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Los Domingos De Antaño (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Los Domingos De Antaño es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

¡Qué diferencia hay entre los domingos de antaño y los de nuestros días! Antiguamente los hombres no trasnochaban el sábado más que de costumbre, como acontece ahora; retirábanse temprano a sus casas, para entregarse al descanso, con el objeto de madrugar el domingo.

En cambio las mujeres del pueblo pasaban gran parte de la noche indicada en vela, porque después de haber terminado las cotidianas tareas domésticas tenían que dedicarse a planchar la camisa y repasar el traje de gala de sus maridos, hijos o hermanos.

El domingo la clase obrera levantábase al alba; hombres y mujeres se vestían con los trapitos de cristianar e iban a oír misa a la iglesia más próxima a sus hogares.

Después marchaban a la plaza de la Corredera, ellas a comprar las viandas, ellos a matar el gusanillo con unas chicuelas de aguardiente en las típicas tabernas y aguaduchos del mercado y a pasar un rato de charla con los amigos.

Las mozas, desde la Corredera, dirigíanse invariablemente a la plaza del Salvador, con el objeto de adquirir el ramo de violetas o de rosas que lucirían, por la tarde, entre la bien peinada cabellera.

Las viejas que se dedicaban a la profesión de despenseras, congregábanse al apuntar el día, en la iglesia de San Pablo, para asistir a la misa que el popular Padre Cordobita celebraba al amanecer, sin que las retrajeran las terribles catilinarias que el anciano sacerdote solía dirigirles, interrumpiendo el Santo Sacrificio, cuando las sorprendía en animada charla.

Todo el vecindario cumplía con los preceptos de la Iglesia y los templos llenábanse de fieles, ofreciendo un espectáculo hermoso, consolador.

Terminado el almuerzo muchas familias marchaban al campo, especialmente en los días de sol del invierno, para oxigenar los pulmones y a fin de que los chiquillos pudieran jugar y correr a sus anchas.

Como las excursiones campestres abren el apetito, siempre los expedicionarios iban provistos de una merendilla, compuesta de sabrosas aceitunas, encerradas en una esportilla bien cosida con un bramante para que no se salieran y mancharan los bolsillos; de queso, pan y algunas chucherías, sin que faltara la típica bota de vino, hoy sustituida por la poco manejable damajuana.

Los hombres aficionados a la caza iban armados de sus escopetas para matar cuatro pajarillos y mientras se dedicaban a este deporte las mujeres y los muchachos se entretenían buscando hinojos y espárragos o cogiendo bellotas.

Otras familias, poco partidarias de los paseos largos, se dirigían a los pasos a nivel próximos a la ciudad para pasar el rato viendo las maniobras de los trenes que entonces llamaban la atención de las gentes sencillas, las cuales no podían explicarse c6mo andaba una interminable serie de coches sin caballos, mulas o bueyes que tiraran de ellos.

La llamada buena sociedad se reunía en el salón de los jardines altos, donde las muchachas, con trajes sencillos, honestos, libres del antiestético sombrero, luciendo la bien peinada cabellera, discurrían en grupos ligeras, alegres, entregadas a una incesante charla como parleras golondrinas.

Al anochecer todos regresaban a sus hogares, satisfechos de la jornada, y ni aún en la mesa más pobre faltaba un plato extraordinario para festejar el domingo.

Concluída la cena, las familias que no preferían a los espectáculos y diversiones pasar la velada alrededor de la mesa estufa, iban al Teatro Principal o del Recreo para solazarse con las representaciones de dramas y zarzuelas de mucho mayor mérito artístico que las modernas obras.

Los hombres aficionados al juego del dominó pasaban el rato en el café de la viuda de Lazaro o en el Suizo viejo entregados a esa distracción mientras apuraban el vaso de café y la copa de rom [sic] con marrasquino, endulzándose después la boca con el terrón de azúcar que convertían en caramelo al quemarlo con unas gotas de rom.

La gente alegre buscaba recreo en los cafés cantantes, instalados, ya en el antiguo teatro de Moratín, ya en el derruido mercado de la plaza de Abades, donde tocaores , cantaores y bailaoras representaban un espectáculo mucho más artísticos [sic] y mucho más moral que las modernas funciones de cinematógrafo y variedades.

En verano, al atardecer, las mozas iban a los huertos para bañarse en sus albercas y comprar los olorosos ramos de jazmines.

Por la noche la aristocracia se reunía en el paseo de San Martín y la clase media y el pueblo en el de la Ribera.

Muchas personas efectuaban excursiones por el Guadalquivir en las casi prehistóricas barcas de Juanico y los hermanos Montes, iluminadas con los primitivos faroles de aceite, que, vista desde lejos, semejaban enormes luciérnagas.

Los hombres se detenían en los aguaduchos establecidos en diversos puntos de la población, para beber un exquisito refresco de pastilla de almendra o un vaso de agua fresca con un bolado y un chorreón de aguardiente, y los jóvenes obsequiaban a las muchachas con las famosas merengas de las confiterías del Realejo, de Castillo y de Hoyito, cuando no preferían las clásicas arropías de clavo, dulces, melosas como las palabras de un amante.

La gente abandonaba temprano los paseos y demás lugares de reunión, entregándose al descanso, para el lunes reanudar el trabajo interrumpido el sábado, con energías, con actividad todos alegres y satisfechos, sereno el espíritu y la conciencia tranquila, con la inefable tranquilidad que proporciona el cumplimiento del deber.

Marzo, 1922.