Martinez Barrionuevo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Las muchachas casaderas de hace veinticinco años se rifaban a un mozo simpático, locuaz, inquieto, de barba rubia, siempre vestido irreprochablemente con levita, sombrero de copa y corbata blanca, que las acompañaba en todas partes, en paseos, en giras campestres, en bailes; que les escribía versos en los abanicos y en los albums; que les dedicaba artículos en los periódicos; que sin cesar les decía tiernos madrigales. Aquel perpetuo galanteador era el popular novelista Manuel Martínez Barrionuevo.
Nadie hubiese reconocido en él al muchacho que en la herrería de Málaga hacia funcionar los fuelles de la fragua para avivar su hoguera.
Y esa fué la primer ocupación de Martínez Barrionuevo; hijo de una familia modestísima, sus padres le dedicaron a aprender el oficio de herrero y herrero hubiera sido sin la protección de algunas personas, que él acaso maldeciría en sus últimos tiempos, pues si le sirvió para obtener un nombre en el mundo de las letras, también le llevó a concluir sus días en el lecho de un hospital. Porque es preciso confesar, aunque nos cause honda amargura, que en los hospitales mueren más escritores que herreros.
Los protectores del muchacho, convencidos de su talento y de las excepcionales dotes que poseía para el cultivo de las letras, procuraron que adquiriese alguna cultura y después enviáronlo a Madrid, inmensa vorágine en que se hunden muchos hombres de valía; pedestal en que se elevan innumerables ídolos de barro.
Pronto consiguió el joven malagueño, porque malagueño era el galanteador de las muchachas cordobesas de hace veinticinco años, una plaza en la redacción de El Imparcial y allí se dió a conocer como literato publicando artículos de costumbres andaluzas y cuentos, en los que revelaba gran imaginación y verdadero gusto artístico.
Al mismo tiempo inundaba otros periódicos de poesías tiernas, delicadas, sentimentales.
Malas lenguas de aquella época aseguraban que escribió una novela, que cuando la hubo leído cierta persona que pasaba por uno de sus maestros le ofreció comprársela, que él, no muy sobrado de recursos, se la vendió por una módica suma y que la novela fué editada con el nombre del comprador.
Y las malas lenguas añadían que la obra obtuvo un gran éxito, que el firmante de ella quiso repetir la suerte que Martínez Barrionuevo se negó a seguir laborando para labrar la reputación de otro.
El caso es que nuestro joven abandonó la redacción de El Imparcial y convencido de que los viajes son una inagotable fuente de cultura, gestionó y logró que le concediesen un destino en una empresa de ferrocarriles, con el único objeto de viajar gratuitamente.
Poco tiempo desempeñó su cargo, pues hombre que no se doblegaba a la adulación ni al servilismo, forjado su espíritu en el yunque de la herrería, pronto tuvo un altercado con uno de sus jefes, por no tolerarle una impertinencia, y en aquel mismo momento arrojó al suelo la gorra galoneada, único emblema de su destino, compró un billete y, ya convertido en uno de tantos viajeros, regresó a Madrid.
El mozo había aprovechado bien las enseñanzas que le proporcionaron sus excursiones y comenzó una labor intensa y fructífera.
Escribió Las Quintañones y La generala , dos primorosas novelas,'en una de las cuales describe maravillosamente su vida de aprendiz en la herrería malagueña; la critica les tributo elogios entusiásticos; Manuel Martínez Barrionuevo conquistóse un puesto preferente entre los novelistas de su tiempo y los editores le asediaron en demanda de obras.
Entonces abandono la Corte trasladándose a nuestra capital y aquí, unas veces en su poético y apartado retiro de la colonia de Alcolea y otras en la redacción de El
Comercio de Córdoba , en el mismo bufete del autor de estas líneas, trabajó mucho, produciendo la mayor parte de sus obras y las mejores.
Siempre escribía la vez cuatro o cinco, para satisfacer las exigencias de sus editores, sin que se agotara jamás su fantasía, sin que se notase cansancio ni decaimiento en su inteligencia.
Entonces publicó Andalucía , una magnífica obra en la que describe magistralmente las costumbres de esta región; El Decálogo, diez novelitas que constituyen otros tantos idilios; La Virgen de Santa Marina , una interesante y bellísima narración cordobesa y algunas producciones para el teatro, entre las que descuella el monólogo en verso titulado Los Carvajales , que tiene una intensidad dramática verdaderamente asombrosa.
