Tipos Callejeros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
En Córdoba, como en todas las poblaciones, ha habido siempre tipos callejeros muy originales, seres de esos que nacen en el arroyo, se ingenian para vivir sin trabajar y, enmedio de la mayor miseria, son felices, porque carecen de toda clases de cuidados y preocupaciones.
El recuerdo de algunos de esos tipos, que seguramente conocería el lector si ha pasado ya de la juventud, servirá de asunto para estas Notas.
El primero que viene á la memoria del narrador de antiguallas es el de Torrezno, aquel mendigo semi imbécil, aireado, sucio, astroso, que ostentando generalmente una gorrilla de quinto y un pantalón encarnado, de militar, roto y descolorido, recorría con gran trabajo la población para implorar la caridad del vecindario.
A las horas de repartir las sobras del rancho veíasele invariablemente en las puertas de los cuarteles; durante las noches, si no había reunido el dinero necesario para albergarse en una casa de recogimiento, dormía, como en un mullido colchón de plumas, en una era ó en cualquier rincón de un paseo, si era verano; bajo los arcos del Puente, si llovía; junto á los templados muros de la fábrica del gas ó en la torre de Malmuerta, si era invierno.
Había una época del año en que el pordiosero convertíase en comerciante; la época en que se publican los calendarios.
Entonces se dedicaba á la venta de almanaques, anunciándolos con un pregón especial, casi ininteligible, que más que articulación de palabras parecía un mugido.
Y no limitaba este negocio á Córdoba, sino que recorría todas las cortijadas y caseríos próximos y hasta efectuaba excursiones á algunos pueblos de la provincia.
Torrezno, para quien el obsequio más valioso consistía en un pedazo de tocino, por lo cual pusiéronle ese apodo, lo mismo cuando actuaba de mendigo que de vendedor de calendarios y algunas veces de periódicos, era una especie de judío errante; no tenía un momento de reposo, andaba, mejor dicho, se arrastraba sin cesar; hallábase en todas partes, recorría tabernas, tugurios, mancebías; siempre indiferente, como si viviera enmedio [sic] de un mundo extraño para él; entre seres que no comprendía.
Sólo cuando alguna moza ó algún rapaz mofábase del idiota, parecía que fulguraba en su cerebro un chispazo de inteligencia, animábanse sus ojos y contestaba con una frase grosera, volviendo su lengua al mutismo y su rostro á adquirir el sello de la imbecilidad.
Y sin embargo Torrezno se enteraba bien de todo y la conversaciones sostenidas á su alrededor quedábansele grabadas en la memoria, quizá inconscientemente, como en el disco del fonógrafo los sonidos que recoge su bocina.
Este don y la confianza que á todo el mundo inspiraba el mendigo á causa de su idiotez, fueron aprovechados por un famoso gobernador de Córdoba, Zugasti, para su campaña contra el bandolerismo.
Y merced á las confidencias de Torrezno evitáronse muchos robos concertados en presencia de él, descubriéronse no pocos crímenes y se logró la captura de algunos malhechores.
Zugasti, en la obra que escribió acerca del Bandolerismo en Andalucia, menciona al individuo en cuestión y consigna los buenos servicios que le prestara.
He aquí nuevamente demostrado que hasta el ser más humilde, ruin y miserable, resulta útil á la humanidad.
Otro tipo muy popular y cómico fué Miguelete, á quien pusieron este sobrenombre porque, en su juventud, perteneció al cuerpo de fusileros así llamado.
¿Quién no le recuerda? Alto, delgado, sin dientes, con rostro de mochuelo, veíasele á todas las horas del día, desde el amanecer hasta después del toque de oraciones, en los al rededores [sic] de la Catedral ó en el Patio de los Naranjos esperando la llegada de algún extranjero á quien enseñar esa joya incomparable que se llama la Mezquita cordobesa, porque ejercía la profesión, si tal calificativo se le puede aplicar, de guía ó cicerone coma vulgarmente se dice.
Y por su avanzada edad era el decano de sus compañeros de oficio.
Miguelete, apesar de los muchos años que se dedicó á guía, no pudo jamás distinguir á franceses, ingleses, alemanes y españoles; para él toda persona regularmente vestida y con lentes, principal detalle en que se fijaba, como se dirigiera á la Catedral era un monsiur y este ya no se podía ver libre del hombre mochuelo, dispuesto á informarle de los tesoros de la Mezquita.
