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Batalla del puente de Alcolea (1868)

De Cordobapedia

La batalla del puente de Alcolea fue una batalla librada entre los realistas y defensores de la reina Isabel II y los revolucionarios, que comandados por los generales Prim y Topete, habían proclamado la rebelión en Cádiz, sublevándose contra el orden establecido. Los Ayuntamientos de las provincias andaluzas fueron secundando el levantamiento militar. El 20 de septiembre lo hará el de Córdoba, que instaura una Junta Revolucionaria.

Los militares Prim y Topete lideraron una sublevación en Cádiz contra el gobierno de la reina Isabel II. En su camino a Madrid fueron interceptados por las tropas monárquicas al mando del general Pavía.

El 28 de septiembre de 1868 se produjo la batalla en la que el duque de la Torre, Francisco Serrano, con los generales Caballero de Rodas, Izquierdo y Rey derrotaron a las tropas fieles a Isabel II mandadas por el general Marqués de Novaliches, que resultó herido en la mandíbula por lo que se acuñó la cancioncilla popular cuya letra decía


El general Novaliches

en Córdoba quiso entrar

y en el puente de Alcolea

le volaron las "quijás"...

Y también esta otra:

¿Qué es aquéllo que reluce

en lo alto de aquél cerro?

la "quijá" de Novaliches

que la está royendo un perro...

Esta derrota forzó la renuncia de Isabel II, que huyó a Francia. El Ayuntamiento de Córdoba concedió unas bovedillas en el Cementerio de San Rafael, para enterrar a los jefes y oficiales muertos en esta batalla.

Historia

La batalla del puente de Alcolea tuvo lugar el 28 de septiembre de 1868 y enfrentó a los militares sublevados contra la reina Isabel II y las tropas realistas que se mantenían fieles. Tuvo lugar en el puente de Alcolea, situado sobre el río Guadalquivir en la barriada cordobesa de Alcolea. La derrota de las tropas realistas significó el final del reinado de Isabel II, que tuvo que marchar al exilio en Francia.

Preparativos de la batalla

Tras el triunfo del pronunciamiento iniciado en Cádiz en septiembre de 1868, la revolución se extendió con rapidez por gran parte de España. La ciudad de Córdoba adquirió un protagonismo decisivo al convertirse en el principal punto de concentración de las fuerzas revolucionarias dirigidas por el general Francisco Serrano Domínguez, mientras el gobierno de Isabel II organizaba la respuesta militar bajo el mando del capitán general Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches. La confrontación entre ambos ejércitos tendría lugar pocos días después en las inmediaciones del Puente de Alcolea, constituyendo el episodio decisivo de la Batalla de Alcolea.[1]

La elección de Córdoba como centro de operaciones no fue casual. La ciudad controlaba las principales comunicaciones entre Andalucía y la Meseta, disponía de enlace ferroviario, estación telegráfica y una extensa red de caminos que permitían el rápido movimiento de tropas y suministros. Además, el triunfo de la revolución en la capital cordobesa había permitido la constitución de la Junta Revolucionaria de Córdoba, que asumió el gobierno de la provincia y colaboró estrechamente con el ejército liberal en la organización de la defensa y el abastecimiento de las tropas.[2]

Durante los días previos al combate, ambos ejércitos aceleraron sus preparativos conscientes de que el enfrentamiento era ya inevitable. Mientras el ejército gubernamental, dirigido por el marqués de Novaliches, avanzaba desde Montoro hacia Córdoba concentrando progresivamente sus fuerzas, el ejército revolucionario del duque de la Torre aprovechaba el respaldo de la Junta Revolucionaria para organizar la defensa de la capital y preparar cuidadosamente el campo de batalla.[3]

Las autoridades revolucionarias establecieron un amplio dispositivo de seguridad en Córdoba, reforzando las entradas de la ciudad, vigilando las comunicaciones y deteniendo a las personas sospechosas de espionaje. La información proporcionada por Rafael Ceballos Álvarez, miembro de la Junta Revolucionaria de El Carpio, permitió a Serrano conocer con precisión los movimientos del ejército isabelino. Tras reconocer personalmente el terreno, el general decidió convertir el Puente de Alcolea en la principal posición defensiva, ordenando su inmediata ocupación y el refuerzo de sus accesos mediante tropas de infantería, caballería, artillería, puestos avanzados y un telégrafo de campaña. Simultáneamente se fortificaron los principales vados del Guadalquivir y las posiciones del Campo de la Verdad y Sierra Morena, con el objetivo de impedir cualquier maniobra envolvente del enemigo.[4]

La Junta Revolucionaria de Córdoba hizo además un llamamiento a la población para abastecer al ejército liberal con víveres y suministros, garantizando el pago de todos los productos entregados. Al mismo tiempo se ordenó la reincorporación de soldados con licencia y se reorganizó el ejército revolucionario en divisiones y brigadas de infantería, caballería y artillería. Antes de la batalla, Serrano y sus generales recorrieron las líneas arengando a las tropas y reforzando su moral, que se veía alimentada por el entusiasmo popular y por las noticias del avance de la revolución en otros puntos del país, como Granada y Cataluña.[5]

La situación del ejército isabelino era, sin embargo, mucho más complicada. Aunque Novaliches disponía de un ejército bien equipado y superior en caballería y artillería, sufría una notable falta de información sobre las fuerzas revolucionarias y sobre el estado de ánimo de la población cordobesa. Los telegramas intercambiados con el Ministerio de la Guerra muestran que tanto el propio capitán general como sus superiores desconocían el número de tropas liberales, la identidad de muchos de sus mandos e incluso que el Puente de Alcolea ya había sido ocupado y fortificado por los revolucionarios. Esta deficiente inteligencia militar provocó continuos retrasos y vacilaciones en la toma de decisiones, permitiendo a Serrano consolidar sus posiciones defensivas.[6]

Mientras tanto, el Ministerio de la Guerra instaba repetidamente a Novaliches a tomar la iniciativa, ocupar Alcolea y forzar una batalla antes de que la revolución siguiera extendiéndose por el resto del país. Sin embargo, las órdenes llegaban con retraso y, cuando finalmente se decidió ocupar el puente, las tropas liberales controlaban ya completamente la posición. La concentración de las fuerzas gubernamentales en distintos cantones entre Montoro, Pedro Abad, El Carpio y Villafranca de Córdoba dificultó además la coordinación de sus movimientos en las horas previas al combate.[7]

En un último intento por evitar el derramamiento de sangre, el duque de la Torre envió al escritor y político Adelardo López de Ayala al cuartel general de Novaliches con una carta en la que apelaba a la reconciliación entre españoles y le invitaba a unirse al movimiento revolucionario. El capitán general recibió al emisario con cortesía, pero rechazó cualquier acuerdo al considerar que su deber era permanecer fiel a Isabel II y defender la legalidad vigente. Tras este fracaso diplomático, ambos generales dieron por concluidos los preparativos y se dispusieron a librar la batalla que decidiría el futuro de la monarquía isabelina.[8]

Amanecer del 28 de septiembre de 1868

La madrugada del 28 de septiembre de 1868 encontró a las tropas revolucionarias firmemente establecidas en las posiciones de Alcolea. Tras haber ocupado el día anterior el Puente de Alcolea y los principales accesos sobre el Guadalquivir, la brigada ligera permanecía desplegada en torno a los puntos estratégicos del campo de batalla. Los batallones de Simancas, Tarifa y Segorbe, junto con la artillería y la caballería, cubrían el puente, los caminos y los principales pasos por los que podía avanzar el ejército isabelino.[9]

Ninguno de los principales mandos había descansado durante la noche. El general Caballero de Rodas, el brigadier Salazar y los jefes de los distintos batallones permanecieron en continua vigilancia, convencidos de que el ejército del marqués de Novaliches se encontraba a escasa distancia y podía iniciar el ataque en cualquier momento. La incertidumbre aumentaba debido a la circulación de noticias contradictorias sobre los movimientos del enemigo y sobre el resultado de la misión diplomática encomendada a Adelardo López de Ayala.[10]

Las dudas desaparecieron al amanecer con el regreso de López de Ayala desde el cuartel general isabelino. Recibido con alivio por los oficiales revolucionarios, comunicó que Novaliches había mantenido una actitud correcta durante las conversaciones, aunque evitó adelantar el contenido de la respuesta oficial hasta entrevistarse con el duque de la Torre. Poco después informó telegráficamente de su llegada al cuartel general establecido en Córdoba.[11]

A primera hora de la mañana llegó también el duque de la Torre a Alcolea, donde fue recibido con entusiasmo por la brigada de vanguardia. Tras conocer la contestación remitida por Novaliches, comprendió que el enfrentamiento armado era ya prácticamente inevitable y ordenó un nuevo reconocimiento de todas las posiciones defensivas. Durante la inspección insistió especialmente en la importancia táctica del arroyo de los Yegüeros, al que calificó como la auténtica «llave de Alcolea», ordenando reforzar su vigilancia para impedir cualquier maniobra envolvente del ejército enemigo.[12]

