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Estas condiciones hicieron que el calor no fuera considerado antiguamente una anomalía meteorológica, sino uno de los factores fundamentales alrededor de los cuales se ordenaban la vivienda, el trabajo, la alimentación, el vestido y la vida social. | Estas condiciones hicieron que el calor no fuera considerado antiguamente una anomalía meteorológica, sino uno de los factores fundamentales alrededor de los cuales se ordenaban la vivienda, el trabajo, la alimentación, el vestido y la vida social. | ||
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=== Baños, albercas y el Guadalquivir === | === Baños, albercas y el Guadalquivir === | ||
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El baño era otro recurso frente al calor, aunque no estaba igualmente disponible para todos. Algunas viviendas acomodadas disponían de albercas, pilas o baños particulares. | El baño era otro recurso frente al calor, aunque no estaba igualmente disponible para todos. Algunas viviendas acomodadas disponían de albercas, pilas o baños particulares. | ||
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La feria cordobesa creaba así una arquitectura efímera adaptada al verano: alineaciones de puestos, lonas, sombras y corredores por los que podía circular el público sin permanecer continuamente expuesto al sol. | La feria cordobesa creaba así una arquitectura efímera adaptada al verano: alineaciones de puestos, lonas, sombras y corredores por los que podía circular el público sin permanecer continuamente expuesto al sol. | ||
=== Librería, San Fernando y la calle de Armas === | === Ambrosio de Morales, Librería, San Fernando y la calle de Armas === | ||
Diez años después, el [[3 de julio]] de [[1872]], el mismo periódico anunciaba que se iba a entoldar la [[calle de Armas]]. | [[Archivo:Entoldamiento de la calle Ambrosio de Morales (1868).png|miniaturadeimagen|Entoldamiento de la calle Ambrosio de Morales (julio de 1868)]] | ||
En 1868, se conoce que la fonda Rizzi está llevando a cabo el entoldamiento del tramo de calle que ocupa su amplia fachada. El redactor anima a que el reto | |||
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Al año siguiente es la calle Diez años después, el [[3 de julio]] de [[1872]], el mismo periódico anunciaba que se iba a entoldar la [[calle de Armas]]. | |||
La noticia señalaba que la medida beneficiaría considerablemente al comercio instalado en ella y utilizaba como precedente las ventajas que ya podían apreciarse en las calles de la Librería y [[Calle San Fernando|San Fernando]]. El redactor llegaba a pronosticar que, en pocos años, acabaría entoldado todo el centro de la población.<ref>«Que siga», ''Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos'', año XXIII, número 6561, 3 de julio de 1872, p. 2.</ref> | La noticia señalaba que la medida beneficiaría considerablemente al comercio instalado en ella y utilizaba como precedente las ventajas que ya podían apreciarse en las calles de la Librería y [[Calle San Fernando|San Fernando]]. El redactor llegaba a pronosticar que, en pocos años, acabaría entoldado todo el centro de la población.<ref>«Que siga», ''Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos'', año XXIII, número 6561, 3 de julio de 1872, p. 2.</ref> | ||
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=== Gondomar como salón urbano === | === Gondomar como salón urbano === | ||
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Durán de Velilla recordaba también que, desde finales del siglo XIX, Gondomar había sido considerada la principal vía de la ciudad y que todo cordobés tenía casi la obligación social de recorrerla al menos una vez al día. | Durán de Velilla recordaba también que, desde finales del siglo XIX, Gondomar había sido considerada la principal vía de la ciudad y que todo cordobés tenía casi la obligación social de recorrerla al menos una vez al día. | ||
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Revisión del 11:00 6 ago 2026
La lucha de Córdoba contra el calor es el conjunto de soluciones arquitectónicas, urbanas, sociales, hidráulicas y tecnológicas mediante las cuales los habitantes de Córdoba se han adaptado históricamente a las elevadas temperaturas estivales de la ciudad.
Mucho antes de la aparición del ventilador eléctrico o del aire acondicionado, Córdoba había aprendido a combatir el calor mediante la forma de sus calles, la orientación de las viviendas, los gruesos muros, los patios, el encalado, las persianas, los toldos, el agua, la vegetación y una organización de la vida cotidiana que desplazaba la actividad hacia las primeras horas de la mañana y las noches.
La historia de esta adaptación no es la sustitución simple de unas técnicas antiguas por otras modernas. Es una acumulación sucesiva de respuestas. Primero se modificó la vivienda; después se organizaron los horarios y los espacios comunes; más tarde llegaron las redes de agua potable, el hielo industrial, los ventiladores, el aire acondicionado y los sistemas públicos de prevención.
Aunque las temperaturas extremas constituyen en el siglo XXI un riesgo creciente, la población cordobesa dispone actualmente de medios incomparablemente mayores que los de generaciones anteriores. El verdadero cambio histórico no consiste en que Córdoba haya dejado de ser calurosa, sino en que ha aumentado extraordinariamente la capacidad de sus habitantes para protegerse del calor.
Una ciudad obligada a adaptarse
Córdoba se encuentra en el valle medio del Guadalquivir, a escasa altitud y rodeada al norte por Sierra Morena. Su posición interior, alejada de la influencia moderadora del mar, favorece veranos largos, secos y extremadamente calurosos.
