La proclamación de Fernando VI en Córdoba fue el conjunto de ceremonias oficiales y festejos públicos organizados por la ciudad de Córdoba en noviembre de 1746 con motivo de la subida al trono de Fernando VI, sucesor de Felipe V.
La celebración tuvo como acto central el levantamiento y aclamación del Real Estandarte en nombre del nuevo monarca y estuvo acompañada de procesiones, iluminación de calles, música, fuegos artificiales, corridas de toros, máscaras alegóricas y festejos organizados por los distintos gremios cordobeses.
Una extensa relación impresa aquel mismo año en Córdoba con el título Leal aclamación, solemne pompa, festivos aplausos, con que la M. N. y M. L. ciudad de Córdoba celebró gozosa, consagró rendida, levantó obediente el Real Estandarte por el Rey y Señor D. Fernando Sexto... constituye una fuente excepcional para conocer tanto las celebraciones como la vida urbana y ceremonial de la Córdoba de mediados del siglo XVIII.[1]
Contexto
La muerte de Felipe V fue recibida en Córdoba con las correspondientes honras y exequias. Poco después llegó a la ciudad una Real Cédula expedida en el Buen Retiro el 26 de julio de 1746, por la que se ordenaba levantar el Real Pendón y aclamar como rey y legítimo señor a Fernando VI.[1]
El Ayuntamiento de Córdoba acordó ejecutar la orden y nombró una comisión encargada de preparar las fiestas. Entre los responsables figuraban Francisco José de las Infantas, Fernando de Pineda y de las Infantas, Martín González de Guiral y Concha, Juan de Figueroa Tercero y Córdoba, Martín Fernández de Vera, Juan Ramírez de Alcalá y Francisco Bruno de Valenzuela.[1]
La proclamación debía contar igualmente con la participación del Cabildo Catedralicio, el obispo, el clero, la nobleza urbana y el Tribunal de la Inquisición, cuya sede se encontraba entonces en los Reales Alcázares.
Para solicitar formalmente la colaboración del Cabildo eclesiástico fueron designados Pedro de Ochaneja Fernández de Córdoba y Figueroa, Antonio Fajardo Guzmán y Cárdenas y Juan Roldán de la Nava. El Cabildo respondió nombrando como representantes a José de Navas, maestrescuela y canónigo, y Pedro de la Quadra, prebendado.[1]
Preparativos
Las fiestas fueron anunciadas públicamente el 22 de octubre mediante clarines y timbales ante las Casas Capitulares. Los gremios fueron convocados para participar en la ornamentación de las calles y en los festejos. Unos se responsabilizaron de decorar el recorrido que debía seguir el Real Pendón, mientras otros prepararon fuegos artificiales, máscaras y espectáculos.[1]
La celebración estuvo condicionada inicialmente por unas intensas lluvias. La relación de 1746 afirma que las precipitaciones habían llegado a hacer prácticamente intransitables algunas calles y que el Ayuntamiento decidió retrasar algunos actos hasta que mejorase el tiempo.[1]
El 6 de noviembre amaneció finalmente con tiempo despejado.
6 de noviembre: iluminación y fuegos artificiales
La tarde del 6 de noviembre sirvió como gran introducción a la proclamación.
Las Casas Capitulares fueron adornadas con un dosel de terciopelo carmesí rematado con franjas de oro. Bajo él se colocaron retratos de Fernando VI y de la reina María Bárbara de Braganza. Las armas reales se dispusieron sobre el balcón municipal, mientras la fachada fue cubierta con tapices y numerosas hachas de cera.[1]
También fue profusamente decorada la residencia del alférez mayor de Córdoba, Joaquín Fernández de Córdoba Ponce de León Góngora y Acevedo, marqués de la Puebla de los Infantes, a quien correspondía tradicionalmente portar el Real Pendón.
Al llegar la noche la Plaza Mayor quedó convertida en el centro de los festejos. La relación describe más de quinientos balcones iluminados, así como las casas particulares de la ciudad cubiertas de luminarias.
En el centro de la plaza se construyó un gran castillo de fuegos artificiales. Hubo cohetes, bombas y numerosos artificios pirotécnicos. Entre los más espectaculares figuraron dos galeras artificiales provistas de cañones que simularon un combate naval en plena plaza.[1]
7 de noviembre: proclamación de Fernando VI
El 7 de noviembre tuvo lugar el principal acto institucional.
Las calles que debía recorrer el Real Estandarte fueron cubiertas de colgaduras, brocados, telas y diferentes arquitecturas efímeras levantadas por los gremios.
Hacia las dos de la tarde salió la comitiva desde las Casas Capitulares.