Las posiciones revolucionarias aprovechaban las defensas naturales del terreno. El frente quedaba protegido por el Guadalquivir, mientras que los flancos descansaban sobre los arroyos de los Yegüeros y del Guadalbarbo y las primeras estribaciones de Sierra Morena. Los puentes y vados próximos a Alcolea permanecían ocupados por tropas y voluntarios, permitiendo al ejército liberal concentrar rápidamente sus fuerzas en cualquier punto amenazado.[13]

Hacia las ocho de la mañana comenzaron a divisarse desde las alturas de las Cumbres las primeras unidades del ejército isabelino, mandadas por el general Vega e Inclán. Serrano ordenó entonces acelerar la concentración de las tropas y comunicó por telégrafo la situación al general Rafael Izquierdo, responsable de la organización militar en Córdoba. El combate parecía ya inminente.[14]

Mientras tanto, en Córdoba se completaban los preparativos. Se distribuyeron víveres, municiones y distintivos encarnados entre las tropas, se fijaron los puntos de reunión para cada división y se preparó la salida inmediata hacia Alcolea. La ciudad presentaba un aspecto extraordinario, con calles, plazas, fondas y posadas repletas de soldados, voluntarios y curiosos llegados de distintos lugares para presenciar el desenlace de la revolución. Aunque la población mantenía la calma, el temor a una batalla decisiva se extendía rápidamente entre los habitantes, mientras la Junta Revolucionaria de Córdoba y el general Rafael Izquierdo aceleraban la concentración del ejército liberal.[15]

Avance del ejército isabelino

A las tres de la madrugada del 28 de septiembre de 1868, los toques de diana, llamada y tropa rompieron el silencio en Montoro, donde el ejército isabelino inició su marcha hacia Córdoba. El capitán general Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches, organizó la salida escalonada de las distintas columnas, distribuyendo la vanguardia, el grueso del ejército y las fuerzas de reserva con el propósito de converger sobre Alcolea.[16]

Antes de partir, Novaliches recorrió las tropas formadas a las afueras de Montoro acompañado por su Estado Mayor. Durante la revista saludó al conde de Girgenti, coronel de los Húsares de Pavía, a quien elogió por su lealtad a la Corona. Poco después se despidió del alcalde de Montoro, agradeciéndole los servicios prestados y pidiéndole que comunicara a su esposa en Madrid que marchaba al frente de sus tropas para combatir a los revolucionarios en el mismo día.[17]

Hacia las cinco y media de la mañana alcanzó Pedro Abad, donde se incorporaron nuevos batallones de infantería, mientras otra columna, al mando del general Vega e Inclán, iniciaba su marcha desde El Carpio. Poco después todas las fuerzas isabelinas avanzaban por la carretera general formando una larga columna de varios kilómetros de longitud en dirección al Puente de Alcolea.[18]

El aspecto del ejército llenó de confianza a Novaliches. Al contemplar el despliegue de sus tropas expresó a su Estado Mayor su convencimiento de que, una vez derrotados los revolucionarios, podrían entrar sucesivamente en Córdoba, Sevilla y Cádiz. Sin embargo, esa seguridad contrastaba con las crecientes dudas que comenzaron a surgir conforme el ejército se aproximaba al escenario de la batalla.[19]

Durante el alto realizado en El Carpio, Novaliches recibió noticias de que la topografía del terreno no coincidía con la descrita en las hojas itinerarias facilitadas por el Ministerio de la Guerra. Ello motivó nuevas órdenes para reconocer el terreno y reorganizar el avance, retrasando la marcha de varias unidades. Al mismo tiempo dejó en El Carpio una pequeña guarnición para asegurar las comunicaciones con la retaguardia.[20]

Al alcanzar las alturas de las Cumbres, el capitán general pudo contemplar por primera vez el amplio panorama del campo de batalla. Desde aquel punto dominaba la llanura de Pan Giménez, las posiciones de Alcolea, los cerros que rodeaban el Guadalquivir y las fortificaciones ocupadas por el ejército revolucionario. Aunque había estudiado previamente mapas, itinerarios y la batalla librada en aquel mismo lugar en 1808, el terreno real difería notablemente de la información de que disponía.[21]

La incertidumbre aumentó cuando varios paisanos confirmaron la fortaleza de las posiciones liberales y la abundancia de tropas concentradas en Córdoba y en torno al Puente de Alcolea. Entre ellos figuraba el espía revolucionario José García Carrasco, conocido como «el Corista», quien consiguió atravesar el campamento isabelino sin levantar sospechas mientras obtenía información para el ejército de Serrano.[22]

A pesar de disponer de superioridad numérica y de múltiples posibilidades para cruzar el Guadalquivir por diversos vados existentes entre Villafranca de Córdoba y Córdoba, Novaliches desechó estas opciones y continuó concentrando sus esfuerzos sobre el Puente de Alcolea. Diversos reconocimientos permitieron localizar pasos practicables para la infantería, la caballería e incluso la artillería, pero el capitán general decidió no aprovecharlos, ordenando en su lugar la construcción de rampas para situar la artillería en posiciones dominantes y retrasando nuevamente el inicio de las operaciones.[23]

Mientras ingenieros y topógrafos trabajaban sobre el terreno y los mandos elaboraban nuevos croquis, el ejército isabelino permaneció inactivo durante varias horas. Según Francisco de Leiva, estas continuas vacilaciones permitieron al ejército revolucionario conservar intactas sus posiciones defensivas y preparar con tranquilidad la batalla que estaba a punto de comenzar.[24]

Plano del campo de batalla de Alcolea

Vanguardia isabelina en Villafranca de Córdoba

La vanguardia isabelina en Villafranca de Córdoba fue el contingente adelantado del ejército gubernamental mandado por el brigadier Mariano de Lacy y Hernández durante las horas previas a la Batalla de Alcolea, el 28 de septiembre de 1868. Acantonada en Villafranca de Córdoba, su misión consistía en asegurar el avance del ejército del marqués de Novaliches hacia Alcolea y reconocer las posiciones ocupadas por las fuerzas revolucionarias.

Acantonamiento en Villafranca

La vanguardia isabelina pasó la noche del 27 de septiembre al 28 de septiembre de 1868 en Villafranca de Córdoba. Los jefes y oficiales se alojaron en la casa consistorial, mientras que los retenes y patrullas ocuparon distintos puntos estratégicos del municipio, como el Pósito, el parador de Medinaceli y las salidas hacia los Remedios, la Coronilla y la Soledad.

Durante toda la noche no se detectó movimiento alguno de las tropas revolucionarias procedentes de Córdoba, circunstancia que reforzó la confianza de los mandos isabelinos. La información recibida por diferentes conductos estimaba que el ejército revolucionario apenas reunía entre cuatro y cinco mil hombres, muchos de ellos voluntarios escasamente armados y dirigidos por oficiales de limitada experiencia militar.[25]

Informes de los espías

Al amanecer regresó al campamento el confidente Antonio de Dios Heredia, quien había recorrido durante la noche los alrededores del Puente de Alcolea. Según informó, únicamente había observado un reducido número de soldados revolucionarios, sin encontrar puestos avanzados que impidieran el tránsito por los caminos ni una vigilancia que hiciera pensar en una defensa organizada.

Estas noticias reforzaron la convicción de Mariano de Lacy de que la vanguardia podría envolver fácilmente las posiciones revolucionarias, facilitar el paso del grueso del ejército de Manuel Pavía y Lacy y abrir el camino hacia Córdoba.[26]

El despertar de Mariano de Lacy

Los toques de diana procedentes de El Carpio, donde comenzaba a concentrarse el ejército isabelino, despertaron al brigadier Mariano de Lacy. Antes de iniciar la marcha acudió a la iglesia de Santa Marina de Villafranca de Córdoba, donde asistió a misa, confesó y comulgó junto a varios oficiales, en un gesto que Francisco de Leiva presenta como reflejo de sus profundas convicciones religiosas.

