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Los sucesos del 5 de mayo de 1912

De Cordobapedia
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Grabado por IA recreando cómo centenares de personas acabaron con un toro (1912)

Los sucesos de la plaza de toros del 5 de mayo de 1912 fueron unos graves disturbios ocurridos durante una novillada celebrada el 5 de mayo de 1912 en la plaza de toros de Córdoba, que culminaron con la agresión al niño de diez años José Gaviño Larraz, herido de extrema gravedad por un banco arrojado desde la grada, y con varios espectadores y guardias lesionados. El Diario de Córdoba calificó lo ocurrido de «vergonzoso suceso» y reclamó a las autoridades un correctivo enérgico y ejemplar contra los responsables.[1]

La corrida

La corrida fue calificada por la prensa de verdaderamente detestable. El público, que acudió en crecidísimo número, correspondiese la empresa como era debido, pues presentó una mojiganga insoportable. Los novilleros Facultades y Cubanito estuvieron muy desafortunados, mientras que la crónica reservó una mención especial, por su excelente trabajo y buena fortuna, a los banderilleros Guerrilla, Gorila, Quico y Alamares.

Dos de los novillos fueron echados al corral. Esta circunstancia, unida a la justificada presunción de que el último becerro lidiado era uno de aquellos que ya había vuelto a la plaza en calidad de sobrero, colmó la indignación del público, ya muy grande a causa de la mala calidad del espectáculo.

El suceso

Durante la lidia del cuarto becerro el espectáculo se convirtió en una merienda de negros: el público se echó al ruedo e hizo con el animal, durante larguísimo rato, cuanto le vino en gana, echándolo al suelo, levantándolo en hombros, coleándolo y jugando con él, hasta que la puntilla de los matarifes puso fin al lamentable espectáculo.

Los espectadores habían apuñalado al becerro, cortándole el rabo y las orejas y poniéndole banderillas en todas partes. Las mulillas no pudieron recoger los restos del toro, porque el público se opuso violentamente a ello y fueron los propios espectadores quienes los llevaron a la cuadra.

Fue entonces cuando el tumulto adquirió sus proporciones más graves. Desde la grada cubierta empezaron a arrojarse los bancos a los tendidos y al ruedo, al mismo tiempo que la barrera saltaba hecha añicos y se formaba una hoguera aprovechando los asientos de papel y las virutas que utilizaban los espectadores.

La agresión a José Gaviño Larraz

En medio del tumulto, un espectador de la grada cubierta del sol, alto y grueso, levantó un banco como si se tratara de una pluma y lo arrojó en sentido perpendicular sobre el tendido. El banco cayó sobre un chicuelo, partiéndole la cabeza. El muchacho vaciló unos segundos y cayó rodando por la grada. El Diario de Córdoba tituló este episodio «Un asesinato», precisando que ese era su nombre verdadero y que fue una escena espantosa presenciada por todo el público.

Un espectador que vestía traje azul, de mecánico, otro con blusa y pantalón claros y un soldado del regimiento de Sagunto recogieron al niño, que había perdido el conocimiento, llevándolo a la enfermería. El vandálico suceso produjo una impresión hondísima en el público, expresada por un fuerte y clamoroso grito de indignación.

La víctima era José Gabiño Larraz, de diez años de edad, hijo del popular camaronero del mismo apellido, con domicilio en la plaza de la Paja, número 13. Sufrió la fractura de la bóveda del cráneo, de la que se desprendieron esquirlas de gran tamaño, quedando en descubierto parte de la masa encefálica. Su estado fue calificado de gravísimo, considerándose inminente un funesto desenlace. Desde la enfermería de la plaza fue llevado al hospital por los camilleros de la casa de socorro. Recibió la Extremaunción y entró poco después en el periodo agónico; a las seis de la mañana del día siguiente aún continuaba con vida, pero en situación desesperada. El juzgado intervino en los hechos.

