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Diferencia entre revisiones de «Córdoba en la guerra de las Alpujarras»

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Córdoba en la guerra de las Alpujarras comprende la movilización militar, económica y logística realizada por la ciudad y los pueblos de su reino durante la rebelión morisca desarrollada entre 1568 y 1571. Córdoba aportó compañías de infantería y caballería, armas, animales de carga, víveres, herramientas, calzado y recursos económicos para el ejército real que combatía en el reino de Granada.

La ciudad actuó también como lugar de paso, alojamiento y distribución de numerosos moriscos expulsados de Granada. Desde 1569 llegaron a Córdoba grupos de hombres, mujeres y niños, algunos cautivos y otros desplazados por orden de la Corona. Una parte fue enviada posteriormente hacia Castilla, Extremadura y Galicia, mientras que otros consiguieron autorización para permanecer avecindados en Córdoba.

La guerra afectó a la actividad económica, al transporte y a la vida cotidiana de la capital y de las poblaciones cordobesas. Las continuas levas de soldados, las requisas de caballerías y productos y la obligación de abastecer a los ejércitos provocaron escasez de animales de carga, dificultades para el comercio y una creciente presión sobre los vecinos.[1]

Antecedentes

La rebelión comenzó en el reino de Granada a finales de 1568, después de la promulgación de la Pragmática Sanción de 1567, que restringía determinadas costumbres, formas de vestir, celebraciones y prácticas culturales de la población morisca.

La extensión del levantamiento obligó a la Corona a movilizar tropas procedentes de diferentes ciudades de Andalucía y de Castilla. La proximidad de Córdoba al escenario de la guerra y su capacidad para reunir hombres, caballos, víveres y materiales hicieron que la ciudad se convirtiera en uno de los principales territorios de apoyo al ejército real.

El corregidor de Córdoba, Francisco Zapata de Cisneros, dirigió buena parte de la movilización. En ella participaron los veinticuatros, jurados, caballeros de premia, autoridades eclesiásticas y numerosos vecinos de Córdoba y de los pueblos de su reino.

Movilización de las primeras tropas

Enero de 1569

El 2 de enero de 1569, el corregidor Francisco Zapata de Cisneros ordenó que los caballeros de premia se reunieran en el Campo de la Verdad con sus armas preparadas para la guerra. Desde este lugar fueron enviados hacia Granada bajo el mando de los veinticuatros Pedro Ruiz de Aguayo y Andrés Ponce.

Al día siguiente partió el propio corregidor acompañado por otros caballeros de premia y por el alcalde de la Justicia.

El 6 de enero salió de Córdoba una compañía formada por 250 soldados de infantería, dirigida por el veinticuatro Francisco de Simancas. El 11 de enero marcharon otros 250 infantes al mando de Pedro de Acebedo y Cosme de Armenta, también veinticuatros.

Las tropas cordobesas se incorporaron el 13 de enero al ejército real que operaba en la zona de las Alpujarras.

Estas primeras expediciones muestran la participación directa de los miembros del gobierno municipal en la organización de las compañías. Los veinticuatros no se limitaron a financiar o reclutar hombres, sino que asumieron personalmente el mando de las unidades enviadas al frente.

Febrero de 1569

El 11 de febrero, después de conocerse en Córdoba la extensión alcanzada por la rebelión, partió una nueva compañía de 250 soldados. Su capitán fue Diego de Argote, acompañado por numerosos caballeros cordobeses que se incorporaron como soldados.

El 19 de febrero, el obispo Cristóbal de Rojas y Sandoval financió y envió otros 200 hombres, entre arcabuceros y alabarderos. La compañía fue puesta bajo el mando de Rodrigo de Angulo, comendador de la Orden de San Juan.

La intervención del obispo permitió formar una unidad armada costeada por la autoridad eclesiástica. La movilización implicó de este modo tanto a las instituciones civiles como a las religiosas de Córdoba.

