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Asegurada la calma remitieron á la Corte detalladas diligencias con minuciosos informes de la ciudad, el Obispo, el Cabildo, inquisidores, logrando entre todos ellos, que el Rey su perdón otorgue. </blockquote> | Asegurada la calma remitieron á la Corte detalladas diligencias con minuciosos informes de la ciudad, el Obispo, el Cabildo, inquisidores, logrando entre todos ellos, que el Rey su perdón otorgue. </blockquote> | ||
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Revisión del 01:08 26 mar 2026
Aquí tienes la transcripción del romance La Cuesta de Pedro Mato, tal como aparece en el documento:
La Cuesta de Pedro Mato
SIGLO XVI.)
I
Constante siempre en mi afán de buscar papeles viejos para cantar en romance cuanto de notable encuentro, referiré á mis lectores un histórico suceso que en el siglo diez y seis, entrado el último tercio, fué la admiración y espanto de la nobleza y el pueblo. En la casa del rincón que está detrás del convento, casi frontera á la cuesta ó más bien despeñadero, para llegar á la plaza de los Paez de Castillejo, tranquilamente vivía un acreditado médico; Pedro Mato, portugués, de gran saber y respeto, con su mujer Beatriz Cano en hermosura modelo, de carácter irascible, irreflexivo y ligero. Los cuidaba una sirviente á ella idéntica en el genio, si bien de gran confianza por tenerla largo tiempo, y querer mucho á dos niñas que estos esposos tuvieron. De esta familia, oh lector, he aquí un sucinto bosquejo.
II
De don Jerónimo Paez aun se titula una plaza cuyo frente la atención de los forasteros llama admirando sorprendidos la magnífica portada que un Castillejo labró para engrandecer su casa, dándole con sus caudales aspecto de régio alcázar.
Uno de esos Castillejos en aquel tiempo moraba en este hermoso palacio que á su vez engalanaban bellos tapices, pinturas, ricos muebles, mucha plata, tanto, que según escribe uno que lo presenciara, el Rey Felipe II asistió en dicha morada á un casamiento, admirando tan riquisimas alhajas; hasta eran de aquel metal los cántaros para el agua.
Mas tornando á nuestro intento, la tradición nos relata que Castillejo fijó sus atrevidas miradas en D. Beatriz de Cano con gran empeño y constancia desde la estrecha azotea remate de su fachada. Hombre al fin adinerado buscó á la antigua criada poniéndola de su parte con explendorosas dádivas. Ella explicó á su señora de aquel galán la demanda y aunque fueron mucho tiempo desoidas sus palabras, fueron tantas las finezas, fueron tantas las instancias, que al fin de su tierno esposo el honrado lecho imancha.
La sirviente de uno y otro pingües regalos tomaba y de sumisa á exigente su conducta pronto cambia: al fin tuvo un altercado con su señora, que airada en una de sus reyertas llegó á cruzarle la cara. Ofendida la sirviente le juró tomar venganza; mas no la creyó Beatriz capaz de tan gran infamia.
Con sorpresa aquella tarde vió de su esposo en la estancia entrar la sirviente, oyendo como infame la delata si bien callando la parte que en tales hechos tomara. Sabiendo cuánto su esposo su honrado nombre estimaba, sobrecogida de espanto, viendo su muerte cercana, toma un manto, en él se envuelve abre la puerta, se escapa, y entrándose en un convento se dá por depositada.
III
Pera Mato no creyendo la verdad de tal denuncia, sale airado de su estancia, por toda la casa busca y no hallando á la señora prorrumpe en llanto de angustia, angustia que va mezclada con cien accesos de furia.
Asustadas las dos niñas á cual más bella, más pura, ignorando los motivos que del hogar la paz turban, aterradas, abatidas, también llorando, confusas, al pobre padre se abrazan, su copioso llanto enjugan y aunque no ven á su madre ni la llaman, ni preguntan. Asi la noche pasó, noche que no cesa nunca, cuando la pena nos mata, cuando el dolor nos abruma!
Apenas el nuevo sol las altas torres alumbra, Mato llama á la criada, y hasta la calle la empuja quedando con sus dos hijas tristes, llorosas y mudas. Con un soberano esfuerzo para ellas la causa oculta y las consuela, las mima tratándolas con ternura y sin decir la razón, como él á las dos enluta.
