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Romances Histórico-Tradicionales de Córdoba

De Cordobapedia

Aquí tienes la transcripción del romance La Cuesta de Pedro Mato, tal como aparece en el documento:

La Cuesta de Pedro Mato

SIGLO XVI.)

I

Constante siempre en mi afán de buscar papeles viejos para cantar en romance cuanto de notable encuentro, referiré á mis lectores un histórico suceso que en el siglo diez y seis, entrado el último tercio, fué la admiración y espanto de la nobleza y el pueblo. En la casa del rincón que está detrás del convento, casi frontera á la cuesta ó más bien despeñadero, para llegar á la plaza de los Paez de Castillejo, tranquilamente vivía un acreditado médico; Pedro Mato, portugués, de gran saber y respeto, con su mujer Beatriz Cano en hermosura modelo, de carácter irascible, irreflexivo y ligero. Los cuidaba una sirviente á ella idéntica en el genio, si bien de gran confianza por tenerla largo tiempo, y querer mucho á dos niñas que estos esposos tuvieron. De esta familia, oh lector, he aquí un sucinto bosquejo.

II

De don Jerónimo Paez aun se titula una plaza cuyo frente la atención de los forasteros llama admirando sorprendidos la magnífica portada que un Castillejo labró para engrandecer su casa, dándole con sus caudales aspecto de régio alcázar.

Uno de esos Castillejos en aquel tiempo moraba en este hermoso palacio que á su vez engalanaban bellos tapices, pinturas, ricos muebles, mucha plata, tanto, que según escribe uno que lo presenciara, el Rey Felipe II asistió en dicha morada á un casamiento, admirando tan riquisimas alhajas; hasta eran de aquel metal los cántaros para el agua.

Mas tornando á nuestro intento, la tradición nos relata que Castillejo fijó sus atrevidas miradas en D. Beatriz de Cano con gran empeño y constancia desde la estrecha azotea remate de su fachada. Hombre al fin adinerado buscó á la antigua criada poniéndola de su parte con explendorosas dádivas. Ella explicó á su señora de aquel galán la demanda y aunque fueron mucho tiempo desoidas sus palabras, fueron tantas las finezas, fueron tantas las instancias, que al fin de su tierno esposo el honrado lecho imancha.

La sirviente de uno y otro pingües regalos tomaba y de sumisa á exigente su conducta pronto cambia: al fin tuvo un altercado con su señora, que airada en una de sus reyertas llegó á cruzarle la cara. Ofendida la sirviente le juró tomar venganza; mas no la creyó Beatriz capaz de tan gran infamia.

Con sorpresa aquella tarde vió de su esposo en la estancia entrar la sirviente, oyendo como infame la delata si bien callando la parte que en tales hechos tomara. Sabiendo cuánto su esposo su honrado nombre estimaba, sobrecogida de espanto, viendo su muerte cercana, toma un manto, en él se envuelve abre la puerta, se escapa, y entrándose en un convento se dá por depositada.

III

Pera Mato no creyendo la verdad de tal denuncia, sale airado de su estancia, por toda la casa busca y no hallando á la señora prorrumpe en llanto de angustia, angustia que va mezclada con cien accesos de furia.

Asustadas las dos niñas á cual más bella, más pura, ignorando los motivos que del hogar la paz turban, aterradas, abatidas, también llorando, confusas, al pobre padre se abrazan, su copioso llanto enjugan y aunque no ven á su madre ni la llaman, ni preguntan. Asi la noche pasó, noche que no cesa nunca, cuando la pena nos mata, cuando el dolor nos abruma!

Apenas el nuevo sol las altas torres alumbra, Mato llama á la criada, y hasta la calle la empuja quedando con sus dos hijas tristes, llorosas y mudas. Con un soberano esfuerzo para ellas la causa oculta y las consuela, las mima tratándolas con ternura y sin decir la razón, como él á las dos enluta.

Como la malicia al cabo algo la verdad vislumbra, mucho se contó del lance, de unos en otros se abulta, hasta que amigos y deudos del doctor, abrigan duda: quien á Castillejo á solas con gran cautela pregunta oyéndole lamentarse de aquella infame calumnia: quien se dirige al convento donde Beatriz aun se oculta por si acaso en sus palabras, vertidas en la clausura, se desliza algun indicio que su deshonra descubra y sabiendo que al contrario, ella su inocencia jura, con el Obispo Fresneda sus intenciones consultan, conviniendo en que el Prelado con su gran prestigio, acuda á convencer al doctor haber sido una impostura de la sirviente á quien hacen confesarse de esta culpa.

Tantas fueron del Obispo y de otros muchos las súplicas; tantas las seguridades que en su favor acumulan, que la palabra perdón al fin el doctor pronuncia.

IV

A la casa del doctor al fin la culpable torna, pero no vuelve el cariño del esposo hacia la esposa; no es la amante compañera de su corazón señora, es la eterna pesadilla que su cerebro sofoca. No le bastan á Beatriz, ni suspiros, ni congojas, ni el salir cubierto el rostro de negra tupida blonda. Ya del esposo no escucha las palabras cariñosas y los besos de sus hijas parece que le sonrojan.