Según los valores climatológicos normales de la estación de Córdoba Aeropuerto para el periodo 1981-2010, la media de las temperaturas máximas diarias alcanza los 36,9 grados en julio y los 36,5 grados en agosto. Julio registra, además, una media de 363 horas de sol y apenas dos milímetros de precipitación.[1]
Estas condiciones hicieron que el calor no fuera considerado antiguamente una anomalía meteorológica, sino uno de los factores fundamentales alrededor de los cuales se ordenaban la vivienda, el trabajo, la alimentación, el vestido y la vida social.
La ciudad como máquina de sombra
Calles estrechas y fachadas protegidas
El trazado de buena parte del casco histórico responde a una ciudad construida antes del automóvil y de los grandes ensanches contemporáneos. Las calles estrechas, las edificaciones próximas entre sí y los quiebros del viario reducían durante parte del día la exposición directa al sol.
No todas estas formas urbanas fueron diseñadas expresamente para combatir el calor. Intervinieron también factores defensivos, económicos, jurídicos y sociales. Sin embargo, el resultado proporcionaba una protección climática evidente: las fachadas se daban sombra entre sí y la radiación solar alcanzaba durante menos tiempo el pavimento.
La calle estrecha actuaba como una garganta de sombra. Frente a ella, las grandes avenidas abiertas posteriormente facilitaron el tráfico y la ventilación, pero expusieron mayores superficies de calzada y fachada al sol.
Las fachadas tradicionales reducían los huecos directamente expuestos, utilizaban postigos, celosías, contraventanas y persianas, y orientaban buena parte de la vida doméstica hacia el interior de la vivienda.
Muros gruesos e inercia térmica
Las casas tradicionales cordobesas se levantaban con muros de piedra, ladrillo, tapial o mampostería de considerable grosor. Estos materiales almacenaban lentamente el calor y retrasaban su transmisión hacia el interior.
La ventaja fundamental no era producir frío, sino impedir que el calor exterior penetrase con rapidez. Mientras una pared ligera puede calentarse en pocas horas, un muro de gran masa térmica tarda mucho más en transmitir la temperatura acumulada.
Esta inercia funcionaba especialmente bien cuando las noches permitían refrescar el edificio. Al caer el sol se abrían puertas y ventanas, se favorecía la circulación del aire y se evacuaba parte del calor almacenado durante el día.
La arquitectura tradicional no ofrecía una temperatura constante, como hace un sistema moderno de climatización, pero amortiguaba los extremos y retrasaba el momento más caluroso dentro de la vivienda.
El encalado
El uso de la cal tenía funciones higiénicas, constructivas y estéticas, pero también térmicas. Las superficies blancas reflejan una parte mayor de la radiación solar que las superficies oscuras, reduciendo el calentamiento de los muros.
El encalado periódico ayudaba además a sanear las paredes, cubrir imperfecciones y proteger materiales porosos. El blanco característico de la arquitectura popular andaluza no fue solamente una elección ornamental. Era también una solución económica, renovable y adecuada para una ciudad de fuerte insolación.
El patio como corazón climático
El patio cordobés fue una de las principales respuestas históricas de Córdoba al calor. No era simplemente un espacio decorativo, sino el órgano alrededor del cual respiraba la casa.
El patio proporcionaba iluminación y ventilación a las habitaciones interiores, facilitaba las corrientes de aire y creaba un espacio protegido de la radiación directa durante buena parte del día. La vivienda se abría hacia ese interior fresco y controlado, en lugar de depender exclusivamente de la calle.
La tipología procedía en parte de la casa romana y fue desarrollada y adaptada durante el periodo islámico. Tras la conquista cristiana se mantuvo porque seguía respondiendo eficazmente al clima y a la organización familiar.[2]
La Unesco ha señalado que los patios cordobeses representan una adaptación de la casa romana a las condiciones climáticas y culturales de Córdoba, proporcionando luz, ventilación y frescor durante el verano.[3]
Un estudio del geógrafo Pedro Domínguez Bascón sobre la función microclimática del patio en la casa andaluza tradicional destacó que esta tipología permitía combatir las duras condiciones térmicas del verano sin necesidad de recurrir masivamente a sistemas artificiales de climatización.[4]
Agua, plantas y evaporación
Dentro del patio, el agua y la vegetación contribuían a mejorar el microclima. Pozos, pilas, albercas, fuentes y pequeños surtidores aumentaban localmente la humedad y favorecían el enfriamiento por evaporación.
Las plantas protegían paredes y suelos de la radiación directa. Naranjos, limoneros, parras, jazmines, hiedras, helechos y plantas en maceta generaban sombra y liberaban humedad mediante la transpiración.
El empedrado tradicional permitía conservar cierta humedad en el suelo. Regar el patio, las macetas o el pavimento al caer la tarde era una forma elemental de refrigeración evaporativa.
El frescor no procedía de un solo elemento, sino de la combinación de sombra, masa térmica, ventilación, agua y vegetación. El patio era una pequeña infraestructura climática construida con materiales sencillos.
Toldos y cubiertas textiles
Muchos patios se cubrían durante el verano mediante toldos de lona, esteras, cañizos o tejidos ligeros. Estos elementos impedían que la radiación solar alcanzara directamente los muros y el pavimento, pero permitían mantener abiertos los laterales para favorecer la ventilación.
También se utilizaron persianas de esparto, pleita, madera o fibras vegetales. Colocadas por el exterior de puertas y ventanas, detenían el sol antes de que calentase el cristal o penetrase en las habitaciones.