Descanso de sus arduas tareas y fuente inagotable de inspiración hallaba en sus tertulias con las muchachas, con las lindas muchachas casaderas de su tiempo, a las que siempre tenía revolucionadas y siempre ansiosas de que les dijera un madrigal o las dedicara una poesía.
Tanto amor llegó a profesar a nuestra población el fecundo novelista, que cuando le preguntaban, fuera de aquí, de dónde era, solía decir que de Córdoba y al tratar de él muchos periódicos y críticos literarios por cordobés le tuvieron.
Manuel Martínez Barrionuevo no concedía valor alguno al dinero y este fue, sin duda, el motivo de su desgraciado fin.
Carecía de familia; no le dominaba vicio alguno y, sin embargo, jamás consiguió ahorrar una peseta cuando los rendimientos de su pluma eran considerables.
¿En qué los gastaba? preguntará el lector; en nimiedades, en caprichos, en juguetes, en ropa, todo lo cual iba dejando abandonado en las fondas y hoteles en que se hospedaba.
Después de pasar largas temporadas entre nosotros marchaba a Madrid o a Barcelona para hacer contratos con los editores de sus novelas.
Llegó un día en que empezó la decadencia de este género literario y con ella la de las facultades intelectuales del escritor malagueño; otros novelistas pusiéronse de moda y el autor de La Quintañones se dió cuenta, aunque con trabajo, de que sus ingresos disminuían considerablemente.
Ya en edad madura, cansado de la batalla de la vida, sintió la necesidad de crearse un hogar y contrajo matrimonio.
Prosiguió el trabajo y aunque en la nueva fase de su existencia; metódica y ordenada, le lucía el dinero , según la frase gráfica popular, como su firma en el mercado editorial iba perdiendo valor, llegó un día en que le faltaron los recursos para atender a la subsistencia de su familia.
Entonces emprendió una triste odisea por las principales poblaciones de España, para procurar la venta de los ejemplares que le quedaban de sus obras, enviándolos a las personas que podían adquirirlos.
Con este objeto visitó a nuestra ciudad la última vez.
Ya no era el mozo locuaz e inquieto, de barba rubia, vestido irreprochablemente. Su rostro presentaba el sello de la tristeza, había perdido verbosidad, einaba canas, no lucía levita, la corbata blanca y el sombrero de copa de otros tiempos; sino un modestísimo traje americana, muy usado,; su andar era tardo porque el reuma le dificultaba los movimientos.
Cuando nos unió, al vernos, un largo y estrecho abrazo, gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de los dos, recordando los tiempos pretéritos, y seguramente él, como yo, estuvo a punto de exclamar con el poeta de las Doloras “¡Dios mío y éste es aquél!”
El antiguo y entrañable amigo me contó su odisea y, apesar de hallarse abrumado por los padecimientos físicos y morales, hablóme de los proyectos que tenía para el porvenir; pensaba convertirse en editor de sus obras, formar con todas ellas una biblioteca popular, económica, que de seguro le proporcionaría una renta suficiente para pasar tranquilo la vejez.
Luego evocó los recuerdos de su estancia en Córdoba, de las muchachas con quienes se reunía, exclamando en un momento de buen humor: mira si he sido siempre desgraciado, que todas las que yo más quería se fugaron con sus novios.
Poco duró la última permanencia de Martínez Barrionuevo entre nosotros; aquí vendió muy escaso número de libros y marchó a Madrid, donde se habían de desarrollar las últimas escenas de la tragedia de su vida.
Allí se agravó la enfermedad que le aquejaba, faltáronle por completo los recursos e ingresó en un hospital. Su esposa y su hijo tuvieron que apelar a la caridad pública para no morir de hambre.
De seguro entre las personas que acudieron para socorrerles no figuraría el escritor que empezó a adquirir nombre, según las malas lenguas, firmando una obra del malogrado novelista.
Y poco después un día, un buen día para el pobre Martínez Barrionuevo, su alma separábase de la mísera envoltura carnal, en busca de otras regiones.
Acaso en sus últimos instantes el escritor sin ventura tendría un recuerdo muy amargo, muy triste para las personas que le sacaron de la herrería malagueña, pensando que mueren muchos más literatos que herreros en los hospitales de España.
Noviembre, 1918.
