Los Ruidos De Cordoba es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Córdoba antiguamente era una ciudad dormida, no muerta como el poeta aseguraba; dormida sobre el lecho de sus laureles, al blando arrullo del Guadalquivir, que sólo despertaba de su profundo sueño en determinadas ocasiones, para dar fe de vida.
Era una ciudad callada, tranquila, al parecer desierta, cuyo silencio misterioso no interrumpían los múltiples y ensordecedores ruidos de las modernas urbes, cuya calma solemne nunca era sustituída por la actividad febril de las poblaciones contemporáneas.
Aquí sólo se escuchaban constantemente los monótonos y adormecedores susurros de las aguas del río al deslizarse, mansas, por su ancho cauce y de las múltiples fuentes de las plazas públicas y los ruidos de los numerosos telares de la industria cordobesa.
Algunas veces, muy pocas por fortuna, cuando el Guadalquivir inundaba la población, parecía transformarse en mar impetuoso y entonces los dulces susurros eran bramidos que llenaban de terror al vecindario.
En ciertas horas, en algunos días, en determinadas épocas, nuestra ciudad tenía sus ruídos característicos, peculiares, muchos no exentos de poesía.
Al amanecer nos despertaban los cencerros de aquellas recuas de grandes burros que conducían el trigo a los viejos molinos de la Ribera.
Había un paraje que, durante las mañanas, por el bullicio y el jaleo siempre imperantes en él, contrastaba con el resto de la población: la plaza de la Corredera. Allí, cuando se hallaba el mercado al aire libre que, con sus enormes sombrajos parecía un campamento, agolpábase una abigarrada muchedumbre, mujeres y hombres de todas las clases sociales, y se confundían sus charlas, sus discusiones, sus regateos con el incesante griterío de los vendedores de pescado y hortaliza, formando un conjunto ensordecedor.
En dos épocas del año toda la población presentaba análogo aspecto que la plaza de la Corredera en horas de mercado; eran las épocas aludidas la Pascua de Pentecostés y el 8 de Septiembre y los días siguientes en que se celebraban las famosas ferias de Nuestra Señora de la Salud y Nuestra Señora de la Fuensanta.
Entonces Córdoba despertaba de su tranquilo sueño y la ciudad teste y callada tornábase alegre y bulliciosa, pudiendo aplicársele, con propiedad, el calificativo de hervidero humano.
De vez en cuando interrumpían el silencio augusto de nuestras calles tortuosas los pregones de los modestos comerciantes e industriales; por la mañana el de la vendedora de tortas y bollos de Mallorca y el del piconero; al mediodía el de la quincallera; al atardecer el de la arropiera y el horchatero; en verano el de la caracolera; en otoño el de la expendedora de membrillos cocidos.
Todos estos pregones eran largos, monótonos; estaban llenos de melancolía, al escucharlos, desde lejos, cualquira [sic] los hubiera confundido con el llamamiento del almuédano para orar en la Mezquita.
A los pregones uníanse el repiqueteo del martillo del calderero sobre el cabo de una sartén; el vibrante sonido de las planchas de metal del velonero de Lucena, y el tintineo de las campanillas de las bien enjaezadas caballerías de los pañeros valencianos.
Frecuentemente perturbaba la tranquilidad de las personas sencillas, llenándolas de espanto, una interminable relación dicha en tono lastimero; era un romance espeluznante en que se narraba un horrendo crimen o se describía los últimos momentos y la ejecución de un asesino.
Los domingos nos atolondraban con sus voces los vendedores del popular periódico El Cencerro.
Durante la noche solía despertarnos el sereno, al cantar la hora, como en otros tiempos la ronda del Pecado mortal y el Rosario de la Aurora, que inspiraban respeto al hombre más descreído.
En las grandes fiestas y sus vísperas las sonoras campanas de nuestros templos llenaban el espacio de notas alegres y vibrantes. ¡Qué majestuosos, que solemnes erau [sic] sus sones, especialmente los de las que coronan la torre de nuestra Basílica, el día del Corpus Christi, el de la Ascensión del Señor y el de la Nochebuena!
Las vísperas de la fiesta onomástica de las personas conocidas la murga se encargaba de amargarles la existencia obsequiándolas con tan inarmónicos y destetables [sic] conciertos que, al oirlos, había que convenir en que Napoleón fue demasiado benévolo cuando dijo que la música era el ruido menos desagradable de todos.
En calles y plazas el último trovador del pueblo, Antonet, se detenía para entonar al compás de la guitarra coplas por él compuestas, en las que comentaba con ingenio y gracia la noticia del día o el suceso de actualidad.
Ruidos típicos de las primitivas verbenas de Santa Marina y San Lorenzo, la Magdalena y Santiago, eran los de las campanas de barro y los pitos de madera, que se mezclaban con los del destemplado bombo y los platillos del tío vivo, principal elemento de distracción, insustituible, de las antiguas veladas populares.
Los muchachos anunciaban la proximidad de la Nochebuena recorriendo, en grupos, las calles y deteniéndose en los portales de las casas para cantar villancicos acompañados de panderetas y zambombas y pedir el aguinaldo.
En verano las cigarras sobre las copas de los viejos árboles de nuestras plazuelas y los grillos ocultos entre los dompedros de las calles solitarias, rimaban la monótona canción del Estío.
En la noche silenciosa llegaban hasta nosotros en alas de la brisa ya el gemido de la noria del huerto, ya las últimas notas de la sentida copla del campesino, ya los acordes de la serenata que inundaba el espacio de dulces armonías.
Al pasar por una calle desierta, un rumor más blando que el del arroyo, más dulce que el del aura entre las flores, mezcla del arrullo de palomas y de coro angélico, llegaba hasta nosotros y parecía infiltrársenos en el alma: producíalo el rezo de los maitines en el coro de algún vetusto convento de monjas.
Tales eran los únicos ruidos que, en tiempos ya lejanos, interrumpían la calma, el silencio de nuestra ciudad, dormida con indolencia sobre el lecho de sus laureles para despertar cuando las circunstancias lo exigían altiva, noble, dominadora, lo mismo que en las épocas en que fue Colonia Patricia y Corte del Califato.
Mayo, 1923.
