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Una Aventura De Carnaval (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Una Aventura De Carnaval es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Era una noche de Carnaval.

El baile del Círculo de la Amistad estaba brillantísimo. Su recuerdo, unido al de los envidiables diecinueve años que entonces contaba el autor de estas líneas, parece que le traen una ráfaga de alegría y de tristeza a la vez, que le rejuvenece unos instantes y le llena de ilusiones, para arrojar después sobre su cabeza toda la copiosa nevada de la vejez y en su corazón el hielo, que jamás se funde de los desengaños.

Había transcurrido un par de horas dedicadas a las bromas cultas; al discreteo, a la galantería, a la danza, y la orquesta lanzaba las últimas notas de un rigodón, al que había de seguir una breve interrupción de la fiesta para la cena y el descanso.

En cumplimiento de mis deberes periodísticos aproveché aquellos instantes para ir a las oficinas de Telégrafos a depositar algunos despachos.

Cumplida tal misión disponíame a regresar al Círculo, deseoso de no perder un detalle de la hermosa fiesta.

Súbitamente la curiosidad me impulsó a detener mi ligera marcha. De un establecimiento de la calle del Reloj, dedicado aquellas noches al alquiler de disfraces, salía una máscara, envuelta en un dominó de seda.

Era una mujer alta, de figura arrogante, e iba sola.

Aguijoneado por la maldita curiosidad que antes me detuvo seguí tras ella hasta adelantarla; nada me dijo; yo solo conseguí ver sus ojos, tan negros como su antifaz, pues el capuchón del dominó le cubría por completo la cabeza, y continué mi camino a paso normal.

Entonces la máscara adelantóseme, pues andaba más de prisa que yo y apenas había salido de la calle citada noté que se detenía

Al llegar a la plaza próxima, una dulce voz femenina me llamó por mi nombre.

Era la mujer del denominó [sic] de seda que se hallaba semioculta en uno de los ángulos de la plaza.

¿Sería usted tan amable -me dijo que me acompañara? Yo le agradecería a usted durante toda mi vida este favor.

Por toda respuesta le ofrecí el brazo, plenamente convencido, no de que se trataba de una aventura original, sino de que mi pareja era una de esas infelices que buscan quien las lleve al baile y las convide a cenar.

Unicamente me extrañaron dos detalles: que me hablase de usted y con su voz natural.

Cogióse de mi brazo y me guió en la dirección que yo suponía, hacia los teatros y los cafés donde, a aquellas horas, los bailes de la gente alegre se hallaban en su periodo álgido. Pero, al llegar a la plaza de las Tendillas, cambió de rumbo y penetramos, con gran sorpresa mía, por las calles que conducen al barrio de la Catedral.

Mi pareja, silenciosa hasta entonces, sin duda para que no la oyeran los numerosos transeuntes que encontrábamos, comenzó a hablar, sin fingir la voz, en estos o parecidos términos:

Usted sin duda creerá, y está muy justificada la creencia, que soy una de esas mujeres que salen las noches de Carnaval en busca de aventuras, pero no ocurre así; soy una señora a quien circunstancias especiales, impulsos del corazón, arrastran a dar un paso peligroso, lo comprendo, pero que hoy, tal vez ofuscada, juzgo indispensable, lícito, hasta natural y lógico, aunque mañana tal vez lo considere una locura.

Sali de casa para realizar mi propósito y al verme sola, en la calle, a las altas horas de la noche, cubierta con un disfraz, confieso que sentí miedo y casi me arrepentí de lo que hacia.

En los instantes de vacilación encontré a usted, a quien conozco desde hace tiempo,pues es amigo de mi familia y, confiada en su caballerosidad, me atreví a rogarle que me acompañara.

Usted accedió a la pretensión y ahora me resta hacerle otro ruego; que no intente usted averiguar quien soy ni el móvil de la que usted creerá extraña y misteriosa aventura.

Después varió de conversación y empezó a hablarme de personas de mi familia, de amigas suyas, que lo eran mías también, y de reuniones y fiestas a que asistimos ambos.

Distraídos con la charla nos internamos, inadvertidamente, en el laberinto de calles del tranquilo y silencioso barrio de la Mezquita.

Súbitamente apareció ante mis ojos la sombría mole del hospital, semejando un monstruo creado en un sueño apocalíptico y confieso, lectores, que me extremecí de terror.

¿Quién era aquella mujer y a dónde me conducía por aquellos sitios? Estuve a punto de negarme a seguir acompañándola y, si no me negué, fué sólo por la negra honrrilla, según frace [sic] popular y grafica.

Afortunadamente en una de las callejuelas que rodean el último albergue de los enfermos desamparados mi pareja se detuvo y reanudó la conversación que algunos minutos antes interrumpiera, expresándose así:

Hemos llegado al termino de nuestra excursión; crea usted que jamás olvidaré el favor que esta noche me ha concedido y ahora sólo tengo que hacerle el último ruego, que no intente seguirme.

Yo le prometo que, si algún día lo permiten las circunstancias, le descubriré el misterio de esta rara escena de Carnaval.

Al expresarse así me tendió la mano, una mano pequeña y temblorosa, estrechó la mía y ella continuó por las tortuosas callejas contiguas al hospital y yo retrocedí, más que de prisa, deseoso de alejarme de aquellos sitios que, sin saber por qué, me habían producido miedo.