La protección exterior resulta más eficaz que una cortina interior, porque evita que la radiación entre en la vivienda y se transforme en calor dentro de ella.
Una casa distinta para cada estación
Las viviendas cordobesas tradicionales no se utilizaban de la misma manera durante todo el año. Las familias que disponían de casas completas trasladaban parte de su vida de unas habitaciones a otras según la estación.
El cronista Ricardo de Montis recordaba que, al finalizar septiembre, algunas familias trasladaban su residencia a los pisos altos, a los que denominaba sus «cuarteles de invierno». La expresión permite deducir que durante el verano se utilizaban preferentemente las plantas inferiores, más protegidas por el terreno, los patios y los gruesos muros.[5]
La casa era, por tanto, un organismo estacional. En invierno se buscaban las habitaciones altas y soleadas. En verano se descendía hacia los cuartos bajos, las galerías, los patios y las zonas orientadas al norte.
Los dormitorios también podían cambiarse temporalmente. Las puertas permanecían abiertas hacia el patio durante la noche y, cuando era posible, se dormía en galerías, azoteas, cámaras ventiladas o estancias menos expuestas.
Esta movilidad interior fue desapareciendo con la generalización de los pisos urbanos. En una vivienda contemporánea, cada habitación tiene una función permanente y el ocupante dispone de menor capacidad para trasladar su vida de una zona térmica a otra.
El verano trasladaba la vida al exterior
Antes de la climatización mecánica, la estrategia más extendida consistía en reducir la actividad durante las horas centrales y recuperar la vida cuando descendía el sol.
Las familias acomodadas se reunían por la noche en los patios de sus viviendas. En las casas de vecinos, donde el espacio interior era reducido y compartido, los moradores sacaban las sillas a la puerta y, según Ricardo de Montis, «convertían en patio la calle».[6]
La calle se transformaba así en una prolongación de la casa. Vecinos de distintas edades conversaban, descansaban, vigilaban a los niños y esperaban la llegada del fresco nocturno.
La costumbre no respondía únicamente a una mayor sociabilidad perdida. En muchas ocasiones era una necesidad material. Las viviendas eran pequeñas, estaban ocupadas por familias numerosas y carecían de ventilación suficiente. La calle ofrecía por la noche mejores condiciones que algunas habitaciones.
Las veladas estivales, las tertulias en las puertas, las verbenas, los paseos nocturnos y las reuniones en patios formaban parte de una organización climática de la sociedad.
Baños, albercas y el Guadalquivir

El baño era otro recurso frente al calor, aunque no estaba igualmente disponible para todos. Algunas viviendas acomodadas disponían de albercas, pilas o baños particulares.
A principios del verano aumentaba el trabajo de los hojalateros encargados de construir o reparar baños domésticos. También se instalaron durante determinados periodos establecimientos de baño en las márgenes del río Guadalquivir.[7]
El acceso al agua para refrescarse no debe confundirse, sin embargo, con la abundancia moderna. El agua debía extraerse de pozos, transportarse desde fuentes o almacenarse cuidadosamente. Bañarse, lavar ropa y regar competían con el consumo humano por un recurso limitado.
La sombra como infraestructura pública
La lucha contra el calor no se desarrolló solamente dentro de las casas. Paseos, alamedas, jardines y plazas arboladas funcionaban como refugios estivales.
Durante el siglo XVIII se formaron o ampliaron alamedas junto al Guadalquivir y en el Campo de San Antón. En el siglo XIX se crearon los Jardines de la Agricultura y otras zonas verdes en el Campo de la Victoria, el Paseo del Gran Capitán, el Campo de la Merced y diferentes plazas.
Álamos, acacias, naranjos y otras especies proporcionaban sombra y convertían determinados paseos en lugares de reunión. Ricardo de Montis describía cómo la población acudía a los jardines en busca de frescura durante el verano.[8]
El arbolado urbano no era únicamente un adorno. Cumplía una función sanitaria y climática antes de que existiera el concepto contemporáneo de refugio climático.
Con el paso del tiempo, algunas zonas verdes fueron eliminadas o reducidas para abrir espacios a ferias, tráfico, aparcamientos, nuevas construcciones y grandes avenidas. La ciudad ganó movilidad y superficie edificable, pero perdió parte de la sombra proporcionada por árboles maduros y terrenos permeables.
El agua: la gran conquista contra el calor
La historia de la lucha de Córdoba contra el calor no puede comprenderse sin la historia del abastecimiento de agua.
Durante siglos, la ciudad dependió de pozos, fuentes públicas, manantiales y veneros procedentes de Sierra Morena. Parte del agua llegaba mediante conducciones de origen romano, islámico o moderno, frecuentemente reparadas, desviadas o reutilizadas.
En época romana se construyeron acueductos para abastecer a la ciudad. Durante el periodo islámico se ampliaron los sistemas mediante pozos, minas, qanats, albercas, acequias, depósitos y norias.
El agua abastecía a la población, permitía regar huertos y jardines, alimentaba fuentes, baños y palacios y hacía posible la vegetación que protegía del calor.
Sin embargo, estas redes no proporcionaban un suministro universal, continuo ni sanitariamente seguro. El acceso dependía del barrio, del propietario de la conducción, de la proximidad a una fuente y de la capacidad económica de cada familia.
