Un Moro De Guardarropía es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Buen Carnaval fué el de aquel año para quienes estábamos en condiciones y en edad de divertirnos!
No habían surgido los graves problemas económicos y sociales que hoy nos preocupan; no se habían desarrollado epidemias que llevaran el luto a muchas familias; no habían ocurrido crisis obreras, ni sequías, ni inundaciones que hicieran aparecer el espectro del hambre en los hogares del pueblo, agostaran los campos o los arrasaran, sembrando la desolación y la miseria.
Todo el mundo estaba contento, de buen humor, decidido a pasar en constante fiesta los días del efímero reinado de Momo.
Por eso había quien soñaba con disfrazarse para embromar a sus amigos y correrla y, antes de que amaneciera lanzábase a la calle envuelto en andrajos, cubierta la faz con una mala careta, gritando y corriendo hasta quedar ronco o caer desfallecido; por eso en los paseos se aglomeraba una inmensa muchedumbre, y estudiantinas, comparsas y corrillos recorrían sin cesar la población, llenando el espacio de músicas y canciones, y el griterío de las máscaras nos aturdía, y en los centros de reunidos de todas clases la animación era inusitada, excepcional.
Hubo un verdadero derroche de bailes para todas las clases sociales y para todos los gustos. Se bailó en los casinos, en los teatros, en los cafés; cualquier observador hubiera podido decir que el vértigo de la danza se había apoderado de jóvenes y viejos.
Un tiempo hermoso, primaveral; nn [sic] sol espléndido irradiando desde un cielo azul purísimo, contribuyeron a aumentar la brillantez de las fiestas de la locura.
Córdoba en aquellos días no era la sultana indolente adormecida en las márgenes del río, oyendo los dulces rumores mores del Guadalquivir que nos describen los poetas; Córdoba era una bacante, ebria de gozo, que se agitaba con epilépticas convulsiones, en una danza desenfrenada, febril.
Digno de este Carnava! [sic] memorable fué su epílogo. El Domingo de Piñata aumentaron de modo extraordinario las máscaras, las estudiantinas, los bailes; por si algo faltaba para despertar la curiosidad del público nos visitó una Embajada marroquí.
Y la presencia de esta representación diplomática de nuestros amigos los moros, produjo más espectación que otras análogas por una circunstancia especial, por el hecho, comentadísimo, de que, pocos días antes, en Madrid, un general de nuestro Ejercito había obsequiado con una sonora bofetada al embajador Sidi-Brissa.
Anuncióse que nuestros huéspedes asistirían aquella noche al baile del Círculo de la Amistad y medio Córdoba invadió el amplio edificio de nuestro primer centro de recreo pata poder ver desde cerca al delegado de Su Majestad xerifiana y a su séquito.
En pocas ocasiones el magnífico salón de actos del Círculo ha presentado un aspecto tan brillante y deslumbrador como en aquella. Ocupábanlo por completo muchos centenares de distinguidas señoras y bellísimas muchachas, no pocas de estas luciendo caprichosos disfraces.
Los aficionados al baile, entonces casi todos los jóvenes, no se pudieron entregar a su diversión favorita por falta absoluta de espacio. Allí podía aplicarse, con propiedad la frase de que no cabía ni un garbanzo, muy gráfica y corriente en nuestra conversación.
Todos esperaban con interés, algunos hasta con ansiedad la llegada de los moros.
Al fin apareció en el salón la figur a majestuosa de Sidi-Brissa, envuelto en hopalandas blanquísimas, tan blancas como su luenga barba que le daba aspecto venerable, seguido de un cortejo abigarrado, heterogéneo, original.
En él había negros, mulatos y blancos y cada individuo de aquellos vestía de modo distinto, viéndose en su indumentaria desde el jaique o el alquicel de riquísima, seda hasta la modesta chilaba de burdo tejido.
Al lado de un morazo calzado con lujosas polainas, de fina piel llenas de pespuntes y labores hallábase otro en chancas [sic] o desnudo de pie y pierna.
Alrededor de cada moro formóse un grupo de curiosos que le saeteaba a preguntas, sin resultado alguno porque los emisarios del Sultán no entendían o no querían entender el español.
Sólo había uno que lo hablaba con irreprochable corrección, el interprete. Era éste un joven alto, delgado de mirada penetrante y viva, de aspecto simpático, que se llamaba Sidi-Larbi.
Un abogado y escritor a quien entusiasmaban los usos y costumbres de los descendientes de Mahoma, y el autor de estas líneas, trabaron conversación con el intérprete y a los pocos momentos departían con igual franqueza que si se tratara de antiguos amigos.
Invitamos a Sidi-Larbi para asistir a otro baile más democrático que el del Círculo y el moro no pudo ocultar su deseo de aceptar la invitación, pero nos dijo que le era imposible abandonar el séquito del Embajador, sin permiso de éste.
Momentos después y por indicación del Gobernador civil obtuvimos la venia de Sidi-Brissa para que nos acompañara su intérprete.