Así se pasan los días, siglos parecen las horas; aquella calma aparente es de otro mal precursora. Cuando ya se iba olvidando y nadie pensaba en Córdoba en el lance que nos dá hoy motivo á nuestra historia, tal vez la infame sirviente ó algunas otras personas, de la fama del doctor villanamente envidiosas, recogieron varios cuernos que atados en una soga y unidos por sus extremos formó grotesca corona. Sobre el dintel de la puerta de Pera Mato colocan aquel signo ignominioso recuerdo de su deshonra.

El doctor salir solía poco después de la aurora: hizolo así y al mirar aquella muestra afrentosa, con ambas manos la arranca y lejos de sí la arroja. Duda, vacila, registra, encuentra la calle sola, maldice su infausta suerte, mil pensamientos lo agovian y tropezando y cayendo, la cuesta hacia abajo toma. Cuando á su casa tornó, se entró cerrando su alcoba y viendo que no salía, Beatriz, que la causa ignora, se decidió á preguntarle, y en cuanto á la puerta asoma, como herido por un rayo Pera Mato se trastorna, la tira con furia al suelo, veloz la toalla toma, le echa un lazo á la garganta y en un instante la ahoga.

Vuelve á salir como un loco, la población abandona, el lance pronto se cunde, la vecindad se alborota, la justicia al punto acude, activa el proceso forma sin que nadie hallar consiga ni rastro de su persona. Las pobres niñas entraron en la Encarnación de monjas y andando el tiempo, se sabe que el monarca lo perdona, reapareciendo en Sevilla como doctor de gran nota.


El motín del pan en 1652

I

El año cincuenta y uno fué tan corta la cosecha de trigo en esta comarca, que dió lugar se temiera no alcanzara á la siguiente, apesar de las promesas de traerlo de otros puntos donde abundante estuviera. Los logreros y agiotistas, muchos siempre en esta tierra, empezaron á comprar cuanto se puso á la venta, seguros de una ganancia positiva, verdadera.

¡Al usurero no importa que el pobre de hambre perezca! Estas tristes esperanzas fundadas en la apariencia, los ánimos aun heridos por la espantosa epidemia desarrollada en los años cuarenta y nueve y cincuenta, daba lugar á zozobras en el pueblo y la nobleza. El otoño y el invierno pasaron sin que ocurrieran desórdenes ni disgustos; mas llegó la primavera y ya los precios del trigo tan exhorbitantes eran, que hasta veinticinco cuartos subió el pan y con tendencias, si Dios no lo remediaba, de llegar á una peseta.

El pueblo, siempre sufrido, al fin pierde la paciencia cuando pudiendo evitarlo, se abandona en su miseria. El hambre ha sido y será siempre mala consejera, y el pobre que la padece á desesperarse llega; como el caudaloso río que mansa corriente lleva, si las pertinaces lluvias tanto su caudal aumentan, que no caben por su cauce al fin sus límites deja y los más fértiles campos cubre de estéril arena. Asi el pueblo se desborda cuando mal se le gobierna; y en vez de buscarle alivio á sus males y sus penas, entre harapos y sin pan á morir se le condena.

II

El seis de Mayo llegó, en domingo y el pueblo en misa de madrugada llenó casi por completo las tres naves de la hermosa parroquia de San Lorenzo. Al salir aquella gente, de la plazuela en el centro, se presentó una muger llevando en sus brazos muerto un niño de tierna edad: eran tantos sus lamentos que conmovidas, llorando, otras madres se le unieron, lanzando contra los hombres tantos punzantes dicterios, que pronto por todo el barrio fué el alboroto cundiendo dándose gritos de mueran los miserables logreros del trigo acaparadores para subirlo á más precio de cinco duros, que estaban cada fanega vendiendo.

De improviso entre la turba aparecio un piconero con el hocino en la mano á grandes voces diciendo:

—A ver al corregidor y si no pone remedio, por las calles y plazuelas lo arrastramos como un perro.

—Corramos—gritaron todos.

Marcharon por el Realejo á la calle de San Pablo; en el Salvador se unieron los muchos trabajadores que firmes en aquel puesto, esperaban los buscasen capataces y maestros. Con mugeres y chiquillos también unidos á ellos, formaban ya un contingente de cinco mil por lo menos.

Cerca de la Trinidad se encontraba el aposento del corregidor Alfonso de Flores y Montenegro "Vizconde de Peña Parda": alguaciles á el acecho le mandaron pronto aviso para quitarse de enmedio. Intentó con su familia guarecerse en algún templo, mas escuchó ya en la calle el continuo clamoreo.

