Reuniones Misteriosas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Hace veinte años quien hubiese recorrido, entre ocho y nueve de la noche, los barrios de la parte baja de nuestra población, habría visto transitar por sus calles solitarias a varias personas muy conocidas que, ni habitaban en aquellos lugares ni, por su posición social, era presumible que tuviesen en ellos amigos íntimos a los que visitaran casi diariamente
Y si algún curioso observador se hubiese tomado la molestia de seguir hoy a uno, mañana a otro, con las necesarias precauciones para que no advirtiese la vigilancia, habría visto, acaso con sorpresa, que todos aquellos hombres iban a reunirse en un mismo punto.
¿Cual era este? Una antigua taberna situada en una estrecha y tortuosa calle, casi desierta durante la noche.
Al verles congregarse allí el observador hubiera preguntado con extrañeza: ¿pero estos hombres son bebedores? ¿Estas personas tan formales son amigos de la juerga? ¿Se trata de jugadores, acaso?
Mas, si por arte de magia, el curioso hubiese podido fransformarse en un ser invisible, y penetrar en la taberna, su asombro habría subido de punto al presenciar cómo los misteriosos personajes entraban por el postigo, sin odetenerse en el clásico ventanilla, especie de torno de los beodos vergonzantes, cruzaban el patio, lleno de arriates con plantas y tiestos con flores, pasaban por una estrecha galería y se internaban en un cuarto pequeño, débilmente alumbrado por una luz de gas, sentándose alrededor de una mesa estufa, en la que sólo había una botella con agua y un vaso para beberla.
Cuando estaban reunidos todos los concurrentes a estas veladas inexplicables, que eran seis u ocho cuando más, el tabernero cerraba el portón para incomunicar la casa del establecimiento; los hombres misteriosos hacían lo mismo con las puertas del cuarto y comenzaba la sesión.
Los reunidos primero leían cartas, documentos y periódicos; después cambiaban impresiones y discutían, pero sin acalorarse, sin gritar, siempre en voz baja, apenas perceptible desde el dintel de la puerta.
Uno de los concurrentes, hombre de regular estatura, grueso y con barba rubia recortada, debía actuar de secretario según las notas que tomaba y ordinariamente era el que leía más cartas y, sin duda, las de mayor interés, según la atención conque [sic] lo escuchaban sus compañeros.
Otro, moreno, enjuto de carnes, de pómulos hundidos, de grande y negro mostacho, hablaba siempre de organización de fuerzas, de movimientos estratégicos, y recordaba operaciones en que él intervino y en las que también le acompañaron algunos de los presentes.
Otro, de luenga perilla blanca, muy obeso, que seguramente se libró por su talla del servicio militar, pero que, no obstante, estuvo en campaña, era el que se expresaba con más fuego, con más energía, el que más ansiaba la llegada del momento anhelado por todos sus colegas, para lograr sus aspiraciones.
Sus camaradas tenían, a veces, que ponerle sordina porque su voz gruesa y sonora se oía claramente fuera de la habitación.
Pero el personaje más saliente de estas reuniones era un joven alto, delgado, de barba puntiaguda, siempre sonriente y locuaz.
Este joven, bastante significado entonces en uno de los partidos que turnaban en el poder, era escuchado por todos con verdadera ansiedad; de su interminable conversación nadie quería perder una sílaba y mientras permanecía en el uso de la palabra, el individuo que al parecer actuaba de secretario, no cesaba de tomar notas.
Al final de la reunión se escribían algunas cartas, se adoptaban algunos acuerdos y, entre diez y media y once, aprovechando una ocasión en que no hubiese bebedores en la taberna, los seis u ocho camaradas salían, separábanse en la puerta, sin darse siquiera las buenas noches, y por calles distintas dirigíanse al otro extremo de la población donde todos, o casi todos, tenían sus viviendas.
El curioso observador a quien hubiese sorprendido la presencia de estos hombres, todas las noches, en los barrios bajos de la población, si les conocía bien, y casi todos los cordobeses les conocíamos, a poco que se hubiera devanado los sesos habría descifrado el enigma, pues todos profesaban las mismas ideas políticas y todos aspiraban a la variación del régimen. ¿Todos digimos? [sic] No. El joven alto, delgado y de la barba puntiaguda militaba en uno de los partidos de turno en el poder, según consignamos antes. ¿Cómo asistía, pues, a aquellas reuniones? ¡Misterios de la vida! Aquel hombre no era lo que aparentaba. Iba allí para informar de la actuación de sus correligionarios a los que debiera considerar enemigos. Desempeñaba el antipático papel de traidor en aquella comedia. Un día la prensa de Madrid habló de cierto movimiento que se preparaba; el Gobierno tomó toda clase de precauciones, las autoridades de provincias ordenaron la vigilancia de las personas que simpatizaban con la idea en cuyo favor le laboraba y las reuniones misteriosas de la taberna concluyeron y muchos de los documentos que en ellas se leían fueron puestos en lugar seguro, ante el temor de que comprometieran a sus poseedores.
De los hombres aludidos quedan muy pocos; alguno de ellos ha pagado recientemente el postrero y mayor tributo que pesa sobre la humanidad.
El joven que iba a informar de la actuación de sus correligionarios a los enemigos políticos, hundióse, para siempre, en el montón anónimo, apesar de tener entonces en perspectiva un porvenir brillante.
Octubre, 1917.