Abría la marcha una partida de soldados de caballería. Seguían clarines y timbales, ministros de justicia con sus varas, los porteros de la ciudad con mazas y armas de plata, los oficiales municipales, los jurados, escribanos, caballeros veinticuatro y numerosos representantes de la nobleza cordobesa.[1]
Cerraba inicialmente la comitiva Francisco José de las Infantas, vestido con garnacha de terciopelo negro y montado sobre un caballo blanco.
La comitiva se dirigió a la casa del alférez mayor, donde se encontraba expuesto el Real Pendón acompañado por cuatro Reyes de Armas.
Junto al alférez mayor participaron especialmente:
- Lope de Hoces, conde de Hornachuelos.
- Andrés Bañuelos Páez de Valenzuela, señor de Villaharta y del Montón y teniente de caballerizo de las Reales Caballerizas.
- José de Guzmán, teniente de Dragones del Regimiento de Extremadura.
- Luis Fernández de Córdoba, caballero de la Orden de Malta y hermano del alférez mayor.
El teniente de alférez mayor portaba el Real Estandarte vestido con peto, espaldar, morrión y brazaletes.
Bendición en la Catedral
La comitiva llegó a la Catedral de Córdoba por la Puerta del Perdón, mientras se producía un repique general de campanas.
Fue recibida por el obispo Miguel Vicente Cebrián y Agustín, vestido de pontifical, acompañado por el Cabildo Catedralicio, el clero y las cruces de las distintas parroquias de Córdoba.[1]
El Real Pendón fue llevado procesionalmente hasta el altar mayor mientras se cantaba el Te Deum. Allí fue bendecido por el obispo y devuelto al alférez mayor.
La Torre del Homenaje
Terminada la ceremonia religiosa, la comitiva se trasladó al Campo Santo y posteriormente a la Torre del Homenaje de los Reales Alcázares.
En lo alto de la torre se había construido un tablado. El alférez mayor subió acompañado por cuatro caballeros y recibió allí nuevamente el Estandarte.
Un Rey de Armas pidió silencio y el alférez mayor pronunció la tradicional proclamación:
- ¡Oíd, oíd, oíd! [...] ¡Castilla, Castilla, Castilla! Por el muy poderoso, esclarecido y católico Rey Don Fernando Sexto de este nombre, nuestro Señor...
Acto seguido tremoló el Real Estandarte mientras la multitud respondía con repetidos vivas al nuevo monarca.[1]
El acto fue contemplado por los miembros del Tribunal de la Inquisición, mientras el obispo y el Cabildo Catedralicio ocuparon un palenque levantado sobre los muros del jardín del Palacio Episcopal.
Proclamación en la Plaza Mayor
Desde los Reales Alcázares la comitiva se dirigió a la Plaza Mayor, donde la proclamación volvió a repetirse debido a que aquel espacio permitía la presencia de una multitud mucho mayor.
El cortejo continuó después por las principales calles y plazas de Córdoba antes de regresar a la residencia del alférez mayor.
La relación afirma que la procesión duró aproximadamente cuatro horas y que la afluencia fue tan grande que las calles estaban completamente ocupadas por vecinos y forasteros.[1]
8 de noviembre: corrida de toros
El 8 de noviembre la Plaza Mayor fue utilizada como coso taurino.
Balcones, ventanas y fachadas se cubrieron nuevamente con sedas, brocados, terciopelos, damascos y tafetanes. El Ayuntamiento y las principales instituciones ocuparon sus respectivos balcones y se instalaron tablados para el público.
Se lidiaron quince toros.
Participaron jinetes y toreros a pie. La relación destaca las suertes ejecutadas por los caballistas y afirma que, pese a los momentos de peligro, no se produjo ninguna desgracia grave.[1]
La corrida constituye un testimonio temprano de la importancia de las celebraciones taurinas dentro de las grandes fiestas públicas de la Córdoba del siglo XVIII.
9 de noviembre: la máscara de los artesanos
El 9 de noviembre correspondió el protagonismo a los maestros y oficiales de arquitectura, carpintería, tornería y sillería, que organizaron una extensa máscara o desfile alegórico.
La representación combinaba elementos jocosos con otros de carácter moral y político.
Entre los personajes figuraban el Engaño, el Tiempo, el Mal, la Mentira, la Codicia, la Riqueza, el Error, la Justicia, el Contento, el Bien, la Razón, la Verdad, la Voluntad y el Entendimiento.
Cada personaje llevaba una tarjeta con versos alusivos al nuevo rey.