Como la malicia al cabo algo la verdad vislumbra, mucho se contó del lance, de unos en otros se abulta, hasta que amigos y deudos del doctor, abrigan duda: quien á Castillejo á solas con gran cautela pregunta oyéndole lamentarse de aquella infame calumnia: quien se dirige al convento donde Beatriz aun se oculta por si acaso en sus palabras, vertidas en la clausura, se desliza algun indicio que su deshonra descubra y sabiendo que al contrario, ella su inocencia jura, con el Obispo Fresneda sus intenciones consultan, conviniendo en que el Prelado con su gran prestigio, acuda á convencer al doctor haber sido una impostura de la sirviente á quien hacen confesarse de esta culpa.
Tantas fueron del Obispo y de otros muchos las súplicas; tantas las seguridades que en su favor acumulan, que la palabra perdón al fin el doctor pronuncia.
IV
A la casa del doctor al fin la culpable torna, pero no vuelve el cariño del esposo hacia la esposa; no es la amante compañera de su corazón señora, es la eterna pesadilla que su cerebro sofoca. No le bastan á Beatriz, ni suspiros, ni congojas, ni el salir cubierto el rostro de negra tupida blonda. Ya del esposo no escucha las palabras cariñosas y los besos de sus hijas parece que le sonrojan. Así se pasan los días, siglos parecen las horas; aquella calma aparente es de otro mal precursora. Cuando ya se iba olvidando y nadie pensaba en Córdoba en el lance que nos dá hoy motivo á nuestra historia, tal vez la infame sirviente ó algunas otras personas, de la fama del doctor villanamente envidiosas, recogieron varios cuernos que atados en una soga y unidos por sus extremos formó grotesca corona. Sobre el dintel de la puerta de Pera Mato colocan aquel signo ignominioso recuerdo de su deshonra. El doctor salir solía poco después de la aurora: hizolo así y al mirar aquella muestra afrentosa, con ambas manos la arranca y lejos de sí la arroja. Duda, vacila, registra, encuentra la calle sola, maldice su infausta suerte, mil pensamientos lo agovian y tropezando y cayendo, la cuesta hacia abajo toma. Cuando á su casa tornó, se entró cerrando su alcoba y viendo que no salía, Beatriz, que la causa ignora, se decidió á preguntarle, y en cuanto á la puerta asoma, como herido por un rayo Pera Mato se trastorna, la tira con furia al suelo, veloz la toalla toma, le echa un lazo á la garganta y en un instante la ahoga. Vuelve á salir como un loco, la población abandona, el lance pronto se cunde, la vecindad se alborota, la justicia al punto acude, activa el proceso forma sin que nadie hallar consiga ni rastro de su persona. Las pobres niñas entraron en la Encarnación de monjas y andando el tiempo, se sabe que el monarca lo perdona, reapareciendo en Sevilla como doctor de gran nota.
El motín del pan en 1652
I
El año cincuenta y uno fué tan corta la cosecha de trigo en esta comarca, que dió lugar se temiera no alcanzara á la siguiente, apesar de las promesas de traerlo de otros puntos donde abundante estuviera. Los logreros y agiotistas, muchos siempre en esta tierra, empezaron á comprar cuanto se puso á la venta, seguros de una ganancia positiva, verdadera.
¡Al usurero no importa que el pobre de hambre perezca! Estas tristes esperanzas fundadas en la apariencia, los ánimos aun heridos por la espantosa epidemia desarrollada en los años cuarenta y nueve y cincuenta, daba lugar á zozobras en el pueblo y la nobleza. El otoño y el invierno pasaron sin que ocurrieran desórdenes ni disgustos; mas llegó la primavera y ya los precios del trigo tan exhorbitantes eran, que hasta veinticinco cuartos subió el pan y con tendencias, si Dios no lo remediaba, de llegar á una peseta.
El pueblo, siempre sufrido, al fin pierde la paciencia cuando pudiendo evitarlo, se abandona en su miseria. El hambre ha sido y será siempre mala consejera, y el pobre que la padece á desesperarse llega; como el caudaloso río que mansa corriente lleva, si las pertinaces lluvias tanto su caudal aumentan, que no caben por su cauce al fin sus límites deja y los más fértiles campos cubre de estéril arena. Asi el pueblo se desborda cuando mal se le gobierna; y en vez de buscarle alivio á sus males y sus penas, entre harapos y sin pan á morir se le condena.
II
El seis de Mayo llegó, en domingo y el pueblo en misa de madrugada llenó casi por completo las tres naves de la hermosa parroquia de San Lorenzo. Al salir aquella gente, de la plazuela en el centro, se presentó una muger llevando en sus brazos muerto un niño de tierna edad: eran tantos sus lamentos que conmovidas, llorando, otras madres se le unieron, lanzando contra los hombres tantos punzantes dicterios, que pronto por todo el barrio fué el alboroto cundiendo dándose gritos de mueran los miserables logreros del trigo acaparadores para subirlo á más precio de cinco duros, que estaban cada fanega vendiendo.
