Los Trajes De Feria es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Antiguamente, una de las notas más típicas de la renombrada feria de Nuestra Señora de la Salud era la diversidad de trajes que en ella se exhibían, vistosos unos, abigarrados otros, característicos muchos de la región andaluza.
La policromia de los vestidos avaloraba el cuadro de color, lleno de encantos indescriptibles, de luz y de alegría, que presentaba esta vieja ciudad durante los días de la Pascua de Pentecostés.
Por la mañana, en el mercado de ganados, confundían las calzonas y el chaquetóu [sic] de recio paño del conductor de reses bravas, con la zamarra y los zahones de cuero del pastor; el marsellés airoso y el sombrero cordobés, grande y reluciente del ganadero, con la original indumentaria del gitano antiguo, consistente en el pantalón de campana, la chaqueta corta, la faja puesta siempre con desaliño y el sombrero llamado de púa o de catite.
En el paseo de carruajes no faltaban lujosos trenes a la calesera, cuyos briosos alazanes, llenos de cascabeles y borlas de colores, eran guiados con una maestría imponderable por ricos aristócratas vestidos de majos, ni hábiles jinetes luciendo el verdadero y típico traje andaluz.
Las muchachas acudían por la mañana a la tienda del amor , sustituída hoy por la del Círculo de la amistad, y ostentaban faldas y corpiños sencillos, de telas ligeras y de tonos claros, y la cabeza libre del antiestético sombrero, peinada artísticamente y adornada con peinetas y flores.
Constituían la nota más saliente de este variadísimo conjunto los forasteros procedentes de los pueblos de nuestra provincia que sólo visitaban la capital de año en año, durante la temporada de Feria, y efectuaban el viaje en las primitivas diligencias, en caballerías y no pocos a pie, por economizar dinero o por miedo a otros sistemas de locomoción.
Al amanecer en la plaza de la Corredera, luego ante los escaparates de los establecimientos y por la tarde en las calles céntricas y los paseos, los veíamos en grupos, expresando con gestos y exclamaciones el profundo asombro que la cosa más fútil les producía.
Por regla general, formaban el atavío de las mujeres unas enaguas hules de lienzo basto o un refajo de bayeta grana, un zagalejo de paño o una blusa de coco, un llamativo pañuelo de sandía a guisa de mantón y otro de espumilla a la cabeza.
Los hombres vestían calzón corto, faja negra, chaleco azul con botones de muletilla, chaqueta de estesado, altos botines de cuero cordobés llenos de pespuntes y correillas y sombrero de felpa.
Ninguno de estos huéspedes abandonaba un momento las alforjas, bien repletas de viandas a la llegada de sus poseedores y de baratijas y otros efectos cuando aquellos regresaban a sus pueblos respectivos.
La diversión favorita de estos forasteros era los fuegos artificiales y había que oir los murmullos de estupor que les arracaban [sic] las transformaciones de una rueda o la lluvia de luces producida por un cohete de lagrimas.
Al mediodía, en las puertas de los cafés, deteníase el público para contemplar a los toreros con sus trajes cortos, el pantalón alto y ceñido, la faja de seda y la chaquetilla de terciopelo, con caireles y botones de oro, vestimenta que los diestros modernos han relegado injustamente al olvido, sustituyéndola por las últimas creaciones de la moda extranjera, por regla general extravagantes y ridículas.
Los hombres, para asistir a las famosas corridas de toros en que demostraban su arte y valentía Lagartijo y Frascuelo , usaban las polonesas de alpaca, ligeras y cómodas y no prescindían jamás de la corbata roja, que podía ser considerada como distintivo de la fiesta.
Entre la muchedumbre que se agolpaba en el circo de la carrera de los Tejares solían llamar la atención bellísimas muchachas luciendo falda corta de seda roja, con encajes negros, chaquetilla adornada con caireles y sombrero calañés, atavío que realzaba los encantos de sus poseedoras y las convertían en las figuras trazadas por Goya en sus lienzos inmortales.
Al atardecer y durante las primeras horas de la noche, todas esas personas, con su diversidad de trajes, reuníanse en los paseos de la Feria, convirtiéndolos en una original y pintoresca exposición.
Entre los concurrentes a nuestras renombradas fiestas de la Pascua de Pentecostés llamaban la atención por su belleza, por su garbo y por su típica indumentaria las gitanas que tenían de toda la región andaluza acompañando a la que pudiéramos llamar aristocracia de los tratantes de caballerías, a los chalanes de alto copete .
Ostentaban estas mujeres de tez morena y ojos grandes y negros, que tienen la atracción del abismo, falda de colores chillones, llena de arandelas y volantes; riquísimo mantón de Manila bordado, entre cuyos largos flecos admirábanse los torneados brazos de la gitana, esos brazos incomparables que, en la danza, se retuercen como sierpes apocalípticas, acariciando la garganta de terciopelo y descansando sobre los senos turgentes el collar de rojos corales; largos zarcillos de oro cuajados de esmeraldas y rubíes que rasgarían, con su peso, las diminutas orejas de que pendían, si no se apoyasen en los hombros, y en la cabeza, entre el pelo, cuidadosamente rizado, un sinnúmero de peinecillos de colores, de horquillas, de agujetas colocadas con verdadero arte y una suprema coquetería.
Estas gitanas discurrían entre la multitud alegres, bulliciosas, llevando siempre en los labios una sonrisa y una frase picaresca para contestar a los piropos que continuamente caían sobre ellas como lluvia de flores del jardín del amor y de la galantería.
No faltaban en esta interesante exposición de tipos y trajes las figuras exóticas, tales como los tratantes de ganados de cerda procedentes de Extremadura, con sus largas blusas de tonos oscuros y sus alpargatas; los campesinos alpujarreños con sus blancos zaragüelles y los judíos vendedores de turrones y dátiles con sus enormes bombachos, sus chaquetillas de vistosos colores, las típicas zapatillas morunas y el gorro griego de larga borla de seda.
Este era el cuadro, rico en color, pletórico de luz, rebosante de alegría, que en tiempos ya lejanos presentaba la Feria de Córdoba, la incomparable y renombrada Feria de Nuestra Señora de la Salud.
Mayo, 1921.
