aristocracia cordobesa.

Los espectadores no se cansaban de admirar a las distinguidas e incomparables amazonas Amalia y Constanza Díaz; a las artistas que, envueltas en vaporosas gasas, semejando flores o mariposas policromas, hacían difíciles ejercicios sobre briosos corceles y saltaban a través de grandes aros cubiertos de papeles de colores; a los ocho caballos amaestrados, soberbios ejemplares de su raza, que presentaba en libertad Eduardo Díaz.

Admiración no menor la producían los blancos prodigiosos del gran tirador de rifle capitán Rosel y los trabajos de miss Aicha, una joven india, mulata, que semejaba un reptil cuando se revolvía sobre la alfombra en inverosímiles contorsiones.

Pero el artista predilecto de los cordobeses era el payaso Tony Grice, sin duda el mejor de su género que ha actuado en los circos españoles. El poseía el secreto, merced a su ingenio y su gracia inagotables, de mantener en constante hilaridad al público.

Le secundaba con acierto extraordinario otro payaso, también inglés como él, Willians Honrey, quienes presentaban intermedios cómicos siempre variados y originales.

En cierta ocasión hallábanse disgustados ambos artistas y, al efectuar un juego, en el Circo del Gran Capitán, comenzaron a propinarse puñetazos y bofetadas con verdadera furia.

Sus compañeros y los espectadores creyeron, al principio, que se trataba de una broma, pero pronto se convencieron de que los golpes eran de verdad y tuvo que acudir toda la compañía para separarlos.

Tony Grice estuvo a punto de perder un ojo a consecuencia de un trompis .

Estas funciones concluían siempre con pantomimas de gran espectáculo, que por el lujo de sus detalles y por la riqueza del vestuario de los artistas llamaban extraordinariamente la atención.

Sobresalían entre ellas las tituladas El Carnaval en Niza , de presentación verdaderamente fastuosa; La feria de Sevilla , en la que no faltaban las casetas típicas, la juerga de cante y baile flamenco y la lidia de un novillo auténtico, y La guerra de Africa , cuyo detalle más saliente era la caída de un caballo que simulaba ser herido por una descarga de los moros y, cuando le curaban y vendaban una mano, levantábase y emprendía la marcha sin poner aquella en el suelo, como si realmente estuviera inútil.

Como prueba de la afición que en otros tiempos había en Córdoba a esta clase de espectáculos, recordaremos que en uno de los sitios menos céntricos de la población, la plaza de Abades, se convirtió en circo, durante una larga temporada, el mercado construido en parte del edificio que fue convento de Santa Clara, y a las funciones que allí se celebraban todas las noches asistía numeroso público.

En el Campo de la Merced levantóse, hace ya muchos años, un espacioso circo en el que trabajaba una excelente compañía.

De ella formaba parte un domador de fieras, el coronel Boone, que presentaba una colección de hermosos leones perfectamente amaestrados.

Una noche, al terminar sus arriesgados trabajos, anunció que la noche siguiente permitiría la entrada en la jaula a la persona que le quisiera acompafiar, garantizándolo que nada le ocurriría.

En efecto, en la función del día inmediato, el coronel Boone preguntó si había algún espectador dispuesto correr tal aventura.

Acto seguido presentóse un joven de fuerzas hercúleas, siempre ocurrente y de buen humor, popularísimo en nuestra capital quien, de un salto, se encaramó en la jaula. El domador, después de cerrada, abrió la compuerta del departamento donde se hallaban los leones y los terribles felinos, apenas vieron penetrar en su encierro al intruso , intentaron abalanzarse sobre él, lanzando rugidos terribles.

Gran trabajo costó a Boone librar de las garras de las fieras al valeroso espectador, quien tuvo que abandonar la jaula más que deprisa.

Los concurrentes a la función sufrieron un susto mayúsculo y algunas señoras fueron víctimas de desmayos.

También merece especial mención entre los circos notables el construido en el solar del paseo del Gran Capitán en que hoy se halla el cinematógrafo del señor Ramírez de Aguilera, circo por el que desfilaron notables artistas de todos los géneros, entre los que llamó poderosamente la atención la Condesa de Valsois con sus elefantes, que efectuaban trabajos inverosímiles.

