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Un Hallazgo Arqueologico (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Un Hallazgo Arqueologico es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En la época a que hemos de referirnos en esta crónica había en Córdoba tres hombres, de los cuales solamente uno era cordobés, que consagraban la mayor parte e su vida a investigaciones y estudios arqueológicos relacionados con nuestra ciudad.

Fervientes enamorados de ella, de su glorias, de sus tesoros artísticos, realizaban una labor admirable en pro del resurgimiento de la Colonia Patricia y de al Corte del Califato.

Tenían como poderosos auxiliares de su noble empresa el periódico y el libro; en la prensa local publicaban frecuentemente artículos interesantísimos, ya dando cuenta de sus investigaciones, ya excitando a los poderes públicos o a las autoridades con el fin de que procurasen devolver a la ciudad riquezas perdidas o evitasen la destrucción completa de monumentos ruinosos.

A las personalidades a que nos referimos debióse el comienzo de la restauración de la Mezquita, que había de continuar con extraordinario acierto el sabio arquitecto don Ricardo Velázquez Bosco; el descubrimiento de la Sinagoga; la ampliación de los museos provinciales Arqueológico y de Bellas Artes y otras empresas de excepcional importancia

Uno de estos hombres beneméritos, el más joven, el único que había visto la luz primera en Córdoba, cifraba todas sus aspiraciones en descubrir los baños del Alcázar de los Califas; este deseo constituía en él una verdadera obsesión.

A su juicio, tales baños estuvieron emplazados en parte del lugar conocido por Campo Santo de los Mártires y debían conservarse, tal vez en perfecto estado, a pocos metros de profundidad.

Este investigador incansable no cesaba en sus gestiones encaminadas a que se descubrieran tales baños que sin duda, constituían un tesoro artístico, pero dificultades invencibles siempre se oponían a la realización del proyecto.

Al fin un Ayuntamiento acordó efectuar las excavaciones, produciendo la mayor satisfacción que había experimentado en su no corta existencia al notable historiador y arqueólogo.

Pocos días después, comenzaron los trabajos, con tanta satisfacción de su iniciador como desagrado de los vecinos del Campo Santo de los Mártires.

Cotidianamente, mucho antes de que empezaran sus tareas los obreros, hallábase en el lugar indicado nuestro hombre para dirigir las obras, para inspeccionarlas, para evitar que por falta de cuidados se rompiera o desapareciese cualquier objeto precioso.

Cada vez que la espiocha tropezaba con una piedra o un pedazo de cascote, saltaba de júbilo el corazón del arqueólogo que, a los pocos momentos, sufría una decepción terrible ante la triste realidad, representada por un pedrusco informe.

Las excavaciones avanzaban lentamente; el Campo Santo de los Mártires estaba lleno de barrancos extensos y profundos, sin que se encontrara vestigio alguno de los baños del Alcázar; sin embargo, el investigador no perdía la esperanza de descubrirlos.

El vecindario de aquel paraje protestaba enérgicamente contra las excavaciones porque, a causa de ellas, el paso de las Termópilas no era tan difícil ni peligroso como el acceso a las casas del lugar referido.

Además, como consecuencia de las lluvias, los barrancos se convertían en charcas pestilentes e insalubres.

Aquella gente estaba desesperada porque todas sus quejas se perdían en el vacío.

Uno de los vecinos más indignados, hombre de agudo ingenio y de peregrinas ocurrencias, tuvo una digna, más que de él, de su abuelo, famoso por sus travesuras, su gracia y buen humor.

Al realizarla se vengó de los malos ratos y molestias que le estaba originando el historiador y arqueólogo.

Tal como la pensó púsola en práctica y le salió a las mil maravillas.

En la mañana siguiente, apenas los obreros reanudaron sus tareas, en el lugar donde la suspendieran el día anterior, uno de los golpes de piqueta produjo un ruido extraño; la herramienta había chocado con un objeto hueco de barro o de piedra, arrancándole sonoras vibraciones.

La alegría del director de los trabajos no tuvo límites ni habría pluma que la pudiera describir. Sin duda acababa de encontrarse una de las pilas destinadas a los baños; tal vez una hermosa pila de alabastro, en la que tibias y perfumadas aguas acariciaron el cuerpo escultural, las mórbidas carnes de la Venus del harén.

Radiante de gozo, ebrio de entusiasmo, temblando de emoción, empezó a dar órdenes para que el precioso objeto que se iba a descubrir apareciera sin desperfectos, intacto, tal como debiera conservarse bajo las capas de tierra que lo cabrían. Los momentos se le antojaban siglos.

Con toda clase de precauciones, con gran cuidado, invirtiendo en la operación varias horas, se procedió a desenterrar lo que había de constituir un hallazgo valiosísimo y, cuando estuvo totalmente desenterrado, faltó poco al arqueólogo para caer exánime. ¡Qué horrible decepción la suya!

No se trataba de la pila de alabastro que sirviera de baño a la Venus del harén, sino de un enorme y tosco recipiente, de esos de fabricación sevillana, que suele haber en las casas para realizar en ellos ciertas funciones fisiológicas.

Para mayor ignominia ostentaba una inscripción, no en caracteres cúficos, sino en letra corriente mal trazada con picón. Era un pareado en el que se consignaba que el aludido barreño había servido a Maimónides para una operación reservada.

El nieto del cordobés famoso por su ingenio y buen humor acababa de vengarse del investigador de antiguallas.

Poco después suspendíanse los trabajos en virtud de que no aparecía lo que se buscaba; llenábase de tierra los barrancos y se convertía en un bonito jardín el Campo Santo de los Mártires, sin duda con el objeto de compensar a sus vecinos las molestias que les había ocasionado las excavaciones para descubrir los baños del Alcázar de los Califas.

Julio, 1925.