Un Sermón Que Proporciona Una Mitra es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Era un sacerdote modelo.
Hijo de padres tan humildes como honrados, estudió la carrera eclesiástica á costa de grandes sacrificios, y cuando pudo ejercerla fue la Providencia de su familia.
Adornábanle todas las virtudes cristianas y especialmente, en alto grado, la caridad y la modestia.
Todo cuanto tenia era de los necesitados y jamás conoció el orgullo ni la vanidad.
Gozaba, no solo del respeto y la consideración debidos á su sagrado ministerio, sino del cariño de todas las personas que le trataban y en su feligresía aun los hombres más descreidos descubríanse al ver al señor cura, le dejaban la acera y saludábanle casi con veneración.
No tenía dotes oratorias pero las suplía con su sencillez, consu ingenuidad semi infantil y sobre todo con su bondad extraordinaria que ponían en su boca tales acentos de convicción y le inspiraba ejemplos tan hermosos y máximas tan sublimes, que aquellas pláticas llegaban hasta el fondo del corazón, impresionaban el cerebro más rudo y producían mayor efecto que muchos sermones llenos de erudición y de elocuencia.
En cierta ocasión la Reina Doña Isabel II visitó la ciudaddonde habitaba el ejemplar sacerdote.
Celebróse con este motivo una solemne función religiosa y alguien, no se sabe si con buenos propósitos ó con aviesos fines, expuso la conveniencia de que el señor cura aludido ocupara la sagrada Cátedra para que le oyera Su Magestad.
El pensamiento fué acogido con beneplácito y el humilde sacerdote, siempre dispuesto á obedecer, aceptó la delicada misión, aunque haciendo constar que desconfiaba de sus condiciones para poder cumplirla dignamente.
Llegó el día de la fiesta; el templo brillaba como ascua de oro; en el presbiterio hallábase la Soberana rodeada de su séquito y en las naves de la iglesia agolpábase un inmenso gentío.
En el momento oportuno, destacóse en el púlpito la figura del modesto predicador.
Con frase balbuciente dedicó un saludo á la Reina y tras un breve exordio empezó á expresarse asi:
Hermanos míos: voy á hablaros hoy de una frase corriente, vulgar, que todos decimos sin darnos cuenta y que no debemos decir; yo os suplico, yo os ruego, que no la digáis en lo sucesivo.
Tenemos la costumbre, cuando nos ocurre algo decagradable, de exclamar: estaría de Dios; pues bien, esto es una blasfemia, porque Dios nada malo quiere para sus hijos.
Y como demostración de la verdad de mis afirmaciones voy, hermanos míos, á contaros un caso que me ocurrió en la niñez.
Mi familia era muy pobre y mi padre murió dejando a mi madre con cinco hijos, todos pequeños, en el mayor desamparo.
Entre los hijos no había más varón que yo.
A costa de sacrificios y penalidades sin cuento, trabajando de día y de noche y con el auxilio del Todopoderoso, que jamás abandona á sus criaturas, mi santa madre iba sacándonos adelante, en lucha continua con la miseria.
Pero llegó un ano de terribles calamidades; una sequía espantosa agostó los campos, dejando sin ocupación á millares de hombres; los víveres se encarecieron y el hambre empezó á causar estragos en mi ciudad natal.
El señor Obispo, un santo varón, decidió, mientras subsistieran aquellas tristes circunstancias, dar una limosna, en relación por su esplendidez con la caridad inagotable del Prelado.
En cuatro días de la semana socorría con un cuarterón de pan á todos los hombres y niños que iban á palacio para recoger la limosna, y en los tres días restantes hacía análogo donativo á las mujeres y niñas.
Mi madre, mis hermanas y yo íbamos también, cuando nos correspondía el turno, por el pan.
Una noche nos acostamos todos con hambre; al día siguiente correspondía á las mujeres ir por el donativo.
La idea fué de una vecina de mi casa; como este es todavía chico -dijo á mi madre, refiriéndose á mi- ¿por qué no le pone usted un vestidillo de una de sus hermanas y puede pasar por una muchacha y recoger la limosna?
Nosotras lo llevamos y así se evita que yendo con ustedes pudieran reconocerle.
Mi madre aceptó la idea y la puso en práctica con satisfacción; como que, merced á ella, no me quedaría, sin pan.
Hecha mi transformación, condujéronme las vecinas a Palacio, y pocos momentos después, salíamos cada uno con nuestra hogaza.
Corriendo y saltando iba yo para llegar más pronto á casa, pero al pasar por la calle de Pedregosa, una calle á la que llaman así porque en ella hay muchas piedras de gran tamaño, tuve la desgracia de tropezar y caer, hiriéndome en la frente.
Las vecinas me prestaron los primeros auxilios y en sus brazos me condujo una de ellas hasta dejarme en los de mi madre quien, procurando encontrar un consuelo al dolor que el accidente le causaba, dijo resignada: estaría de Dios.
Pues bien, hermanos míos, mi madre decía mal, porque si es verdad que cometió un pecado, el del engaño, al disfrazarme de muchacha, lo hizo con una intención buena, con una intención santa, con la de que no se quedara sin comer su hijo y Dios no podía castigarla tan duramente por ese leve pecado; no me caí porque estaba de Dios, sino por una circunstancia imprevista.
Durante los primeros periodos del sermón, quien observara al auditorio vería dibujarse lijeras sonrisas en algunos labios; cuando el orador llegaba al final, en casi todos los ojos había lágrimas.
La Reina, muy emocionada, llamó al predicador y le dijo: el sermón de usted me ha impresionado y no le olvidaré fácilmente.
En efecto: á Doña Isabel II no se le borró de la memoria el recuerdo de aquel cura, todo modestia y bondad; ascendióle en su carrera rápidamente y poco después le proponía para Obispo de la primer diócesis vacante.
Su nombre honra la cronología de los Prelados cordobeses.
Un escritor muerto en Córdoba
y una poetisa cordobesa
desconocida en esta ciudad.