Finalizados los actos religiosos, Lacy decidió reconocer personalmente el terreno desde la torre del edificio municipal. Desde aquel punto pudo observar el avance de las columnas del marqués de Novaliches, la marcha de la división del general Vega e Inclán y las ambulancias que seguían a las tropas por los caminos de la campiña.[27]

Un incidente anecdótico

Mientras observaba el panorama desde la torre, el brusco sonido de la campana del reloj sobresaltó al brigadier, provocando un momento de tensión entre los presentes. Poco después, al descender a la plaza, un niño de unos cinco años, hijo del maestro Prudencio Muñoz, le recibió gritando «¡Viva Prim!», reflejando la simpatía que el movimiento revolucionario despertaba entre una parte de la población local.[28]

Preparativos para la marcha

Ignorando todavía los movimientos que el general José Ignacio Echavarría realizaba para reforzar la vanguardia isabelina, Mariano de Lacy ordenó iniciar la marcha hacia Alcolea. El batallón de cazadores de Barcelona, extraviado durante la noche en los montes próximos a Adamuz, llegó a Villafranca de Córdoba completamente agotado tras recorrer numerosos kilómetros sin víveres ni descanso. Considerando que su presencia retrasaría el avance, Lacy decidió concederle media hora de reposo y continuar la marcha únicamente con las tropas disponibles, decisión que tendría importantes consecuencias durante el desarrollo de las operaciones.[29]

La conferencia del puente de los Yegüeros

Hacia la una de la tarde del 28 de septiembre de 1868, poco antes del inicio de la Batalla de Alcolea, tuvo lugar uno de los episodios más singulares de la jornada. En el puente del arroyo de los Yegüeros se reunieron el general Francisco Serrano Domínguez, duque de la Torre; el general Caballero de Rodas y el brigadier isabelino Mariano de Lacy y Hernández, jefe de la vanguardia del ejército del marqués de Novaliches. El encuentro constituyó el último intento serio de evitar un enfrentamiento entre ambos ejércitos.[30]

La entrevista fue preparada por el ayudante Alejandro de Iriarte, quien transmitió a Lacy la invitación del duque de la Torre para mantener una conversación reservada en el puente. El brigadier acudió acompañado por el oficial González Tablas, mientras Serrano permanecía junto a Caballero de Rodas y al delegado de la Junta Revolucionaria de Córdoba, Francisco de Leiva Aguilar.[31]

Al encontrarse ambos mandos, Serrano rompió el protocolo militar y recibió a Lacy con un trato cordial, invitándole a abandonar las formalidades entre «españoles, compañeros y hermanos». El general revolucionario le expuso la extensión alcanzada por la revolución, recordándole que numerosas ciudades y buena parte del ejército ya se habían pronunciado contra el gobierno de Isabel II. Acto seguido le invitó a evitar el derramamiento de sangre incorporándose al movimiento revolucionario.[32]

Lacy rechazó la propuesta alegando que sus deberes militares y su fidelidad a la reina le impedían unirse al alzamiento. Serrano respondió que respetaba sus convicciones personales, pero le advirtió de la delicada situación táctica en la que se encontraba su brigada, aislada entre el Guadalquivir y las posiciones ocupadas por el ejército liberal. Aun así, reiteró su deseo de evitar el combate e insistió en que todavía era posible impedir una guerra entre españoles.[33]

Durante la conversación, Francisco de Leiva intervino igualmente para persuadir al brigadier. En nombre de la Junta Revolucionaria de Córdoba, apeló al deber de los militares de servir a la nación antes que a un gobierno desacreditado, recordando además la figura del general Luis Lacy, fusilado en 1817, cuyo apellido compartía el brigadier. Pese a la fuerza de los argumentos expuestos, Mariano de Lacy manifestó que únicamente podría retirarse o modificar su conducta con autorización expresa del marqués de Novaliches.[34]

Convencido de que no era posible alcanzar un acuerdo, Serrano tomó una decisión inesperada. A pesar de tener la posibilidad de rodear y capturar a la vanguardia isabelina, autorizó a Lacy a retirarse libremente con todas sus tropas, sin imponer condición alguna. Antes de despedirse únicamente le pidió que, si recibía órdenes de abrir fuego contra el ejército revolucionario, se lo comunicara previamente. El brigadier aceptó transmitir el aviso en cuanto recibiera instrucciones de su general en jefe.[35]

La decisión del duque de la Torre provocó opiniones encontradas entre sus propios mandos. Caballero de Rodas lamentó que no se hubiera aprovechado la ocasión para capturar a la vanguardia enemiga sin necesidad de combatir, mientras el general Rafael Izquierdo llegó a advertir que aquella generosidad podría costar miles de bajas al ejército revolucionario. Serrano mantuvo, sin embargo, que su propósito era impedir una guerra civil entre españoles y que la historia juzgaría aquella conducta.[36]

La noticia de la entrevista y de la decisión adoptada se difundió rápidamente entre las tropas liberales, provocando una entusiasta reacción de apoyo hacia el general en jefe. Las bandas militares interpretaron himnos patrióticos y numerosos soldados vitorearon al duque de la Torre, mientras Francisco de Leiva partía hacia el telégrafo para comunicar a la Junta Revolucionaria de Córdoba el desarrollo de aquella conferencia, considerada el último intento de evitar la batalla que pocas horas después decidiría el destino de la monarquía isabelina.[37]

La llegada de Echavarría y la oportunidad perdida

Mientras tenía lugar la conferencia del puente de los Yegüeros, el mariscal de campo José Ignacio de Echavarría, enviado por el marqués de Novaliches para asumir el mando de la vanguardia isabelina, avanzaba con rapidez desde Montoro hacia el campo de operaciones. Tras atravesar Pedro Abad, Adamuz y Villafranca de Córdoba, recibió noticias cada vez más inquietantes sobre la situación militar y sobre el inesperado despliegue del ejército revolucionario, lo que le hizo acelerar todavía más la marcha para reunirse con el brigadier Mariano de Lacy.[38]

Al llegar a las inmediaciones del antiguo castillo conocido como los Torreones, Echavarría interrogó a varios campesinos que observaban los movimientos de tropas desde aquella altura. Sus respuestas confirmaron sus sospechas: importantes contingentes liberales ocupaban ya las posiciones de la Rinconada, Pendolillas y la carretera de Córdoba a Alcolea, mientras la vanguardia de Lacy permanecía aislada frente a ellas.[39]

Sin detenerse, cruzó el Guadalmellato y alcanzó la mesa del Juagalzar, donde encontró al batallón de Cazadores de Barcelona. Desde allí divisó las posiciones del general Caballero de Rodas, pero no conseguía localizar a Lacy, por lo que comenzó a llamarlo repetidamente a grandes voces. Finalmente el brigadier acudió hasta él después de haber concluido la entrevista mantenida con Serrano.[40]

Lacy explicó detalladamente la delicada situación en la que se encontraba. Informó de que las fuerzas revolucionarias le habían cerrado el paso, dominaban ambos flancos y habían ocupado las alturas por donde avanzaban continuamente nuevos batallones. Añadió que el duque de la Torre le había ofrecido retirarse libremente para evitar un combate entre españoles y que él había prometido comunicar previamente cualquier decisión de abrir fuego. También reconoció que el prolongado contacto entre soldados de ambos ejércitos había debilitado notablemente la moral de sus propias tropas.[41]

Las palabras del brigadier provocaron una profunda impresión entre los oficiales presentes. Entre las filas isabelinas comenzó a extenderse el rumor de una supuesta «traición», hasta el punto de que la expresión fue repetida por numerosos soldados. Echavarría rechazó inmediatamente cualquier posibilidad de capitulación y proclamó públicamente que cumpliría las órdenes del marqués de Novaliches, aunque ello condujera al combate. Recordó que la obediencia militar y el juramento de fidelidad a la Corona le obligaban a combatir cualquiera que fuese el resultado de la jornada.[42]

A juicio de Francisco de Leiva Aguilar, aquel fue el momento decisivo de toda la campaña. El autor considera que Echavarría todavía disponía de una alternativa prudente: consolidar la posición defensiva sobre las alturas de Ribera Alta, esperar la llegada del resto de sus unidades y coordinar un nuevo plan con Novaliches antes de emprender ninguna ofensiva. Sin embargo, el general optó por continuar desplegando sus tropas para presentar batalla de inmediato.[43]

Las fuerzas isabelinas quedaron distribuidas detrás de los barrancos de la Buenagua y de las Loberas. Los batallones de Barcelona, Madrid, Barbastro y Gerona ocuparon sucesivamente el frente, desplegando compañías en guerrilla y manteniendo otras en columnas de combate como reserva. Paralelamente, una compañía fue enviada a asegurar el puente del Guadalmellato, con objeto de proteger la retaguardia y las comunicaciones con el grueso del ejército de Novaliches.[44]

Frente a ellos, el ejército revolucionario ocupaba posiciones mucho más favorables. Los batallones de Segorbe, Tarifa y Simancas dominaban los accesos al arroyo de la Buenagua, mientras la brigada de Alaminos amenazaba el flanco derecho enemigo y la artillería instalada junto al Capricho barría la llanura de Pan Giménez y la carretera de Córdoba. Según Leiva Aguilar, la combinación de aquellas posiciones permitía envolver completamente la vanguardia isabelina si Serrano hubiera ordenado un ataque general.[45]

Antes de comenzar las hostilidades, Echavarría cumplió la palabra dada por Lacy y envió al ayudante González Tablas hasta el cuartel general revolucionario para comunicar oficialmente al duque de la Torre que iba a romper el fuego. Serrano recibió el aviso con visible pesar y, montando inmediatamente a caballo, arengó a sus soldados con un breve discurso en el que lamentó tener que combatir contra otros españoles, aunque afirmó que aceptaba el desafío «por la libertad y por la patria».[46]

