Mesones, Casas De Huéspedes Y Fondas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
La situación topográfica de Córdoba, su desarrollo industrial en tiempos pasados y el mérito y la fama de sus monumentos artísticos, han sido motivos suficientes en todas las épocas para que la visiten innumerables forasteros
Por esta causa desde la antigüedad abundaron en nuestra población los mesones, paradores, casas de huéspedes y fondas, obteniendo algunos de dichos establecimientos renombre extraordinario.
Las posadas, únicos establecimientos para hospedaje que había en lejanas épocas, conservan en nuestra capital su carácter primitivo y puede decirse que son casi las mismas conque contaba Córdoba en pasadas centurias.
Disfrutaban de fama casi universal, como saben nuestros lectores, la posada del Potro y el mesón del Sol, de las que recibieron el nombre la plaza y la calle en que fueron instalados, la primera por haberla citado Cervantes en su obra inmortal el Quijote y por la fantástica tradición que de ella se conserva, conocida de todos, y el segundo porque se supone que en él se alojó, durante sus largas permanencias en esta ciudad, el insigne genovés Cristóbal Colón, descubridor de las Américas.
Menos nombradas y antiguas que las anteriores, son las de la plaza de la Corredera, sus alrededores y las inmediaciones de la plaza del Potro, parajes en que se instalaban estas casas a consecuencia de ser las vías más frecuentadas por los viajeros, pues en ellas estaban el mercado de ganados y el de comestibles, la alhóndiga y nuestras principales industrias
Así muy cerca de la posada del Potro se levantan la de Venceguerra en la calle de Don Rodrigo y la de la Herradura en la de Lucano, y en el espacio comprendido entre ambas hubo otras dos, demolidas en el último tercio del siglo XIX, que se denominaban de la Espada y de la Madera.
En la plaza Mayor se encuentran las del Toro, de la Puya y de San Antonio y próximas a este típico paraje cordobés la de San Rafael en la calle de Pedro Muñoz y la de las Yerbas en la del Juramento.
En otros sitios de la ciudad hay, o hubo, mesones más modernos, como el de San Antón en el campo de este nombre, el denominado de San José, en la actual plaza de Colón, y el de la Merced, que hace algunos años desapareció, en la calle de Alfaros
Las posadas de Córdoba no tienen sello característico que las distinga de las de otras poblaciones.
Todas ostentan grandes portalones y patios, rodeados de asientos de mampostería y empedrados con gruesas guijas; habitaciones destartaladas; amplios pajares y cuadras y enormes cocinas, semejantes a las de los cortijos y casas de campo.
Casi todas ellas tenían antiguamente en sus portadas el emblema de sus títulos; una espada sujeta al muro con una cadena; un lienzo con una imagen de San Rafael; una cabeza de toro disecada; un sol pintado en la pared, etcétera, etc.
Las de mayor categoría, si se nos permite la palabra, eran las del Potro y del Sol. En ellas habla departamentos especiales para hospedar a las personas de alta posición social, separadamente de arrieros, traginantes, mercaderes y rufianes.
Huelga decir que siendo estos los puntos obligados de reunión de toda clase de gentes, en ellos se han desarrollado innumerables aventuras y hasta tragedias.
Nada diremos, por ser sobradamente conocidas, de las leyendas de la posada del Potro ni del fin de su criminal mesonero, descuartizado por orden del Rey don Pedro I de Castilla. Sólo consignaremos un fúnebre hallazgo y un drama de los más [sic] llamados pasionales.
En el mesón de San Rafael, hace ya bastantes años, unas caballerías derrumbaron parte de un tabique de una cuadra; observóse que aquel tapaba un hueco y, al ser descubierto éste, se encontraron en él restos de un hombre. Por pedazos del traje, que aun conservaba, identificáronse los restos; pertenecían a un cordobés muy conocido de la familia apellidada Barrena, que había desaparecido de su casa hacía bastante tiempo.
En la posada de Venceguerra, en época reciente, un individuo del hampa, un matón de oficio, sorprendió a una desdichada mujer, a quien explotaba, en unión de su amante del momento y mató a ambos, seguramente en defensa de su honor.