Una ciudad que todavía pasaba sed
A comienzos del siglo XX, una gran parte de las viviendas cordobesas carecía de agua potable propia.
Según datos recopilados por el geógrafo Francisco Rodríguez García-Verdugo, en torno a 1915 solamente 551 de unas 5.000 casas disponían de abastecimiento potable particular. La mayoría de la población debía acudir a las fuentes públicas.
En 1927, la disponibilidad se situaba en unos 23,7 litros por habitante y día, una cantidad muy inferior al consumo ordinario de una ciudad contemporánea.[9]
La escasez tenía consecuencias que iban mucho más allá de la sed. Limitaba la higiene, el lavado de ropa, la limpieza de las casas, el riego de patios y árboles y la posibilidad de refrescarse durante los periodos de temperaturas extremas.
El calor antiguo no se sufría solamente sin aire acondicionado. Se sufría también sin la seguridad de poder abrir un grifo.
La iniciativa empresarial y las aguas potables
Durante la segunda mitad del siglo XIX, médicos, técnicos, comerciantes, propietarios e integrantes de las corrientes ilustradas cordobesas reclamaron un sistema moderno de abastecimiento.
El 11 de agosto de 1890 se fundó la sociedad anónima denominada Empresa de Aguas Potables de Córdoba. Sus estatutos conservados por la Red Municipal de Bibliotecas muestran que se trataba de una iniciativa empresarial creada para captar, conducir y distribuir agua potable.[10]
Su fundador y director concesionario fue Enrique Hernández Pascual. La empresa celebró su primera junta de accionistas en septiembre de 1891 y estableció inicialmente su domicilio en la plaza de las Doblas.
La sociedad recurrió a tecnología y proveedores extranjeros. Encargó depósitos de chapa galvanizada a Liverpool y recibió tuberías fabricadas en Glasgow. La importación de estos componentes muestra la voluntad de aplicar a Córdoba las técnicas modernas de abastecimiento que ya se estaban extendiendo por otras ciudades europeas.[11]
La empresa construyó conducciones, organizó acometidas, introdujo sistemas de cobro y ayudó a convertir el abastecimiento en un servicio urbano permanente.
Sus resultados fueron insuficientes para cubrir las necesidades de toda la población, pero constituyó un paso decisivo. La iniciativa empresarial transformó el agua desde un conjunto fragmentado de derechos, veneros y fuentes en un problema técnico que podía ser planificado, financiado y gestionado mediante redes.
El Guadalmellato y el salto de escala
La solución definitiva no podía depender únicamente de pequeños manantiales. El crecimiento de Córdoba exigía una fuente de suministro de mucha mayor capacidad.
A comienzos del siglo XX se estudiaron distintas alternativas, entre ellas la captación del Guadiato, la elevación de aguas del Guadalquivir y el aprovechamiento del Guadalmellato. Los técnicos terminaron considerando esta última opción como la solución más adecuada.
El embalse del Guadalmellato fue construido en 1928. La obra permitió regular el río, desarrollar una importante zona regable y disponer de una gran reserva para el abastecimiento de la capital.[12]
La terminación del pantano inició la sustitución progresiva del abastecimiento histórico basado en veneros de Sierra Morena.[13]
Conviene distinguir las diferentes responsabilidades históricas. La clase empresarial cordobesa había impulsado desde el siglo XIX la creación de una compañía de aguas, la modernización de las conducciones y la consideración del abastecimiento como una condición imprescindible para el desarrollo económico.
El avance fue, por tanto, resultado de una cadena de esfuerzos: iniciativa empresarial, presión ciudadana, estudios de ingenieros, inversión pública, municipalización y posterior gestión técnica especializada.
Municipalización y creación de Emacsa
En 1938, el Ayuntamiento adquirió la Empresa de Aguas Potables y convirtió el abastecimiento en un servicio municipal.
Durante los años siguientes se reorganizó la red, se mejoró el almacenamiento y se preparó la captación sistemática de las aguas del Guadalmellato.
A mediados de la década de 1950 se puso en funcionamiento la estación de tratamiento de Villa Azul. Posteriormente se recreció el embalse y se extendieron las grandes conducciones y arterias de distribución.
El 23 de enero de 1969, el Ayuntamiento aprobó la constitución de la Empresa Municipal de Aguas de Córdoba, Emacsa. Desde entonces se ampliaron las redes de abastecimiento y alcantarillado, se mejoró la potabilización y se incorporó posteriormente la depuración de las aguas residuales.[14]
La llegada universal del agua corriente constituyó una de las mayores victorias históricas de Córdoba contra el calor. Permitió beber con seguridad, ducharse, lavar, limpiar, regar, mantener fuentes y jardines y atender a la población durante los episodios extremos.
El hielo, los ventiladores y los primeros refugios refrigerados
Antes de la generalización del aire acondicionado, el hielo industrial fue un bien muy apreciado. Se vendía en grandes barras y se utilizaba para conservar alimentos, enfriar bebidas y reducir temporalmente la temperatura de determinados recipientes o habitaciones.
Los botijos, cántaros y alcarrazas aprovechaban la evaporación del agua a través de la cerámica porosa. El agua que rezumaba por el recipiente se evaporaba y extraía calor del líquido restante.
Los abanicos y los primeros ventiladores no reducían la temperatura del aire, pero aumentaban su movimiento y facilitaban la evaporación del sudor.