Mientras ambas líneas ultimaban sus preparativos, Francisco de Leiva Aguilar transmitió por telégrafo a la Junta Revolucionaria de Córdoba un detallado parte de la conferencia mantenida con Lacy y de la generosa decisión adoptada por Serrano. En él destacaba que el brigadier había confesado su desesperada situación, que el duque de la Torre le había permitido retirarse con todos sus hombres y que, pese a ello, la obstinación del mando isabelino hacía inevitable el enfrentamiento. Apenas terminó de enviarse el telegrama comenzaron a escucharse las primeras descargas de fusilería de la Batalla de Alcolea.[47]

Comienzo de la batalla

Poco después de las tres de la tarde del 28 de septiembre de 1868, la tensión acumulada durante toda la jornada alcanzó su punto culminante en las posiciones del arroyo de la Buenagua. Las vanguardias de ambos ejércitos permanecían frente a frente, separadas por escasa distancia, mientras sus respectivos generales, José Ignacio Echavarría y Caballero de Rodas, aguardaban el momento decisivo para abrir las hostilidades.[48]

En el campamento isabelino, Echavarría recorrió personalmente la línea de guerrillas arengando a sus soldados en defensa de la monarquía de Isabel II. Les pidió serenidad, disciplina y precisión en el fuego, convencido de que podrían impedir el paso de los revolucionarios por el puente de la Buenagua. Frente a él, Caballero de Rodas mantuvo una actitud completamente distinta. Permaneció inmóvil junto a sus posiciones, limitándose a observar al enemigo mientras repetía lacónicamente a sus oficiales que aquel día gastaría muy poca pólvora.[49]

El ambiente que reinaba entre ambos ejércitos era de absoluto silencio. Tras las conversaciones mantenidas durante la mañana y los intentos por evitar el combate, el entusiasmo inicial había dado paso al recogimiento. Los soldados aguardaban con las armas preparadas el instante en que comenzara una batalla que todos intuían decisiva para el futuro de España.[50]

La chispa que estuvo a punto de desencadenar anticipadamente el combate fue el disparo accidental de la carabina de un soldado del batallón de Segorbe. El sobresalto recorrió inmediatamente ambas líneas y durante unos instantes pareció inevitable el comienzo de la batalla. Sin embargo, el capitán de la compañía reprendió públicamente al soldado, ordenando que nadie abriera fuego mientras no existiera una agresión del enemigo. La reprimenda fue escuchada incluso por las tropas isabelinas, evitando que aquel incidente aislado precipitara el enfrentamiento.[51]

La situación cambió definitivamente cuando regresó el ayudante González Tablas con la respuesta enviada al cuartel general revolucionario. Convencido de que cualquier solución pacífica había fracasado, Echavarría ordenó al medio batallón de Cazadores de Barcelona abrir el fuego. La orden fue transmitida por el capitán de Estado Mayor Villalonga y, pocos instantes después, el toque de combate resonó entre las posiciones isabelinas.[52]

El corneta encargado de ejecutar la orden apenas pudo completar los primeros compases. Una descarga procedente de las posiciones revolucionarias le alcanzó mortalmente, convirtiéndose en una de las primeras víctimas del combate. Casi al mismo tiempo, las bandas militares comenzaron a interpretar sus himnos respectivos: la Marcha Real en el ejército isabelino y el Himno de Riego entre las tropas revolucionarias, mientras unos soldados respondían a los gritos de «¡Viva la Reina!» con los de «¡Viva la Libertad!».[53]

Las primeras descargas cerradas dieron paso rápidamente a un intenso fuego de fusilería que se prolongó durante más de media hora. Ninguno de los dos ejércitos cedió terreno en los primeros momentos. Las guerrillas combatían protegidas por los barrancos, los olivares y las ondulaciones del terreno, mientras el número de muertos y heridos aumentaba con rapidez en ambos bandos.[54]

Según Francisco de Leiva Aguilar, la iniciativa correspondió inicialmente a la vanguardia isabelina. Aprovechando la actitud defensiva adoptada por los revolucionarios, las tropas de Echavarría consiguieron mantener la superioridad táctica durante los primeros compases del combate. El autor considera que, de haberse limitado a conservar aquellas posiciones hasta la llegada del grueso del ejército de Novaliches, la batalla habría podido desarrollarse de forma muy distinta. Sin embargo, el ímpetu ofensivo de los mandos isabelinos les llevó a abandonar sus posiciones protegidas e iniciar un ataque a la bayoneta que terminaría modificando el curso del enfrentamiento.[55]

El combate de artillería en la Batalla de Alcolea

El combate de artillería en la Batalla de Alcolea constituyó la segunda gran fase de la Batalla de Alcolea, librada el 28 de septiembre de 1868 entre las tropas revolucionarias dirigidas por Francisco Serrano Domínguez y el ejército isabelino mandado por Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches. El enfrentamiento comenzó una vez que la vanguardia real había iniciado el combate y el grueso del ejército gubernamental avanzó finalmente hacia las posiciones liberales situadas en torno al Puente de Alcolea.[56]

La indecisión de Novaliches

Mientras la vanguardia isabelina combatía ya en los barrancos de la Buenagua y del Juagalzar, el grueso del ejército permanecía detenido entre los cerros de las Cumbres y la llanura de Casa Blanca. A pesar de encontrarse a escasos kilómetros de Alcolea, Novaliches mantuvo durante horas a sus tropas en situación de descanso mientras los ingenieros continuaban construyendo rampas para la artillería, los oficiales levantaban planos topográficos y la administración militar distribuía víveres entre las unidades.[57]

Hacia las dos y media de la tarde el capitán general seguía sin ordenar el avance general. Según Francisco de Leiva Aguilar, aquella demora permitió al ejército revolucionario consolidar definitivamente sus posiciones defensivas y supuso una de las principales causas del fracaso posterior del ejército gubernamental.[58]

El consejo de generales

La situación cambió cuando un ayudante del brigadier Mariano de Lacy informó a Novaliches de la conferencia mantenida con Francisco Serrano Domínguez y de la difícil situación en que había quedado la vanguardia isabelina. El capitán general reunió entonces un consejo de guerra con los generales García de Paredes, Vega e Inclán y Sandoval para decidir si convenía presentar batalla aquella misma tarde.

El general Vega e Inclán defendió aplazar el combate hasta el día siguiente, alegando la proximidad del anochecer, el cansancio de las tropas y los riesgos de una batalla nocturna. Novaliches aceptó inicialmente este criterio y comenzó a dictar órdenes para suspender las operaciones.[59]

La batalla obliga a intervenir

Pocos minutos después llegaron los batidores de caballería comunicando que habían escuchado intensos disparos de fusilería procedentes del entorno del Puente de Alcolea. Aunque en un primer momento Novaliches envió un oficial de Estado Mayor para confirmar la noticia, el humo visible sobre el campo de batalla y el estruendo creciente de las detonaciones confirmaron que la vanguardia combatía ya con fuerzas muy superiores.

El capitán Gamarra informó además de que el general José Ignacio Echavarría había iniciado el combate sin esperar la llegada de todas las unidades de refuerzo previstas. Ante esta situación, Novaliches ordenó finalmente el avance del primer batallón del regimiento del Príncipe para reforzar la brigada de Echavarría, aunque aquella decisión llegaba ya demasiado tarde.[60]

Organización del ejército isabelino

Una vez iniciado el movimiento, el ejército gubernamental se desplegó en la llanura de Casa Blanca. La artillería, formada por treinta y dos piezas bajo el mando del brigadier Camús y del coronel Alcalá, avanzó en primera línea. Tras ella marchaban los batallones de infantería de Rey, Mallorca, Iberia, Málaga, Asturias y Gerona, mientras la caballería protegía ambos flancos de la formación. En retaguardia permanecían las fuerzas de la Guardia Civil y los guardias rurales.[61]

El coronel conde de Girgenti, al frente de los Húsares de Pavía, protagonizó un avance especialmente audaz hacia las posiciones revolucionarias, aproximándose hasta las inmediaciones del cortijo de Pan Giménez. Desde las baterías situadas en la cuesta del Capricho, el general José López Domínguez respondió inmediatamente con varios disparos de artillería, iniciándose el duelo entre ambos ejércitos.[62]

El duelo de artillería

Poco antes de las cinco de la tarde comenzó el verdadero combate de artillería. Las baterías isabelinas, equipadas en parte con modernos cañones Krupp, iniciaron un intenso bombardeo contra las posiciones revolucionarias del Puente de Alcolea, la cuesta del Capricho y la ermita de los Ángeles.