Cerró las puertas con trancas, que para nada sirvieron, y subiéndose al tejado, con su familia y sus deudos, logró al fin hallar refugio en el cercano convento. Llegó la gente á la casa, llamó, no le respondieron, vuelve á llamar y tomando por insulto aquel silencio, porque no se figuraban del corregidor el miedo, aumentando su conducta las llamas de aquel incendio, que pudo evitar, en parte, si se presenta ofreciendo desde el balcón á la gente buscar al mal el remedio. Mas se portó de tal modo, hizo tales desaciertos, que si dan con él lo arrastran por cobarde y por inento.

Viendo el pueblo que no abrían echó las puertas al suelo, entró, registró la casa hasta el último aposento, respetando, sin tocarles, muebles, ropas y dineros.

Convencido de su ausencia á la calle se salieron, y ya sin corregidor que le infundiese respeto, se desparramó la gente por todas partes pidiendo les entregasen el trigo, llamando pillos, logreros, á los nobles, al Prelado, labradores y comercio, rompiendo con fiera saña, las puertas de los graneros, sacando el trigo que hallaban llevándolo á San Lorenzo donde un sacristán se opuso á que entraran en el templo, y le dijo Arranca cepas con muchisimo gracejo:

—Anda vete, rapa cirios, no te metas en enreos.

Otros llevaron al Pósito todo el trigo que pudieron. Al fin la noche llegó que trascurrió sin excesos, si bien quedaron retenes toda la noche en acecho, en San Lorenzo, Ajerquía y otros puntos estratégicos. El lunes por la mañana fuè tal el levantamiento, que muchos abandonaron sus casas y se escondieron, en tanto que las señoras, refugiadas en los templos, á la oración entregadas ante el Señor manifiesto, á grandes voces pedian cesase el pronunciamiento. Un grupo muy numeroso marchó al palacio resuelto á sacar, como sacó, el trigo de los graneros, a pesar de ser muy poco almacenado á su tiempo, para dar pan de limosna y el necesario alimento del personal de palacio, el señor Tapia y sus deudos.

Al escuchar este Obispo en la calle tal estruendo, salió al balcón á seguida y con paternal afecto, entre los amotinados consiguió guardar respeto.

—Calma, calma, no griteis, decid cuál es vuestro intento, subid sin reparo alguno y aqui, entre todos, veremos el modo de conseguir que todos queden contentos.

— Diez ó doce amotinados entraron y convinieron que á buscar trigo saliera el señor Tapia con ellos, queriendo solo que el pan aminorase de precio.

El Obispo era animoso aunque ya bastante viejo, y sin temor, ni zozobra, tomó bastón y sombrero, y entre las turbas se entró no solo, pues lo siguieron sus familiares y algunos frailes de varios conventos que rondando por las calles aminoraban excesos.

Visitaron varias casas donde, al instante, sus dueños franco dejaban el paso, ya en calma, por el aspecto venerable del pastor cuyo semblante halagüeño en todas aquellas masas iba ganando terreno. En muchas no habia tal trigo, en otras pronto lo dieron, y asi, aunque lentamente, llegaron á San Lorenzo en cuyo pórtico estaban armados los piconeros, guardando el trigo llevado con tal cuidado y acierto, que apuntaban su cuantia y de donde lo trajeron.

El Obispo cariñoso les dijo:

—No profanemos la casa de Dios, señores, no es apropósito un templo para almacenar el trigo.

—Señó, si acá no entendemos de esas cosas—dijo uno— ni andamos con cumplimiento y tenemos confianza con lo santo ca qui vemo y colamo en esta iglesia como en un descansaero.

El Obispo sonrióse contestando:

— Bueno, bueno, os pido por esos santos que son protectores vuestros, cesen ya tantos desórdenes, volved tranquilos, contentos, á vuestras ocupaciones que todo lo arreglaremos.—

Entonces otro gritó:

—¡La cosa está pa un arreglo! Señon Obispo, si ahora ni Rey ni roque tenemos, porque ende ayer de mañana el corregidor sa muerto, ó se lo llevó er demonio que pa este caso es lo mesmo..

— En esto se apareció el noble joven D. Diego de Córdoba, quien gozaba gran ascendiente en el pueblo porque á todos protegia con su favor y dinero.

—He aquí un buen corregidor.—

Todos á una voz digeron.

—Volvámonos á palacio.— Dijo el Obispo saliendo.

—Mucha calma, mucha calma, que todo lo compondremos. —

Y con D. Diego de Córdoba sus familiares y séquito, á su palacio volvió de su gestión satisfecho.

III

Aquella noche rondaron para conservar el orden, los frailes de tres conventos alumbrados con hachones, encontrando por las calles muchas mugeres y hombres, según avisos seguros, con siniestras intenciones.

A la mañana siguiente no se averiguó de donde corrió la falsa noticia de que á defender los nobles llegaba el Marqués de Priego con caballos y peones. De nuevo se alborotaron todos los trabajadores de todas partes saliendo armados hasta con hoces, algunos con carabinas, formando grupos enormes, amenazando quemar las casas de los señores.