Estas soluciones proporcionaban alivio, aunque no permitían controlar la temperatura de una estancia. La verdadera ruptura tecnológica llegó con la refrigeración mecánica.
La llegada del aire acondicionado
El aire acondicionado apareció lentamente en Córdoba a partir de mediados del siglo XX. Durante sus primeras décadas fue una tecnología cara, asociada a cines, hoteles, instituciones y establecimientos comerciales.
Uno de los primeros grandes espacios climatizados fue el Palacio del Cine, inaugurado en 1948. Su sistema de refrigeración convirtió la sala en uno de los primeros lugares públicos en los que los cordobeses podían escapar deliberadamente del calor mediante el pago de una entrada.
En 1956 disponían también de climatización el despacho del alcalde Antonio Cruz Conde, la Universidad Laboral, el Córdoba Palace y el Hotel Zahira. El Parador de la Arruzafa incorporó aire acondicionado al abrir sus puertas en 1960.
Durante los años sesenta, bares, restaurantes y comercios comenzaron a anunciar la climatización como un signo de modernidad y calidad.[15]
Al principio, el frío artificial fue un lujo comercial. Después pasó a las oficinas y, finalmente, a las viviendas particulares.
La expansión de los aparatos de ventana, los equipos portátiles y los sistemas divididos o split modificó radicalmente la relación de la ciudad con el verano. Por primera vez, una familia podía decidir la temperatura aproximada de una habitación con independencia del diseño original de la vivienda.
Los cines de verano: cultura nacida del clima
Antes de que las salas cerradas dispusieran de climatización, numerosos teatros y cines suspendían su actividad durante los meses más calurosos.
La respuesta fue trasladar las proyecciones al exterior. Los cines de verano se extendieron por Córdoba desde las primeras décadas del siglo XX y alcanzaron un gran desarrollo durante las décadas de 1940 y 1950.
Estos recintos permitían disfrutar del cine al caer la noche, cuando descendía la temperatura. Se instalaron con frecuencia en solares, patios y antiguas casas de vecinos del casco histórico.
Los cines de verano fueron simultáneamente una industria cultural, una adaptación climática y un espacio de convivencia. Su existencia recuerda que el ocio cordobés se organizó durante generaciones alrededor del ritmo térmico de la ciudad.[16]
La ciudad de pisos y la pérdida de algunas defensas pasivas
El fuerte crecimiento urbano de Córdoba durante las décadas centrales del siglo XX extendió los bloques de viviendas por nuevos barrios.
Estas construcciones proporcionaron mejoras indiscutibles: agua corriente, electricidad, cuartos de baño, saneamiento, cocinas independientes y viviendas familiares no compartidas.
Sin embargo, muchos edificios construidos entre las décadas de 1950 y 1970 presentaban un aislamiento térmico reducido, fachadas muy expuestas y cubiertas planas intensamente calentadas por el sol.
El piso eliminó además parte de la flexibilidad de la casa tradicional. Una familia ya no podía trasladarse de una planta a otra según la estación. Tampoco disponía necesariamente de patio, pozo, galería sombreada o habitaciones con distinta orientación.
El aire acondicionado terminó compensando mediante consumo energético lo que algunos edificios no resolvían mediante su diseño.
En el siglo XXI siguen existiendo amplias bolsas de viviendas construidas durante aquellas décadas que necesitan mejorar su aislamiento, sus cubiertas y la protección solar de sus fachadas.[17]
Los toldos en las calles: una solución con más de siglo y medio de historia
El entoldado de las calles cordobesas no es una invención reciente ni una respuesta surgida exclusivamente ante el actual debate sobre el cambio climático. La documentación histórica demuestra que, al menos desde mediados del siglo XIX, comerciantes, feriantes y autoridades recurrieron a grandes cubiertas textiles para proteger del sol determinados espacios comerciales y de reunión.
Los toldos convertían temporalmente la calle en una especie de estancia colectiva. Reducían la radiación directa sobre los peatones, los escaparates, las mercancías, las fachadas y el pavimento. Aunque no disminuyeran de forma considerable la temperatura general del aire, evitaban que el sol incidiera directamente sobre las personas y sobre los materiales urbanos que después liberaban lentamente el calor acumulado.
La calle entoldada era, por tanto, una prolongación climática del patio cordobés. En ambos casos se trataba de crear sombra sin cerrar por completo el espacio, permitiendo la circulación del aire.
Los toldos de la Feria de la Salud en 1862
Una de las primeras referencias documentadas aparece en el Diario de Córdoba del 20 de febrero de 1862.
El periódico informaba de que se proyectaba entoldar la calle que habría de formarse con las tiendas de juguetes durante la próxima Feria de Nuestra Señora de la Salud. La noticia justificaba la medida con una observación cargada de ironía cordobesa: el sol no habría de mostrarse «muy benigno» con los asistentes el 8 de junio.[18]
La referencia demuestra que los toldos formaban parte de la propia organización de la feria. No se empleaban solamente para proteger las mercancías de los vendedores, sino para formar una calle comercial transitable durante las horas de mayor insolación.
La feria cordobesa creaba así una arquitectura efímera adaptada al verano: alineaciones de puestos, lonas, sombras y corredores por los que podía circular el público sin permanecer continuamente expuesto al sol.