¡Y qué informaciones las suyas! Mirosté, monsiur, decía con su voz gangosa: esta es la iglesia que hicieron los moros; no hay otra igual en el mundo; tiene once mil una columnas; once mil porteadas por el toro que ahora verá osté, el cual reventó al último viaje, y una que trajo el demonio, por eso huele á azufre.
Y costaba gran trabajo á la persona que no quería oir toda esta serie de desatinos deshacerse del cicerone, incansable en su estúpida charla.
Si en realidad se trataba de un extranjero sufría el chaparrón, generalmente y por fortuna para el guía, sin en tender una palabra de sus explicaciones.
Monsiur -continuaba nuestro hombre- en esta capilla está el zancarrón de Mahoma; esa pertenece á Lagartijo, aquella á Frascuelo; ahí los enterrarán cuando los mate un toro.
Esta es la sillería del coro; tiene mucho mérito; la hizo un carpintero de Córdoba de la época de San José.
Mirosté á San Cristóbal, obra de Murillo; tardó en pintarlo tres años y gastó diez arrobas de pintura.
Fijesosté en las labores de las puertas del Perdón, ¿cosa buena, verdad?; hay quien dice que son de corcho, mas para mí son de bronce.
Generalmente su luminosa información concluía con una disputa porque siempre consideraba escasa la propina el forastero.
Había épocas del año en que Miguelete no se estrenaba muchos días, según su frase, pero en cambio durante los meses en que se celebran la Semana Santa y feria en Sevilla ganaba en algunas horas mucho más que el mejor obrero en un mes.
Y entonces centuplicaba, por las mañanas, la serie interminable de chicuelas de aguardiente para ponerse en voz y después la de medias de vino para entonar el estómago estragado por la continua charla.
Felipe no era el tan acreditado don Felipe, casamentero universal, cuyos pomposos anuncios hemos leido durante muchos años en la prensa de Madrid, pero era algo parecido; dedicábase á proporcionar colocaciones á las criadas y llegó á reunir una gran parroquia.
Constantemente hallábase en la plaza de la Compañía, echado sobre la lonja de la iglesia del Salvador, ó sentado en una gradilla de una puerta próxima, esperando que se le presentara algún negocio.
Allí iban á buscarle las mozas que pretendían hallar una casa donde servir y las señoras á quienes se les habían marchado las domésticas, para que les buscase otras.
Y Felipe recibía todos los encargos y se enteraba perfectamente de las condiciones que cada cual imponía y procuraba satisfacer á unas y otras, á cambio de modestas retribuciones, con las que iba pasando esta vida perra.
No es necesario decir que constituía un arsenal viviente de historias, chismes y cuentos de vecindad, pero debe consignarse, en su honor, que guardaba el secreto profesional como lo guarde el funcionario más celoso en el cumplimiento de sus deberes.
¡Y no tomaba muy en serio su cargo de agente de colocaciones!
- ¿Quieres una copa, Felipe? solía decirle cualquier amigo al pasar por la plaza de la Compañía, y el contestaba: muchas gracias, no puedo dejar la oficina sola.
Unicamente le hacían perder la tranquilidad los muchachos llamándole Pan y Pito.
Tal remoquete le sublevaba, le ponía los nervios de punta, y corría tras los desvergonzados arrapiezos, provisto de una varita que siempre llevaba en la mano, para castigar la horrible ofensa, como si no fuese bastante castigo la serie de dicterios, maldiciones ó injurias que en aquellos instantes de suprema ira se escapaban de su boca.
Un dia apareció clavado ante la lonja del templo del Salvador un largo poste de madera que, según se vió después, destinábase á la colocación de un toldo.
- ¿Que significa este palo? dijo un curioso á un transeunte.
- Es un asta bandera -respondió el interrogado- ¿no sabe usted que han hecho cónsul á Felipe?
El negocio fué decayendo, ya no dejaba ni aun para, vivir en la miseria y hace algunos años desapareció aquel hombre viejo, escuálido, subido de hombros y hundido de pecho, demacrado, con los párpados rojizos y el sello del hambre en la faz, que pasó su existencia en la lonja de la Compañia como si formara parte de sus elementos de ornamentación.
Felipe fue á parar al último refugio de todos los desheredados de la suerte, á un asilo.