Las baterías liberales, aunque inferiores en número y calidad, aprovechaban la ventaja que les proporcionaba el terreno elevado desde el que disparaban. Según Leiva Aguilar, aquella situación permitió obtener una notable superioridad táctica sobre la artillería gubernamental, causando numerosas bajas y obligando incluso a retroceder algunas piezas que trataban de ocupar la carretera vieja hacia la Dehesilla de León.[63]

Uno de los proyectiles revolucionarios incendió el cortijo de Pan Giménez, donde se refugiaban algunas unidades isabelinas. El edificio quedó envuelto rápidamente en llamas, convirtiéndose en uno de los símbolos visuales del combate y obligando a abandonar aquella posición.[64]

El avance hacia Alcolea

Pese a las pérdidas sufridas, Novaliches ordenó continuar el avance hacia el Puente de Alcolea. La artillería intensificó sus disparos mientras la infantería progresaba lentamente por la carretera general. Sin embargo, cuando el grueso del ejército llegó a las proximidades de Pan Giménez, la vanguardia de Echavarría había sido ya rechazada y se retiraba hacia el arroyo de los Yegüeros.

Francisco de Leiva considera que el capitán general no llegó a comprender en ningún momento la verdadera situación de su ala derecha. A pesar de que la retirada de sus tropas resultaba claramente visible desde la llanura, continuó dirigiendo el esfuerzo principal contra el puente de Alcolea, desaprovechando nuevas oportunidades para reorganizar el combate y modificar su plan de operaciones.[65]

El asalto nocturno al Puente de Alcolea

Al caer la tarde el fuego de artillería fue disminuyendo progresivamente debido al agotamiento de las municiones de ambos contendientes. Desde las posiciones revolucionarias se interpretó inicialmente que el ejército isabelino aprovecharía la noche para reorganizar sus fuerzas, fortificar sus posiciones en la Dehesilla de León y reanudar el combate al amanecer.[66]

Sin embargo, varios observadores liberales detectaron movimientos de tropas en dirección a la Dehesilla de León y al puente de la Calahorra. Serrano ordenó reforzar inmediatamente la vigilancia sobre los distintos pasos del Guadalquivir y dispuso una nueva reorganización de sus líneas defensivas. El general Izquierdo concentró nuevas fuerzas en el Puente de Alcolea, situando en primera línea compañías de cazadores del regimiento de Simancas, carabineros procedentes de Cádiz y varias piezas de artillería destinadas a batir tanto el puente de piedra como el puente ferroviario. Otras unidades ocuparon las Hazas de la Virgen, mientras las reservas permanecían desplegadas junto al paso a nivel del ferrocarril y en torno al Capricho de Alcolea.[67]

Las medidas adoptadas permitían establecer un eficaz sistema de fuegos cruzados sobre cualquier fuerza que consiguiera franquear el puente. Además, se reforzó la vigilancia de los vados del Guadalquivir y se comunicó a la Junta Revolucionaria de Córdoba la conveniencia de mantener preparados los accesos a la ciudad ante un posible movimiento envolvente del ejército gubernamental.[68]

Poco después cesaron completamente los disparos y el campo de batalla quedó sumido en un profundo silencio. Al anochecer, ambos ejércitos permanecían separados únicamente por el cauce del Guadalquivir. Mientras las tropas descansaban tras varias horas de combate, la luna iluminaba un escenario cubierto de cadáveres, heridos y edificios todavía incendiados, especialmente el cortijo de Pan Giménez, alcanzado durante el duelo de artillería.[69]

Hacia las siete de la tarde el silencio fue interrumpido por vítores procedentes del ejército isabelino. Acompañadas por bandas militares, varias columnas avanzaban lentamente hacia el Puente de Alcolea y el puente del ferrocarril lanzando vivas a la reina, a la libertad y al propio Serrano. Algunos oficiales liberales interpretaron inicialmente aquellos gritos como el anuncio de una posible fraternización entre ambos ejércitos, posibilidad que el propio Serrano llegó a considerar durante unos momentos. Francisco de Leiva Aguilar, sin embargo, manifestó desde el primer instante sus sospechas de que podía tratarse de una maniobra destinada a aproximarse sin despertar la alarma de los defensores.[70]

La sospecha resultó acertada. Cuando las columnas isabelinas alcanzaron las inmediaciones del puente cesaron súbitamente los vítores y las músicas militares. Instantes después, el capitán José Pérez de Mesa arengó a sus hombres con el grito de «¡Vamos a dormir a Córdoba! ¡Viva la reina!», iniciándose inmediatamente el asalto contra las posiciones revolucionarias. Las fuerzas liberales respondieron con una intensa descarga de fusilería y el combate volvió a generalizarse sobre ambos puentes, transformándose en uno de los episodios más violentos de toda la batalla.[71]

La noche posterior al combate

Concluidos los combates de la tarde del 28 de septiembre de 1868, el ejército revolucionario permaneció dueño del Puente de Alcolea, aunque sus mandos desconocían la verdadera situación del ejército isabelino. La oscuridad, el agotamiento de las tropas y la dispersión de numerosos combatientes impidieron conocer con precisión el resultado de la jornada. Pese a ello, desde el campamento se enviaron diversos telegramas a Córdoba anunciando que el enemigo se había retirado y transmitiendo confianza en una victoria definitiva de las fuerzas liberales.[72]

Durante toda la noche los voluntarios de Córdoba, junto con los servicios sanitarios dirigidos por los doctores José Camerino y Juan López Ochoa, recorrieron el campo de batalla recogiendo heridos de ambos ejércitos. Los lesionados eran trasladados a la estación ferroviaria de Alcolea y a la casa del Capricho, donde se improvisaron hospitales de sangre antes de ser evacuados en tren hacia los hospitales de la capital.[73]

La estación del ferrocarril se convirtió en el principal centro logístico del ejército revolucionario. Allí se concentraron las labores de asistencia sanitaria, el desembarco de nuevas piezas de artillería, la recepción de municiones y el funcionamiento ininterrumpido del telégrafo militar, desde donde se solicitaron refuerzos, víveres y material sanitario a Córdoba, Sevilla y otras provincias andaluzas. La evacuación de heridos se vio dificultada por la prioridad concedida al transporte de artillería y abastecimientos destinados a un posible reinicio del combate al amanecer.[74]

Mientras tanto, el mando revolucionario continuaba creyendo que el ejército de Manuel Pavía y del marqués de Novaliches preparaba un nuevo ataque. El brigadier Servert avanzó algunas fuerzas hasta la llanura de Pan Giménez para observar los movimientos enemigos, aunque posteriormente el general Izquierdo ordenó replegar dichas posiciones y reforzar nuevamente la defensa del Puente de Alcolea. También se levantaron nuevos parapetos y se reorganizaron las líneas defensivas ante la posibilidad de un ataque nocturno o al amanecer.[75]

La llegada de un cadete desertor procedente del ejército isabelino reforzó la impresión de que Novaliches preparaba un nuevo intento ofensivo. Según sus informaciones, las tropas gubernamentales habían sufrido numerosas bajas y esperaban reorganizarse para reanudar el combate con refuerzos. Ante esta posibilidad, Serrano ordenó ocupar nuevas posiciones dominantes, instalar las veinte piezas de artillería llegadas desde Sevilla y solicitar el envío urgente de más tropas desde las restantes provincias andaluzas.[76]

La escasez de alimentos y agua constituyó otro de los principales problemas durante la noche. Desde Córdoba se enviaron obreros, animales de carga, víveres, tabaco y bebidas para abastecer al ejército, mientras continuaban los trabajos de fortificación y el traslado de municiones. Paralelamente se organizaron nuevos trenes para evacuar a los heridos y se preparó la artillería con vistas a una segunda jornada de combate.[77]

Al amanecer del 29 de septiembre de 1868, el ejército revolucionario ocupaba una posición mucho más sólida que el día anterior. Durante la noche habían llegado numerosos refuerzos, se habían instalado nuevas baterías de artillería en torno a Valenzoneja y tras la estación del ferrocarril, y las posiciones defensivas habían sido reforzadas con abundantes municiones y provisiones. Todo hacía prever que la batalla se reanudaría en pocas horas.[78]

Sin embargo, conforme la niebla fue disipándose, los observadores comprobaron con sorpresa que el ejército isabelino había abandonado completamente sus posiciones frente a Alcolea. La ausencia de tropas enemigas dio lugar a diversas hipótesis entre los mandos revolucionarios, que desconocían si se trataba de una retirada estratégica o de una maniobra destinada a envolver sus posiciones. Ante esta incertidumbre se enviaron patrullas de reconocimiento hacia la campiña y la sierra, al tiempo que nuevas fuerzas recorrían la margen del Guadalquivir en dirección a Córdoba para comprobar el alcance de la retirada.[79]


Córdoba durante la batalla

Mientras se desarrollaban los combates de la Batalla de Alcolea, la ciudad de Córdoba permaneció en estado de máxima alerta. Tras la salida del grueso del ejército revolucionario hacia Alcolea, las autoridades organizaron un amplio dispositivo defensivo para garantizar el orden público y prevenir un posible avance de las tropas isabelinas sobre la capital.[80]