Fueron á la Calahorra y sacaron los cañones llevándolos en sus hombros, dando mueras y otras voces, á la Puerta de Gallegos, San Lorenzo y á la entonces parroquia de la Ajerquía, guardándolos pelotones de gente armada; entretanto otros marchaban veloces á cerrar todas las puertas de la ciudad con barrotes, palos, piedras, cuanto hallaron, . subiendo á los torreones para ver si alguien venia y dar de aviso los toques.

Bien pronto llegó al Obispo noticia de tal desorden: tomó bastón y sombrero y con sus pages, salióse convocando á la ciudad á sesión para las once. Veinticuatros y jurados con algunas precauciones, — no faltaron á la cita estando todos conformes en ayudar al Obispo á desmentir los rumores propalados y á buscar una autoridad, un hombre, con ascendiente bastante, y sin vacilar proponen dar á D. Diego de Córdoba, de pueblo y nobleza en nombre, de Corregidor la vara, que el mando al instante tome, y haga por apaciguar, primero que se desborde más que estaba, el populacho y á su antigua calma torne.

D. Diego se resistió diciendo ser aun muy joven para cargo tan pesado; mas todos juntos, acordes, le obligaron á aceptar, saliéndose á los balcones á ver si con su presencia cesaban tantos horrores. Al verlos la muchedumbre con respeto descubrióse, prodigándole á D. Diego aplausos atronadores.

Le dió el Obispo el bastón, echo varias bendiciones y D. Diego, conmovido, dijo al pueblo:

— Estos señores me han entregado la vara; la tomo si estais conformes, si no lo estais, no la acepto.—

—Si, si—sonaron mil voces.

—Juro por San Rafael que son falsos los rumores corridos esta mañana con siniestras intenciones; y si me ofreceis volveros sin zozobras, ni temores, á vuestras casas tranquilos, tendreis, antes de la noche, á cuatro cuartos el pan.

Solo quiero que me otorgue el pueblo su confianza, si no es así, no tan torpe soy que acepte este bastón que en mi débil mano pone.

— Todos se marcharon dando muchas felicitaciones al nuevo corregidor que en práctica al punto pone su nuevo plan de gobierno; los màs alborotadores fueron por D. Diego Córdoba, dándoles jornales dobles, empleados en sacar todo el trigo de los trojes conduciéndolo á los hornos con las más severas órdenes de vender el pan barato antes de las oraciones.

Las tabernas por la tarde llenó la gente del bronce; hubo en abundancia gresca, heridos, muertos, prisiones, y en todas partes D. Diego prontamente presentóse decidido como estaba á restablecer el orden.

En la plaza de San Juan hubo un muerto y divulgóse que D. Felipe Ceron un caballero muy noble, hubo pagado la muerte, vengando asi las coacciones sufridas aquellos dias; nuevo alboroto y temores pidiendo que al D. Felipe dieran muerte, al fin calmóse la gente al ver á D. Diego haciendo averiguaciones hasta lograr descubrir los verdaderos autores.

Asegurada la calma remitieron á la Corte detalladas diligencias con minuciosos informes de la ciudad, el Obispo, el Cabildo, inquisidores, logrando entre todos ellos, que el Rey su perdón otorgue.

Los Comendadores, ambientado en el siglo XV:

(Cantar popular.)

Córdoba, ciudad famosa, del árabe orgullo y corte: joya que el tercer Fernando conquistó con sus legiones. A un lado tiene la sierra con sus azulados montes: cual ancha cinta de plata el Bétis al otro corre, y enmedio está la ciudad en una alfombra de flores, angeles de oro ostentando en plazas, triunfos y torres.

En armas, ciencias y letras ha dado ilustres varones: mártires á nuestra fé, á nuestras artes pintores. Sus calles, sus edificios, sus bellos alrededores, son tesoro inagotable de gloriosas tradiciones. Una pensamos contar, aunque cuajada de horrores. que demuestra á donde alcanza el volcán de las pasiones. Allá por el siglo quince. según los historiadores, reinaba D. Juan Segundo quien con sus huestes y nobles, contra el moro de Granada constante guerra dispone.

Cerca de Santa Marina, templo que todos conocen por sus elevadas naves y sus esbeltos machones, moraba por aquel tiempo, con su esposa y servidores, Fernan Alfonso de Córdoba tercer señor de Belmonte. El Rey que lo distinguia y lo colmaba de dones, como muestra de su afecto una sortija entrególe que á su esposa dió Fernan en prueba de sus amores. Doña Beatriz de Hinestrosa, este llevaba por nombre, pronto de sus juramentos y de su honor olvidóse.

Dos primos Fernan tenía, el uno llamado Jorge Solier, el otro Fernando Córdoba, comendadores entrambos de Calatrava, de buen talante y buen porte. Don Jorge á doña Beatriz pidió vedados favores, más ansiados, cuanto más obstáculos se le oponen. Al par su hermano Fernando con igual fin entendióse con otra Beatriz, su prima, de hidalga estirpe aunque pobre,— sirviendo de medianera una doncella, de nombre Catalina, según dicen, y á quien la historia supone vendida, que al fin y al cabo dádivas quebrantan bronces.