Después, en varias épocas, ha actuado en el Teatro Circo del Gran Capitán la compañía de la familia Alegría, una de las mejores, sin disputa, que ha habido en España después de desaparecer la de don Rafael Díaz, con la que ninguna otra pudo competir.

Constaba aquella de numeroso personal, sobresaliendo los hermanos Alegría, notables gimnastas y elegantes amazonas, y los graciosos y originales payasos Rico y Alex; tenía buenos caballos amaestrados perfectamente y se presentaba con gran lujo

Sin embargo, el cinematógrafo y las variedades la obligaron a disolverse, como ha ocurrido, no sólo a casi todas las de su genero, sino a muchas de zarzuela, y hoy los artistas que la constituían vagan dispersos, haciendo números en los cines.

Así habrán visto nuestros lectores, las últimas veces, a los payasos mencionados, Rico y Alex.

Había tres circos populares, indispensables en casi todas las ferias, que jamás faltaban en la de Nuestra Señora de la Salud: los de Juan Fessi, Manolo Cuevas y Gonzalo Agustino.

La atracción del primero, como decían sus carteles eran los cuatro toros amaestrados que sólo Díaz había presentado antes que Fessi; la del segundo los caballos a la alta escuela, que efectuaban difíciles saltos, evoluciones y equilibrios, obedientes a la voz y al restallar de la fusta de Manolo Cuevas, un verdadero atleta mitológico vestido de frac y pantalón de ante, y la del tercero los graciosísimos intermedios cómicos de Gonzalo Agustino, que desternillaban de risa a los espectadores

Algunos trabajos, por lo grotescos y originales, diéronle justa fama, como la parodia de la funámbula, que realizaba simulando deslizarse por una maroma atada a dos sillas y debajo de la cual se colocaba, a cuatro pies, un hombre, sobre cuyas espaldas evolucionaba la fingida titiritera.

Gonzalo tenía tan excelentes aptitudes para payaso como para torero e innumerables veces las reveló en Córdoba en las funciones que, después de su actuación en la feria, celebraba en la Plaza de Toros, lidiando bravos novillos con más arte que muchos diestros de esos a quienes hoy se prodiga de modo risible el calificativo de fenómenos.

Una noche de feria, en el circo de Fessi, desarrollóse una escena trágica. Un espectador que se hallaba embriagado penetró en el departamento donde se vestían las artistas; Fessi le ordenó que se marchara de allí y el beodo asestóle una tremenda puñalada en el cuello. El pobre director de circo tuvo que permanecer largo tiempo en el hospital y quedó inútil para realizar algunos trabajos de su profesión.

Manolo Cuevas, al iniciarse la decadencia de estos antiguos y agradables espectáculos, sustituyó su circo por un bien presentado salón de figuras de cera, el cual fue reducido a cenizas por el voraz incendio que, hace más de veinte años, destruyó gran número de instalaciones de la feria de Nuestra Señora de la Salud.

Aquel artista, en varios minutos, perdió cuanto poseía, que represeutaba [sic] un modesto capital, reunido a costa de fatigas durante muchos años, y se vió envuelto en la ruina más espantosa; falto de todos los elementos de que disponía para ganar honradamente el pan.

Gonzalo Agustino, merced a su extraordinaria popularidad, ha conseguido seguir rodando con su circo por el mundo, y aunque a causa de haber sufrido una cruel enfermedad y una dolorosa operación quirúrgica, ya no puede regocijar al público ni hacerle reir a mandíbula batiente con la parodia de la funámbula o las habilidades del burro Rigoletto, basta el nombre del viejo artista para llenar siempre su barraca de espectadores.

Hace poco Manolo Cuevas regresó del extranjero, donde ha permanecido muchos años; unióse con su pariente Gonzalo Agustino y ambos siguen su antigua odisea por capitales y pueblos presentando su arte primitivo pero sano, agradable, vistoso, que nos recrea honestamente y trae a la memoria muy gratos recuerdos de otros días.

Septiembre, 1919.