Los Voluntarios de la Libertad ocuparon los principales edificios públicos, entre ellos el Castillo de la Calahorra, la Diputación Provincial, las Casas Capitulares, la Tesorería y la Cárcel Pública, además de custodiar la estación del ferrocarril y los accesos a la ciudad. También fueron vigilados los vados del Guadalquivir y los caminos de entrada, mientras varios centenares de voluntarios se desplegaban en los cerros de los Barreros para proteger la margen izquierda del río.[81]

Llegada de los heridos

Las primeras noticias procedentes del campo de batalla llegaron mediante telegramas enviados desde Alcolea solicitando con urgencia médicos, cirujanos y trenes para evacuar a los heridos. La noticia causó una profunda conmoción entre la población cordobesa, que acudió masivamente a la estación ferroviaria para colaborar en las tareas de auxilio.[82]

A lo largo de la tarde y la noche comenzaron a llegar sucesivos convoyes ferroviarios cargados de heridos procedentes del frente. Numerosos vecinos participaron espontáneamente en su traslado hacia hospitales y domicilios particulares, mientras prácticamente la totalidad del cuerpo médico de la ciudad se incorporaba a las labores de asistencia sanitaria.[83]

La movilización ciudadana afectó a todos los sectores sociales. Carruajes particulares fueron puestos al servicio del transporte sanitario y numerosos vecinos ofrecieron alojamiento, alimentos, ropa de cama, medicamentos y otros recursos para atender tanto a soldados revolucionarios como a militares del ejército isabelino.[84]

Organización de los hospitales de sangre

Ante el elevado número de bajas, las autoridades revolucionarias improvisaron diversos hospitales de sangre distribuidos por la ciudad. Entre ellos destacaron los instalados en el Hospital de Agudos, el antiguo convento de los Padres de Gracia, el Hospicio y el Instituto Provincial, cada uno de ellos dotado de equipos médicos y practicantes específicos.[85]

El Asilo de Madre de Dios y San Rafael, fundado por Agustín Moreno, preparó igualmente sus instalaciones y puso a disposición de las autoridades sus dependencias, camillas y cocinas para atender tanto a los heridos como a las fuerzas encargadas de la defensa de la ciudad.[86]

En pocas horas llegaron a Córdoba más de 1.800 personas entre muertos, heridos, contusos y soldados dispersos procedentes del campo de batalla, circunstancia que obligó a improvisar numerosos centros asistenciales y alojamientos particulares para atender la emergencia.[87]

Participación de la población civil

Diario de Córdoba. 30 de septiembre de 1868

La asistencia a los heridos constituyó uno de los episodios de mayor movilización ciudadana registrados en Córdoba durante el siglo XIX. Numerosos vecinos, independientemente de su posición social o ideología política, participaron en las tareas de transporte, alimentación y cuidado de los combatientes heridos de ambos ejércitos.[88]

30 de septiembre de 1868

Las mujeres desempeñaron un papel especialmente destacado. Vecinas de distintos barrios de la ciudad organizaron espontáneamente la distribución de alimentos, agua, vino, ropa de cama y material sanitario, colaborando además en la atención directa a los heridos y en muchos casos asistiendo a los moribundos durante sus últimas horas.[89]

Entre las personas citadas por las fuentes destacó la duquesa Colonna de Castiglione, que visitó personalmente hospitales y enfermerías, prestando ayuda económica y asistencia a numerosos heridos. También fueron mencionadas la condesa de Bark y diversas vecinas cordobesas, como Antonia Martínez y Damiana Moreno, que acudieron incluso al propio campo de batalla para auxiliar a los combatientes.[90]

Incidentes y defensa de la ciudad

La llegada de prisioneros pertenecientes al ejército isabelino originó algunos momentos de tensión cuando varios oficiales realizaron manifestaciones favorables a Isabel II. La intervención del conde de Hornachuelos evitó enfrentamientos entre la población y los militares prisioneros, que finalmente fueron alojados y atendidos bajo protección de las autoridades revolucionarias.[91]

Al mismo tiempo continuaron reforzándose las defensas urbanas. Se fortificaron los accesos del Puente Romano, se excavaron fosos y se levantaron parapetos con carros y tablones para impedir un eventual avance del ejército gubernamental sobre la ciudad.[92]

Durante estos preparativos falleció accidentalmente el coronel Manuel Anguila y Calvo al caer de su caballo mientras inspeccionaba las fortificaciones de la Puerta del Puente.[93]

Balance

La organización sanitaria y la movilización popular permitieron atender a centenares de heridos durante las horas posteriores a la batalla. Además de Córdoba, localidades próximas como Villafranca de Córdoba, Pedro Abad, El Carpio, Montoro y Villa del Río colaboraron igualmente en la acogida y asistencia de los combatientes evacuados desde Alcolea.[94]

Las autoridades municipales dispusieron igualmente la sepultura de los fallecidos, diferenciando los enterramientos de oficiales, suboficiales y tropa, cuyos gastos fueron sufragados con fondos públicos. Según el relato de Leiva Aguilar, fallecieron cincuenta y ocho heridos en Córdoba y catorce más en Villafranca de Córdoba como consecuencia de las heridas sufridas durante la batalla.[95]

Retirada del ejército isabelino

Tras el fracaso de los ataques contra las posiciones revolucionarias en Alcolea, el ejército isabelino inició su retirada hacia El Carpio y posteriormente hacia Montoro. El repliegue se produjo durante la noche del 28 de septiembre de 1868, una vez que el marqués de Novaliches resultó gravemente herido y cedió el mando al general García de Paredes.[96]

Durante la retirada se registraron diversos incidentes logísticos. Una caja de municiones explotó junto al paso a nivel de El Carpio, causando nuevas bajas entre la artillería isabelina. Las tropas continuaron su marcha en dirección a Montoro, mientras numerosas unidades permanecían dispersas tras los combates.[97]

La retirada de la vanguardia de Echavarría

La vanguardia mandada por el general Echavarría permaneció durante la noche en el cortijo de Ribera Alta, donde se concentraron numerosos heridos procedentes del combate. Las condiciones sanitarias eran muy precarias y los heridos fueron atendidos provisionalmente antes de ser trasladados a Villafranca de Córdoba.[98]

Ante la falta de comunicaciones, varios ayudantes enviados a localizar al cuartel general isabelino se extraviaron durante la noche al intentar cruzar el Guadalquivir. Gracias a la intervención del guarda Guillermo Mor, que conocía los vados del río, pudieron localizar el paso y transmitir finalmente la orden general de retirada hacia El Carpio.[99]

Al amanecer del 29 de septiembre de 1868, Echavarría ordenó recoger a los heridos que permanecían sobre el terreno mediante una bandera blanca, mientras esperaba refuerzos y nuevas instrucciones. Finalmente recibió la orden de abandonar las posiciones y reunirse con el resto del ejército en retirada.[100]

Confirmación de la victoria revolucionaria

Durante la mañana siguiente varios vecinos de la comarca informaron a los mandos revolucionarios sobre el repliegue del ejército isabelino. Entre ellos destacó Pedro Aguilar Pozuelo, natural de Pedro Abad, quien comunicó que las tropas gubernamentales se retiraban hacia Montoro después de haber sufrido importantes pérdidas y de que los generales Novaliches y Sartorius hubieran resultado heridos.[101]

Estas noticias fueron posteriormente confirmadas por los reconocimientos efectuados por la caballería revolucionaria y por los parlamentarios enviados desde el campo enemigo para recoger a sus heridos, quedando acreditada la retirada del ejército isabelino.[102]

El campo de batalla

Tras cesar los combates, los mandos revolucionarios recorrieron el campo de batalla de Alcolea, donde permanecían numerosos muertos y heridos de ambos ejércitos. Las labores prioritarias consistieron en extinguir pequeños incendios, rescatar a los supervivientes y organizar el traslado de los heridos hacia Córdoba y las poblaciones próximas.[103]

Los combates habían afectado especialmente a la zona del puente de Alcolea, la ribera del Guadalquivir y las alturas situadas en torno al arroyo de Buenagua, las Loberas y las canteras de Espinosa, donde quedaron numerosos cadáveres y restos del material empleado durante la batalla.[104]

Las fuentes contemporáneas denunciaron igualmente el expolio sufrido por numerosos cadáveres, a los que fueron sustraídas pertenencias personales, dinero y parte de sus uniformes antes de procederse a su enterramiento.[105]

Consecuencias militares

La retirada del ejército isabelino, las graves heridas sufridas por el marqués de Novaliches y por el general Sartorius, así como la pérdida de la iniciativa militar, consolidaron el triunfo de las fuerzas revolucionarias en Alcolea. Durante la mañana del 29 de septiembre de 1868 la Junta Revolucionaria de Córdoba comunicó oficialmente la victoria mediante un despacho telegráfico en el que anunciaba la retirada del ejército gubernamental y la derrota del régimen isabelino.[106]

