Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

Los Cobradores De Cuentas (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Los Cobradores De Cuentas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Están equivocados quienes consideran la profesión de cobrador de cuentas análoga al oficio del aguador que se aprende al primer viaje; aquella requiere en los individuos que la ejercen condiciones y aptitudes especiales que es muy difícil encontrar reunidas en una persona.

El cobrador, para salir airoso de su difícil misión en todos los casos que se le presenten, y han de presentársele algunos inesperados, y muchos originales y graciosos, necesita, en primer término, una gran dosis de paciencia, y además flexibilidad de carácter a fin de aparecer afable y condescendiente o enérgico y violento según lo exijan las circunstancias; fino ingenio, al que hay que recurrir en muchas ocasiones para cazar a los tramposos y constancia a toda prueba en el asecho de los malos pagadores.

Sólo poseyendo estas dotes puede el cobrador de cuentas obtener la victoria en las múltiples batallas que ha de librar; sobreponer su estrategia a la del enemigo, pródiga siempre en recursos para burlar la persecución de que se le hace objeto.

¡Cuántas y cuán variadas estratagemas pone en juego el mal pagador para no saldar sus cuentas! Unos, cuando les presentan una factura, sonríen afablemente, cuentan una historia para justificar su falta de dinero en aquel momento y dan palabra terminante, que nunca cumplen, de pagar en fecha muy próxima; otros, montan en ira al ver la cuenta y amenazan al cobrador con mascarle la nuez si no se marcha pronto; estos nunca están en sus casas cuando van a buscarles para que “quiten de enmedio un piquillo”, según frase vulgar entre cobradores; aquellos siempre encuentran errores en las facturas, que les sirve de pretexto para devolverlas.

Por todo lo expuesto resulta, como ya hemos dicho, ardua, delicada, penosa, la profesión de cobrador de cuentas y entre quienes se dedican a ella suele haber tipos curiosos, dignos de estudio.

Uno de estos fue el Tío Rayo , aquel periódico viviente de los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, ya mencionado en una de nuestras crónicas restropectivas[sic], hombre que además de dedicarse a adquirir y propalar noticias y a las ocupaciones de mandadero y recadero, se dedicaba al cobro de cuentas incobrables y valga la paradoja.

Para conseguirlo utilizaba un procedimiento original, exclusivamente suyo, por el que habría podido obtener privilegio de invención, y al que no se resistía ni el más empedernido tramposo.

El Tío Rayo se presentaba en el domicilio del deudor, saludaba muy cortesmente a la persona que lo recibía, preguntaba por el estado de salud de todos los moradores de la casa, expresando su satisfacción si se hallaban buenos o su disgusto si alguno se encontraba enfermo y, a continuación decía: pues bien, aquí traigo una facturita para don Fulano. Es de don Zutano y sólo asciende a tantas pesetas.

Don Fulano ha salido, decíanle en la mayoría de las casas y él contestaba con afabilidad suma: bueno, con permiso de usted voy a esperarle en la puerta.

Acto seguido despedíase con atentas frases a las que acompañaba una respetuosa inclinación de cabeza e iba a sentarse en la gradilla de la puerta dispuesto a permanecer allí hasta la consumación de los siglos, si era preciso.

Como nuestro hombre gozaba de gran popularidad no había transeunte que, al verle, no le preguntara: Tío Rayo ¿qué hace usted aquí? y él invariablemente respondía: estoy esperando a don Fulano para que me pague una cuentecita. Como siempre que vengo se halla ausente hoy he decidido esperarle hasta que vuelva.

Si alguna persona no le interrogaba al pasar, el cobrador saludábala con estas palabras: vaya usted con Dios, don Fulano, añadiendo: usted preguntará que hago aquí ¿verdad? pues estoy esperando a don Zutano para cobrarle esta facturita. Véala usted, es poca cosa, pero como jamás encuentro a don Zutano en su casa hoy he decidido aguardarlo para quitar de enmedio este piquillo.

Tal procedimiento era infalible, pues el deudor que carecía de dinero lo sacaba aunque fuera del centro de la tierra a fin de tapar la boca a aquel terrible pregonero de trampas.

Bastantes años después surgió un emulo del Tío Rayo , un individuo que cobraba las cuentas incobrables a costa de paciencia. Frecuentemente pasaba días y días sentado frente a la puerta de la casa de un deudor, convirtiendo una gradilla en mesa para comer y en lecho para dormir con tal de permanecer en asecho de un tramposo, hasta darle caza.

En cierta ocasión uno de aquellos, harto del asedio de que era víctima, llamó a su constante perseguidor e interrogóle airado: ¿que quieres conmigo?

Que me pague usted esta factura, le contestó el interpelado.

Pues yo pago a los impertinentes con esta moneda, agregó el deudor encolerizado, al mismo tiempo que sacaba un revólver de un cajón del bufete.

Y yo traigo esto para dar las vueltas, replicó sin inmutarse el testarudo cobrador, a la vez que mostraba en diestra una pistola enorme.

El mal pagador depuso su actitud, abonó la factura además regaló un cigarro puro a aquel individuo que estaba curado de espanto, según acababa de demostrarle.

Un pobre diablo que aguzaba el ingenio de modo concebible para poder vivir y, no obstante, se quedaba muchos días sin comer, concibió un sistema original de cobranza de cuentas, el cual no pudo poner en práctica por falta de recursos y que, acaso, habría sido más eficaz que los expuestos anteriormente.

Consistía en utilizar un cochecito, para ir a las casas de los deudores, que ostentara en la parte más visible esta inscripción en gruesos caracteres: Cobranza de cuentas a domicilio.

Este procedimiento, decía el pobre diablo, ofrece innumerables ventajas; con él se concede prestigio al cargo de cobrador; se puede recorrer varias veces la ciudad todos los días; no hay que soportar el peso de las talegas del dinero y, sobre todo, se consigue que hasta los tramposos que pudiéramos llamar de profesión, abonen las facturas apenas se las presenten a fin de evitar que ante su domicilio se detenga el carrito cuyo rótulo produciría a muchos análogo efecto al causado por las terribles palabras de fuego que aparecieron en el festín de Baltasar.

Como ya hemos dicho, el autor de esta idea no la pudo realizar por falta de unas miserables pesetas para adquirir el coche y el borriquillo que lo arrastrara. Fracasó en una empresa que, si la Fortuna no le vuelve la espalda, acaso le habría conducido al templo de la inmortalidad.

Para terminar consignaremos una frase que tiene la gracia y el ingenio característicos de nuestra tierra.

Habitaba en Córdoba un aristócrata tronado, en tan crítica situación que para poder vivir tenía que vender diariamente un mueble, un objeto de algún valor o una prenda de ropa.

Un acreedor asediábale con facturas y cuentas, sin conseguir que las pagara.

El encargado de hacerlas efectivas cada vez que se presentaba en la vivienda del aristócrata advertía la falta de una sillería, de un armario, de una mesa o de otros múltiples efectos.

Un día encontró la casa completamente desmantelada; se abstuvo de presentar los recibos y, pocas horas después, devolvíalos al acreedor diciendo: tome usted que yo no voy más a casa de don Fulano.

¿Por qué? preguntó aquel con extrañeza.

Y el cobrador respondió; porque voy a encontrar a toda la familia durmiendo, como los pájaros, en un tendedero,

Octubre, 1925.