De improviso entre la turba aparecio un piconero con el hocino en la mano á grandes voces diciendo:
—A ver al corregidor y si no pone remedio, por las calles y plazuelas lo arrastramos como un perro.
—Corramos—gritaron todos. M
archaron por el Realejo á la calle de San Pablo; en el Salvador se unieron los muchos trabajadores que firmes en aquel puesto, esperaban los buscasen capataces y maestros. Con mugeres y chiquillos también unidos á ellos, formaban ya un contingente de cinco mil por lo menos.
Cerca de la Trinidad se encontraba el aposento del corregidor Alfonso de Flores y Montenegro Vizconde de Peña Parda: alguaciles á el acecho le mandaron pronto aviso para quitarse de enmedio. Intentó con su familia guarecerse en algún templo, mas escuchó ya en la calle el continuo clamoreo.
Cerró las puertas con trancas, que para nada sirvieron, y subiéndose al tejado, con su familia y sus deudos, logró al fin hallar refugio en el cercano convento. Llegó la gente á la casa, llamó, no le respondieron, vuelve á llamar y tomando por insulto aquel silencio, porque no se figuraban del corregidor el miedo, aumentando su conducta las llamas de aquel incendio, que pudo evitar, en parte, si se presenta ofreciendo desde el balcón á la gente buscar al mal el remedio. Mas se portó de tal modo, hizo tales desaciertos, que si dan con él lo arrastran por cobarde y por inento. Viendo el pueblo que no abrían echó las puertas al suelo, entró, registró la casa hasta el último aposento, respetando, sin tocarles, muebles, ropas y dineros.
Convencido de su ausencia á la calle se salieron, y ya sin corregidor que le infundiese respeto, se desparramó la gente por todas partes pidiendo les entregasen el trigo, llamando pillos, logreros, á los nobles, al Prelado, labradores y comercio, rompiendo con fiera saña, las puertas de los graneros, sacando el trigo que hallaban llevándolo á San Lorenzo donde un sacristán se opuso á que entraran en el templo, y le dijo Arranca cepas con muchisimo gracejo: —Anda vete, rapa cirios, no te metas en enreos.
Otros llevaron al Pósito todo el trigo que pudieron. Al fin la noche llegó que trascurrió sin excesos, si bien quedaron retenes toda la noche en acecho, en San Lorenzo, Ajerquía y otros puntos estratégicos. El lunes por la mañana fuè tal el levantamiento, que muchos abandonaron sus casas y se escondieron, en tanto que las señoras, refugiadas en los templos, á la oración entregadas ante el Señor manifiesto, á grandes voces pedian cesase el pronunciamiento. Un grupo muy numeroso marchó al palacio resuelto á sacar, como sacó, el trigo de los graneros, apesar de ser muy poco almacenado á su tiempo, para dar pan de limosna y el necesario alimento del personal de palacio, el señor Tapia y sus deudos.
Al escuchar este Obispo en la calle tal estruendo, salió al balcón á seguida y con paternal afecto, entre los amotinados consiguió guardar respeto.
—Calma, calma, no griteis, decid cuál es vuestro intento, subid sin reparo alguno y aqui, entre todos, veremos el modo de conseguir que todos queden contentos.
— Diez ó doce amotinados entraron y convinieron que á buscar trigo saliera el señor Tapia con ellos, queriendo solo que el pan aminorase de precio. El Obispo era animoso aunque ya bastante viejo, y sin temor, ni zozobra, tomó bastón y sombrero, y entre las turbas se entró no solo, pues lo siguieron sus familiares y algunos frailes de varios conventos que rondando por las calles aminoraban excesos. Visitaron varias casas donde, al instante, sus dueños franco dejaban el paso, ya en calma, por el aspecto venerable del pastor cuyo semblante halagüeño en todas aquellas masas iba ganando terreno. En muchas no habia tal trigo, en otras pronto lo dieron, y asi, aunque lentamente, llegaron á San Lorenzo en cuyo pórtico estaban armados los piconeros, guardando el trigo llevado con tal cuidado y acierto, que apuntaban su cuantia y de donde lo trajeron.
El Obispo cariñoso les dijo:
—No profanemos la casa de Dios, señores, no es apropósito un templo para almacenar el trigo.
—Señó, si acá no entendemos de esas cosas—dijo uno— ni andamos con cumplimiento y tenemos confianza con lo santo ca qui vemo y colamo en esta iglesia como en un descansaero.