Ambrosio de Morales, Librería, San Fernando y la calle de Armas

En 1868, se conoce que la fonda Rizzi está llevando a cabo el entoldamiento del tramo de calle que ocupa su amplia fachada. El redactor anima a que el reto

Al año siguiente es la calle Diez años después, el 3 de julio de 1872, el mismo periódico anunciaba que se iba a entoldar la calle de Armas.
La noticia señalaba que la medida beneficiaría considerablemente al comercio instalado en ella y utilizaba como precedente las ventajas que ya podían apreciarse en las calles de la Librería y San Fernando. El redactor llegaba a pronosticar que, en pocos años, acabaría entoldado todo el centro de la población.[19]
El texto resulta especialmente significativo porque demuestra que el entoldado no era una actuación aislada. A comienzos de la década de 1870 existía ya una pequeña red de calles comerciales protegidas durante el verano:
- La calle de la Librería.
- La calle San Fernando.
- La calle de Armas.
Los toldos estaban directamente relacionados con la actividad económica. Una calle protegida del sol resultaba más cómoda para caminar, favorecía la permanencia de los compradores y evitaba que determinadas mercancías permanecieran expuestas a la radiación directa.
La aspiración expresada en 1872, entoldar progresivamente el centro de Córdoba, anticipaba en más de un siglo las actuales propuestas de creación de itinerarios urbanos de sombra.
La calle Gondomar entoldada en 1966
La tradición continuó durante el siglo XX. El 1 de agosto de 1966, Marcelino Durán de Velilla dedicó una de sus columnas de «Glosario cordobés» al entoldado de la calle Conde de Gondomar. El articulista situaba esta actuación entre las mejoras más destacadas de aquel verano, junto con las realizadas en la playa del Guadalquivir, las inmediaciones del Molino de Martos y otros espacios de la ciudad.
Según Durán de Velilla, el entoldado total y uniforme de Gondomar había sido posible gracias a las aportaciones económicas de los comerciantes establecidos en la calle y a la unanimidad con que habían apoyado el proyecto.[20]
La descripción permite conocer el efecto visual y climático de las lonas:
«Nuestra calle más representativa, entoldada, ofrece al caminante un frescor agradable, una sombra plácida que le alivia del riguroso calor del estío».
El sol, filtrado a través de los orificios existentes entre las distintas «velas», proyectaba sobre el pavimento un juego de luces y sombras que el autor comparaba con una obra de arte.
El toldo no solamente protegía del calor. Modificaba la percepción completa de la calle. Suavizaba la luz, transformaba el color de las fachadas, permitía detenerse y convertía el itinerario comercial en un espacio más habitable.
La sombra frente al automóvil
El artículo de 1966 introducía, sin embargo, una paradoja que sigue teniendo plena actualidad.
Durán de Velilla consideraba agradable caminar por Gondomar bajo los toldos, pero advertía de que el intenso tráfico rodado impedía al peatón disfrutar tranquilamente del espacio. La circulación era continua y cruzar la calzada suponía exponerse a ser atropellado o, según su expresión humorística, quedar convertido en «hidrocarburo» bajo alguno de los miles de vehículos que pasaban diariamente por la calle.
La intervención había resuelto parcialmente la exposición solar, pero no el conflicto entre el peatón y el automóvil.
La observación muestra que la lucha contra el calor no puede separarse de la organización de la movilidad urbana. Una calle puede disponer de toldos y continuar siendo hostil si el espacio sombreado está dominado por el tráfico, el ruido y los gases de combustión.
Gondomar como salón urbano

Durán de Velilla recordaba también que, desde finales del siglo XIX, Gondomar había sido considerada la principal vía de la ciudad y que todo cordobés tenía casi la obligación social de recorrerla al menos una vez al día.
En ella se concentraban comercios, cafés, casinos, círculos recreativos y lugares de encuentro. El Círculo de Labradores, el Club Guerrita, La Perla y distintos establecimientos frecuentados por poetas, escritores, artistas y miembros de la vida cultural cordobesa convirtieron la calle en un verdadero salón urbano.
El entoldado recuperaba parcialmente aquella función. Bajo las lonas, Gondomar dejaba de ser únicamente una vía de circulación y volvía a parecerse a un espacio de estancia, paseo y conversación.
Esta dimensión social es fundamental. La sombra no sirve solamente para atravesar una calle con menos calor. Sirve para que las personas puedan permanecer en ella.
Una ciudad sin sombra expulsa al peatón. Una ciudad sombreada permite el paseo, el comercio, la conversación y la vida comunitaria.
Los toldos contemporáneos

El entoldado instalado desde comienzos del siglo XXI en Gondomar, Cruz Conde, Concepción, Jesús y María y otras vías del centro debe entenderse como la recuperación contemporánea de aquella tradición.
En 2002 comenzó una nueva etapa del entoldado de Gondomar mediante la colaboración entre el Ayuntamiento y los comerciantes. Posteriormente, el sistema se extendió a otras calles comerciales.