Los heridos

Al ser recogido el herido, resultó lesionado el obrero de la fábrica de utensilios y productos esmaltados Francisco Sánchez Luque, además de otras personas. Los demás heridos fueron los siguientes:

Herido Condición Domicilio Lesión
Manuel Camuñas Ruiz Guardia número 70 Calle del Tomillar, número 3 Herida contusa en la región frontal, de nueve centímetros, de pronóstico reservado, producida por una pedrada
Juan Zamorano Luna Guardia número 37 Herida contusa, también de pronóstico reservado, en el labio inferior, producida por una pedrada
Antonio Blancas Álvarez Espectador Plaza de San Pedro, sin número Herida contusa en el labio inferior, causada por una banderilla de fuego
Juan Antonio Morales Lozano Espectador Calle Mayor de Santa Marina, número 25 Herida incisa en el dedo índice de la mano derecha, producida al descuartizar las reses

Todos fueron curados concienzudamente por los médicos don Emilio Morilla Alonso, don Manuel Villegas Montesinos y don Manuel Luanco Lucas, a quienes eficazmente ayudaron los practicantes don Bernardo Rodríguez, don Emilio Pino y don Rafael de la Linde. Hubo entre los espectadores otros heridos y contusos que, por la poca importancia de sus lesiones, marcharon de la plaza de toros sin ser curados en la enfermería.

Intervención de la Guardia Civil

A merced de los bárbaros siguió la plaza, aumentando las hogueras y el destrozo del maderamen, hasta que apareció la Guardia Civil, la cual, apuntando con sus fusiles a los espectadores, obligó a estos a despejar la plaza en poco tiempo.

Los culpables

Ni uno solo de los responsables fue detenido, pues todos se confundieron con el público, incluso el causante de la gravísima herida del desgraciado niño José Gaviño Larraz. El periódico reforzó su protesta pidiendo a las autoridades el castigo ejemplar y muy enérgico de los culpables del lastimoso y vergonzoso suceso, señalando que las prevenciones ordinarias para garantizar el orden público, la seguridad personal y el reglamento para la celebración de las corridas de toros habían saltado hechas astillas.

Precedente

No muchos años antes, en una corrida celebrada el día de Santiago, ocurrió un suceso análogo, aunque sus consecuencias no fueron tan graves. Aquel y este fueron producidos por las mojigangas que se celebraban en la plaza de toros a favor de la bondad del público, sin tener en cuenta que nunca se debe colmar la medida de la tolerancia del público ni abusar del bolsillo ajeno.

Crónica de los hechos. El defensor de Córdoba

El diario El Defensor de Córdoba publicó al día siguiente, el 6 de mayo de 1912, la siguiente crónica de los sucesos:

Se lidiaban ayer en esta plaza de toros, cuatro de no sabemos que ganadería y eran matadores los toreros negros Facultades y Cubanito. La entrada fué un lleno. El negocio de lo mejorcito, apesar de la baratura de las entradas, y tal vez por esto mismo.
Pocas veces salvo en las corridas de feria, hay una entrada igual.
Los toros no valían nada, ni los toreros tampoco. Aquellos negros tuvieron la plaza convertida en un herradero toda la tarde.
Algo hicieron los banderilleros demostrando que valían más que los espadas y hasta algunos capitalistas que se arrojaron al redondel, demostraron más arte.
Al salir el segundo toro, el público pidió que fuese retirado al corral. Se condenó al fuego al siguiente. El otro fué al corral. El tercero bis que ya lo había proclamado manco parte del público del sol, que aplaudía ó silbaba sin tón ni són, se salvó del fuego porque un capitalista se arrojó á la plaza y supo torearlo.

El principio

El sexto toro que pisó la plaza era uno de los que se habían echado al corral.
Al salir, el público protestó ruidosamente y antes de que diera una vuelta al ruedo, el presidente que lo era el jefe de la guardia municipal señor Yepes, ordenó que se le fogueara. Con protestas de algún banderillero y de casi todo el público fue fogueado, mientras se arrojaban al redondel cientos de personas.
El toro estaba vivo y las cuadrillas se retiraron del redondel. Esperaba el público sensato que el presidente hubiera ordenado que salieran los mansos y se lo llevaran, pero el presidente no se atrevió á tomar decisión alguna y nosotros con el alma en un hilo, vimos como un sujeto dió infinidad de cachetazos al toro, hasta que el animalito quedó muerto, acribillado á pinchazos.
En aquel instante el presidente se retiró.
El público comenzó á retirarse de la plaza, censurando en voz alta lo ocurrido, cuando salieron las mulillas.