Durante aquellos días comenzaron a entrar en la ciudad moriscos cautivos, entre ellos hombres, mujeres y niños enviados por los caballeros y soldados cordobeses que combatían en Granada.[2]

Nuevas compañías y problemas de deserción

A comienzos de marzo de 1569 salió de Córdoba una compañía de 300 hombres dirigida por Pedro Zapata de Cárdenas, capitán enviado desde la corte.

A mediados de aquel mes regresaron a Córdoba los capitanes Francisco de Simancas, Pedro de Acebedo, Cosme de Armenta y Pedro Ruiz de Aguayo. Su objetivo era reclutar nuevos hombres porque una parte considerable de los soldados inicialmente enviados había desertado.

En el ejército permanecieron las compañías de Diego de Argote y Rodrigo de Angulo.

El 13 de mayo partió Alonso de las Infantas acompañado por 150 soldados costeados por él mismo. Con esta expedición inició su participación al servicio de la Corona en la guerra.

La repetición de las levas y la necesidad de sustituir a los desertores obligaron a mantener una actividad de reclutamiento casi continua. Los capitanes regresaban a Córdoba para completar sus unidades antes de volver al frente.

Córdoba ante la epidemia de 1569

La movilización militar coincidió con las noticias sobre una epidemia procedente de Sevilla. El 16 de mayo de 1569 las autoridades ordenaron cerrar y tapiar varias puertas de la ciudad.

Permanecieron abiertas:

En cada una de ellas se estableció una guardia formada por veinticuatros y varios alguaciles. La medida pretendía controlar la entrada de personas en una ciudad sometida simultáneamente a las necesidades de la guerra y al peligro de propagación de la enfermedad.

La concentración de tropas, la llegada de cautivos y desplazados y el movimiento constante de arrieros y mercancías aumentaban las dificultades para aislar la ciudad.

Llamamiento de Don Juan de Austria

El 24 de mayo de 1569 se recibieron en Córdoba cartas de Don Juan de Austria solicitando el envío inmediato de nuevos soldados.

Como respuesta partieron dos compañías de caballería mandadas por los veinticuatros Alonso de Valdelomar y Juan Manuel. Los jinetes vestían de amarillo y marcharon con sus caballos y armamento hacia el ejército real.

También volvieron a salir Cosme de Armenta y Francisco de Simancas, cada uno al frente de 250 hombres. Poco después partieron nuevamente Pedro Ruiz de Aguayo y Pedro de Acebedo, llevando compañías de infantería y caballería.

La solicitud de Don Juan de Austria reforzó la función de Córdoba como territorio de reserva. La ciudad debía reemplazar las bajas, completar las compañías y mantener el flujo de soldados hacia Granada.

Llegada de los moriscos del Albaicín

El 23 de junio de 1569, Don Juan de Austria ordenó la salida de los moriscos del Albaicín. Miles de personas fueron obligadas a abandonar Granada y distribuidas por diferentes lugares situados fuera de aquel reino.

El 5 de julio, a las dos de la tarde, entraron en Córdoba alrededor de 600 moriscos escoltados por dos compañías de arcabuceros, una procedente de Martos y otra de Loja. La marcha se realizó en pleno verano y bajo temperaturas elevadas.

Una compañía avanzaba delante del grupo y la otra cerraba la comitiva. Según la descripción conservada, entre cada cinco moriscos se situaban dos arcabuceros.

Al día siguiente llegaron otros 300 moriscos, acompañados por una compañía de arcabuceros y veinte soldados de caballería.

Los recién llegados fueron entregados al corregidor Francisco Zapata de Cisneros, quien ordenó alojarlos en la denominada casa del Conde de Cabra, identificada posteriormente con el Convento de Capuchinas. Las compañías que habían realizado la escolta emprendieron al día siguiente el camino de regreso.

La entrada de estas personas convirtió a Córdoba en uno de los primeros lugares de recepción de la población morisca expulsada de Granada durante la guerra.[3]

La guerra a sangre y fuego

El 9 de noviembre de 1569, las autoridades cordobesas recibieron una petición urgente de socorro militar. Ese mismo día se publicó en Córdoba la declaración de guerra a sangre y fuego contra los rebeldes.

