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Pepito Domínguez (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Pepito Domínguez es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace muchos años se presentó en Córdoba un forastero, que bien pronto despertó la curiosidad general por el misterio que le rodeaba.

Era un hombre de regular estatura, grueso, que poseía uno de esos rostros sin expresión en los que jamás se reflejan el estado de ánimo, las sensaciones o los sentimientos; un rostro grande, redondo, afeitado, que le daba aspecto de cómico o de presbítero.

Vestía invariablemente un saqué de largos faldones y en cambio variaba con gran frecuencia de calzado y de sombrero.

¿Qué edad tenía este extraño personaje? Nadie hubiera sido capaz de calcularla; lo mismo podía contar cuarenta que sesenta años.

¿De dónde procedía? He aquí la única pregunta relacionada con el hombre misterioso a que podía responderse con certeza. Procedía de Madrid, donde todo el mundo le conocía y trataba sin que, ni aún sus amigos más íntimos, tuvieran otras noticias de él que el nombre y el primer apellido; llamábase José Domínguez y en los centros y tertulias que frecuentaba sólo se le conocía por Pepito Dominguez.

Quién fuera su familia, cual su posición social, ignorábase en absoluto. Tampoco se pudo averiguar el objeto de su larga permanencia en Córdoba.

Instalóse en el Hotel Suizo, empezó a frecuentar nuestros casinos y pronto logró lo que siempre y en todas partes pretendía: llamar la atención, que se hablara de él, que se le considerase un ser excepcional.

Pretendía pasar por omniciente y para lograrlo, en sus tertulias, procuraba, con habilidad, variar frecuentemente el tema de las conversaciones.

Apropósito de cada asunto, de cada cuestión que se trataba o discutía, pronunciaba una verdadera disertación, llena de citas, de testimonios de autoridades en las materia, consignando muchas veces, no sólo las obras en que basaba su doctrina, sino las paginas en que podían leerse los conceptos, las opiniones o noticias que él manifestaba.

Tras una conferencia de medicina, pronunciaba otra de matemáticas, de filosofía. de jurisprudencia o de historia.

Lo mismo dominaba, al parecer, las bellas artes que las artes de la guerra; atesoraba conocimientos tan completos de náutica como de aerostación.

Aseguraba que había recorrido casi todo el mundo y hacía pintorescas descripciones de sus viajes y de las ciudades, monumentos, habitantes, usos y costumbres de los más diversos paises.

Aquella pluralidad de conocimientos, unida a su palabra fácil y correcta y a la sencillez de la expresión; verdaderamente cautivaban a los asíduos concurrentes a los centros de reunión por él más frecuentados, que eran el Círculo Conservador y el Casino Cívico-Militar, y apenas llegaba formaban a su alrededor un extenso corro y se disponían a escucharle con atención profunda.

La gran cultura de que hacía gala Domínguez y su reserva absoluta en todo lo que personalmente le afectaba, fueron la causa, coma ya hemos dicho, de que despertase la curiosidad general y el ansia de rasgar el velo que envolvía la historia del raro personaje.

¿Quién será este hombre? se preguntaba todo el mundo.

Pasaba por la estación de los ferrocarriles un ministro, un político de significación, un alto funcionario y a esperarle acudía el primero nuestro huésped.

Descendía el viajero del tren y, apenas le veía, marchaba a su encuentro, abrazándole efusivamente.

Los amigos del personaje decían llenos de satisfacción: ya nos vamos a enterar de quién es este hombre.

Le preguntaban al ministro, al político de significación o al alto funcionario y éstos invariablemente respondían: ¿pero ustedes no le conocen? ¡Pues en Madrid le conoce todo el mundo; este es Pepito Domínguez! Pero no podían añadir una palabra a las anteriores.

Domínguez, desde el Hotel Suizo, se trasladó a una modesta casa de huéspedes, de ésta a una de las principales fondas de nuestra capital, luego a otra hostería humildísima y sus constantes cambios de domicilio motivaban también múltiples y sabrosos comentarios.

