Los Piconeros Cordobeses Heroicos Y Caritativos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Era el mes de Abril del año 1810.
La noble ciudad de Córdoba se hallaba en situación muy crítica.
Sostenían entonces una tremenda lucha, enconada, sin cuartel, don Pedro I de Castilla y su hermano don Enrique, y como nuestra población se hubiese declarado en favor del segundo, el Rey más discutido por los historiadores, justiciero según unos, cruel según otros, auxiliado por los moros de Granada, disponíase a tomar la antigua Corte de los Califas y a hacer víctimas a sus moradores de una tremenda venganza.
Los ejércitos aliados de don Pedro y de Mahomed acampaban ya en la margen izquierda del Guadalquivir, cerca del puente romano y las banderas enemigas ondeaban en las murallas del casi destruido alcázar de los Abderramanes.
Los caballeros de córdoba se aprestaron a la defensa de su viejo solar, requiriendo el concurso de nobles y plebeyos, de señores y vasallos, de viejos y jóvenes, de todos los hombres que estaban en aptitud de manejar un arma, para hacer frente al enemigo.
Al atardecer de un día nublado y triste, aquel improvisado ejército reunióse en el Patio de los Naranjos de la Catedral para marchar desde allí en busca del adversario.
Entre los distintos grupos de guerrilleros, reunidos por barrios o collaciones, llamaba la atención uno, formado por un centenar de hombres, cuyo traje era completamente distinto de la indumentaria de todos los demás.
Vestían calzón corto de paño burdo, coleto de piel de jabalí, sombrero negro de revueltas alas y altos y recios botines de cordobán
Su armamento también era extraño; no consistía en espadas, picas ni ballestas. Sólo ostentaban gruesas varas de madroño en la mano y corvos y bien afilados hocinos en la cintura, sujetos con la faja.
Al frente de este puñado de decididos defensores de la ciudad hallábase un hombre de regular estatura, recio, fornido y de aspecto muy simpático.
En lugar de la vara de madroño empuñaba una espada de largos y retorcidos gavilanes.
El improvisado ejercito, fortalecido por la sacrosanta Fe, alentado por las mujeres cordobesas, partió, bien entrada la noche, al sitio en que acampaban las huestes de don Pedro I y sus aliados.
A la cabeza marchaba don Alonso de Córdoba, que había venido pocas horas antes para prestar auxilio a la ciudad.
Los partidarios de don Enrique pasaron el puente y el grupo que hemos descrito, separándose de los demás, fué a ocultarse en las ruinas del convento de San Julián, que estuvo situado en la margen del río.
A los pocos momentos una detonación formidable, espantosa, extremeció toda la población, aumentando la suprema angustia que oprimía los corazones.
¿Qué había sucedido?
En cumplimiento de órdenes de don Alonso de Córdoba acababa de ser cortado el puente para impedir la retirada del improvisado ejercito. En aquel supremo instante quedaba planteado un terrible y patriótico dilema: vencer o morir.
Al mismo tiempo los cordobeses lanzáronse sobre las huestes de don Pedro y comenzó una lucha espantosa, de titanes, homérica.
Los hombres que se hallaban escondidos entre las ruinas del convento de San Julián abandonaron su refugio y, cruzando un extenso pinar, dirigiéronse al sitio ocupado por la retaguardia de la caballería mora.
Cuando estuvieron cerca de ella arrojáronse al suelo y arrastrándose, como sierpes, silenciosos, mudos, se internaron entre las fuerzas enemigas.
Unos con los hocinos, cortaban los corvejones de los caballos que caían rápidamente al suelo, y otros, con las varas de madroño, daban tremendos golpes en la cabeza a los jinetes, haciéndoles perder el sentido.
Así, en pocos minutos, quedó fuera de combate la mayor parte de la caballería infiel.
La presencia de aquellos invencibles adversarios sembró el pánico entre los moros, que creían ver en ellos a fatídicos emisarios de Asrael, el ángel exterminador.
El cuadro que presentaba el extenso Campo de la Verdad, desde el cortijo de los Aguayos hasta el de Amargacena, semejaba una visión apocalíptica.
Al siniestro resplandor del incendio de los pinares próximos veíase a los defensores de Córdoba combatir denodadamente con las avanzadas del ejército de don Pedro de Castilla y, en las últimas líneas, caer como heridos por el rayo los briosos alazanes de la caballería mora.
Con el seco ruido del choque de las armas mezclábanse los gritos de Córdoba por don Enrique, Córdoba por don Pedro de los combatientes [sic] y muy confusa percibíase el triste doble de las campanas de la Catedral, que por primera vez tocaban la cepa, privilegio concedido por el Prelado de la Diócesis don Andrés Pérez Navarro a todos los caballeros que murieron en la batalla del Campo de la Verdad y a sus descendientes.
El tremendo empuje de los partidarios de don Enrique hizo vacilar varias veces a las huestes de su hermano, que estuvieron a punto de retroceder y, al fin, la huida de la caballería mora, impotente para vencer a su extraño enemigo, decidió la victoria más completa a favor de los defensores de la ciudad.
¿Quiénes eran aquellos hombres, de indumentaria tan extraña como su armamento, a cuyo ardid se debió el triunfo? Eran los típicos piconeros del barrio de Santa Marina, que capitaneaba el jurado de dicha collación Juan de Aguilar.
En la memorable batalla del Campo de la Verdad cubriéronse de gloria; la historia ha perpetuado su hazaña y el nombre del jurado Juan de Aguilar aparece en una calle con tanta justicia como los de nuestros sabios, nuestros mártires y nuestros poetas.
Algún tiempo después estos grandes patriotas, estos héroes anónimos del pueblo, revelaban también sus acendrados sentimientos religiosos, su profunda caridad creando la Cofradía del Santo Cristo de la Misericordia y adquiriendo un local en el barrio donde habitaban para depositar en él los cadáveres de los caminantes que morían en el campo, ya víctimas de las epidemias, ya asesinados por los malhechores y que los piconeros recogían y trasladaban, en sus pacientes borriquillos, a la población.
Hoy los descendientes de Jurado de Aguilar, los sucesores de los cofrades del Santo Cristo de la Misericordia los nietos de aquellos giaciosísimos piconeros que popularizaron los apodos del Retor, Botines, el Pilindo, el Manano y otros muchos, impulsados por los mismos generosos y nobles sentimientos de sus antecesores apréstanse a realizar una obra de caridad y de patriotismo en favor de los valientes soldados españoles que riegan con su sangre generosa las tierras africanas.
Los piconeros cordobeses ban [sic] a escribir una nueva página brillante en su historia. Ofrezcámosles nuestra cooperación y nuestro aplauso y sintámonos orgullosos de que la patria del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba fuera también cuna del jurado de la collación de Santa Marina del famoso piconero Juan de Aguilar.
Noviembre, 1921.
