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Un Empresario Rumboso (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Un Empresario Rumboso es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace poco más de un cuarto de siglo, Córdoba era un verdadero plantel de toreros de valía: entre ellos había algunos que estaban en el ocaso de su vida; muchos que se hallaban en el apogeo de su fama y no pocos que, sin haber pasado de la infancia, comenzaban el ejercicio de su arriesgada profesión, revelando condiciones excepcionales para ella.

No pocos individuos pertenecientes a la clase llamada con propiedad de vividores, dedicábanse a explotar a estos muchachos, deseosos de que los conociera el público, de torear mucho, fuera como fuese, para obtener pronto un cartel envidiable.

Tales indivíduos [sic] se constituían en empresarios de los diestros principiantes, organizaban corridas en los pueblos y allí iban con sus cuadrillas infantiles contratadas en inmejorables condiciones. Pagábanles el viaje de ida en tercera clase, porque no podían llevarles en un vagón o una batea destinados a mercancías, y en cuanto a la cantidad que habían de percibir nada se concertaba, reduciéndose todo a promesas. Dependería del resultado de la corrida; si era bueno pagaríaseles espléndidamente; si era malo tendrían que resignarse a no percibir un céntimo.

Huelga decir que los empresarios aludidos, maestros en el engaño y la trapisonda, inventaban siempre medios de demostrar que la suerte les había sido adversa para no soltar ni una peseta de las que ingresaban en la taquilla.

Muchas veces, cuando el negocio venia a pedir de boca, para evitar compromisos adoptaban una resolución heroica: la de emprender la fuga con los productos de la corrida

Así todas las personas que directa o indirectamente habían intervenido en ella quedaban lo mismo, sin ver un cuarto, para que ninguna se pudiera disjustar [sic] porque otra hubiese sido objeto de preferencias.

Y los pobres torerillos veíanse obligados a volver a sus casas a pie si algún alma caritativa no les pagaba el billete del tren, lo cual no solía ocurrir con frecuencia. Es decir, que aquellos fenómenos en ciernes corrían la misma suerte que ahora está corriendo, en América, otro fenómeno, ya en el ocaso de su gloria, el famoso diestro de las espantás .

Un día, memorable y feliz para los aspirantes a escalar el templo de la inmortalidad taurina, surgió en Córdoba un empresario ideal, sin ejemplo, digno de que su nombre hubiera, sido perpetuado en bronces y mármoles; un verdadero caballo blanco, aplicando la frase en sentido altamente metafórico, pues el sujeto a que nos referimos podía pasar muy bien por un ejemplar de la raza negra.

Era un hombre alto, enjuto de carnes, moreno en grado sumo, que, a primera vista, infundía terror, adversión, pero ésta, a poco que se le tratara, convertíase en simpatía y el ogro se transformaba pronto en manso cordero.

Nuestro hombre, amante de la fiesta nacional y deseoso de fomentarla, pensó que la mejor manera de conseguir su propósito era proteger a los aprendices de torero y, con este fin, se dedicó a empresario. Frecuentemente organizaba corridas en los principales pueblos de nuestra provincia en las que, de ordinario, actuaba una cuadrilla infantil compuesta de muchachos muy listos, a cuyo frente figuraban, como matadores, los apodados Sagañón y Frasqui .

¡Qné [sic] diferencia entre el trato que recibían de este empresario y de los demás! El hombre alto y delgado como una pértiga, moreno y con cara de pocos amigos, les entregaba el billete de ida y vuelta antes de que salieran de sus casas; obsequiábales durante el viaje; les costeaba abundantes comidas y cómodo alojamiento y, finalmente, les remuneraba su trabajo con esplendidez, según él mismo decía, orgulloso de su obra.

En cierta ocasión el empresario ideal aludido invitó al autor de estas líneas para que asistiera con él a una corrida que había organizado en un pueblo con motivo de la celebración de su feria.

Una madrugada emprendimos el viaje, con la cuadrilla, en un magnífico departamento de tercera de un tren mixto. Los toreríllos conducían, a mano, su equipaje, el cual consistía solamente en el traje de luces, un traje descolorido y lleno de remiendos, envuelto en un capote de brega. El empresario llevaba los estoques y un pequeño paquete liado en un periódico.