Los azares de la guerra, en aquel tiempo feroces, obligaron á Fernan á partir, y aunque conoce peligro en abandonar á Beatriz, tan bella y joven, fiado en sus juramentos, y en su estirpe pura y noble, tras un cariñoso abrazo para la guerra partióse, antes dando a su señora el mayor de sus honores, el anillo codiciado que el Rey D. Juan otorgóle.

Su fiel servidor Rodrigo, anciano que á sus mayores con igual lealtad sirvió, lo mira partir inmóvil y en continuo centinela de aquella casa tornóse. Los cuatro amantes hallaron en esta ausencia, ocasiones de burlar al caballero con sus criminales goces. Tan ofuscados estaban, fueron tan ciegos, tan torpes, que el buen Rodrigo de todo aunque en silencio enteróse.

Supo que el preciado anillo pasó á poder de D. Jorge; que las puertas del jardin se franqueaban de noche, y que en el lecho nupcial pernoctar solía un hombre, cuando el dueño estaba ausente defendiendo sus pendones. Tuvo un descanso la guerra y los magnates entonces tornaban á sus hogares con grandes lauros y honores.

Entre ellos Fernan Alfonso de su corcel viene al trote, ansiando ver á Beatriz, rico en botin é ilusiones. Al divisar de su patria los minaretes y torres, piensa serán sus suspiros de su amor los precursores. Al fin llega, la ancha puerta giró pausada en sus goznes, y la primera Beatriz entre sus brazos lanzóse. Sus primos lo felicitan, todos á su encuentro corren, solo el anciano Rodrigo parece más viejo y torpe. Ya ha tornado la alegria á aquellos vastos salones; la bienvenida le dan ricos, medianos y pobres porque á todos en sus brazos con igual cariño acoge. Paseandose una tarde del jardin entre las bojes, vio Fernan al buen Rodrigo pensativo cabe un roble. Temeroso de su mal al servidor acercóse, sin lograr saber la causa de sus penas ó dolores; solo notó al retirarse que por su tez deslizóse una lágrima, empapada con presteza en su capote.

—¡Ese que nunca ha llorado...! dijo y en mil confusiones se fué Fernan á su estancia, esperando los albores de la mañana siguiente, en que temprano vistióse, yendo en busca de Rodrigo á quien al punto dió orden, de acompañarle á cazar en los inmediatos bosques. Pronto se ven á la puerta ensillados dos bridones y sin que nadie lo extrañe, ni de Hernan la intención note, por la puerta de Colodro salieron ambos al trote.

Apenas los dos llegaron de la sierra al primer monte, entre el vasallo y señor mediaron breves razones que del segundo, el semblante hacen airado se torne. Duda, vacila; al principio aquel relato desoye; mas de su honra ganoso al fin quedaron acordes.

Buscar es fuerza un anillo que lo dicho corrobore: mas con gran sagacidad y con muchas precauciones, que tan solo ellos y Dios el plan fraguado conocen. Nada se advirtió en la casa de zozobras, ni temores; solo se supo el disgusto que á doña Beatriz causóle haber perdido un anillo sin saber cómo, ni dónde, no faltando maliciosos que otras noticias pregonen. Una vez ya convencido de aquel proceder innoble, una nueva cacería Fernan Alfonso dispone. Con tal ausencia fiados, fueron los Comendadores, penetrando cautelosos cuando todos se recogen. Una noche, en el reloj apenas dieron las doce, del jardin entre los olmos una sombra dibujóse.

Llegó á un postigo y con tiento abrió, penetrando un hombre. Si alguien los hubiese visto, oculto en los senadores, sentido hubiera latir aquellos dos corazones. Como el huracán furioso seculares troncos rompe, con su daga entra Fernan y, antes que defensa tome, en el pecho del infame de punta á puño la esconde.

A los ayes de Beatriz don Fernando despertóse, cuando su primo llegó acestándole un mandoble que también de la existencia en un instante privóle. A Beatriz, la infame prima, le dió muerte y dirigióse otra vez á su aposento; mas Catalina se opone en la puerta á que penetre de ¡socorro! dando voces, gritos que el acero hace en su garganta se ahoguen.

Doña Beatriz de Hinestrosa, ya con la muerte conforme, ambos brazos extendidos, ante su esposo postróse pidiéndole, no la vida que no es digna se la otorgue, sino confesión, ansiando que Dios sus faltas perdone. Luchando Fernan Alfonso con dos opuestas pasiones, el amor y la venganza, deja que su esposa logre aquel favor.

Al instante Rodrigo á pasos veloces avisó á los Agustinos, y al llegar el sacerdote gritó Fernan:

— Pronto, padre, la confesión no demore que si el astro rey del dia rasga el velo de la noche, fuerza ha de faltarle al brazo para dar certero golpe. No tardó de aquella casa en salir rezando un monge. A poco también salieron dos caballos á galope: es, que Fernan y Rodrigo á salvo sus vidas ponen. Los cristianos de Antequera constantes peligros corren, como frontera á los moros, aun de Granada señores.

