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Una Lectura De Poesias (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Una Lectura De Poesias es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Era esa noche en que, al sonar las campanadas de las doce, un año muere y otro nace; uno se hunde en el abismo del no ser y otro surge de las sombras de la nada, momento augusto, solemne, en el que hasta el hombre más atolondrado y enemigo de reflexiones medita en la brevedad de la existencia, diciendo con Jorge Manrique:

Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando.

Varios centenares de personas de todas las clases sociales se habían reunido para celebrar con un banquete el triunfo alcanzado en lejanas tierras por un artista.

Aquel acto, tan hermoso como simpático, tuvo para muchos comensales un delicioso epilogo.

Desde el círculo aristocrático en que se efectuó el homenaje trasladáronse a otro centro de reunión y puede decirse que allí se celebró la sobremesa, una sobremesa agradabilísima en la que se desbordaron la alegría y el buen humor.

Los concurrentes, agrupados alrededor de las mesas, al mismo tiempo que apuraban las tazas de café o las copas de coñac, hacían gala de su gracia y de su ingenio, ya comentando la actualidad; ya dirigiéndose bromas, ya relatando escenas o incidentes cómicos.

En el instante de sonar las doce, todos los concurrentes se descubrieron, uno de ellos púsose en pie e improvisó un discurso de salutación al año nuevo, que fué acogido con aplausos y aclamaciones.

Luego continuaron las bromas, la charla, aumentando de modo extrardinario [sic] la animación y la alegría.

Ante una mesa, dos hombres que ya peinaban canas, graves, serios, departían escuchándose con gran interés, sin intervenir en la conversación de los demás.

Aquellos hombres evocaban recuerdos de su juventud con la suma complacencia que producen siempre tales evocaciones.

Uno de ellos hizo surgir en la memoria del otro una de las páginas más interesantes de su vida, una de las emociones más intensas que experimentara: la que sintió al presentarse por primera vez, siendo casi un niño, a leer ante el público unas poesías.

Había en Córdoba una sociedad que cooperaba muy eficazmente al desarrollo de la cultura, fomentando la afición a la Música y a las Letras; aquella sociedad era el Centro Filarmónico fundado por Eduardo Lucena, el compositor inolvidable.

Dicho Centro celebraba frecuentemente, en su salón de la calle del Arco Real, veladas agradabilísimas en las que profesionales y aficionados rendían culto al divino Arte y nuestros literatos a la Poesía.

Uno de los hombres graves, serios, con la nieve de los años en la cabeza, que conversaba animadamente en la reunión a que nos hemos referido, comenzaba a dar los primeros pasos por el campo de la Literatura, pues escasamente contaría quince años en los tiempos en que el Centro Filarmóriico organizaba las fiestas aludidas.

Un día el muchacho aprendiz de poeta recibió una invitación para tomar parte en una de aquellas veladas. Imposible sería describir el júbilo que le produjo; seguramente no habría cambiado aquella carta por el billete de la Lotería de Navidad favorecido con el primer premio.

Sin pérdida de momento comenzó a torturar su imaginación para componer los versos que había de leer en la fiesta literario-musical anunciada. Muchas horas pasó entregado a las Musas, rebeldes más de una vez a su llamamiento, para producir unas composiciones que fueran dignas del acto a que se destinaban.

La noche anterior a la de la fiesta el poeta novel no pudo conciliar el sueño, pensando en el acontecimiento que tenía en perspectiva; su primera presentación ante el público ¿Sería recibido por este con indiferencia? ¿Escucharía solamente los aplausos falsos, sin calor, impuestos por la cortesía o los espontáneos y ruidosos que produce el entusiasmo? Una y mil veces hacíase estas preguntas, sin atreverse a contestarlas.

Llegó el día de la fiesta y mucho antes de la hora a que había de empezar, el joven referido hallábase en el Centro Filarmónico, nervioso, inquieto, presa de una verdadera agitación febril.

Uno de los socios del mencionado Centro, mucho tiempo después el hombre grave, de cabello blanco, que eu [sic] unión de otro evocaba recuerdos de épocas mejores la noche de año nuevo en un casino de esta capital, condujo al poeta en ciernes al salón de actos antes de que empezara a acudir el público, para que ensayase las inflexiones de voz que debía dar a la lectura, haciéndole muy oportunas advertencias.

Al fin llegó el momento tan anhelado como temido. La sala de actos del Centro Filarmónico presentaba un aspecto brillante; la concurrencia era tan numerosa como distinguida, predominando el sexo bello.

Después de la ejecución de varias composiciones musicales, el joven con pujos de literato apareció en la tribuna; acompañábanle Lucena y la persona que poco antes hiciérale atinadas observaciones en el ensayo de la lectura.

El muchacho sintió que una oleada de sangre invadía su cerebro, a la vez que un terrible calofrío contraía sus músculos. La voz se le anudaba en la garganta.

Realizó un supremo esfuerzo y pudo comenzar a leer casi tartamudeando, unos versos titulados Mañanas de Abril. Pronto recobró la tranquilidad y concluyó la lectura serena, reposadamente.

El auditorio no le regateó sus aplausos.

Ya repuesto del todo, recitó, con la entonación adecuada, una poesía que se denominaba El Reloj .

Al terminarla una larga ovación resonó en la sala de actos del Centro Filarmónico.

Aquel tributo, no al mérito, sino a la edad, proporcionó al joven la mayor satisfacción que había experimentado en su vida. En aquel momento no se hubiese cambiado por el poeta de más fama.

El recuerdo de su primera lectura de poesías en público fue el tema principal de la charla que los dos hombres graves, serios, con la nieve de los años en la cabeza, sostuvieron en la grata reunión que sirvió de epílogo al banquete celebrado en honor de un artista.

¿Quiénes eran estos hombres? Quien en unión de Eduardo Lucena presentó al muchacho en la velada del Centro Filarmónico, era el actual presidente de la Audiencia de Badajoz, hasta hace poco de la de Córdoba, don José Villalba Martos, y el aprendiz de poeta, que no ha podido llegar a maestro, el autor de estas crónicas restropectivas [sic].

Abril, 1924.