La parte más espectacular de la máscara estuvo dedicada a las grandes obras de la Antigüedad. Aparecieron personajes representando a Vesta, Semíramis, Demetrio, Artemisia, Diana, Sesostris, Júpiter y Ptolomeo, asociados respectivamente a grandes monumentos y a las llamadas maravillas del mundo.
A ellas se añadió una octava maravilla española: Felipe II aparecía asociado al Monasterio de El Escorial, presentado como culminación de la arquitectura y del poder de la Monarquía española.[1]
También desfilaron representaciones de Vitruvio, Pitágoras, Avicena, Ptolomeo, Apeles, Séneca, David y Alfonso X el Sabio, vinculados simbólicamente con la arquitectura, aritmética, medicina, geografía, pintura, filosofía, música y astrología.
El desfile culminaba con un carro triunfal sobre el que una matrona representaba a Córdoba. La ciudad aparecía asociada a las virtudes de la justicia y la misericordia y rendía simbólicamente homenaje a Fernando VI.
El carro recorrió buena parte de las calles de Córdoba y dio dos vueltas a la Plaza Mayor.[1]
Grandes fuegos en la Plaza Mayor
Durante otra de las noches festivas, varios gremios vinculados al comercio de paños, lienzos, mercería, especias, lino y seda financiaron un enorme espectáculo pirotécnico en la Plaza Mayor.
Participaron tres capillas musicales: la de los religiosos agustinos, la del Real Cabildo de San Hipólito y la de San Pedro.
La fiesta comenzó con una mojiganga encabezada por un gigante y diferentes figuras que recorrieron la plaza.
Posteriormente se prendió un gran castillo de fuegos artificiales conectado mediante cuerdas con diferentes balcones. Uno de los artificios representaba un ángel que ascendía hasta la representación del monarca para entregarle simbólicamente el cetro y la corona.
Cuatro águilas imperiales incendiaron después las cuatro esquinas del castillo, que ardió progresivamente mientras se disparaban cohetes y otros artificios.
Según la relación, el espectáculo duró alrededor de dos horas.[1]
10 de noviembre: segunda corrida
Para el 10 de noviembre el Ayuntamiento había preparado otra corrida de quince toros.
Tres reses fueron lidiadas durante la mañana y las doce restantes por la tarde.
La concurrencia volvió a ser extraordinaria. La propia relación asegura que, pese a la gran capacidad de la Plaza Mayor, faltó espacio para todos los asistentes.
Los festejos incluyeron toros lidiados a caballo mediante lanzas y la intervención de diferentes lidiadores. Aunque se produjeron situaciones de peligro, el relato insiste nuevamente en que no hubo accidentes graves.[1]
El desfile de los plateros
El cierre de las celebraciones correspondió al gremio de plateros de Córdoba, que preparó una de las manifestaciones más complejas y espectaculares de toda la fiesta.
La máscara comenzaba con la representación de las distintas partes del mundo. Europa, Asia, África y América aparecían personificadas y declaraban mediante versos su adhesión al nuevo monarca.
Desfilaban después figuras mitológicas e históricas como Hércules, Alcmena, Túbal y Marco Marcelo. Estos dos últimos eran utilizados por la mentalidad histórica de la época para representar los orígenes antiguos de Córdoba.
Tras ellos marchaban cincuenta plateros, montados en caballos ricamente enjaezados. Vestían casacas negras, chupas de diferentes colores, galones, perlas, piezas de filigrana, plumajes y joyas y portaban hachas encendidas.[1]
El carro triunfal de la platería
La comitiva terminaba con un gran carro triunfal tirado por seis caballos y decorado en color carmesí y oro.
En la parte superior, bajo un pabellón de damasco carmesí, dos jóvenes representaban a Fernando VI y a María Bárbara de Braganza.
En otro nivel aparecía la personificación de España, portando una espada y las armas de los reinos.
Dos niños representaban la Misericordia y la Justicia, mientras otro personaje simbolizaba el Amor existente entre el rey y España.
En la parte inferior del carro viajaban ocho músicos. Violines, oboes y otros instrumentos acompañaban composiciones cantadas en honor del monarca.
Una de las coplas repetía:
- Viva, viva, nuestro Rey,
- para el bien universal.
Otra proclamaba:
- Viva, viva el gran Fernando,
- y la Bética Ciudad,
- y la Platería fiel,
- que ofrece esta lealtad festiva.
En la parte posterior del carro podía leerse:
- A Fernando y a María
- el corto obsequio que ves,
- le tributa el Cordobés
- Colegio de Platería.[1]
El cortejo recorrió las principales calles y plazas de Córdoba entre antorchas y luminarias.
Los gremios y la ciudad
Las fiestas de 1746 muestran el importante papel desempeñado por los gremios en la sociedad urbana cordobesa del siglo XVIII.