Crímenes salvajes

Fué entonces cuando los cientos de personas que rodeaban el toro, y á quien este milagrosamente, no había hecho daño en el rato que estuvo la plaza á merced de los capitalistas, pensaron impedir el arrastre y cortaron los tiros de mulas, cuyos servidores los llevaron á buen paso á las cuadras.
Aquí comienza el salvajismo, uno corta el rabo del toro y recorre el ruedo mostrando el rabo como un trofeo, otro corta las orejas y... algo más.
A la vista de la sangre los salvajes piensan en crímenes y arrojan brutalmente piedras á unos municipales que pretenden custodiar la carne del toro.
Otros espectadores de perversos instintos, no encuentran modo mejor para protestar que destrozar las barreras y algunos hacen fogatas cerca de las mismas con papeles y almohadillas.
Pero el colmo del salvajismo, de la canallada, de la criminalidad, está en unos asesinos que cogen los bancos del sol alto y comienzan á lanzarlos al tendido, donde hay centenares de personas que procuran ponerse á salvo huyendo.
Junto á un soldado de la Reina vemos caer un banco que se hace astillas. El soldado permanece impertérrito, no trata de marcharse.
Uno de los bancos lanzado por las manos criminales encuentra en su trayectoria la cabeza de un niño. El banco se estrella contra los cajones de la barrera, un segundo despues el niño cae al suelo como herido por un rayo.
Alguien que nos toca muy de cerca apostrofa á los bandidos que han cometido aquel crimen y al ver penetrar en la plaza al señor Retamosa le dice lo que ha ocurrido.
El señor Retamosa corre al sitio del suceso, un soldado desenvaina el sable, un obrero de la fábrica de productos esmaltados, Francisco Sánchez Luque, atraviesa por aquel campo de Agramante y recoge al niño en brazos, otras dos personas caritativas le auxilian y el niño va á la enfermería.
Entretanto un cabo de Sagunto desenvaina el sable en el sol alto é impide con su valor que los salvajes sigan tarea criminal.
Son unos instantes terribles. No hay nadie que mande, no hay una autoridad que impida aquellos actos.
El agente señor Rico requiere á la guardia civil que estaba formada en la puerta de la plaza para que penetre en ella.
Entretanto ha llegado á la primera ochava de sombra, el jefe de la guardia municipal señor Yepes.
Este, sable en mano, sube al tendido pronunciando palabras de las que protestamos por creerlas una blasfemia. El señor Yepes, enterado de nuestra protesta, nos ha visitado hoy diciendo que él odia las blasfemias, y que lo que debió ocurrir es que enfadado dijo diez y el público entendió otra cosa.

El momento difícil

La guardia civil entra en el redondel. Es el momento en que los sucesos pueden tomar mayor auge porque algunos deslenguados insultan á las autoridades y la benemérita se dispone á desalojar la plaza á viva fuerza.
Don José Carrillo Pérez, desde un cajón arenga á los espectadores y recomienda calma y que el conflicto termine.
Vino entonces la reacción y el público sensato se puso de parte de las autoridades y la guardia despejó los tendidos en breve tiempo.

En la enfermería

Los médicos don Emilio Morillo, don Manuel Villegas y don Miguel Luanco practicaron, con la ayuda del farmacéutico señor La Linde y los practicantes don Bernardo Rodríguez y don Emilio del Pino.
  • A José Gaviño Larras, de diez años, hijo del que fué pregonero, se le apreció la fractura de la bóveda craneana; se le extrajo una esquirla del parietal de 8 X 2 centímetros. Su estado fué calificado de gravísimo, fué conducido al Hospital de Agudos donde se le administró la Extremaunción. El dueño del pabellón modernista don Antonio Ramírez de Aguilera que presenció el suceso entregó ocho pesetas para los padres del niño.
  • Otro herido es el guardia municipal Manuel Camuñas Ruiz, á quien dieron tal pedrada que á pesar de resguardarle la cabeza el ros, sufrió una herida contusa de nueve centímetros, pronóstico reservado.
  • Guardia Juan Zamorano, herida contusa en el labio, de una pedrada.
  • Antonio Blancas Álvarez es un espectador que resultó con una herida en el labio inferior producida por un taco de una banderilla de fuego.
  • Juan Antonio Morales Lozano al descuartizar las reses se llevó con la faca un trozo de carne de su mano. Curado en la enfermería se vió la falta del trozo de carne y se fué al sitio donde había quedado, lavósela con agua hervida y se cosió con varios puntos de sutura.
En esta labor ayudaron á los médicos citados Dos palabras
Anoche en todas partes se comentó mucho lo ocurrido y se dirigieron muchas censuras á la empresa, á algunas autoridades y al público.
Permítasenos emitir una opinión sobre la presidencia. Creemos que ésta no debió ocuparla el jefe de la guardia municipal. Su misión en la plaza es otra.
Tal es el suceso de ayer que tan viva indignación produjo en cuantos amamos á Córdoba, porque hubo zulús que realizaron desafueros criminales, que no pueden imputarse á esta hidalga tierra, sino á gente espúrea. Nosotros dejamos que el relato se comente como quiera, decimos la verdad y esperamos que las autoridades pongan en claro las responsabilidades que hubiera é impongan los castigos á que haya lugar.
El noble pueblo de Córdoba que siempre ha mostrado su hidalguía execra los sucesos de ayer, las autoridades deben recordarlos para evitar que tales sucesos puedan repetirse.[2]