Se autorizó a los soldados a apropiarse de los bienes capturados sin entregar a la Corona la parte que tradicionalmente le correspondía. También se permitió marcar a las personas reducidas a esclavitud.

Los soldados que habían participado anteriormente en la guerra fueron obligados a regresar al ejército. Quienes no lo hicieran podían recibir una pena de 200 azotes y seis años de galeras.

Estas disposiciones endurecieron el reclutamiento y aumentaron la presión sobre los vecinos que trataban de evitar el servicio militar.

Quintas de Córdoba y de su reino

En noviembre de 1569, una provisión real ordenó quintar a los vecinos de Córdoba y de los pueblos de su reino. Los hombres reclutados en las poblaciones eran enviados a la capital, donde se alojaban temporalmente en casas particulares antes de marchar hacia Granada.

Martín Alonso de Montemayor fue nombrado capitán de una unidad de unos 400 hombres procedentes de los pueblos del reino de Córdoba.

También se formaron dos compañías de caballería, cada una integrada por cincuenta jinetes y seis trompetas. Los soldados vestían paño azul y marchaban equipados para incorporarse al ejército.

Cristóbal de Angulo salió con otros 400 hombres quintados en Córdoba, la mayoría armados con arcabuces. El 28 de noviembre partió una nueva compañía de cincuenta caballos cordobeses al mando de Alonso de Valdelomar.

Además de los soldados, fueron reclutados vecinos para servir como azadoneros. Estas personas eran retenidas hasta el momento de la salida para evitar que abandonaran la ciudad antes de incorporarse a las expediciones.

Preparativos para recibir a Felipe II

A comienzos de diciembre de 1569 se anunció la celebración de Cortes en Córdoba. El 12 de diciembre, Felipe II comunicó su intención de trasladarse a la ciudad para atender desde ella los asuntos relacionados con la guerra de Granada.

La noticia dio lugar a una preparación general para recibir a la corte. Los aposentadores Fernando de Frías, Francisco de San Vicente y Juan Díaz de la Peña llegaron durante las fiestas de Navidad y comenzaron a distribuir los alojamientos destinados a los miembros del séquito real.

El Palacio Episcopal fue reservado como residencia de Felipe II. El obispo Cristóbal de Rojas y Sandoval ordenó realizar reparaciones en el edificio, en las que trabajaron más de 200 hombres.

Estos preparativos reflejan la posición estratégica adquirida por Córdoba durante el conflicto. Su localización permitía coordinar desde una ciudad segura las comunicaciones, los abastecimientos y el envío de tropas hacia el reino de Granada.

La gran leva de 1570

En 1570 se realizó una nueva quinta. Fueron movilizados 1.800 soldados de infantería y 200 de caballería.

Las compañías de infantería quedaron bajo el mando de:

Los soldados de caballería marcharon a Granada para reemplazar a las unidades que debían regresar a Córdoba.

Posteriormente, el rey ordenó la movilización de los hidalgos y de nuevos vecinos. Los jurados fueron nombrados capitanes y el corregidor Francisco Zapata de Cisneros asumió el mando general.

Se organizaron cuatro compañías y otros 200 caballos. El corregidor iba acompañado por cuatro trompetas y cuatro chirimías, cuyos integrantes vestían terciopelo carmesí con adornos de oro y capotes de grana.

La descripción de estas compañías muestra la importancia ceremonial que conservaba la salida de las tropas. La indumentaria, la música y los estandartes permitían presentar la movilización como un servicio público de la ciudad a la Corona.

Aportación de los caballeros de premia

Los caballeros de premia estuvieron sometidos a obligaciones militares y económicas específicas.

Por cada cuatro caballeros debía proporcionarse:

  • Un caballo.
  • Un hombre armado.
  • Veinte ducados mensuales.

De los veinte ducados, ocho eran aportados por la ciudad y los doce restantes correspondían a los cuatro caballeros.