A mediados del siglo XIX un laborioso industrial, Simón Amposta, estableció en la calle de San Pablo un parador que, por reunir muchas mejores condiciones que las posadas, obtuvo la predilección de los viajeros; el negocio resultó tan excelente que el parador se convirtió, andando el tiempo, en una fonda de la calle del Conde de Gondomar y últimamente en la que hoy poseen los hijos de Simón en el paseo del Gran Capitán, que es una de las mejores de Córdoba.
Pero la primer hospedería instalada desde sus comienzos, en nuestra capital, con carácter de fonda, fue la de Rizzi, un italiano que la estableció en un hermoso edificio de la calle de Ambrosio de Morales, donde después estuvo el Café Suizo.
Esta fonda, que consiguió gran popularidad en toda Andalucía, estaba montada con relativo lujo y en ella podía disfrutar el viajero de todas las comodidades conocidas entonces.
Tenía dos puertas, una en la calle indicada y otra en la de la Feria, hoy de San Fernando. Ante esta se detenían las diligencias para que descendieran los forasteros y, sin necesidad de subir la incómoda cuesta de Luján, penetrasen en la hospedería.
Cerca de la fonda mencionada, también en la calle de Ambrosio de Morales y en el edificio donde hoy don Francisco Lubián posee su sastrería, hubo una casa de huéspedes, quizá también la primera de nuestra población y seguramente la más renombrada; pertenecía a unas hermanas tan pulcras y trabajadoras como afables con sus pupilos y era conocida por la casa de las Mariquitas.
Habitaban en ella, por regla general, personas de las que gustan de vivir en familia, gozando de tranquilidad completa, sin molestias ni ruidos; sacerdotes, militares retirados y viejas pensionistas.
Otras casas semejantes a esta ha habido y hay en nuestra ciudad, pero ninguna consiguió el renombre de la mencionada.
Los industriales suizos hermanos Putzi empezaron a construir en el año 1860 una magnífica fonda en parte del solar llamado de la Encomienda, que perteneció al antiguo convento de los Caballeros de Calatrava.
Mientras se levantaba el edificio instalaron provisionalmente el establecimiento, que luego habían de montar con gran lujo, en la casa número 5 de la calle de Diego León, donde empezaron a hospedarse todas las personas mas significadas que visitaban esta capital.
Allí se albergó el príncipe marroquí Muley el Habbad, cuando vino a España como embajador extraordinario del Sultán en Noviembre de 1861.
Poco después de esta fecha terminaron las obras de la Fonda Suiza, situada en la calle del Paraiso, hoy Duque de Hornachuelos, en parte del solar que antes hemos citado.
Tiene un hermoso patio rodeado de columnas con capiteles árabes, mandados labrar, según sus inscripciones, por Abderramán-ban-Mohamad, y procedentes del edificio que hubo en aquel mismo paraje.
También posee amplias, cómodas y numerosas habitaciones, un gran comedor, una lujosa escalera y todas las dependencias necesarias con las comodidades que puede apetecer el viajero.
Por la Fonda Suiza han desfilado todas las personas más notables, incluso muchas de estirpe real, que han venido a nuestra población.
Así se explica que goce de fama excelente y muy extendida; el ingenioso escritor don Jenaro Cavestany, en sus interesantes Memorias de un sesentón sevillano, al narrar el secuestro de un hijo del dueño de la Fonda de Madrid, establecida en la capital hispalense, dice que, en sus tiempos, aquella y la Suiza de Córdoba eran las mejores de España, superiores a todas las madrileñas.
Y no terminaremos estas notas sin mencionar otra, que también honraba a nuestra población y que desapareció hace poco tiempo, la de Oriente, establecida en el paseo del Gran Capitán, y sin dedicar un recuerdo a sus propietarios los hermanos Reynaud, uno ya fallecido, industriales inteligentes, honrados y laboriosos, dignos de mejor suerte que la que tuvieron.
Octubre, 1918.