De mi mente se borró el brillante cuadro del baile del Círculo, y, presa de una gran agitación nerviosa, decidí buscar reposo en el lecho.

Cuando la luz del día penetró en mi habitación, yo no había conseguido que el sueño y el cansancio me rindieran; de mi imaginación no se borraba la arrogante figura de aquella mujer desconocida ni la sombría mole del hospital, semejante a un mostruo [sic] dispuesto a devorarnos.

No creo necesario decir que apelé a todos los medios imaginables para saber quién fué mi pareja en el extraño paseo descrito; sólo pude averiguar que aquella se presentó en el establecimiento destinado al alquiler de disfraces, envuelta en un mantón y cubriendo el rostro con un antifaz y la cabeza con un pañuelo; pidió un dominó de seda, se lo puso sin quitarse más que el pañuelo; entregó, como fianza, por la prenda que se llevaba, un billete del Banco de cincuenta pesetas y a poco regresó para devolver el disfraz; pagó el importe del alquiler, devolviéronle la fianza y marchóse sin haberse descubierto la faz.

Veinticinco años habían transcurrido desde el suceso relatado cuando una noche, al salir el autor de estas líneas de una fonda a la que iba frecuentemente a cenar, encontró a una dama, muy conocida en sus tiempos entre la buena sociedad cordobesa.

¿Se hospeda usted aquí? me preguntó después de saludarnos.

No señora, le contesté; vengo algunas noches a cenar.

Yo he cenado en la primera mesa -agregó; - he venido a arreglar ciertos asuntos y permaneceré en Córdoba seis u ocho días.

Si no tiene usted ahora obligaciones que le reclamen le invito para que me acompañe a tomar café y charlaremos un rato, disfrutando del fresco en este hermoso patio que envidiarían muchos hoteles de las primeras capitales.

Acepté gustoso la invitación y durante una hora estuvimos evocando recuerdos de otros días, memorias muy gratas de la juventud.

Disponíame a abandonar la agradable compañía de la dama, pero ésta me detuvo, diciendo con alguna turbación: ha llegado el instante de que le cumpla una promesa que le hice y de la que usted, sin duda, se ha olvidado.

¿Recuerda usted una máscara a quien acompañó, una madrugada, hasta las callejuelas contiguas al hospital? Pues aquella máscara era yo.

Entonces le ofrecí aclarar algún día , si me era posible el misterio de aquella extraña aventura y voy a demostrarle que soy mujer de palabra.

Yo contraje matrimonio perdidamente enamorada de mi marido, creyendo que mi nuevo hogar había de ser un trasunto de la gloria, pero bien pronto me convencí de que estaba en un error.

Mi esposo, cuya vida de soltero había sido poco ejemplar, no varió al cambiar de estado, por el contrario entregóse completamente a los vicios y a la crápula, olvidando los más sagrados deberes y dejándome en el abandono.

Yo sufrí mucho; el cariño, la indignación, los celos, revolviéndose juntos dentro de mi ser, estuvieron a punto más de una vez de volverme loca.

Llegó un Carnaval; mi marido buscó un pretexto para no llevarme a los bailes del Círculo y como las malas noticias por mucho que se las quiera ocultar llegan siempre a los oídos de quienes debieran ignorarlas, supe que la causa de que se hubiese negado a acompañarme a dichas fiestas era muy distinta de la fábula que inventó.

El y unos cuantos camaradas suyos de escándalo y libertinaje habían alquilado un local en un viejo caserón de la plaza de las Bulas para entregarse en él, durante las noches de Carnaval, a la más desenfrenada orgía con una legión de mujeres de baja estofa.

Este proceder me exasperó, hasta tal extremo que hubo instantes en que perdí la razón.

En uno de esos raptos de verdadero delirio concebí y traté de poner en práctica la idea de presentarme, disfrazada, en el tugurio en que se hallaba mi esposo para arrancarle de allí, para promover un escándalo; decidida a todo lo que fuera preciso, aún lo más absurdo y monstruoso.

En el bolsillo llevaba un revólver cargado con cinco cápsulas.

Cuando me proponía realizar mi arriesgada empresa encontré a usted, que me acompañó hasta las inmediaciones del teatro de la repugnante bacanal.

Nos despedimos y, al hallarme sola, una brusca sacudida nerviosa, originada por el terror, devolvió la lucidez a mi cerebro. Comprendí que lo que trataba de hacer era una locura, que podía sumirme en la desgracia y el oprobio para toda la vida y corrí a despojarme del dominó en que poco antes me envolviera y luego a llorar mi infortunio en el rincón más oculto de la alcoba nupcial, siempre triste como un nido vacío.

Después... usted sabe toda mi odisea. Tras los disgustos sin cuento, malos tratos y vejaciones de que fui víctima, vino la separación del matrimonio, se deshizo el hogar, los hijos se dispersaron y yo, desde entonces, ruedo por el mundo sin norte ni guía, como hoja seca a impulso de los vendavales.

La dama enmudeció al llegar a este punto; dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y se despidió de mí tendiéndome su mano pequeña, que temblaba lo mismo que cuando la estreche en aquella memorable noche de Carnaval.

Marzo, 1919.