La noticia de la derrota de Alcolea

Durante la madrugada del 29 de septiembre de 1868 llegaron a Madrid los telegramas enviados desde El Carpio por el marqués de Novaliches y por el general García de Paredes comunicando el fracaso del ataque contra las posiciones revolucionarias en Alcolea y la retirada del ejército isabelino.[107]

El ministro de la Guerra, José Gutiérrez de la Concha, marqués de La Habana, trasladó inmediatamente la gravedad de la situación a la corte de San Sebastián, donde se encontraba Isabel II, informando de la derrota, de la retirada hacia El Carpio y de la extensión del movimiento revolucionario por distintas provincias.[108]

El Consejo de Guerra

Tras recibir los primeros telegramas, el Gobierno reunió de urgencia un Consejo de Guerra con varios capitanes generales y altos mandos militares para estudiar la situación del país y las posibilidades de continuar la resistencia.[109]

Según las memorias del propio ministro de la Guerra, la mayoría de los asistentes consideró inviable mantener la defensa del régimen isabelino. Los generales coincidieron en que el ejército debía limitarse a preservar el orden público mientras se buscaba una solución política que evitara una guerra civil de mayores proporciones.[110]

Comunicaciones con el ejército de Andalucía

Antes de adoptar una decisión definitiva, el ministro de la Guerra mantuvo durante la mañana del 29 de septiembre una extensa comunicación telegráfica con el Estado Mayor del ejército de Andalucía para conocer el estado de las tropas tras la derrota de Alcolea.[111]

En dicha conversación se solicitó información sobre la moral de las tropas, las pérdidas sufridas, la artillería disponible, la capacidad de continuar la campaña y la posibilidad de trasladar unidades a Madrid para mantener el orden. Las respuestas indicaban que, aunque militarmente el ejército conservaba capacidad operativa, la evolución política hacía muy difícil prolongar la resistencia.[112]

Como consecuencia, el ministro ordenó iniciar la retirada ferroviaria del ejército hacia Madrid, utilizando el ferrocarril y destruyendo posteriormente las vías para dificultar un eventual avance revolucionario.[113]

Las juntas revolucionarias

Mientras el Gobierno debatía su actuación, las distintas juntas revolucionarias madrileñas comenzaron a coordinarse tras conocer la victoria obtenida por las fuerzas del general Serrano en Alcolea.[114]

Especial protagonismo adquirió la denominada Junta de la calle de las Rejas, que difundió un boletín revolucionario defendiendo la expulsión definitiva de la dinastía borbónica y la convocatoria de la soberanía nacional para decidir el nuevo régimen político español.[115]

Paralelamente, representantes de las distintas tendencias revolucionarias mantuvieron contactos con las autoridades militares madrileñas para garantizar una transición pacífica del poder y evitar enfrentamientos armados en la capital.[116]

La caída del poder isabelino

A medida que se difundía la noticia de la derrota de Novaliches, el poder efectivo del Gobierno fue desapareciendo en Madrid. El marqués de La Habana presentó su dimisión y anunció su propósito de trasladarse a San Sebastián para informar personalmente a la reina de la situación.[117]

Las autoridades revolucionarias difundieron proclamas dirigidas tanto al pueblo como al ejército, solicitando mantener el orden público, evitar actos de violencia y favorecer la fraternización entre los militares y la población civil.[118]

Durante la jornada, efectivos de la Milicia Nacional y numerosos ciudadanos armados ocuparon diversos edificios públicos de la capital, mientras el Ministerio de la Gobernación pasó a estar bajo control revolucionario.[119]

Constitución de la Junta Revolucionaria de Madrid

Las distintas juntas existentes acordaron fusionarse en una única Junta Revolucionaria de Madrid, integrada por representantes de los sectores progresistas, demócratas y unionistas que habían participado en el movimiento revolucionario.[120]

La nueva Junta organizó inmediatamente la administración municipal, nombró alcaldes de barrio, creó patrullas de seguridad, reorganizó la Milicia Nacional y comunicó oficialmente a las provincias que el ejército había fraternizado con la revolución y que el régimen de Isabel II había dejado de existir de hecho.[121]

Repercusiones para el ejército isabelino

Mientras tanto, en El Carpio, el general García de Paredes preparaba el repliegue del ejército hacia Madrid siguiendo las órdenes recibidas del Ministerio de la Guerra. Sin embargo, cuando la retirada ya estaba organizada recibió un nuevo telegrama comunicándole que debía permitir el paso libre a las fuerzas del general Serrano y que el ministro había dimitido.[122]

La contraorden obligó a suspender las medidas defensivas adoptadas horas antes, recomponer las líneas férreas y continuar la retirada sin ofrecer resistencia al avance del ejército revolucionario.[123]

Consecuencias

La derrota del ejército isabelino en la batalla de Alcolea provocó el derrumbe casi inmediato del poder político de Isabel II en Madrid. En pocas horas el Gobierno quedó desarticulado, el ejército dejó de sostener activamente al régimen, las juntas revolucionarias asumieron el control de la capital y se preparó la llegada de los generales Serrano y Prim para hacerse cargo del nuevo poder político.[124]

El campamento de Alcolea tras la batalla

Mientras en Madrid se producía el derrumbe del régimen isabelino, en el campamento revolucionario de Alcolea las primeras tareas se centraron en reparar las vías férreas y telegráficas destruidas durante el combate, recoger a los numerosos heridos y dar sepultura a los muertos dispersos por el campo de batalla. En estas labores participaron empleados del ferrocarril, telegrafistas, voluntarios cordobeses y soldados de ambos ejércitos.[125]

La administración militar tardó en abastecer a las tropas vencedoras, circunstancia que obligó a representantes de la Junta Revolucionaria de Córdoba a organizar por iniciativa propia el reparto de pan, carne, tocino y vino entre los voluntarios, especialmente los batallones procedentes de Madrid, Barcelona y Barbastro, que llevaban muchas horas sin recibir alimento.[126]

Felicitación de la Junta Revolucionaria

En la mañana del 29 de septiembre de 1868 la Junta Revolucionaria de Córdoba acudió al cuartel general instalado en la casa del Capricho para felicitar personalmente al general Francisco Serrano Domínguez por la victoria conseguida en Alcolea. Durante el encuentro, el Duque de la Torre destacó públicamente la actuación del delegado cordobés Francisco de Leiva y Muñoz, resaltando su presencia en los puntos de mayor peligro durante el combate y los servicios prestados tanto a los heridos como al mando del ejército revolucionario.[127]

La Junta dirigió posteriormente un oficio de agradecimiento en el que reconocía la actuación de su representante durante el levantamiento revolucionario del 20 de septiembre y en la Batalla de Alcolea, así como los servicios prestados en favor de la causa revolucionaria.[128]

La Orden General del 29 de septiembre

Ese mismo día, Francisco Serrano Domínguez publicó una Orden General dirigida al ejército vencedor en la que agradecía el comportamiento de las tropas durante la batalla y anunciaba diversas recompensas militares.[129]

Entre las medidas aprobadas figuraban ascensos para generales, jefes y oficiales, promociones para suboficiales y cadetes, reducciones del tiempo de servicio para la tropa, licencias para los heridos y la concesión de cruces y otras distinciones militares a quienes se hubieran señalado durante el combate.[130]

Visitas al campo de batalla

Durante la jornada del 29 de septiembre numerosos vecinos de Córdoba acudieron a Alcolea para conocer el escenario de la batalla. La afluencia de visitantes fue tan elevada que el mando militar hubo de limitar el acceso a determinadas zonas mientras continuaban las labores de enterramiento y evacuación de heridos.[131]

Entre las personas que visitaron el campamento figuraron representantes de distintas juntas revolucionarias, políticos, periodistas y diversas personalidades, entre ellas la duquesa de Castiglioni y la condesa de Bark, que expresaron públicamente su apoyo al ejército revolucionario.[132]

También acudió José Pérez del Álamo, llamado por Serrano para colaborar en el reconocimiento de los montes próximos al campo de batalla y en la búsqueda de heridos y cadáveres que todavía permanecían sin localizar.[133]

El regreso a Córdoba

Durante la tarde del 29 de septiembre de 1868, Francisco Serrano Domínguez emprendió el regreso a Córdoba acompañado por su Estado Mayor y escoltado por unidades de caballería del ejército revolucionario.[134]

A lo largo del recorrido mantuvo diversas conversaciones sobre la situación política creada tras la victoria de Alcolea, analizando el futuro del movimiento revolucionario, el papel de las juntas revolucionarias y las posibles soluciones institucionales que podrían adoptarse una vez desaparecido el régimen de Isabel II.[135]

Entrada triunfal en Córdoba

La entrada del ejército vencedor en Córdoba se convirtió en una multitudinaria manifestación popular. Miles de personas salieron al encuentro del general Serrano y de las tropas revolucionarias, vitoreando al ejército, a la libertad y a los protagonistas de la victoria obtenida el día anterior en Alcolea.[136]

La Junta Revolucionaria de Córdoba recibió oficialmente al general en las inmediaciones de la ciudad. Poco después se incorporaron al cortejo el gobernador civil, conde de Hornachuelos, y el alcalde popular, conde del Robledo, acompañando al ejército hasta la residencia del conde de Gavia, donde Serrano estableció provisionalmente su cuartel general.[137]

La entrada en Córdoba simbolizó la consolidación del triunfo revolucionario en Andalucía y marcó el inicio de una nueva etapa política tras la victoria obtenida en la Batalla de Alcolea.[138]

Véase también

La Batalla de Alcolea según Ricardo de Montis

Córdoba, la ciudad que parece dormida sobre los laureles de sus pasadas glorias, al llegar el mes de Septiembre del año 1868 despierta de su profundo letargo, adquiere nueva vida; á la calma, á la tranquilidad que constituyen su sello característico suceden una animación extraordinaria, un inusitado movimiento, precursores, sin duda, de sucesos memorables.