No era, sin embargo, la primera vez que Córdoba aplicaba esta solución. Las noticias de 1862 y 1872 y el artículo de 1966 muestran una continuidad histórica:
| Año | Lugar | Características |
|---|---|---|
| 1862 | Feria de Nuestra Señora de la Salud | Proyecto de entoldado de la calle formada por las tiendas de juguetes para proteger a comerciantes y visitantes del sol de junio. |
| 1868 | Calle Ambrosio de Morales | El arrendador de la fonda Rizzi entolda todo el tramo de la calle Ambrosio de Morales. |
| 1869 | Calle Arco Real | |
| 1872 | Calles de la Librería, San Fernando y Armas | Existían ya calles comerciales entoldadas y se proponía extender la solución progresivamente por el centro. |
| 1966 | Calle Conde de Gondomar | Entoldado total y uniforme financiado mediante aportaciones de los comerciantes de la calle. |
| 2002 | Calle Conde de Gondomar | Recuperación contemporánea del entoldado mediante la colaboración entre comerciantes y Ayuntamiento. |
| Siglo XXI | Gondomar, Cruz Conde, Concepción, Jesús y María y otras calles | Extensión de los itinerarios comerciales de sombra y consideración de los toldos como medida de adaptación climática. |
Una infraestructura sencilla, comercial y colectiva
La historia de los toldos cordobeses muestra que muchas de las respuestas frente al calor surgieron mediante la cooperación entre comerciantes, propietarios y autoridades.
El interés comercial y el interés urbano coincidían. Los comerciantes financiaban o promovían los toldos porque una calle fresca atraía compradores y aumentaba el tiempo de permanencia. La población obtenía a cambio un recorrido protegido y la ciudad conservaba actividad durante los meses más calurosos.
El entoldado constituye una infraestructura relativamente económica, reversible y adaptable. Puede instalarse durante el verano y retirarse cuando deja de ser necesario. También permite intervenir sobre calles históricas sin transformar de manera permanente su arquitectura.
Su principal limitación es que debe diseñarse correctamente. Las lonas necesitan soportes seguros, resistencia al viento, mantenimiento, separación suficiente de las fachadas y aberturas que permitan evacuar el aire caliente acumulado en la parte superior.
Los toldos no sustituyen al arbolado, porque no proporcionan evapotranspiración, biodiversidad ni todas las ventajas ambientales de los árboles. Tampoco sustituyen a la rehabilitación de los edificios. Pero permiten crear sombra inmediata en lugares donde plantar grandes ejemplares resulta difícil por la estrechez de la calle, la presencia de conducciones subterráneas o la protección patrimonial.
La experiencia histórica de Córdoba demuestra que el entoldado no debe considerarse una decoración estival. Es una infraestructura climática que la ciudad ha utilizado, olvidado y recuperado repetidamente durante más de siglo y medio.
Refugios climáticos y prevención sanitaria
La adaptación contemporánea ha incorporado una dimensión sanitaria inexistente en épocas anteriores.
Los servicios meteorológicos predicen los episodios extremos, las autoridades activan avisos, los centros sanitarios identifican a las personas vulnerables y se difunden recomendaciones sobre hidratación, horarios y exposición solar.
Córdoba dispone también de refugios climáticos y programas especiales para personas mayores durante el verano. Bibliotecas, centros cívicos, centros de mayores y otros edificios climatizados pueden actuar como lugares de protección temporal.[21]
El refugio climático institucionaliza algo que antiguamente se buscaba informalmente en patios, iglesias, fuentes, jardines, tabernas, cines o casas más frescas.
Lecciones para la Córdoba del futuro
La experiencia histórica cordobesa permite establecer varios principios para la adaptación futura:
- La primera defensa debe situarse fuera del edificio, mediante árboles, toldos, persianas, celosías y fachadas protegidas.
- La sombra debe considerarse una infraestructura urbana comparable al alumbrado, el pavimento o el saneamiento.
- Los patios, galerías y espacios intermedios siguen siendo útiles para ventilar y crear microclimas.
- Los edificios necesitan masa térmica, aislamiento y ventilación nocturna, además de climatización mecánica.
- El arbolado debe formar recorridos continuos y no limitarse a zonas ornamentales aisladas.
- El agua debe utilizarse de forma eficiente, priorizando sistemas de bajo consumo y recursos no potables cuando resulte posible.
- Los colegios, centros de mayores, paradas de transporte y recorridos peatonales deben recibir una protección prioritaria.
- La ciudad debe conservar y actualizar sus conocimientos tradicionales sin idealizar las privaciones del pasado.
- La climatización debe ser eficiente, accesible y compatible con una reducción de la demanda energética.
- La adaptación debe proteger especialmente a quienes viven solos, trabajan al aire libre o no pueden climatizar adecuadamente sus viviendas.
El futuro climático de Córdoba no parte de cero. La ciudad dispone de una memoria acumulada durante siglos.
Sus patios, muros, árboles, persianas, fuentes y toldos no son reliquias pintorescas. Son piezas de un conocimiento urbano que puede combinarse con nuevos materiales, energía solar, sensores, sistemas de alerta, rehabilitación energética y climatización eficiente.
La ciudad que mejor resista el calor no será necesariamente la que instale más aparatos, sino la que consiga que sus casas, calles, edificios y horarios vuelvan a trabajar conjuntamente.