La fantasía popular ideó cosas estupendas, quién decía que, cuando Pepito encargaba a un sastre que le hiciera ropa, él mismo la cortaba sin necesidad de tomar medidas ni señalar trazos en la tela; quién aseguraba que en el cuarto de la fonda ocupado por el forastero, un día veíase una interminable fila de zapatos y botas de todas clases y, al día siguiente, habían desaparecido.

Pepito Domínguez visitó algunos pueblos de nuestra provincia, tampoco pudo averiguarse con qué objeto y en ellos logró igualmente llamar la atención y pasar por un ser misterioso y raro.

En aquella excursión titulábase médico e indicaba a toda clase de enfermos el plan curativo a que debían someterse.

Las gentes sencillas de los pueblos cordobeses observaban con extrañeza una distinción especial de que era objeto cuando asistía a Misa; colocábanle un sillón, para que se sentara, al lado del altar mayor.

El exigía esta preferencia alegando que tenía derecho a ella, a causa de poseer determinados títulos y honores, pero la generalidad deducía de ella que se trataba de un personaje de la Iglesia o de la Corte Pontificia.

¿Tenía Domínguez, en realidad, la vasta cultura de que hacía alarde? No. Era un hombre de conocimientos generales, pero de ilustración superficial; de gran memoria y de fácil palabra.

Su principal mérito consistía en conocer, al primer golpe de vista, el grado de mentalidad de las personas con quienes trataba para saber a que atenerse en sus disertaciones y evitar que le cogieran en errores o que le descubrieran las fábulas ideadas por su fantasía, que él narraba como realidades.

Leía mucho y diariamente procuraba retener en la memoria un concepto, una opinión, una idea de cualquier autor y sobre cualquier materia, sin olvidar el titulo de la obra y la página en que estaba consignado.

Aquella noche, en su tertulia, hacía que la conversación recayera en el asunto a que correspondía la cita que, pocas horas antes había aprendido y, enmedio de su conferencia, la consignaba con todos los detalles indicados produciendo la admiración de sus contertulios que creían, como artículo de fe, la veracidad de la cita, pues más de un curioso o desconfiado anotó algunas de este hombre enciclopedia y comprobó su exactitud.

Una noche, en el Casino Cívico-Militar, exponía las enrevesadas teorías de los cálculos diferencial e integral en un corro formado por individuos que no entendían una palabra de aquello; acercóse un desconocido y empezó a refutar toda la doctrina del disertante; entonces éste varió de conversación y comenzó a discurrir sobre los progresos de la náutica, pero el nuevo contertulio, que era un marino, también la arremetió contra él, demostrándole que apenas había victo un barco.

El orador de casino enmudeció y, desde el día siguiente, trasladó sus reales al Círculo Conservador.

En aquella época se registró en Córdoba un suceso escandaloso y lamentable por el carácter y la significación de las personas que en él intervinieron y no faltó quien creyera que Domínguez tenía participación en aquel asunto.

Poco después apareció en nuestra capital un libelo, de triste recordación, titulado El Botafumeiro y hubo también persona que, injustamente, señaló al hombre misterioso como uno de los autores de aquella publicación inmunda.

Por este motivo varios sujetos le invitaron una tarde para que les acompañara a pasear, en un coche, por las afueras de la población y cuando estuvieron en un lugar solitario y además protegidos por las sombras de la noche, le maltrataron bárbaramente.

Pepito Domínguez tuvo que permanecer en cama algunos días y, apenas hallóse restablecido, desapareció de nuestra capital tan misteriosamente como se había presentado en ella.

De él no se volvió a saber más sino que varios juzgados de esta provincia publicaron diversos edictos en el Boletín Oficial citando a don José Domínguez (a) el Niño sabio, por dedicarse a ejercer la Medicina sin poseer el título necesario.

Marzo, 1919.