El Círculo de la Amistad, siempre galante, tenia preparada espléndidamente una mesa en la que abundaban los platos y bebidas favoritos de los moros para obsequiar a nuestros huéspedes, pero estos no pudieron disfrutar del ágape pon hallarse en época en que su religión se lo impedía.
A las altas horas de la noche abandonaron aquel trasunto del Paraíso el diplomático marroquí y su cortejo, excepto Sidi-Larbi que en unión del sabio doctor Ovilo, intérprete español de la Embajada, del abogado y periodista cordobés ya aludido y del autor de estos recuerdos, se había marchado antes para presenciar un baile que pudiéramos calificar de absoluta confianza.
En el camino hicimos estación en algunos establecimientos de bebidas para apurar unas copas; en balde intentamos que nuestro improvisado amigo probara los excelentes vinos de esta tierra; su religión se lo prohibía.
-No seas tonto y bebe, le decíamos tratándole con una confianza sin limites; aquí nadie te ve. Y el nos contestaba, serio y grave, con acento de profunda convicción: me ve mi conciencia y con eso basta.
Llegamos al Café del Gran Capitán que era el sitio donde nos dirigíamos.
Al entrar ocurrió un incidente que, sin la mediación de la pareja de policía que, por mandato del Gobernador civil iba a nuestras órdenes, hubiera concluido a cintarazos.
El encargado de la guardarropía pretendió que el doctor Ovilo dejase en aquella el espadín; el bizarro y docto militar negóse a acceder a tal pretensión; el guardarropa hubo de pronunciar alguna frase inconveniente y de seguro se hubiera acordado de su imprudencia si no hubiesen intervenido con oportunidad en la discusión los agentes de las autoridades.
Nuestra presentación, mejor dicho, la del moro, en el salón donde se efectuaba e1 baile produjo un efecto indescriptible.
Todas las parejas separáronse súbitamente, como a impulsos de un misterioso resorte; la banda de música suspendió la polka que tocaba en aquellos momentos y algunos minutos después nos hallábamos rodeados por una abigarrada multitud que, llena de curiosidad clavaba sus miradas en Sidi-Larbi, como si se tratara de un bicho raro.
Simpáticas mascaritas, algunas muy ligeras de ropa; aunque no tanto como exige la moda en la actualidad, dirigían bromas, frases picantes y hasta piropos al interprete de la embajada marroquí tomándole acaso por el Sultán y con la esperanza de que les ofreciera un puesto en su serrallo.
Del grupo de aspirantes a odaliscas se destacó una de las más bonitas, desenvueltas y sujestivas [sic] por su indumentaria y ofreció una copa de vino al moro que este aceptó sin vacilar.
La galantería de esta muchacha fue imitada por otras; muchos mascarones, para no ser menos que las mascaritas brindaron también copas y copas al inesperado visitante y nuestro amigo las apuró todas como si sufriera una sed devoradora, sin acordarse de los preceptos de su religión ni de que le veía su conciencia.
Temerosos de que cogiera una pítima soberana y oríginándole gran contrariedad le obligamos a abandonar el café, donde se había hecho el amo del cotarro en menos de media hora. ¡Poder incomprensible de un jaique y nn [sic] turbante!
Desde el citado café del Gran Capitán marchamos al llamado Restaurant de Cerrillo, establecimiento que entonces estaba de moda, y en uno de sus pequeños cuartitos, en poco rato, consumimos una opípara cena, revelando el moro un apetito excelente, pues devoraba más que comía.
No es necesario decir que en este festín íntimo continuaron las libaciones. El vino produjo sus efectos y cuando nos hallábamos en el periodo álgido de la alegría, de las espansiones, de la franqueza, Sidi-Larbi se despojó de la máscara de la hipocrecía [sic] conque hasta entonces hubiera estado cubierto, por algo nos hallábamos en Carnaval, e hizo unas confesiones interesantísimas, que no olvidaremos nunca.
El no era africano, ni moro, ni cosa que se le pareciese; era español, andaluz como nosotros: gaditano.
Causas que no nos reveló ni tratarnos de inquirir le llevaron a Marruecos y allí, por una serie de extrañas circunstancias y por caprichos de la suerte resultó, en apariencia, más moro que Mahoma y logró ocupar el puesto, no despreciable, de intérprete de la corte del Sultán.
Hechas estas sensacionales declaraciones, sin duda para probar su verasidad [sic], Sidi-Larbi cantó unas soleares con más estilo que Juan-Breva y se dió cuatro pataitas como el bailaor flamenco de más fama.
El sol estaba a punto de dorar las altas cumbres de nuestra Sierra cuando, en la puerta del Hotel Suizo, nos separábamos de este moro de guardarropía.
¡Viva la juerga y vivan los andaluces! gritó al despedirse de nosotros y súbitamente desapareció de su faz la alegría que la animara momentos antes; perdióse la viveza de su mirada, bajó los ojos al suelo y el difraz [sic] de la hipocrecía volvió a cubrir su rostro, quizá para siempre, porque el destino había condenado a aquel hombre a vivir en perpetuo Carnaval.
Febrero, 1920.
