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Los Gallegos (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Los Gallegos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hoy vamos a dedicar estos recuerdos a los honrados hijos de Galicia que, apenas se hallan en aptitud para trabajar, abandonan su poética región y se esparcen por todas las poblaciones de España, dispuestos a ganar el sustento dedicándose a las faenas más rudas y humildes.

Apesar de que estos hombres viven apegados a la tradición, también se van olvidando de sus antiguos usos y costumbres que, como todo lo primitivo, está lleno de encantos.

Los gallegos que hace cuarenta años venían a Córdoba dedicábanse, no sólo al oficio de mozos de cordel que ejercen en casi todas las ciudades, sino al de faroleros y también al trasiego de los vinos.

La colonia gallega de la clase humilde siempre era numerosa en nuestra ciudad y todos los individuos que la formaban ajustábanse al mismo régimen.

Habitaban en determinadas casas, a las que el pueblo solía llamar de los gallegos, figurando siempre el mayor contingente en una de la calle de la Morería que desapareció al efectuarse el, ensanche de aquella.

Los mozos de cordel eran inquilinos que producían muy pocas molestias en sus viviendas, pues apenas permanecían en ellas el tiempo indispensable para el descanso.

Tenían dos puntos de reunión a los que el público iba a buscarles cuando necesitaba que les hicieran un mandado, las plazas de las Tendillas y del Salvador.

En ellas se les encontraba invariablemente ya entretenidos en sus juegos habituales, la lucha brazo a brazo o a golpes con las haldas y cordeles, o ya durmiendo sentados en las puertas del solar de la Encomienda, del templo de San Pablo y de las tabernas próximas a este.

Ni aún para comer iban a sus casas; por la mañana engañaban el hambre, en los lugares indicados, con un pedazo de pan y un poco de queso o unas aceitunas a guisa de almuerzo y por las tardes acudían a los bodegones de los portales de la Corredera y de la plaza del Salvador para reponer las fuerzas, debilitadas por el duro trabajo, con un plato de bazofia mal oliente.

Frugales hasta un grado inverosímil, económicos hasta la exageración, no tenían más vicio que el ahorrar, porque en ellos era ya un vicio lo que en otros es una virtud; así conseguían, a costa de malos ratos y privaciones, reunir

modestos capitales y entonces regresaban a su terruño y terminaban sus días consagrados al amor de la familia, de la que estuvieron lejos más de la mitad de su existencia y al cultivo del campo que les vió nacer.

Algunos, como conocedores del negocio se dedicaban al comercio de vinos y más de dos lograron en Córdoba, por este medio, una posición envidiable.

Unicamente los que eran faroleros al par que mozos de cordel se permitían el lujo de malgastar unos cuartos, nunca llegaba a un real, todas las noches.

Cuando concluían la operación de apagar el alumbrado público, reuníanse en varios aguaduchos y tabernas donde esperaban el día entretenidos en amena charla a la vez que saboreaban medio vaso de café mezclado con la indispensable chicuela de aguardiente.

En las largas noches de invierno mataban el tiempo jugando algunos partidos a la brisca sin que en el juego mediaran jamás intereses.

Había gallegos popularísimos, como los hermanos conocidos por Tambora , y todos se distinguieron, como siguen distinguiéndose los actuales, por su honradez acrisolada.

Aunque no les faltaba trabajo durante todo el año, antiguamente se utilizaban más los mozos de cordel y menos los carros de transporte que ahora, cuando se aproximaba el 24 de Junio, la fecha fatídica de las mudanzas , tenían que multiplicarse, que no descansar un momento para atender a cuantos reclamaban sus servicios y entonces hacían su agosto.

Ganaban más que en todo el resto del año, pero a costa de grandes esfuerzos y sudores, teniendo que sufrir las impertinencias de todo el mundo, el mal humor de caseros irascibles e inquilinos exigentes y las tremendas filípicas de las personas a quienes rompían algún mueble o cachivache.

A cada momento ocurrían escenas cómicas, algunas de las cuales estaban a punto de terminar en tragedia. Un día de San Juan dos gallegos conducían a palanca, por la Cuesta de Luján, una enorme y pesada tinaja llena de aceitunas.

A causa de un descuido de los mozos de cordel, la tinaja chocó contra un enorme pedrusco del pavimento de la calle que le hizo añicos el fondo.

Los conductores de la descomunal vasija no se enteraron del accidente hasta que advirtieron que el peso de la carga disminuía de modo extraordinario.