Crónica del Diario de Córdoba[3]

EN LA PLAZA DE TOROS

Los sucesos de ayer

Lamentabilísimo

Por el buen nombre de Córdoba nos dirigimos a todas las autoridades a quienes corresponda entender en ello, primero para que impongan un correctivo enérgico, ejemplar, durísimo, a los responsables del vergonzoso suceso de ayer, que a todos los buenos cordobeses nos abochorna e indigna, y segundo para que por todos los medios posibles se garantice al vecindario la seguridad de que nunca se volverá a avergonzar a Córdoba en la misma Córdoba.

Las prevenciones ordinarias para garantir el orden público y la seguridad personal, el reglamento para la celebración de las corridas de toros y otras prevenciones que no es necesario enumerar, saltaron ayer hechos astillas en nuestro circo taurino y esperamos que se determinen las culpas y que con toda energía se castigue a los causantes para evitar toda clase de reincidencias.

No hace muchos años que en una corrida celebrada el día de Santiago ocurrió un suceso análogo al de ayer, aunque sus consecuencias no fueron tan graves.

Aquel y este fueron producidos por las mojigangas que en nuestra plaza de toros se celebran a favor de la bondad del público, sin tener en cuenta que nunca se debe colmar la medida de la tolerancia del público ni abusar del bolsillo ageno.

Conste que de ninguna manera justificamos la aptitud que una parte del público adoptó ayer, pues nunca hay motivo para cometer innobles salvajadas, hiriendo a ciegas, destruyendo la propiedad agena e incendiando como si en vez de encontrarnos en la cultísima Córdoba nos hallásemos en un país salvaje.

Aunque los matadores sean más negros que la pez y los toros estén más que «rechazaos» y aunque justificadamente se presuma que uno de estos fuese repetido sacándolo del corral para torearlo como nuevo, luego de llevárselo los mansos entre un escándalo fenomenal, de ninguna manera hay motivo para corresponder a un abuso con una salvajada.

La corrida

Solo se puede decir de ella que fué verdaderamente detestable, sin que al favor del público, que concurrió en crecidísimo número, correspondiese la empresa como era debido, pues presentó una mogiganga insoportable.

Los negros Facultades y Cubanito, estuvieron muy desafortunados.

Mención especial merecen por su excelente trabajo y buena fortuna los banderilleros «Guerrilla», «Gorila», «Quico» y «Alamares».

El suceso

Dos de los novillos fueron echados al corral y esta circunstancia y la justificada presunción de que el último becerro lidiado era uno de aquellos, que volvió a la plaza en calidad de sobrero, colmaron la indignación del público, que ya era muy grande a causa de la mala calidad del espectáculo.

En merienda de negros se convirtió el espectáculo durante la lidia del cuarto, pues el público se echó al ruedo e hizo del becerro durante larguísimo rato cuanto le vino en gana, echándolo al suelo, levantándolo en hombros, coleándolo y jugando con él hasta que la puntilla de los matarifes terminó con el lamentable espectáculo.

Los espectadores habían apuñalado al becerro, cortándole el rabo y las orejas, quitándole y poniéndole banderillas en todas partes.

Las mulillas no pudieron recoger los restos del toro porque violentamente se opuso a ello el público y de nuevo tuvieron que ser llevadas a la cuadra.

Entonces fué cuando adquirió el tumulto sus proporciones más graves.

