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Una Tertulia De Cafe (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Una Tertulia De Cafe es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace un tercio de siglo, cuando no había tantos casinos como ahora y los teatros permanecían cerrados casi todo el año, formábanse animadas tertulias en los cafés, algunas tan constantes que si faltaba cualquiera de los individuos que la componían podía asegurarse que estaba ausente o enfermo.

Uno de los cafés en que más abundaban tales reuniones era el del Gran Capitán: en él se congregaban, a diversas horas, para charlar o jugar una partida de ajedrez, entre sorbo y sorbo del exquisito moka, artistas, magistrados, escritores, catedráticos, estudiantes y otras muchas personas pertenecientes a todas las clases de la sociedad.

Una de las tertulias más interesantes, más animadas y más alegres, era la de un grupo, no de gente joven, sino de ancianos y hombres de edad madura, que se situaba alrededor de las mesas colocadas ante el muro posterior del edificio y frente a su puerta principal.

Poco después de las nueve de la noche comenzaban a llegar los individuos que la componían: un señor muy respetable, de edad avanzada, que para andar tenia que apoyarse en el bastón y a quien generalmente acompañaba uno de sus mejores amigos, de menos años que él, enjuto de carnes, con patillas, locuaz, nervioso, inquieto; un anciano muy afeitado; muy pulcro en el vestir, siempre alegre y dicharachero; dos hombres de gran parecido, uno con bigote y perilla blancos, otro con recia barba negra, ambos de corta estatura, serios, graves, a los que jamás se les caía el cigarro puro de la boca, y el Benjamín de la reunión, que contaría unos treinta años, alto, cargado de espaldas, adusto y con el sello del mal carácter impreso en la faz

Entre los contertulios no cesaba un momento la conversación, siempre interesante, animada. Cuando hablaba el anciano venerable todos le escuchaban con atención profunda. Aquel lo mismo pronunciaba una interesantísima conferencia acerca de cualquier asunto científico o literario, que hacia un juicio critico, acertado, imparcial, de la última obra publicada en España o en el extranjero; de igual modo narraba, sin omitir detalle, un suceso ocurrido en tiempos lejanos, que describía pintorescamente escenas y pasajes de su vida juvenil; ya leía un trabajo pletórito [sic] de erudición, ya un romance de corte clásico, rebosante de ingenio y de gracia. Esta ilustre personalidad era el sabio cronista de Córdoba don Francisco de Borja Pavón y López.

Su casi diario acompañante, hombre de extraordinaria locuacidad, deleitaba a sus contertulios con extensas y curiosísimas disertaciones sobre historia o arqueología, cuando no trataba, con igual competencia, de Bellas Artes y especialmente de Pintura. Algunos de nuestros lectores habrán supuesto, sin equivocarse, que nos referimos al inolvidable artista don Rafael Romero Barros, director de uno de los centros de enseñanza más importante [sic] que ha habido en nuestra ciudad.

El viejecito simpático, siempre jovial y alegre, sostenía la nota cómica con gran regocijo de su auditorio, merced al arsenal inagotable que poseía de cuentos, chascarrillos y anécdotas y al ingenio y la gracia insuperables de que estaba dotado. Cuando hablaba, haciendo gala de sus dotes portentosas de narrador, los oyentes no podían contener la hilaridad y, a cada instante, prorrumpían en sonoras carcajadas aquellos hombres, graves y serios de ordinario.

¿Quién era la persona aludida? Don José González Correa, el popularísimo administrador de los marqueses de Valdeflores.

Los dos hombres, entre los cuales había gran semejanza, charlaban de arte, de literatura o contaban episodios de la historia cordobesa, leyendas y tradiciones relacionadas con la misma, de lo que poseían un caudal asombroso.

Por este motivo el Ayuntamiento realizó un acto de justicia al conceder a don Teodomiro y don Rafael Ramírez de Arellano, las dos personalidades ligeramente descritas, el cargo de cronista de Córdoba, a la primera cuando murió don Francisco de Borja Pavón, y a la segunda, al ocurrir el fallecimiento de don Teodomiro, su padre.

El contertulio más joven, alto y cargado de espaldas, cuyo nombre no diremos, constituía la nota discordante de la reunión, acaso por no tener perfectamente equilibradas las facultades mentales.

Interrumpía constantemente a los conversadores para contradecir o rectificar sus manifestaciones; nadie sabía tanto como él del asunto de que se trataba, fuera el que fuese; nadie en sus empresas había llegado a donde el Ilegó en las suyas. Era, en fin, lo que la gente llama un verdadero espíritu de contradicción.

Se aproximaba el Carnaval y una noche tratábase en la tertulia a que nos referimos de las bromas, a que el vulgo denomina paveos, propias de Carnestolendas.

¡Enseguida -exclamó enfáticamente el hombre de la perpetua discordia- iban a pavearme a mi! Eso les ocurre solamente a los tontos.

Pues yo le apuesto lo que usted quiera -le contestó don José González Correa- a que le hago víctima de un paveo.

Va apostado el café para todos -replicó el joven.

La noche siguiente, el popular administrador de los marqueses de Valdeflores empezó a hablar de una lujosa relojería abierta pocos días antes en la calle de Ambrosio de Morales, expresándose en estos o parecidos términos: hay allí relojes que son una preciosidad, pero el que máss ha llamado mi atención, es uno, relativamente pequeño, que toca una pieza de música distinta cada día del año. Parece imposible que en un espacio tan reducido esté encerrada una máquina que interpreta trescientas sesenta y cuatro composiciones musicales.

Hombre -le objetó el mantenedor de la apuesta- contendrá trescientas sesenta y cinco piezas si tiene una para cada día del año.

Y González Correa apresuróse a contestarle: no señor, porque el Viernes Santo toca la matraca.

Algunos forasteros, cuando venían a Córdoba, eran asiduos concurrentes a estas reuniones. Jamás faltaban a ellas, durante su permanencia entre nosotros, el notable literato, tan ingenioso como ocurrente, don Agustín González Ruano que enviaba interesantes crónicas a la prensa local “desde el ventilado Montemayor”, ni el atisonante poeta montillano don Dámaso Delgado López, descuidado en el vestir pero que no dejaba de usar guantes de cabritilla ni en el mes de Agosto.

También se solían agregar a la tertulia otras personas, generalmente profesores y alumnos de la Escuela provincial de Bellas Artes, para recrearse con tal conversación de aquellos hombres, tan amena como instructiva.

En los meses del Estío se trasladaba la reunión al paseo del Gran Capitán, formándose alrededor de un par de mesas, unidas, de las que el citado café coloca delante de su fachada.

Poco después de mediada la noche concluía la reunión; todos los concurrentes a ella acompañaban hasta su domicilio al venerable anciano, al sabio cronista don Francisco de Borja Pavón y ante la popular botica de San Antonio, despedíanle hasta la noche siguiente en que reanudarían una de las tertulias de café más interesantes que hubo en Córdoba durante el último tercio del siglo XIX.

Abril, 1923.