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Scala Coeli (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Scala Coeli es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Cuantos recuerdos trae a la memoria el santuario de Scala Coeli! La historia y la tradición se enlazan en él y han dado motivo y pueden seguir dándolo para escribir muy bellas e interesantes páginas de la vida cordobesa.

El que fue monasterio de la orden de Santo Domingo y del que hoy sólo queda el templo, fundólo, como nadie ignora, aquel santo varón llamado fray Alvaro de Córdoba, con el auxilio del Rey don Juan II. Para edificarlo adquirió el 13 de junio de 1433 una finca denominada Torre de Berlanga. perteneciente a don Gonzalo Fernández de Córdoba.

En 1521, la comunidad de dicho monasterio tuvo que .abandonarlo, por no contar con recursos para su sostenimiento, pero pocos años después volvió a servir de residencia a los religiosos dominicos siendo el superior de ellos una de las figuras más grandes de la Iglesia y una de las glorias más legitimas de la Literatura española, fray Luis de Cranada [sic].

La acción destructora del tiempo causó grandes deterioros en el edificio y allí por los años de 1768 a 1770, un ilustre procer, el Marqués de Cumbre-hermosa, que abrazó la vida monástica y fue en religión fray Lorenzo Ferrari, al destinársele como superior al repetido convento realizó en él obras importantísimas.

Al decretarse la exclaustración desapareció el monasterio de Santo Domingo de Scala Coeli; la piqueta demoledora sólo respetó la iglesia, en la que no se ha interrumpido el culto.

Constituyóse una hermandad titulada del Santísimo Cristo y San Alvaro de Córdoba, compuesta de numerosos cofrades, la cual contribuyó notablemente a aumentar el fervor de los cordobeses y la brillantez de los actos religiosos que se verificaban e n d histórico Santuario.

Este era uno de los lugares elegidos con predilección para las giras campestres y en los viernes de cuaresma, en que se celebraba el quinario al Santo Cristo, efectuábanse, con tal motivo, las romerías más animadas y pintorescas que ha habido en nuestra capital.

Muy temprano, apenas amanecía, innumerables familias de todas las clases de la sociedad, empleando diversos medios de locomoción, desde el coche y el carro hasta el paciente burro, y la mayoría a pie, cargados con los múltiples elementos indispensables para guisar un perol, dirigíanse a Santo Domingo en interminable caravana, alegres con la alegría franca y saludable de esta tierra.

Deteníanse en el paraje donde Jesucristo se apareció a San Alvaro en forma de mendigo, para comentar el prodigioso acontecimiento y continuaban la interrumpida marcha hasta llegar a las inmediaciones del Santuario.

Después de elegir el sitio donde habían de acampar y dejar en él talegas, cestos, botas y sartenes, dirigíanse a la iglesia, la mujeres tocadas con ligeros pañolillos, para asistir a los cultos, en los que aquella abigarrada multitud observaba un orden, una compostura y hacía gala de un fervor edificantes.

Concluída la fiesta los fieles recorrían el templo para admirar la imagen de la Magdalena, para rezar en la capilla de San Alvaro ante sus reliquias, para ver los silicios del insigne religioso.

Y nadie abandonaba aquel piadoso recinto sin dirigir una mirada de curiosidad y terror a la campana fatídica que, según la tradición tañía sola cada vez que estaba a punto de morir un fraile de la comunidad del convento de Scala Coeli y a la que nadie se atreve a tocar porque también afirma la leyenda, que quien la toca deja de existir a los pocos momentos.

Inmediatamente encaminábanse los fieles al Calvario paya rezar el Via-Crucis, presentando un cuadro imponente y conmovedor.

Todos los rostros aparecían animados por la fe, de todos los labios brotaban preces nacidas en el fondo de los corazones.

Cuando los expedicionarios, después de asistir a los actos religiosos habían reparado las fuerzas perdidas a consecuencia de la caminata con un abundante y sustancioso almuerzo, realizaban excursiones a las ermitas de la Cruz y de la Magdalena, a los cerros llamados del Tabor y de las Olivas y a otros parajes próximos que, según el propio Alvaro de Córdoba aseguraba tienen gran semejanza con los lugares en que se desarrolló el drama sublime de la pasión y muerte del Redentor del mundo, por lo cual él les dió los mismos nombres que ostentan estos santos parajes.

Cuando el cansancio y la sed les fatigaban iban en busca de reposo y agua cristalina y fresca al Arroyo de los Cedros, en cuyas orillas, fray Luis de Granada escribió gran número de sus inmortales obras. Y luego la gente joven, mozos y mozas, entregábanse a distracciones honestas, hasta la hora de saborear el perol y emprender el regreso a la ciudad, con el alma llena de alegría, sin dudas ni preocupaciones, con el pulmón saturado de las perfumadas y salutíferas auras de la Sierra.