El Rey don Juan el Segundo que esos peligros conoce, para aumentar fuerza y medios con que puedan sus legiones tanto defender la plaza, como con empuje doble, llevar sus armas triunfantes por campos y poblaciones, el privilegio concede, publicándose en su nombre, que en defendiendo á Antequera un año, se le perdonen los delitos cometidos á todos sus servidores.

Fernan con algunos otros á dicha gracia se acoge, y terminado aquel plazo, en que mil peligros corre, con su espada y con su lanza, nuevos laureles recoge con el perdón que consigue que por don Juan se le otorgue. Los viejos supersticiosos, aun asombrados, suponen que después de la postrera campanada de las doce, de la casa en lo interior quedo, muy quedo, se oye,

¡ay! ¡de la infame Beatriz!

¡ay! ¡de los comendadores!

Una aventura de Góngora

I

El codo sobre una mesa y la mano en la megilla, en unos cuantos papeles la inmóvil mirada fija como si fuera á escribir alguna de sus poesias, estaba D. Luis de Góngora el de las bellas letrillas, en que flaquezas humanas hábilmente satiriza.

En aquel triste momento ni un solo verso escribía, porque en su moreno rostro una lágrima furtiva denunciaba estar luchando entre el amor y la ira. A veces se levantaba y las ventanas abría, por si el fresco de la noche amenguaba sus fatigas lanzando fuertes suspiros que en los vientos se perdian, Otras tornaba á la mesa emborronando cuartillas, hasta que el sueño clemente lo embargaba y lo vencia. Apenas ocupó el lecho advirtió que lo movian, los ojos abrió asorado, presentándose á su vista su primo D. Pedro Angulo sempiterno camorrista, que entre el juego y los amores pasaba alegre la vida, siempre la mano en la espada siempre en los labios la risa.

— ¿Qué demonio haces aquí? Pareces un cenobita!

He estado, ya sabes dónde, aguardando á ver si ibas y, ya desesperanzado, vengo á hacerte una visita.

—¡Qué quieres, amado primo, me he venido, no me riñas, para estar solo, muy solo, lamentando mi desdicha, ahogando entre mis suspiros mis ilusiones perdidas!

—¡Poeta al fin! semi loco. Se me figura mentira que largues en un momento tanta, tanta tonteria. Cuando una muger se muestra á los halagos esquiva, se le estrecha tenazmente hasta conseguir se rinda.

—Es imposible, imposible; la que mis penas motiva tiene toda su ventura en conservar su honra limpia. Es doña Ana de Aragón tan hermosa, honrada y rica, que no hay medio en todo el mundo para lograr su conquista. Cabe su reja esta noche empecé á pulsar mi lira, cuando apareció de pronto esclamando airada, altiva:

—Idos ya, seor capellán, su terquedad me lastima, y sabed, que por mi padre he sido ya prometida á D. Rodrigo de Vargas á quien tengo en más estima. Y la ventana cerrando dejóme el alma sumida en un torrente de celos que mi espíritu aniquilan. Yo le pensaba jurar los hábitos ahorcaria, y que no desmereciendo en nada las dos familias, ante el ara prontamente con placer la llevaría. Ahora todo es imposible. Ya tiene comprometida su buen padre la palabra, y confesando ella misma preferir á D. Rogrigo, dime, D. Pedro, si es digna mi insistencia en un empeño en que cifraba mi dicha.

—D. Rodrigo... lo matamos, de esa manera se quita el impedimento.

—Calla y necedades no digas. —Y vas así á renunciar á un amor en el que cifras toda tu ventura? vamos, es mucha tu cobardia. Es fuerza desbaratar esa boda maldecida, por cuantos medios podamos aunque arriesguemos la vida. Adios, échate á dormir, mañana será otro día.

II

Algún tiempo se pasó sin conocerse el proyecto por los dos primos fraguado, en contra del casamiento de doña Ana de Aragón con el otro caballero: mas no debió ser seguro ni prudente, ni discreto, cuando en la misma semana se llevó la boda á efecto.

Sobre el amor de D. Luis, todos guardaban silencio, dándolo por extinguido ó entiviado por lo menos, sin sospechar que podian inventar algún enredo de Góngora la constancia y la astucia de D. Pedro, embrollador como pocos valiente como el primero. Además sobre su primo llegó á tener gran imperio. no porque se le igualase en estudios y talento, si porque siempre le hablaba alagando sus deseos.

Pocos días se pasaron hasta llegar ese tiempo consagrados por la iglesia á celebrar los misterios de la pasión de Jesús. En santo recogimiento los cordobeses oraban las iglesias recorriendo, ó viendo las procesiones caminar con paso lento, unos con la cruz acuesta, otros cargados de hierro, y todos llevando cirios en la diestra mano ardiendo.

