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Un Ateneo Improvisado (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Un Ateneo Improvisado es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace treinta años, en la calle de la Morería, entonces más estrecha ir tortuosa que en la actualidad, había una taberna, poco frecuentada por el público, a causa, sin duda, de no permitirse en ella ciertas expansiones propias de los devotos de Baco.

Tenia el establecimiento a que aludimos, frente al paseo del Gran Capitán, una ventana convertida en ridículo escaparate, en el que, invariablemente, exhibíanse media docena de botellas de vino, un par de prehistóricos chorizos, colgados en el centro y un plato lleno de pájaros fritos en estado de fósiles.

Los vecinos de la citada calle veían de vez en cuando, durante las primeras horas de la noche, penetrar, juntos, en la casa del establecimiento, una casa honda, de vieja construcción, a seis hombres de muy diversas edades; uno en los linderos de la vejez, dos en la plenitud de la vida y tres muy jóvenes.

Aquellos hombres, graves, serios al parecer, cruzaban el zaguán y el patio e internábanse en las revueltas de la casona hasta llegar a una de las habitaciones más interiores, bastante espaciosa, en la que, después de despojarse de capas, abrigos y sombreros, se sentaban alrededor de “una mesa de pintado pino”, análoga a la que Espronceda describe en El Diablo Mundo .

Momentos después presentábase el dueño de la taberna, les saludaba afablemente como a antiguos parroquianos, servíales unas copas de vino especial de Puente Genil y se marchaba, no sin antes haber cerrado las puertas de la habitación.

Los seis amigos permanecían allí dos o tres horas entregados a una charla interminable que alternaba con la lectura de libros y cuartillas.

¿Quienes eran aquellos hombres? ¿Tratábase de una reunión de conspiradores? No; eran literatos, periodistas y habían improvisado allí una especie de Ateneo para darse a conocer, mutuamente, sus proyectos y sus obras y cambiar impresiones.

Aunque dos de los contertulios tenían gran significación en política jamás se hablaba de ella en las deliciosas veladas a que nos referimos.

Tales reuniones sólo se celebraban cuando venia a Córdoba la personalidad mas saliente que figuraba en las mismas, a quien todos llamaban maestro y oían con religiosa atención.

Aquel hombre de aspecto venerable, en los dinteles de la vejez, deleiteaba [sic] a los concurrentes ya emitiendo juicios, que eran verdaderas lecciones, acerca de las principales obras de todas las Literaturas, ya recitando, con viril entonación, sus admirables estrofas de sabor clásico, llenas de hermosos pensamientos y de imágenes deslumbradoras.

De los dos camaradas que se hallaban en la plenitud de la vida, uno comentaba, con gracejo extraordinario, incidentes y peripecias relativos a su profesión periodística, de la que ya estaba alejado casi por completo, o hacía gala de su ingenio y de su inagotable vena satírica comentando el suceso de actualidad. El otro secundábale con fortuna en esta difícil tarea cuando no leía un artículo correcto, pulcro, delicado, describiendo o narrando, con un exquisito espíritu de observación, las costumbres populares de Andalucía.

Estos dos literatos también solían rendir culto a las Musas, con el beneplácito de su auditorio.

Pero quien verdaderamente amenizaba las veladas era uno de los jóvenes, con los pintorescos relatos de los innumerables incidentes cómicos y peripecias de su vida de bohemio incorregible.

Tan graciosas como estas narraciones eran sus parodias de El Idilio , de Núñez de Arce, y de otras composiciones de insignes literatos y sus humoradas, algunas de las cuales no habría tenido inconveniente en firmarlas Campoamor.

Otro de los jóvenes, de pequeña estatura, menudito, nervioso, inquieto, locuaz, ya recitaba un poema, sentimental e inspirado, que había escrito momentos antes, ya leía un cuento o una crónica interesantes, delicadísimos.

De la actuación del otro joven nada diremos, por razones que ya comprenderá el lector.

Allí se concebían planes y se desarrollaban proyectos muy halagüeños que pocas veces convertíanse en realidades; allí se improvisaban muchos artículos y muchos versos de los que aparecían en los periódicos locales El Comercio de Córdoba y La Unión y en la preciosa revista de Puente Genil Pepita Jiménez .

En una de aquellas reuniones se festejó con un ágape extraodinario, en el que se hizo buen consumo del vino de las bodegas de Campo Real, la publicación del primer libro de poesías del joven menudito, inquieto, locuaz, verdadero manojo de nervios según la frase popular, muy adecuada en este caso.

Al mediar la noche se levantaba la sesión; los contertulios, envueltos en sus gabanes o embozados en sus capas, abandonaban la vieja casa de la calle de la Morería, demolida hace muchos años, y en el paseo del Gran Capitán despedíanse del maestro, rogándole que volviera pronto para reunirse de nuevo.

De aquellos seis camaradas, unidos por los vínculos de la amistad y del amor a las Letras, murieron el poeta clásico que esmaltaba sus versos vibrantes con hermosos pensamientos e imágenes deslumbradoras; el joven bohemio de las notables parodias y las humoradas graciosísimas y el autor de los cuadros de costumbres andaluzas, que abandonó la pluma para consagrarse exclusivamente a la política, realizando una brillante carrera.

De los tres que viven, uno, el antiguo periodista, ha llegado a ocupar, recientemente, el mis alto puesto en el gobierno de la nación; otro, el joven inquieto, goza de una envidiable reputación como poeta y ejerce el cargo de redactor jefe de uno de los más importantes diarios de Madrid; el otro joven, de cuya actuación en las misteriosas veladas nada hemos dicho, por razones que comprenderá el lector, era el firmante de estos recuerdos de otros días.

Junio, 1922.