Evolución histórica de las soluciones contra el calor
| Periodo | Problema principal | Soluciones predominantes | Alcance |
|---|---|---|---|
| Época romana | Abastecimiento, insolación y ventilación | Casas con patio, acueductos, cisternas, fuentes, termas y jardines | Doméstico y urbano |
| Periodo islámico | Calor prolongado y necesidad de agua para una gran ciudad | Patios interiores, qanats, pozos, albercas, acequias, baños, jardines, celosías y calles protegidas | Doméstico, palatino y urbano |
| Edad Moderna | Abastecimiento fragmentado y refrigeración doméstica | Veneros, fuentes, pozos, gruesos muros, encalado, persianas, toldos y traslado estacional entre habitaciones | Principalmente doméstico |
| Siglo XIX | Crecimiento urbano, higiene y escasez de agua | Alamedas, jardines públicos, fuentes, baños, Empresa de Aguas Potables y primeras redes modernas | Urbano y empresarial |
| 1928-1938 | Insuficiencia de los veneros | Embalse del Guadalmellato y municipalización del abastecimiento | Metropolitano y municipal |
| Décadas de 1940 y 1950 | Refrigeración de espacios públicos | Hielo industrial, ventiladores, cines de verano y primeros edificios con aire acondicionado | Comercial e institucional |
| Décadas de 1950 a 1970 | Expansión de nuevos barrios | Agua corriente, saneamiento, ventiladores y progresiva climatización de viviendas | Doméstico y urbano |
| Finales del siglo XX | Generalización del confort térmico | Frigoríficos, aire acondicionado, piscinas y climatización comercial | Masivo |
| Desde 2002 | Exposición solar de las calles comerciales | Toldos urbanos en el centro | Espacio público |
| Siglo XXI | Calor extremo, viviendas mal aisladas y población vulnerable | Rehabilitación energética, refugios climáticos, alertas sanitarias, arbolado, itinerarios de sombra y climatización eficiente | Urbano, sanitario y doméstico |
Conclusión
La historia de Córdoba puede leerse como una negociación permanente con el calor.
Durante siglos, la ciudad se protegió mediante soluciones pasivas: calles estrechas, muros gruesos, casas orientadas hacia patios, encalado, agua, plantas, persianas y toldos. La vida se desplazaba dentro de la vivienda y a lo largo del día siguiendo las zonas de sombra.
La modernización añadió capas sucesivas de seguridad. La iniciativa empresarial impulsó las primeras redes modernas de agua potable. La construcción pública del Guadalmellato permitió superar la dependencia de los veneros. La municipalización, Villa Azul y Emacsa garantizaron un servicio universal. El hielo, los ventiladores y el aire acondicionado transformaron después el confort doméstico y comercial.
Los cordobeses de épocas anteriores conocían mejor algunos mecanismos pasivos, pero disponían de muchos menos recursos y soportaban una vulnerabilidad mucho mayor. La nostalgia por los patios no debe ocultar la sed, el hacinamiento, el trabajo físico y la ausencia de refrigeración y atención sanitaria.
El reto del siglo XXI consiste en conservar todas las conquistas modernas y recuperar, al mismo tiempo, la inteligencia climática de la ciudad tradicional.
Córdoba no necesita elegir entre el patio y el aire acondicionado, entre el árbol y la tecnología o entre la memoria y la innovación. Necesita reunirlos en una nueva arquitectura urbana capaz de volver a domesticar el verano.
Véase también
Referencias
- ↑ AEMET: Valores climatológicos normales de Córdoba Aeropuerto, periodo 1981-2010
- ↑ Ayuntamiento de Córdoba: Qué son los patios
- ↑ UNESCO Urban Heritage Atlas: Historic Centre of Córdoba
- ↑ Pedro Domínguez Bascón: «La fonction microclimatique du patio dans la maison andalouse traditionnelle», L'Espace géographique, 1997
- ↑ Ricardo de Montis: «Capas y estufas», Notas cordobesas, volumen VIII, 1927
- ↑ Ricardo de Montis: «Las noches de verano», Notas cordobesas, volumen V, 1924
- ↑ Ricardo de Montis: Notas cordobesas, volumen VII, 1926
- ↑ Ricardo de Montis: «Árboles y jardines», Notas cordobesas, volumen VIII, 1927
- ↑ «Historia económica de Córdoba: la aventura de las aguas potables», Datta Capital, 16 de marzo de 2023
- ↑ Estatutos de la Sociedad Anónima Empresa de Aguas Potables de Córdoba, 1890
- ↑ «Historia económica de Córdoba: la aventura de las aguas potables», Datta Capital
- ↑ Confederación Hidrográfica del Guadalquivir: Historia
- ↑ Junta de Andalucía: Córdoba Califal. Año 1000, abastecimiento contemporáneo
- ↑ Emacsa: Historia del agua en Córdoba
- ↑ Jesús Cabrera: «Los refugios climáticos de nuestros padres y abuelos», La Voz de Córdoba, 12 de agosto de 2023
- ↑ Juan José Primo Jurado: «Los cines de verano. El caso de Córdoba», Revista PH, Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, 2026
- ↑ «Cuando las condiciones de habitabilidad de las viviendas se convierten en un problema por el calor extremo», Cordópolis, 11 de julio de 2026
- ↑ «Me parece bien», Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos, año XIII, número 3457, 20 de febrero de 1862, p. 3.
- ↑ «Que siga», Diario de Córdoba de comercio, industria, administración, noticias y avisos, año XXIII, número 6561, 3 de julio de 1872, p. 2.
- ↑ Marcelino Durán de Velilla, «La calle Gondomar, entoldada», sección «Glosario cordobés», 1 de agosto de 1966.
- ↑ Ayuntamiento de Córdoba: Refugios climáticos, verano de 2026