En la iglesia catedral delante del monumento, de rodillas con un libro, como embebido en el rezo, estaba D. Luis de Góngora con sus lujosos manteos, cuando Da. Ana y su dueña, de su sitial no muy lejos, se arrodillaron: entonces él con el paso ligero se dirigió á una capilla, cambió el trage en un momento, marchando al patio do estaba embozado un caballero. Al postigo de la Leche entrambos se dirigieron llegando á la Judería donde se quedaron quietos. Doña Ana con su dueña, siguió el mismo derrotero, sin hablar una palabra ni reparar en aquellos, que mirando á todas partes cautelosos las siguieron.

Ellas el paso activaron infundiéndoles recelos, y al llegar casi á la esquina de la calle del Romero. uno de ellos le agarró casi á la mitad del cuerpo y tapándole la boca, el otro con un pañuelo, la calle de los Deanes fueron los cuatro corriendo hacia San Roque. La dueña, con gritos y con lamentos, sin dejarlos de la vista, iba socorro pidiendo. Ya en Jesús Crucificado, abrumado con el peso de la señora y notando que iban á cogerlos presto, soltaron tan dulce carga y ambos marcharon corriendo hacia la iglesia que dicen San Juan de los Caballeros. La señora con el susto cayó desmayada al suelo, de donde la gente alzóla llevándola con esmero y gran cuidado, á su casa donde no tardó un momento en referir á su esposo aquel brutal atropello.

III

Amaneció el Viernes Santo trascurriendo su mañana sin el menor contratiempo, mas sin salir de sus casas, los dos primos hasta ver si el tumulto se calmaba. Por la tarde á D. Luis le presentó su criada, un escrito que le dieron sin decir quien lo mandaba.

Convulso rompió la oblea y leyó con vivas ansias:

«Don Luis: si sois hombre honrado y blandir sabeis la espada con la misma ligereza en arroyar á una dama, acudid con vuestro primo, en la próxima alborada, cabe la famosa torre que de la Malmuerta llaman, donde otros dos caballeros para reñir os aguardan. Si no acudis á la cita, si denunciais esta carta, donde os vea, hasta en el templo, os escupiré á la cara. Esto ofrece y esto afirma, Yo. D. Rodrigo de Vargas.»

Apenas hubo leido estas últimas palabras se levantó del sitial donde antes sentado estaba, echando fuego sus ojos, con ambas manos crispadas estrujando aquel papel con desesperante rabia:

—Iré, si—gritó furioso— no porque vista sotana, ni brazo ni corazón, para matarlo me faltan.

— Llamó á D. Pedro de Angulo, quien en acudir no tarda y enterado del escrito dijo sin perder la calma.

—Me alegro; de esta manera todo de una vez se zanja. Yo crei que el Santo Oficio nos prendía y nos tostaba. Iré contigo Luis, bueno, y salga lo que salga. Nosotros poco perdemos si nos vencen y nos matan, en cambio si los matamos se completa tu venganza. Eres un hombre de honor y nunca el valor te falta. Adios, pues, hasta la noche, vendré á buscarte á tu casa.

Pasó la noche: al brillar claro el lucero del alba, al pié de la torre, todos los caballeros se hallaban. Con las cabezas se hicieron los saludos de ordenanza y á el arroyo de las Piedras, sin decir una palabra, se dirigieron, buscando la parte más solitaria, donde soltando á la vez todos sombreros y capas, aquel silencio turbó el chocar de las espadas.

Pronto D. Pedro de Hoces que á Rodrigo acompañaba, haciendo suya la ofensa de su prima doña Ana, el pecho de Pedro Angulo traspasó de una estocada: pronto también, don Luis al suelo cayó de espaldas por sufrir en la cabeza una horrible cuchillada. Casi el sol iba á dorar las crestas de las montañas, cuando cerca de aquel sitio tres piconeros pasaban que en el monte de la sierra iban á fraguar sus cargas.

Los llamaron y después de darles muy buena paga, les rogaron recogiesen á los dos que en tierra estaban y con respeto y cuidado los llevasen á sus casas. Antes que los piconeros hasta Córdoba llegaran, por la puerta de Colodro los vencedores entraban.

IV

Cuando todas las campanas estaban tocando á gloria, el resultado del lance se sabía en todo Córdoba.

En casa de los heridos todo es pesar y congojas, en la de los vencedores tan solo su ausencia notan sin saber donde se encuentran, si peligran sus personas, sin preguntar á la gente que fué de Angulo y de Góngora.

Aquellos tres piconeros que hicieron tan santa obra, y conocían muy bien á todos los de la historia, declararon llanamente los nombres y hasta la forma de realizarse el combate porque ocultos en las sombras, estuvieron presenciando aquella escena horrorosa. Hoces y Vargas vinieron ufanos con su victoria; mas temiendo los prendiera la justicia, que afanosa formaba activa la causa para cobrar muchas costas. Fuéronse á los Jesuitas cuya protección imploran y, tras repetidas súplicas, al fin su designio logran alcanzando de los padres que en su casa los escondan.