Apenas nos hubimos colocado en el vagón, el protector de los diminutos diestros entregó a cada uno de ellos un paquete de cigarros de a real, que fue recibido por los chavales con tanto júbilo como si se tratara de un regalo valiosísimo.

Todas las miradas de los chiquillos se dirigían al misterioso paquete envuelto en periódicos y a una botella que asomaba por el bolsillo interior de la americana del empresario.

Este, cuando nos hallábamos en la mitad del camino, deslió el envoltorio y nos obsequió con su contenido, unas riquísimas tortas de aceite.

Después sacó la botella para que regásemos con aguardiente las tortas. Los sucesores de Montes y Lagartijo gritaban llenos de alegría: ¡Viva el empresario rumboso!

Al amanecer llegamos al pueblo y nos dirigimos a una posada que tenía el sello de los antiguos mesones.

¡Posadera! gritó el hombre de rostro cetrino y cuando aquella se presentó, después de saludarla afectuosamente, como a una antigua amiga, dijo en tono jovial: aquí tiene usted a esos muchachos, los toreros que van a trabajar en la corrida de hoy; trátelos usted bien porque son buena gente y se lo merecen. Les prepara usted un almuerzo ligero, un arroz con pimientos y tomates, porque no conviene cargar el estómago cuando hay que torear.

Ahora, agregó, voy a ultimar los detalles de la corrida.

Nos invitó para que le acompañáramos y juntos fuimos, más que a terminar los preparativos de la fiesta a almorzar opíparamente en una fonda.

Terminado el almuerzo volvimos al mesón; los chiquillos apuraban una cazuela de arroz que les había sabido a poco.

Ya está todo arreglado, dijo el empresario muy satisfecho, conque a vestiros el traje de luces y vamos a tomar café.

En menos que se piensa los muchachos cambiaron de indumentaria y nos encaminamos al Ayuntamiento; allí nos aguardaba la banda de música del pueblo, formada por cinco o seis murguistas, que se situó delante de los torerillos y éstos, formados y marcando el paso, lo mismo que una cabalgata de titiriteros, recorrieron todas las calles, produciendo su presencia general regocijo.

El vecindario se asomaba a las puertas de sus casas para verles pasar y muchas mujeres piropeaban a los chiquillos.

La cabalgata hizo estación en un café, donde convidó a los toreros el alcalde.

Desde allí marchó a la plaza porque se aproximaba la hora de comenzar la corrida.

El circo estaba lleno de público. La fiesta resultó muy lucida porque los becerretes dieron bastante juego y los lidiadores pudieron lucir sus habilidades No ocurrió incidente alguno digno de ser mencionado, salvo el escándalo que promovieron algunos espectadores a causa de no haberse accedido a su pretención [sic] de que se pusiera banderillas de fuego a los novillos, apesar de su bravura, porque este era un espectáculo que les divertía.

Concluyó la corrida y el empresario, satisfechísimo, se deshizo en elogios al arte y la valentía de los noveles diestros. Ahora, dijo, vámonos a descansar mientras nos preparan la comida, Voy a obsequiaros en celebración del exito que hemos obtenido, con un suculento banquete.

Y, en efecto, aquella noche nos atracábamos todos, en la posada, de un guiso hecho con los rabos de los becerros, al que siguió como postre, un abundantísimo gazpacho. Los festines de Lúculo, comparados con éste, habrían resultado una miseria.

De sobremesa el espléndido empresario repitió los elogios y las felicitaciones a los toreros y, como prueba de gratitud y en pago a las excelentes faenas de todos entregó a cada uno de aquellos fenómenos del porvenir un melón enorme. La corrida, según aseguraba el hombre negro, no había producido para más.

Uno de los matadores de la cuadrilla infantil a que nos referimos, conocido entonces por el apodo de Sagañón , era el infortunado diestro Manuel Rodríguez (Manolete), que murió hace pocos días.

Marzo, 1923.