En el paseo de la Ribera, en el Patio de los Naranjos, en el Triunfo, en los jardines de la Agricultura, fórmanse grupos que hablan en voz baja, misteriosamente, y comentan las últimas noticias.

Por la noche no es estraño ver á algunas personas congregadas bajo la luz mortecina de uno de aquellos viejos faroles triangulares alimentados con petróleo, que leen, tomando toda clase de precauciones para no ser sorprendidas, un periódico denunciado ó una carta con nuevas interesantes.

¿Qué ocurre, qué motiva esta súbita é inesperada transformación de nuestro pueblo? Es que el cielo de la política, preñado de oscuros nubarrones, amenaza con una tempestad espantosa; es que se está elaborando una revolución.

Por eso en cualquier plaza, en cualquier lugar espacioso, donde acostumbra á reunirse la gente, un orador popular improvisa una tribuna y desde ella hace la apología de sus ideales y excita al pueblo para que le ayude, con la confianza de que el triunfo ha de proporcionarle la verdadera felicidad.

Entre estos oradores populares se distingue por su fogosidad, por su entusiasmo y sobre todo por la resistencia de sus pulmones, puesto que hay día en que pronuncia cuatro y cinco discursos, el republicano don Francisco de Leiva Muñoz, hombre de figura atlética, de voz estentórea, que se multiplica, que está en todas partes, que no descansa un momento y que como premio á sus trabajos, sólo consigue que, enmedio de una de sus peroraciones, le interrumpa un negro gritando: ¡no queremos oir a osté!

Don Ángel de Torres, don Francisco Morillo, don Manuel Luna, don Francisco de Portocarrero, don Rafael Barroso, don Francisco de Leiva, don Santiago Barba y don Rafael Gorrindo, personalidades que forman la Junta revolucionaria, son los hombres del día y á ellos acude todo el mundo en demanda de noticias y antecedentes.

Empiezan á llegar las tropas liberales y el vecindario las recibe con cariño profundo; como un padre recibe á sus hijos. Les facilita cómodos alojamientos; las colma de atenciones; las mujeres no cesan de confeccionar, para regalarlos á los soldados, los lazos rojos que han de servirles de distintivo á fin de que no se les confundan con las huestes enemigas, las cuales los ostentarán negros.

Las familias aristocráticas se disputan el honor de albergar á jefes y oficiales.

La población semeja un gran campamento.

Una mañana estraños vítores atruenan el espacio y se confunden con el correr de los caballos y la gritería de la multitud; ¿qué sucede? Que un bandolero famoso, Pacheco, acompañado de sus camaradas y amigos, quienes le dan vivas aplicándole el calificativo de general, se dirije al palacio de los Duques de Hornachuelos para pedir al Duque de la Torre el indulto y ofrecerse, en cambio, á pelear en el sitio de más peligro.

Y el bullicio, y la espectación, y las carreras, y hasta los sustos que ocasiona la presencia en las calles del bandido, se repiten y son mayores cuando al volver Pacheco por el ansiado indulto, en virtud de ordenes del general Caballero de Rodas, una certera bala de un soldado le hace caer exánime de la cabalgadura, en medio de la plaza de la Trinidad.

Llegan los días 28 y 29, días de la memorable batalla, y un ambiente de tristeza infinita se estiende por la ciudad; hay verdadera ansia por saber el resultado de la lucha, lucha terrible, espantosa, que en unas cuantas horas arrebata la vida á. muchos hombres y siembra el luto en multitud de hogares.

Recíbense los primeros telegramas que los indivíduos de la Junta revolucionaria leen en público; después los periódicos publican extraordinarios, ampliando las noticias transmitidas por el telégrafo y hombres y mujeres materialmente se los quitan de las manos á los vendedores y devoran la lectura de aquellas hojas, reflejándose en unos rostros la alegría y en otros la desilusión y la pena.

De pronto corre como reguero de pólvora el anuncio de la llegada de los primeros heridos y el vecindario en masa se apresta á recibirles, á cuidarles con desvelos de madre y dulzuras de novia, dando el espectáculo más hermoso que registra la historia de nuestra población.

Desde entonces Córdoba tenía conquistado el título de Muy hospitalaria, que recientemente se le ha concedido, merced á las gestiones de don José Osuna Pineda.

En los andenes de la estación apíñase una abigarrada multitud compuesta de elementos de todas las clases sociales, que se apodera de los valientes soldados víctimas de su deber, y en carruajes, en sillas, en escaleras, en los brazos; los conducen á sus casas para restañarles las heridas, más que con los medicamentos que aconseja la ciencia con el inapreciable bálsamo del cariño.

Las hijas de los barrios de Santa Marina y San Lorenzo sobresalen en esta humanitaria y hermosa misión y como verdaderos ángeles de la caridad descuellan dos extranjeras, la hermosísima Duquesa de Castiglioni y la ilustre Condesa de Bark, que realizan actos de abnegación, dignos de ser consignados en páginas inmortales.

Y siguen llegando trenes con los heridos y á la vez que las casas particulares se llenan de víctimas los hospitales de sangre instalados en el de Agudos, en el Hospicio, en el convento de los Padres de Gracia, en el Instituto de segunda enseñanza, en el Círculo de la Amistad, y los médicos se multiplican para acudir, con prontitud, donde quiera que reclaman sus servicios.

Los pobres mártires de su deber sufren con valor, con resignación, algunos hasta con júbilo, las curas más cruentas, porque saben que han caído bajo el plomo enemigo en el cumplimiento de su misión, aunque respecto á ella sea la ignorancia de muchos tal que más de cuatro de los que pelearon contra Isabel II, dicen á sus patronas con acento de convicción: ¡Qué fatigas hemos pasado, menester es que nos las recompense la Reina!

Al mismo tiempo que se desarrollan en la capital estas escenas, centenares de hombres del pueblo marchan á Alcolea para, ejercer otra obra no menos digna de alabanza: la de enterrar los cadáveres.

Pasadas las primeras impresiones, el pueblo vuelve á recobrar su alegría; sigue formando corrillos para comentar el resultado de la lucha y sus consecuencias; los ciegos, al compás de sus guitarras, entonan coplas referentes á la guerra y venden romances con los principales episodios de la terrible jornada, y en la boca de los mozos óyese á cada paso este cantar con honores de sátira:

"¿Qué es aquello que reluce
en lo alto de aquel cerro?
La quijá de Novaliches
que se está comiendo un perro".

Hoy de tal epopeya, que hizo estremecer los cimientos de Córdoba, sólo quedan unas cuantas páginas brillantes en el libro de nuestra Historia inmortal, una bien escrita obra de don Francisco de Leiva, un sencillo mausoleo erigido á las víctimas de la batalla junto al puente donde se libró, un recuerdo en la memoria de los ancianos y en algunas casas antiguas de nuestra ciudad, donde todavía no han entrado las conquistas del Progreso, un pesado quinqué de petróleo hecho con una bala de cañón de las encontradas en el campo de Alcolea.

Referencias

  1. Francisco de Leiva Aguilar, La Revolución de Septiembre en la provincia de Córdoba, 1870. Consultado el DÍA DE HOY.
  2. Francisco de Leiva Aguilar, La Revolución de Septiembre en la provincia de Córdoba, 1870. Consultado el DÍA DE HOY.
  3. Francisco de Leiva Aguilar, La Revolución de Septiembre en la provincia de Córdoba, 1870. Consultado el DÍA DE HOY.
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  5. Francisco de Leiva Aguilar, La Revolución de Septiembre en la provincia de Córdoba, 1870. Consultado el DÍA DE HOY.
  6. Francisco de Leiva Aguilar, La Revolución de Septiembre en la provincia de Córdoba, 1870. Consultado el DÍA DE HOY.
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Sumario