¡Cómo no había de disminuir si la tinaja estaba vacía y en la Cuesta de Luján había un reguero de aceitunas, de las que se apoderaban presurosa y con extraordinario júbilo una infinidad de mujeres y chiquillos!

Las crónicas no cuentan que ocurrió entre el dueño de la tinaja y los gallegos, pero debió ser un paso de comedia chistoso. En otra ocasión un mozo de, cordel tenía que mudar dos tremendos arcones vacíos; como pesaban poco y a él le convenía aprovechar el tiempo, decidió llevárselos de una vez y, al efecto, se situó debajo de un balcón desde el cual los hicieron descender, por medio de cordeles, hasta las recias espaldas del mozo.

Este emprendió la marcha con dificultad a causa de la balumba excesiva de su carga y tuvo la desgracia de perder el equilibrio y caer debajo de los arcones.

El infeliz sufrió tal magullamiento, que le produjo la muerte.

La gente de buen humor y no muy piadosas intenciones hacía objeto de bromas pesadísimas a los mozos de cordel. Estos, en el verano, acostumbraban a no usar más ropas que una camiseta, una blusa y unos bombachos sujetos a la cintura con una correa. Los bromistas de mal género, cuando encontraban en su camino a un gallego con una carga de la que no podía desembarazarse sin la ayuda de otra persona, cortábanle con una navaja la correa del pantalón que se convertía, al caer, en trabas, dejando al pobre hombre en la más vergonzosa de las desnudeses, hasta que acudía en su auxilio algún compasivo transeunte.

Pero sin duda, la peor partida que registran las crónicas, jugada a un hijo de Galicia, fué la que ideó y puso en práctica el popular Carlillos el Pintor.

Este original tipo cordobés, famoso por sus travesuras, llenó una orza de inmundicias, tapóla perfectamente para que no se notara su perfume y llamó a un mozo de cuerda para que la llevara a la casa que él le indicaría.

El gallego se colocó la orza en el hombro y emprendió la marcha acompañado del autor de la diabólica idea. Cuando se hallaban en medio de la calle de la Feria, Carlillos separóse algunos metros de su presunta víctima,

sacó del bolsillo una piedra de gran tamaño y la arrojó con todas sus fuerzas a la orza que cayó, convertida en pedazos, del hombro de su conductor y propinó a este un baño imprevisto, no de agua de rosas ciertamente, sino de los líquidos más inmundos.

Los gallegos sólo descansaban dos días al año, los dedicados por la Iglesia a los Santos Reyes y a la Invención de la Cruz. Ellos, que no dejaban de trabajar los domingos, que no guardaban las fiestas más solemnes, el 6 de Enero y el 3 de Mayo, seguramente no habrían "hecho un mandado" según su frase, por todo el oro del mundo.

Sólo en esos días cambiaban de indumentaria, sustituyendo blusa, bombachos, alpargatas y sombrero raido y agujereado, por el traje negro de burdo paño, las botas con casquillos de colores y el sombrero de anchas alas, todo flamante, y se lanzaban a la calle formando un cuadro original y típico.

Todos aquellos hijos del trabajo se transformaban súbitamente en artistas, en músicos y danzantes.

Provistos de tamboril, gaita y castañuelas, además de grandes panderetas, el día de los Reyes y de una Cruz llena de lazos y flores el 3 de Mayo, recorrían la población tocando los melancólicos aires de su tierra y visitaban a las personas a quienes servían para obsequiarlas con bailes y conciertos.

En justa compensación eran agasajados en todas partes; aqui ofrecíanle vino, allí dinero, y cuando los vapores alcohólicos empezaban a producir su efecto, transformada

la morriña en indescriptible júbilo, el repiqueteo de las castañuelas atronaba el espacio y los bailarines parecían presa de una agitación febril a juzgar por los incesantes saltos, contorsiones y cabriolas conque sustituían los monótonos y pausados movimientos de la gallegada.

Hoy, apesar del apego que los hijos de Galicia tienen a sus tradiciones, ha desaparecido esa costumbre; ya el día de los Reyes y el de la Cruz de Mayo no recorren nuestra ciudad los mozos de cordel lanzando al viento las notas tristes y melancólicas de la gaita, evocadoras de la sentimental y dulce poesía de esa región, compendiada en los versos maravillosos de Rosalía de Castro.

Junio, 1920.