Este sistema permitía financiar la presencia de tropas montadas, pero trasladaba una parte importante de los gastos de la guerra a los miembros de los grupos privilegiados de Córdoba.

Abastecimiento del ejército

Córdoba no solo aportó soldados. La ciudad y los pueblos de su reino fueron obligados a suministrar alimentos, animales de carga, herramientas y otros materiales necesarios para el ejército.

Las cargas de pan eran enviadas en grupos de cincuenta desde Córdoba hasta los centros de abastecimiento militar. El transporte resultaba cada vez más difícil porque gran parte de las bestias de carga se encontraba empleada en la guerra.

Los arrieros que llegaban a Córdoba descargaban en ocasiones sus mercancías fuera de las murallas y huían con sus animales para evitar que fueran requisados.

La Corona envió alguaciles por Andalucía, La Mancha y Extremadura con la misión de apoderarse de caballerías destinadas al transporte de municiones, víveres y bagajes. Como consecuencia, disminuyó el número de trajinantes que circulaban por los caminos.

Los vecinos obligados a incorporarse al ejército que abandonaban sus casas podían sufrir la confiscación y venta de los bienes que hubieran dejado.

Requisas de materiales

Las demandas del ejército afectaron a numerosos productos de uso cotidiano.

En virtud de una provisión real, un alguacil recorrió Córdoba y las poblaciones de su reino para requisar:

  • Zapatos ya fabricados.
  • Azadones.
  • Botas para transportar vino.
  • Caballerías.
  • Víveres.
  • Materiales destinados a los campamentos.

Los objetos recogidos eran enviados a Guadix, donde se concentraban los suministros destinados al ejército de Don Juan de Austria.

La retirada de calzado, herramientas y animales de trabajo afectó tanto a los artesanos como a los agricultores, comerciantes y transportistas. Las necesidades militares se impusieron sobre el abastecimiento ordinario de la ciudad y de los pueblos cordobeses.[4]

Córdoba y la dispersión de los moriscos

Traslado de las familias en noviembre de 1570

En noviembre de 1570, el corregidor Francisco Zapata de Cisneros regresó acompañado por miles de moriscos que debían ser trasladados a territorios situados a más de cincuenta leguas de Granada.

Según la relación conservada, la comitiva estaba formada por unas 6.000 familias, que podían sumar alrededor de 10.000 personas entre hombres, mujeres y niños.

El corregidor evitó atravesar la capital porque temía que los soldados cordobeses que formaban parte de la escolta abandonaran la expedición al llegar a sus casas.

La columna fue conducida por La Rambla y Posadas, desde donde continuó hacia territorios de Castilla y Extremadura. Una vez entregados los moriscos en los lugares asignados, los vecinos de Córdoba que componían la escolta regresaron a sus hogares.

Llegada de los moriscos de la Sierra de Bentomiz

Durante el mismo mes llegaron a Córdoba unos 1.800 moriscos procedentes de la Sierra de Bentomiz. Habían depuesto las armas y se habían entregado a las autoridades reales.

La comitiva presentaba un estado de gran precariedad. Muchos llevaban la ropa destrozada, caminaban descalzos y cargaban con los niños que no podían continuar a pie.

Eran escoltados por una compañía de infantería y otra de caballería. A su llegada fueron alojados en el Mesón del Puente.

Dos días después entraron nuevos grupos procedentes de diferentes localidades del reino de Granada. Cada población marchaba separada y encabezada por un alguacil. Los desplazados fueron distribuidos entre los mesones del entorno del Potro antes de ser enviados hacia otros territorios.

Los moriscos de Córdoba y su provincia

La Corona consideró que los moriscos asentados en Andalucía se encontraban demasiado cerca de Granada y podían intentar regresar. Por este motivo ordenó que fueran trasladados a Castilla y Galicia.

La disposición fue publicada en Córdoba el 30 de noviembre de 1570, festividad de San Andrés.