El Obispo sonrióse contestando:
— Bueno, bueno, os pido por esos santos que son protectores vuestros, cesen ya tantos desórdenes, volved tranquilos, contentos, á vuestras ocupaciones que todo lo arreglaremos.—
Entonces otro gritó: —¡La cosa está pa un arreglo! Señon Obispo, si ahora ni Rey ni roque tenemos, porque ende ayer de mañana el corregidor sa muerto, ó se lo llevó er demonio que pa este caso es lo mesmo..
— En esto se apareció el noble joven D. Diego de Córdoba, quien gozaba gran ascendiente en el pueblo porque á todos protegia con su favor y dinero.
—He aquí un buen corregidor.—
Todos á una voz digeron.
—Volvámonos á palacio.— Dijo el Obispo saliendo.
—Mucha calma, mucha calma, que todo lo compondremos. —
Y con D. Diego de Córdoba sus familiares y séquito, á su palacio volvió de su gestión satisfecho.
III
Aquella noche rondaron para conservar el orden, los frailes de tres conventos alumbrados con hachones, encontrando por las calles muchas mugeres y hombres, según avisos seguros, con siniestras intenciones.
A la mañana siguiente no se averiguó de donde corrió la falsa noticia de que á defender los nobles llegaba el Marqués de Priego con caballos y peones. De nuevo se alborotaron todos los trabajadores de todas partes saliendo armados hasta con hoces, algunos con carabinas, formando grupos enormes, amenazando quemar las casas de los señores.
Fueron á la Calahorra y sacaron los cañones llevándolos en sus hombros, dando mueras y otras voces, á la Puerta de Gallegos, San Lorenzo y á la entonces parroquia de la Ajerquía, guardándolos pelotones de gente armada; entretanto otros marchaban veloces á cerrar todas las puertas de la ciudad con barrotes, palos, piedras, cuanto hallaron, . subiendo á los torreones para ver si alguien venia y dar de aviso los toques.
Bien pronto llegó al Obispo noticia de tal desorden: tomó bastón y sombrero y con sus pages, salióse convocando á la ciudad á sesión para las once. Veinticuatros y jurados con algunas precauciones, — no faltaron á la cita estando todos conformes en ayudar al Obispo á desmentir los rumores propalados y á buscar una autoridad, un hombre, con ascendiente bastante, y sin vacilar proponen dar á D. Diego de Córdoba, de pueblo y nobleza en nombre, de Corregidor la vara, que el mando al instante tome, y haga por apaciguar, primero que se desborde más que estaba, el populacho y á su antigua calma torne.
D. Diego se resistió diciendo ser aun muy joven para cargo tan pesado; mas todos juntos, acordes, le obligaron á aceptar, saliéndose á los balcones á ver si con su presencia cesaban tantos horrores. Al verlos la muchedumbre con respeto descubrióse, prodigándole á D. Diego aplausos atronadores.
Le dió el Obispo el bastón, echo varias bendiciones y D. Diego, conmovido, dijo al pueblo:
— Estos señores me han entregado la vara; la tomo si estais conformes, si no lo estais, no la acepto.—
—Si, si—sonaron mil voces.
—Juro por San Rafael que son falsos los rumores corridos esta mañana con siniestras intenciones; y si me ofreceis volveros sin zozobras, ni temores, á vuestras casas tranquilos, tendreis, antes de la noche, á cuatro cuartos el pan.
Solo quiero que me otorgue el pueblo su confianza, si no es así, no tan torpe soy que acepte este bastón que en mi débil mano pone.
— Todos se marcharon dando muchas felicitaciones al nuevo corregidor que en práctica al punto pone su nuevo plan de gobierno; los màs alborotadores fueron por D. Diego Córdoba, dándoles jornales dobles, empleados en sacar todo el trigo de los trojes conduciéndolo á los hornos con las más severas órdenes de vender el pan barato antes de las oraciones.
Las tabernas por la tarde llenó la gente del bronce; hubo en abundancia gresca, heridos, muertos, prisiones, y en todas partes D. Diego prontamente presentóse decidido como estaba á restablecer el orden.
En la plaza de San Juan hubo un muerto y divulgóse que D. Felipe Ceron un caballero muy noble, hubo pagado la muerte, vengando asi las coacciones sufridas aquellos dias; nuevo alboroto y temores pidiendo que al D. Felipe dieran muerte, al fin calmóse la gente al ver á D. Diego haciendo averiguaciones hasta lograr descubrir los verdaderos autores.
Asegurada la calma remitieron á la Corte detalladas diligencias con minuciosos informes de la ciudad, el Obispo, el Cabildo, inquisidores, logrando entre todos ellos, que el Rey su perdón otorgue.
