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Los fósforos (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 07:21 9 mar 2026 de Aromeo (discusión | contribs.)
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La escasez de cajas de cerillas que, desde hace algún tiempo, se advierte en nuestra población, convierte los fósforos en nota de actualidad.

Los viejos evocan, con amargura, por estar ya muy lejanos, los tiempos en que se usaba la pajuela y los hombres previsores se proveen de yesca, pedernal y eslabón, o recurren nuevamente a los encendedores, como en los primeros años del monopolio de las cerillas. El uso de estas no es muy antiguo; nuestros abuelos recuerdan los primitivos fósforos, llamados de cartón, que se vendían en largas tiras, y las primeras cajas, muy toscas, que contenían un par de docenas de velillas, hechas de madera, con enormes cabezas encarnadas, las cuales, al encenderse, producían más humo que la chimenea de una fábrica de plomo.

En el transcurso del tiempo esta industria se fue mejorando hasta que se llegó a elaborar las verdaderas cerillas, denominadas así porque tenían la velilla de sebo y esperma, como las bujías, muy fáciles de encender, sin humo y de bastante duración. La repetida industria progresó notablemente en España; pocas eran las capitales y poblaciones importantes en que no había fábricas de fósforos y algunas como las de Moroder hermanos, Agustín Oisbert, la Viuda de Zaragüeta y otras adquirieron merecida fama.

También consiguió un buen nombre la instalada en Córdoba por don Eduardo Álvarez, con el título de Santa Matilde, próxima a la cual, en la Carrera de la Fuensanta, estableció otra, en menor escala, un laborioso industrial de origen italiano, don Alfonso Trócoli. Ambas, como otras muchas, desaparecieron cuando el Gobierno estableció el monopolio.

Los fabricantes de cerillas no sólo se cuidaron de elaborarlas bien, sino de presentarlas de un modo llamativo, y consiguieron que aumentara considerablemente el consumo, tanto por la bondad del producto, como por la novedad de su envoltura. Recurrieron al arte con el objeto de que decorase las cajas y dibujantes y poetas de categoría humilde pusieron a contribución su ingenio para el fin indicado.

Las primeras cajas ilustradas ostentaban los retratos de las personalidades que más sobresalieron en España durante aquella época: Espartero, Prim, Topete, Serrano, Méndez Núñez, bajo cuyos bustos aparecían inscripciones patrióticas, en prosa o verso. Un fabricante de fósforos obtuvo autorización para exornar sus cajas con el retrato de la Reina Isabel II, al pié del cual puso la siguiente quintilla:

"Y Doña Isabel II,
con sumo placer y gusto,
me permitió que en la funda
de mis cajas ¡oh profunda
bondad! pusiera su busto."

Sustituyeron en las cajas de cerillas a los retratos de hombres célebres las figuras más salientes de la guerra carlista, y a éstas, ingeniosas caricaturas; una de las que mayor éxito logró fue la de la famosa prestamista doña Baldomera Larra, que aparecía con una serpiente enroscada al cuello y, al pié, esta inscripción: "La madre de los pobres".

Apareció luego una larga serie de chascarrillos en acción que los muchachos empezaron a coleccionar, y algunos años más tarde los modestos artistas tuvieron una idea feliz: trasladar a estas el acertijo, el rompe cabezas, la charada y el anagrama que había puesto de moda un escritor cordobés, don Luis Maraver y Alfaro, publicando un suplemento semanal del popularísimo periódico El Cencerro, dedicado exclusivamente a ellas.

El éxito de la innovación superó a las esperanzas; ya no eran los chiquillos solamente los que coleccionaban las estampas, sino bastantes personas mayores y muchas familias pasaban el rato en las veladas del invierno descifrando jeroglíficos. Pasó la moda de los rompecabezas y los reemplazaron los retratos de los toreros más famosos, las suertes del arte taurino y las cogidas de los diestros de renombre. Se recurrió también al asunto del bandolerismo, reproduciéndose los retratos de aquella legión de malhechores como José María el Tempranillo, Diego Corriente y los Siete Niños de Écija.

El Gobierno, al monopolizar la producción de cerillas fosfóricas, empeorando y encareciendo el artículo, dejó sin ocupación a varios modestos dibujantes. No sólo a los artistas perjudicó el monopolio, sino a una verdadera legión de desheredados de la fortuna que ganaban el sustento vendiendo fósforos, desde el famoso idiota Torrezno hasta el contrahecho Don José, más tarde aprendiz de barbero y vendedor de billetes de la Lotería.

Fábricas y Personajes Relacionados
Concepto Detalle
Santa Matilde Fundada por Eduardo Álvarez en Córdoba.
Alfonso Trócoli Industrial italiano con fábrica en la Carrera de la Fuensanta.
Luis Maraver y Alfaro Escritor cordobés, impulsor de los acertijos en El Cencerro.
El Cencerro Periódico cordobés que popularizó los jeroglíficos.

Referencias