Uno de los prelados más insignes que han ocupado la Silla de Osio, fray Ceferino González, con el fin de evitar las promiscuaciones en las comidas de los viernes de cuaresma, muy frecuentes en estas giras de campo, y para aumentar el esplendor de los actos del quinario al Santo Cristo de San Alvaro, dispuso que aquellos se verificasen los domingos.

Al ser trasladados a días festivos, aumentó extraordinariamente la concurrencia de fieles a dichos actos y la romería a Santo Domingo só1o fué comparable, por su animación con la que se verificaba el día de la Candelaria al Arroyo de las Piedras.

Reuníanse en aquel pintoresco paraje de nuestra Sierra con las innumerables familias que iban de Córdoba las que pasaban una temporada en las fincas próximas, que eran muchas y entre ellas figuraban bastantes de nuestra buena sociedad.

Gran parte del contingente de expedicionarios pertenecía a la dependencia del comercio que iba con todo el personal del establecimiento denominado Fábrica de Cristal cuyos dueños obsequiaban a sus empleados con un perol, los días del quinario, en su hermosa poesión de Cabriñana, muy poca distante de Scala Coeli.

Cuando acababan los cultos una abigarrada muchedumbre se extendía por los alrededores del Santuario y mientras unos excursionistas subían al monte de Getsemaní para admirar el bello panorama que desde él se descubre, otros visitaban la cueva en que San Alvaro consagrábase al rezo y a la meditación y no pocos se dedicaban a la caza internándose en lo más abrupto del monte.

Algunas de las familias que residían temporalmente en las huertas y los caseríos; muy especialmente la del inspirado poeta cordobés don Jose Jover y Paroldo, Marqués pontificio de Jover, propietario de una casa con pujos de castillo contigua a la iglesia, organizaban comidas y fiestas íntimas en obsequio de sus amigos que iban los domingos de cuaresma a visitarlas.

Pero la mas característica de todas las excursiones era la del Jueves Santo y la que mejor revelaba las acendradas creencias del pueblo, constituyendo una de las notas principales de la Semana Santa cordobesa.

Ese día, al declinar la tarde, después de haber efectuado la visita a los Sagrarios; millares de personas dirigíanse a la iglesia erigida por el Beato Alvaro y allí, en unión de los moradores de todas las fincas, no ya situadas en los contornos del Santuario sino también a gran distancia de este, y no pocas que venían de distintos pueblos, pasaban la noche en el templo, velando a Jesucristo, entregadas a la oración.

Entonces se prescindía de todo lo que significara divesión y fiesta; un silencio profundo reinaba en aquellos lugares, que traen a la memoria la escena donde se desarrollara el drama sublime de la Redención de la humanidad, silencio augusto interrumpido solamente por el sordo murmullo de la oración por los débiles quejidos del viento entre las ramas de la arboleda, por el blando susurro de las aguas del Arroyo de los Cedros y, de vez en cuando, por las vibrantes notas de una saeta, raudal divino de sentimiento y de poesía.

Transcurrió el tiempo y como con él todo pasa, se pierde y se olvida y desgraciadamente la fe se va debilitando en los corazones, las romerías a Santo Domingo fueron decayendo y los cultos al Santo Cristo y San Alvaro perdieron su primitivo esplendor, aunque se esforzaran para evitarlo la fervorosa hermandad que ostenta dicha advocación y los religiosos domínicos que, desde hace algunos anos, tienen, de nuevo, a su cargo el poético santuario de Scala Coeli.

En nuestros días solo una vez se ha verificado una excursión a Santo Domingo que recordara, por la concurrencia de expedicionarios, a las memorables y típicas de la segunda mitad del siglo XIX. Se celebró el 26 de Abril de 1914 con motivo de la inauguración del sencillo monumento levantado a San Alvaro en el paraje donde se le apareció el Cristo que se venera en el Santuario, bajo la forma de un pordiosero.

El acto resultó muy solemne; al ser descubierto el pedestal coronado por la cruz en que consiste el monumento, el elocuente orador don Manuel Enríquez Barrios, pronunció un discurso lleno de fe, de sentimientos y de poesía y luego los concurrentes acompañaron, en procesión, a la imagen de San Alvaro, desde el sitio indicado hasta su templo.

Desde entonces los restos del antiguo monasterio, fundido por iniciativa y con el auxilio de un Rey, para contrarrestar el relajamiento que entonces se observara en algunas órdenes religiosas, está casi siempre sólo, pero su soledad parece que nos invita a meditar sobre el acontecimiento más grande, más sublime del c6stianismo, el cual traen a nuestra memoria los nombres de todos los sitios que nos rodean: los montes de las Olivas, Getsemani y el Tabor, con sus masas de verdor sombrío; el Calvario, con sus cruces macilentas; el Arroyo de los Cedros, con su eterno murmullo, semejante a una oración jamás interrumpida.

Marzo, 1920.