No fueron meros espectadores. Participaron activamente en la financiación, organización y ejecución de los festejos. Sedas, plateros, carpinteros, arquitectos, comerciantes y otros oficios utilizaron la proclamación para exhibir públicamente su capacidad económica, organización interna y prestigio social.
Las fachadas y calles se transformaron durante varios días mediante arquitecturas efímeras, tejidos, tapices, iluminación y construcciones destinadas exclusivamente a las celebraciones.
La fiesta convirtió así buena parte del centro de Córdoba en un enorme escenario político y ceremonial.
La imagen de Córdoba en 1746
La relación de la proclamación contiene también una extensa descripción de Córdoba.
La presenta situada junto a las faldas de Sierra Morena y rodeada en buena parte por el río Guadalquivir. Destaca la fertilidad de sus campos y huertas y señala como productos fundamentales de su territorio el pan, el vino y el aceite.
También concede especial importancia a los caballos cordobeses, célebres, según el autor, por su velocidad y brío hasta el punto de denominarlos poéticamente «hijos del viento».
El texto alaba igualmente sus templos, casas, murallas, torres y especialmente su Catedral.
Resulta también interesante la referencia al clima de la ciudad. El autor reconoce expresamente la fama del caluroso estío cordobés, aunque sostiene que los aires refrescados por la proximidad del Guadalquivir suavizaban sus efectos.[1]
La descripción mezcla información sobre la ciudad real con el habitual lenguaje laudatorio de las relaciones festivas barrocas.
Significado de la proclamación
La proclamación de Fernando VI permite conocer el funcionamiento ceremonial de la monarquía en la Córdoba del Antiguo Régimen.
El rey no necesitaba encontrarse físicamente en la ciudad. Su presencia era sustituida simbólicamente por el Real Pendón, los retratos reales, las armas de la Monarquía y las repetidas aclamaciones públicas.
Alrededor de estos símbolos se ordenaban los distintos cuerpos de la sociedad: Ayuntamiento, nobleza, Cabildo Catedralicio, clero, Inquisición, gremios, ejército y pueblo.
La sucesión al trono se convertía de esta manera en una celebración colectiva de varios días que reunía religión, política y fiesta popular.
La relación de 1746 permite además reconstruir aspectos muy concretos de la vida cotidiana: utilización de la Plaza Mayor como espacio de espectáculos, iluminación nocturna con cera, decoración de balcones, organización de los gremios, música pública, pirotecnia, corridas de toros, presencia de visitantes procedentes de fuera de Córdoba y utilización ceremonial de calles, plazas, Catedral y Reales Alcázares.
Fuente histórica
La principal fuente para conocer estos acontecimientos es la relación contemporánea:
- Leal aclamación, solemne pompa, festivos aplausos, con que la M. N. y M. L. ciudad de Córdoba celebró gozosa, consagró rendida, levantó obediente el Real Estandarte por el Rey y Señor D. Fernando Sexto de este nombre, cathólico, esclarecido, poderoso, ínclito, pío, justo, feliz, siempre augusto nuestro Señor.
Fue impresa en Córdoba en 1746, en la calle de la Librería, por Diego Valverde y Diego Rodríguez.
Además de documentar las ceremonias oficiales, constituye una fuente especialmente valiosa para estudiar el urbanismo festivo, los gremios, los espectáculos, la cultura política y la sociedad cordobesa de mediados del siglo XVIII.
Referencias
- ↑ 1,00 1,01 1,02 1,03 1,04 1,05 1,06 1,07 1,08 1,09 1,10 1,11 1,12 1,13 1,14 1,15 1,16 1,17 1,18 1,19 Leal aclamación, solemne pompa, festivos aplausos, con que la M. N. y M. L. ciudad de Córdoba celebró gozosa, consagró rendida, levantó obediente el Real Estandarte por el Rey y Señor D. Fernando Sexto de este nombre, cathólico, esclarecido, poderoso, ínclito, pío, justo, feliz, siempre augusto nuestro Señor, Córdoba, calle de la Librería, Diego Valverde y Diego Rodríguez, impresores, 1746. Ejemplar conservado en la Biblioteca Nacional de España.
Bibliografía
- Leal aclamación, solemne pompa, festivos aplausos, con que la M. N. y M. L. ciudad de Córdoba celebró gozosa, consagró rendida, levantó obediente el Real Estandarte por el Rey y Señor D. Fernando Sexto de este nombre, cathólico, esclarecido, poderoso, ínclito, pío, justo, feliz, siempre augusto nuestro Señor. Córdoba: Diego Valverde y Diego Rodríguez, impresores, 1746. Biblioteca Nacional de España.