Desde la grada cubierta empezaron a echar los bancos a los tendidos y al ruedo, al mismo tiempo que la barrera saltaba hecha añicos y que se formaba hoguera aprovechando los asientos de papel y virutas que utilizan los espectadores.

Un asesinato

Este es su nombre verdadero. Fué una escena espantosa presenciada por todo el público. Un espectador de la grada cubierta del sol, alto y grueso, levantó un banco como si se tratase de una pluma y lo arrojó en sentido perpendicular sobre el tendido.

Cayó el banco sobre un chicuelo, partiéndole la cabeza.

El desgraciado muchacho vaciló unos segundos y seguidamente cayó rodando por la grada.

Un espectador que vestía traje azul, de mecánico, otro con blusa y pantalón claros y un soldado de Sagunto recogieron al pobre niño, que había perdido el conocimiento, llevándolo a la enfermería.

El vandálico suceso produjo una impresión hondísima en el público expresada por un fuerte clamoreo de indignación.

A merced de los bárbaros siguió la plaza, aumentando las hogueras y el destrozo del maderamen hasta que apareció la guardia civil, la cual, apuntando con sus fusiles a los espectadores obligó a estos a despejar la plaza en poco tiempo.

Las víctimas

El chicuelo a que nos referimos anteriormente se llama José Gaviño Larraz, es hijo del popular camaronero del mismo apellido y vivía en la plaza de la Paja, número 13, contando 10 años de edad.

Sufrió la fractura de la bóveda del cráneo, de la que se le desprendieron esquirlas de gran tamaño, quedando en descubierto parte de la masa encefálica.

A la hora en que escribimos estas líneas su estado es gravísimo, considerándose inminente un funesto desenlace.

Desde la enfermería de la plaza fué llevado al hospital por los camilleros de la casa de socorro.

Al ser herido le recogió el obrero de la fábrica de utensilios y productos esmaltados Francisco Sánchez Luque y las demás personas aludidas.

Los demás heridos fueron los siguientes:

El guardia número 70 Manuel Camuñas Ruiz, que vive en la calle del Tomillar, número 3. Sufrió una herida contusa en la región frontal, de nueve centímetros, de pronóstico reservado, producida por una pedrada.

Juan Zamorano Luna, guardia número 37, que sufrió una herida contusa, también de pronóstico reservado, en el labio inferior, igualmente producida por una pedrada.

El espectador Antonio Blancas Álvarez, domiciliado en la plaza de San Pedro, sin número. Tiene una herida contusa en el labio inferior, causada por una banderilla de fuego.

Otro herido

Juan Antonio Morales Lozano, que vive en la calle Mayor de Santa Marina, número 25. Al descuartizar las reses se produjo una herida incisa en el dedo índice de la mano derecha.

Todos fueron curados concienzudamente por los médicos don Emilio Morilla Alonso, don Manuel Villegas Montesinos y don Manuel Luanco Lucas, a quienes eficazmente ayudaron los practicantes don Bernardo Rodríguez, don Emilio Pino y don Rafael de la Linde.

Hubo entre los espectadores otros heridos y contusos, más por la poca importancia de sus lesiones marcharon de la plaza de toros sin ser curados en la enfermería.

Los culpables

Ni uno sólo de ellos fué detenido, pues todos se confundieron con el público, incluso el causante de la gravísima herida del desgraciado niño José Gabiño Larraz. Que su propia conciencia les castigue como merece su cobarde delito.

Para concluir, reforzamos con toda energía la protesta consignada al principio de esta información y pedimos a las autoridades el castigo ejemplar y muy enérgico de los culpables del lastimoso y vergonzoso suceso de ayer.

Las últimas noticias que hemos podido alcanzar son las de que el desgraciado niño José Gabiño Larraz había recibido la Extremaunción, entrando poco después en el periodo agónico, y de que el juzgado interviene en los hechos ocurridos ayer.

A las seis de la mañana aun continuaba con vida, pero en situación desesperada, el desgraciado José Gabiño.

Referencias

  1. Diario de Córdoba (1912): "Los sucesos de ayer. En la Plaza de Toros", 6 de mayo de 1912.
  2. Anónimo, Crónica de sucesos, El Defensor de Córdoba. Diario Católico, 6 de mayo de 1912, consultado el 16 de mayo de 2024
  3. Diario de Córdoba (1912): "Los sucesos de ayer. En la Plaza de Toros", 6 de mayo de 1912.