Menéndez Pidal Y Mi Pseudónimo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
La muerte del ilustre literato, mi inolvidable maestro de periodismo, don Juan Menéndez Pidal, me ofrece una ocasión oportuna para contestar a una pregunta que me han dirigido muchos amigos y compañeros, en diversas ocasiones: cual es el origen del pseudónimo Triquiñuelas con que firmo la mayoría de mis trabajos desde los ya lejanos tiempos en que comencé a escribir en la Prensa.
Menéndez Pidal vino a Córdoba, hace treinta años, para encargarse de la dirección de un diario conservador fundado por el Conde de Torres Cabrera y titulado La Lealtad, que ha sido, indiscutiblemente, uno de los mejores periódicos de provincias.
Formaban su redacción, además del eximio escritor citado, el gran poeta don Manuel Fernández Ruano y dos jóvenes, cordobés uno, malagueño otro, que se dedicaban a la caza de noticias.
Como ocurre en todos los periódicos de reducido personal, Menendez Pidal y Fernández Ruano tenían que hacer desde el artículo de fondo, los comentarios de la Prensa y la crónica literaria hasta la revista de salones o la de modas, amen de corregir, transformar y poner en castellano las cartas de los corresponsales, las elucubraciones de los colaboradores espontáneos a los que no es posible echar al cesto sus cuartillas y las notas de los gacetilleros.
Anuncióse en nuestro circo taurino una de las llamadas fiestas nacionales y era preciso, de absoluta necesidad, escribir una revista detallada del espectáculo. ¿A quien encomendar la empresa? Fernández Ruano detestaba los toros y quizá no habría visto, durante su ya larga existencia, un par de corridas; los jóvenes noticieros eran incapaces también de hilvanar una reseña.
En su virtud, Menéndez Pidal decidióse a sentar plaza de revistero taurino, aunque por sus conocimientos en el arte de Cúchares y su afición al mismo estuviese a igual altura que sus compañeros de redacción.
Fue a la plaza, tomó apuntes, escribió la reseña de mala gana, acaso renegando de la dura condición del periodista que tiene, si no que saber y entender de todo, al menos, aparentar que sabe y entiende, y cuando hubo terminado su obra la firmó con el pseudónimo de Triquiñuelas y envióla a las cajas.
El día siguiente los ocurrentísirnos periodistas hermanos Valdelomar, amigos fraternales de Menendez Pidal, pero que gustaban de sacarle de sus casillas, para que luciera su ingenio, criticándole desde las columnas de El Adalid, hicieron un análisis cruel de la malhadada revista.
¡Cómo se cebaron en ella, sobre todo en la poco afortunada comparación de que salió un toro con más cabeza que Séneca!
Menéndez Pidal reconoció que no estuvo muy feliz en su obra e hizo el propósito de no repetir la suerte, pero se defendió de las censuras de sus colegas con toda la gallardía de su ingenio privilegiado.
Pocos meses después del hecho referido ingresaba en la redacción de La Lealtad el autor de estas lineas, para hacer su aprendizaje periodístico.
Anuncióse otra corrida de toros y el director del órgano en la prensa de los conservadores cordobeses me endosó el mochuelo de escribir la revista, como si me brindara un gran favor. Mi ignorancia en asuntos taurómacos era también completa, pero no creí prudente negarme a cumplir el encargo; por algo era Menéndez Pidal el maestro y yo el más humilde de sus discípulos.
¿Qué hacer para salir airoso de la empresa? Lei con gran detenimiento el Arte taurino de Montes y, aunque en algunos tratados de preceptiva literaria lo había visto citado como modelo de obras didácticas, confieso con ingenuidad que en él no aprendí ni jota.
En estas condiciones, llegó el día de la fiesta y me encaminé al circo, acompañado de un veterano taurófilo para que me ilustrase; no me quedaba otro recurso.
Con la ayuda de aquel buen hombre hice la revista, poniendo en ella todos mis cinco sentidos.
Llevéla al director de La Lealtad quien, después de leerla detenidamente, me dijo: creo que debe estar bien, ya sabe usted que yo no soy perito en la materia; sólo le falta, a mi entender, un requisito, la firma, porque estos trabajos siempre se firman con un pseudónimo. ¡Cuál quiere usted ponerle?
Ninguno se me ocurre, le contesté, después de pensar un rato.
Pues bien, añadió Menéndez Pidal, voy a hacer a usted un obsequio en pago de su obra; le cedo mi pseudónimo de Triquiñuelas, que está nuevecito, pues únicamente lo he usado una vez.
Y firmada por Triquiñuelas apareció la revista.
El Adalid también le dedicó algunas líneas en su diario "Palique".
Poco más o menos decían así: Hemos visto con satisfacción que el crítico taurino de La Lealtad se ha enmendado, pues aunque su última reseña no la firmarían, seguramente, Sentimientos ni Paco Pica Poco, está hecha con más acierto que la anterior. En ella no se habla de suertes completamente desconocidas hasta ahora, como los pases de farol, ni se compara la cabeza de ningún toro con la de Séneca.
Y don Juan Menéndez Pidal, en su saladisima sección titulada "A punta de tigera", con g aunque no ignoraba que se escribía con j, contestó a El Adalid noblemente en estos o en parecidos términos:
El autor de la primer revista de toros publicada en este te periódico no se enmienda jamás; se arrepiente de sus yerros cuando comprende que los ha cometido y procura no reincidir. Por eso el Triquiñuelas primitivo cedió los trastos y con ellos el pseudónirno al autor de la última reseña, que es el joven periodista don Ricardo de Montis.
No creo necesario consignar cuánto halagaron a mi vanidad casi infantil las anteriores líneas.
Y desde entonces, no solamente en las revistas de toros, sino en los articulas festivos y de costumbres, en las criticas literarias, en las crónicas, en las poesías satíricas, casi siempre he usado la firma de Triquiñuelas, y tanto he prodigado este pseudónimo que por el me conocen hoy muchísimas personas más que por mi nombre y apellidos.
Enero, 1916.