La Justicia por prenderlos, á varios puntos exhorta, registra algunas viviendas con actividad pasmosa, entrando en varios conventos aunque en mesurada forma, llegando al colegio mismo donde, con gran ceremonia, la recibieron, mostrando las salas unas tras otras, llegando á la misma iglesia en donde abrieron las bóvedas subieron á los terrados y por último la ronda se despidió agradecida á la asociación famosa por las muchas atenciones tenidas á sus personas.

Hoces y Vargas andaban ocultos casi á la sombra del mismo juez y alguaciles, dando vuelta á la redonda, y por último dos hombres volvieron á alzar la losa del panteón donde yace D. Juan Fernández de Córdoba. D. Pedro de Angulo en tanto que triste el lance deplora, viendo á su querido hijo expuesto á una muerte próxima, llamó al doctor Calderón, cirujano de gran nota, ofreciendo regalarle, al salvarlo, algunas onzas.

Góngora sanó más pronto de su herida aparatosa y enseguida hizo constar que á D. Rodrigo perdona. Calderón cumplió su oferta de manera prodigiosa, logrando los dos heridos una curación muy pronta. Entonces los Jesuitas decidido empeño toman en restablecer la paz; una vez y otra vez tornan á conferenciar con todos, á que juiciosos depongan fundados resentimientos, puesto quedaron con honra en el combate los cuatro, y aquellas heridas borran la irrespetuosa ofensa inferida á una señora.

Lograron al fin su intento siendo lección provechosa en adelante; D. Luis tomó las órdenes todas y después de cantar misa fué á Madrid, donde sus obras pronto le dieron cabida entre la gente más docta. Siguió escribiendo; más nunca huyeron de su memoria los encantos juveniles cuyos recuerdos lo agobian, hasta llegar á escribir en esa confusa forma que parece un extravio de su inspiración fogosa, y que todos los poetas por el gongorismo nombran.

La torre de los Donceles

I

Cuando el fervor religioso imperaba tanto en Córdoba, la octava del Corpus Cristi celebraban con gran pompa, en lucidas procesiones que de todas las parroquias, con solemnidad salian, y en que la gente devota, con flores en la carrera formaba tupida alfombra.

La hermandad del Sacramento. que aun existe en casi todas, convocaba un gran convite de distinguidas personas, sin olvidar los vecinos que con alta ó baja cuota, al gasto contribuían con voluntad generosa. Un año, en la Magdalena, llegó la anhelada hora de empezar la procesión, y la gente presurosa empezaba á colocarse sin mirar clase ni forma; cuando al lado del Rector, sin andar en ceremonias, se colocó un hortelano. D. Luis Fernández de Córdoba, de las más altas familias, por un desaire lo toma, y le dice que se aparte porque aquel sitio le toca.

El hortelano, aunque honrado, contesta, con cierta sorna, que en la presencia de Dios todos tienen igual honra, y que no cede aquel puesto, solo porque se le antoja á un caballero ponerse junto al pálio y la Custodia. D. Luis con dicha respuesta de tal manera se enoja, que tirando de la espada y llevado de su cólera, al hortelano le dá una estocada espantosa. La mujer del desgraciado sobre el matador se arroja; mas era tarde, la muerte de una manera alevosa, del infeliz hortelano la vida, iracunda, corta. La procesión terminó y las gentes temerosas, en menos de dos minutos dejaron la iglesia sola.

II

Pronto vino la justicia para formar el proceso, tomando declaraciones de los nobles y del pueblo, que la verdad declararon sin andarse en miramientos. El Corregidor dispuso poner á Córdoba preso y al punto los alguaciles aquel mandato cumplieron.

Cerca de la Magdalena, de su plaza al otro extremo, habrá ya un tercio de siglo, una torre demolieron. De la grandeza de Córdoba era un honroso recuerdo que abandonó la llamada Comisión de Monumentos, no acudiendo en su defensa con su valioso consejo. En el siglo á que aludimos la destinaron á encierro del noble que cometiera algún delito ó exceso; que á la cárcel general iba tan solo el plebeyo.

En esa torre encerraron al héroe de nuestro cuento. Don Luis Fernández de Córdoba, tan noble como soberbio, esperando el resultado estuvo más de año y medio, sin temor á la justicia, señora que en todos tiempos ha solido doblegarse á quien tuvo más dinero. Una tarde en la parroquia tocaron á un sacramento; don Luis subióse al muro, como buen devoto, á verlo. Por la calle de Muñices, salió, vestida de negro, la viuda del hortelano, que con el mayor respeto bajó toda atribulada, ambas rodillas al suelo. De repente, de la torre las piedras se desprendieron en que estaba el noble Córdoba y con el mayor estruendo, ante la puerta de Andújar el infeliz quedó muerto.

La inconsolable viuda gritó: —¡Milagro del cielo que á los jueces de la tierra enseña á ser justicieros!