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Preeliminares de Semana Santa (Notas cordobesas)

De Cordobapedia

En tiempos ya pasados, cuando estaban más arraigadas que ahora las creencias religiosas en los corazones y había mayor sencillez en las costumbres, advertíase inusitado movimiento en la antigua casa cordobesa al aproximarse las solemnes fiestas de la Semana Santa.

Todas las habitaciones y dependencias, desde la sala del estrado hasta el último desván, limpiábanse escrupulosamente, fregando una y otra vez los suelos de rojos ladrillos hasta dejarlos brillantes como el oro. Si las casas estaban situadas en las calles por donde habían de pasar las procesiones, encalábanse las fachadas, cuya extraordinaria blancura, cuando las bañaba el sol, producía molestias a la vista. En el patio se arreglaba el macetero de la manera más artística, poniendo las mejores plantas y flores delante del portón para que, a través de las cancelillas de los postigos, pudieran verlas los transeúntes.

Los padres que tenían a sus hijos estudiando en otras poblaciones preparábanles, con igual esmero que se dispone la alcoba nupcial, el cuarto que había de servirles de dormitorio durante el tiempo de las vacaciones. Abríanse, quizá por única vez en el año, los grandes arcones tallados o cubiertos de recias pieles, sujetas con clavos de enorme cabeza dorada, para sacar la roja colcha de damasco y el finísimo mantel conque había de revestirse el altar; el rico vestido de raso o de seda que lucirían las señoras el Jueves Santo en los Divinos Oficios y la visita a los Monumentos; la hermosa mantilla de blondas conque se tocarían el Viernes; los uniformes que ostentarían los caballeros en los imponentes actos conmemorativos de la Pasión y Muerte del Redentor del mundo.

Era necesario sacarlos con tiempo para que perdieran las arrugas de los dobleces, para que se les evaporara el olor penetrante del alcanfor que se colocaba entre las prendas a fin de evitar los estragos de la polilla. Abríase también el primoroso contador de finas maderas o el joyero lleno de incrustaciones de marfil y nácar para limpiar el aderezo de brillantes, el collar de perlas, los largos pendientes de rubíes y turquesas o la cruz de delicadísima filigrana que habían de completar el lujoso atavío de las mujeres.

La gente del pueblo también preparaba sus galas, más modestas, y las mozas hacían prodigios con la plancha para rizar y encañonar las bordadas pecheras de las camisas que sus padres o hermanos habían de lucir cuando fuesen acompañando al paso de Jesús Nazareno o la Cruz guiona del Campo de la Verdad.

No todos los preparativos afectaban a la indumentaria; efectuábanse también muchos relacionados con el arte culinario. Las señoras, acompañadas de sus sirvientes, iban a las tiendas de comestibles para hacer grandes provisiones de los artículos propios de tales días, entre los que siempre el bacalao ocupó y sigue ocupando el primer lugar. Los tres primeros días de la Semana Mayor todas las mujeres de cada casa convertíanse en cocineras y no descansaban un momento de su labor. ¡Cómo que había que hacer las empanadas de pescado, las frutas de sartén, los pestiños y las tortas y los hornazos para la gente menuda, que después cocerían en los hornos! Esto sin contar los potajes y los múltiples guisos propios de la época.

Después del Domingo de Ramos las jóvenes habilidosas dedicábanse a labrar y adornar las amarillas palmas que no faltaban en la casa de todo buen católico, para colocarlas en los balcones el Jueves Santo. Todas las familias instalaban un altar; las de clases acomodadas en una habitación interior, sin más imágenes que la del Crucificado y la Dolorosa, rodeadas de luces y flores; el pueblo en la sala mejor que tuviera mayores ventanas a la calle, para que la gente, al pasar, se detuviera a cantar saetas.

A la colocación de estos típicos altares precedía una verdadera requisa que las mujeres encargadas de ornarlos hacían en los domicilios de todas sus vecinas y amigas para llevarse imágenes, candelabros, jarrones, colgaduras, alhajas, flores, macetas y cuanto consideraban aprovechable para el adorno del altar. Había industriales que desde el Domingo de Ramos hasta el Miércoles Santo no descansaban ni de día ni de noche: los que fabricaban y cocían tortas y los que hacían velas de cera. Las tahonas y las cererías hallábanse a todas horas llenas de público; en la confitería del Realejo, cuyos dueños elaboraban primorosas velas rizadas, formaba cola el público que acudía para adquirirlas con el objeto de adornar el altar o de que las lucieran en las procesiones los niños vestidos de nazarenos y de ángeles.

Hasta los muchachos, ajenos a todos estos preparativos, efectuaban otros de especie muy distinta; procuraban hacer buena provisión de latas viejas para salir, arrastrándolas, a las calles como alma que lleva el diablo, apenas tocaban a Gloria y confundir su griterío con el vibrante y alegre repique de las campanas. Al mismo tiempo, las jóvenes de buen humor que habitaban en los barrios bajos, a hurtadillas de sus vecinas para producir mayor efecto, entreteníanse en hacer un deforme pelele, relleno de paja, con una enorme olla por cabeza, que había de aparecer el Domingo de Pascua en un balcón para que hombres y chiquillos descargasen sobre él sus iras hasta destrozarlo, porque en ese monigote querían representar la figura repulsiva y odiosa de Judas.

Hoy los preparativos de Semana Santa han desaparecido casi por completo en la casa cordobesa, como desgraciadamente va desapareciendo todo lo tradicional y típico.

Referencias

[1]

  1. Montis, Ricardo de (1922): "Notas cordobesas. Recuerdos del pasado", Vol. 3, Córdoba.