Los moriscos que se encontraban en la ciudad fueron encerrados en la casa del Conde de Cabra. Su vigilancia fue encomendada por turnos a las diferentes colaciones cordobesas, comenzando por la correspondiente a la Catedral de Córdoba.

El gobierno municipal envió a un veinticuatro a la corte y a otro representante a Granada para solicitar que las familias ya establecidas en Córdoba pudieran permanecer en la ciudad.

Mientras se resolvía la petición, fueron llevados a la capital moriscos asentados en diferentes pueblos del reino de Córdoba, entre ellos:

Estas personas fueron concentradas en la casa del Conde de Alcaudete.

Finalmente llegó una resolución favorable del rey y del presidente de la Chancillería, por la que se autorizaba a los moriscos reunidos en Córdoba a permanecer avecindados en la ciudad.

La decisión convirtió a Córdoba no solo en lugar de tránsito, sino también en territorio de reasentamiento permanente de parte de la población expulsada del reino de Granada.[5]

Impacto económico y social

La guerra produjo una presión continuada sobre la economía cordobesa.

Entre sus principales efectos se encontraban:

  • La salida repetida de hombres en edad de trabajar.
  • La movilización de hidalgos, caballeros, artesanos, campesinos y jornaleros.
  • La requisa de caballos, mulas y otras bestias de carga.
  • La reducción del transporte de mercancías.
  • La incautación de calzado, herramientas y recipientes.
  • La obligación de alojar soldados y reclutas en viviendas particulares.
  • El envío constante de pan y otros víveres.
  • La llegada de cautivos y familias desplazadas.
  • La utilización de edificios urbanos como lugares de alojamiento y reclusión.
  • La vigilancia de los moriscos por las colaciones de la ciudad.

La escasez de animales de carga dificultó el abastecimiento ordinario. Los arrieros evitaban entrar en Córdoba por miedo a perder sus caballerías, mientras que los caminos quedaron sometidos a la actuación de alguaciles encargados de requisar medios de transporte.

La presión militar afectó también a los pueblos de la provincia, obligados a proporcionar soldados, azadoneros, caballos, alimentos y utensilios.

Participación de las instituciones cordobesas

La intervención de Córdoba implicó a una parte considerable de sus instituciones.

El Ayuntamiento de Córdoba se encargó de organizar las levas, financiar una parte de los gastos y coordinar la salida de las compañías. El corregidor asumió el mando político y militar de la movilización.

Los veinticuatros actuaron como capitanes de las unidades, mientras que los jurados dirigieron algunas de las compañías formadas en 1570.

Los caballeros de premia proporcionaron soldados, caballos y dinero. El obispo Cristóbal de Rojas y Sandoval financió tropas y preparó el Palacio Episcopal ante la anunciada llegada de Felipe II.

Las colaciones participaron en la custodia de los moriscos alojados en la ciudad. Las casas particulares, mesones, conventos y edificios pertenecientes a la nobleza fueron utilizados para alojar tropas, reclutas y desplazados.

Principales cordobeses participantes

Entre los cordobeses que intervinieron en la organización o dirección de las tropas se encontraban:

Cronología

Fecha Acontecimiento
2 de enero de 1569 Reunión de los caballeros de premia en el Campo de la Verdad y salida de las primeras tropas.
3 de enero de 1569 Partida del corregidor Francisco Zapata de Cisneros con nuevos caballeros.
6 de enero de 1569 Salida de 250 infantes bajo el mando de Francisco de Simancas.
11 de enero de 1569 Salida de otros 250 infantes dirigidos por Pedro de Acebedo y Cosme de Armenta.
13 de enero de 1569 Incorporación de las tropas cordobesas al ejército real.
11 de febrero de 1569 Salida de una compañía de 250 hombres dirigida por Diego de Argote.
19 de febrero de 1569 Envío de 200 arcabuceros y alabarderos financiados por el obispo Cristóbal de Rojas y Sandoval.
Marzo de 1569 Salida de 300 hombres bajo el mando de Pedro Zapata de Cárdenas y nuevos reclutamientos para sustituir a los desertores.
13 de mayo de 1569 Salida de Alonso de las Infantas con 150 soldados costeados por él.
16 de mayo de 1569 Cierre de varias puertas de Córdoba ante el peligro de epidemia.
24 de mayo de 1569 Salida de nuevas compañías de caballería e infantería tras la petición de Don Juan de Austria.
5 de julio de 1569 Entrada en Córdoba de unos 600 moriscos expulsados del Albaicín.
6 de julio de 1569 Llegada de otros 300 moriscos escoltados por arcabuceros y caballería.
9 de noviembre de 1569 Publicación en Córdoba de la guerra a sangre y fuego.
Noviembre de 1569 Quinta de vecinos de Córdoba y de los pueblos de su reino.
28 de noviembre de 1569 Salida de una compañía de cincuenta caballos al mando de Alonso de Valdelomar.
12 de diciembre de 1569 Anuncio de la posible llegada de Felipe II y comienzo de los preparativos para alojar a la corte.
1570 Reclutamiento de 1.800 infantes y 200 soldados de caballería.
Noviembre de 1570 Paso por la provincia de miles de moriscos enviados hacia Castilla y Extremadura.
30 de noviembre de 1570 Orden de trasladar a Castilla y Galicia a los moriscos establecidos en Andalucía.
Finales de 1570 Autorización para que los moriscos concentrados en Córdoba permanecieran avecindados en la ciudad.

Consecuencias

La participación de Córdoba en la guerra de las Alpujarras tuvo consecuencias militares, económicas y demográficas.

La ciudad envió sucesivamente numerosas compañías y se convirtió en uno de los principales puntos de reclutamiento y abastecimiento del ejército real. Las autoridades municipales, los caballeros, la Iglesia y los vecinos asumieron una parte importante del coste de la movilización.

La requisición de animales, herramientas, alimentos y productos manufacturados alteró la economía de la capital y de los pueblos. El transporte disminuyó y numerosos arrieros abandonaron los caminos o evitaron entrar en Córdoba.

La llegada de población morisca modificó temporalmente la vida urbana. Edificios religiosos, casas nobiliarias y mesones fueron utilizados para alojar o custodiar a los desplazados. Las colaciones tuvieron que organizar turnos de vigilancia y el gobierno municipal intervino ante la corte para evitar nuevas expulsiones.

La autorización final para que una parte de los moriscos permaneciera en Córdoba convirtió el conflicto granadino en un acontecimiento con efectos duraderos sobre la población de la ciudad y de su provincia.

Véase también

Referencias

  1. Luis María Ramírez de las Casas Deza, "Anales de Córdoba", Boletín de la Real Academia de Córdoba, número 63, 1950, http://repositorio.racordoba.es/jspui/bitstream/10853/66/1/BRAC_n63_1950.pdf. Consultado el 3 de agosto de 2026.
  2. Luis María Ramírez de las Casas Deza, "Anales de Córdoba", Boletín de la Real Academia de Córdoba, número 63, 1950, http://repositorio.racordoba.es/jspui/bitstream/10853/66/1/BRAC_n63_1950.pdf. Consultado el 3 de agosto de 2026.
  3. Luis María Ramírez de las Casas Deza, "Anales de Córdoba", Boletín de la Real Academia de Córdoba, número 63, 1950, http://repositorio.racordoba.es/jspui/bitstream/10853/66/1/BRAC_n63_1950.pdf. Consultado el 3 de agosto de 2026.
  4. Luis María Ramírez de las Casas Deza, "Anales de Córdoba", Boletín de la Real Academia de Córdoba, número 63, 1950, http://repositorio.racordoba.es/jspui/bitstream/10853/66/1/BRAC_n63_1950.pdf. Consultado el 3 de agosto de 2026.
  5. Luis María Ramírez de las Casas Deza, "Anales de Córdoba", Boletín de la Real Academia de Córdoba, número 63, 1950, http://repositorio.racordoba.es/jspui/bitstream/10853/66/1/BRAC_n63_1950.pdf. Consultado el 3 de agosto de 2026.