¡Qué extraordinaria animación producía en Córdoba, hace ya muchos años, la fiesta de San Rafael!
Desde su víspera notábase en todas las casas un movimiento inusitado, una febril actividad, que interrumpía la calma y el sociego [sic] característicos de nuestros hogares. Las mujeres preparaban los platos extraordinarios que habían de figurar, el día siguiente en la mesa; las frutas de sartén para obsequiar a los amigos; los fiambres con destino a las giras campestres. Los hombres disponían todos los pertrechos de caza, el frasco de la pólvora, la bolsa de la munición, la cartera de los mistos, el zurrón para transportar las piezas que cobraran, empleando la frase de los devotos de San Humberto. Los chiquillos saltaban de gozo ante la perspectiva de un día feliz, en que no irían a la escuela, sino al campo o a los paseos, a correr y a jugar cuanto se les antojara y en que sus familias les ofrecerían toda clase de golosinas con mano pródiga.
En las casas donde había algún Rafael, que eran casi todas, se extremaba la limpieza, se ponían en orden perfecto los muebles, se despojaba de sus fundas el estrado; se cubrían mesas y veladores con los tapetes de más lujo para recibir a las visitas y se llenaban los pintarrajeados azafates de dulces y las labradas botellas de vino y licores.
En las pastelerías del Socorro y de la Calle de la Plata y en las confiterías Suiza y de Castillo, una legión de operarios trabajaba sin descanso, durante el día y la noche, en la confección de ramilletes, tortas regadas y pastelones y apenas podían cumplir todos los encargos recibidos. Infinidad de mujeres pasaba también la noche en vela haciendo los sabrosos pestiños que, a la mañana siguiente, colocados en grandes lebrillos, habían de poner a la venta en las puertas de sus casas.
Los taberneros rellenaban las botas del oloroso Montilla y las tinajas de aguardiente para atender al extraordinario consumo del 24 de octubre. Al anochecer, las fachadas de muchos edificios lucían iluminaciones formadas por farolillos con cristales do colores y candilejas de aceite. La murga, la típica murga que ya ha desaparecido, compuesta de cuatro o cinco músicos viejos, a los que ni siquiera quedaba el compás, recorría los domicilios de los Rafaeles, obsequiándoles con inarmónicas serenatas, a cambio de las cuales obtenía unas miserables monedas de cobre o algunas copas de amílico.
El día del Arcángel Custodio de Córdoba la población parecía más alegre que de costumbre y la gente abandonaba el lecho antes que de ordinario. Muy temprano los hombres del pueblo invadían las tabernas de la Plaza de la Corredera y sus alrededores para celebrar con abundantes libaciones la fiesta de los cordobeses. Las viejas despenseras también acudían a los establecimientos citados para convidarse a medio café o una chicuela que les matara el gusanillo.
En los puestos de pestiños el público formaba largas colas. Las calles se convertían en verdaderas exposiciones de fuentes de dulce de todas clases. Apenas empezaba a clarear, innumerables familias, formando caravanas bulliciosas, dirigíanse a los lugares más pintorescos de la Sierra para echar una cana al aire, para guisar un perol, para correr una juerga con mucho canto y mucho bailoteo.
Las mujeres iban cargadas de cestas y talegos con las viandas, de sartenes y otros artefactos para condimentar la comida; los hombres, además de la indispensable bota del vino, llevaban los pertrechos de caza y la guitarra indispensable en estas giras y la gente menuda los canastos menos pesados y la soga para el columpio.
Al declinar la tarde, los caminos de la Arruzafa, del Brillante, del Arroyo de Pedroche, se convertían en animadísimos paseos, pues las personas que no habían podido abandonar la ciudad iban a esperar a los expedicionarios, que regresaban satisfechos, sin una nube de tristeza en el ánimo, sin una pena en el corazón, lanzando al viento sonoras carcajadas y sentidos cantares.
Por la noche, en las casas de los Rafaeles, se improvisaban, en su obsequio, veladas gratísimas y en las tabernas y en los cafés era extraordinaria la concurrencia de público. Apesar del gran consumo de bebidas alcohólicas no había que registrar sucesos desagradables, pues nadie osaba turbar con ellos el día más grande que tiene el año para los cordobeses.
Hasta los beodos impenitentes y camorristas respetaban la fiesta de San Rafael y aún no era extraño sorprender a Francisco Laín, arrodillado sobre su capa extendida a guisa de alfombra delante del Triunfo de la plaza de la Compañía, improvisando una original plegaria, en verso, al Arcángel de las alas de oro.
Por la Iglesia del Juramento desfilaban millares de fieles, durante todo el día, para elevar sus oraciones a nuestro Custodio, y en las funciones en su honor se destacaba en el centro del templo, como figura típica, la Chata de San Rafael, con sus mejores galas, una falda de antigua y crugiante [sic] seda, un pañolón de Manila de largos flecos y una mantilla de felpa tan antigua como la falda.
Allí, arrellanada en su enorme catrecillo, cualquiera la hubiese tomado por un personaje simbólico de la Córdoba popular que desapareció hace muchos años; por un recuerdo viviente de aquellos felices tiempos en que, sobre la puerta principal o el portón de casi todas las casas aparecia un azulejo o un cuadro con la imagen de nuestro Custodio; en que en ningún hogar faltaba la urna o el fanal, primorosamente adornados, con la efigie del bendito Arcángel y en que, hasta en las ruletas de los vendedores de chucherías se destacaba, entre las figuras de caramelo, una de gran tamaño representando un monumento a San Rafael.
De tal época procede un dibujo en el que un ingenioso artista, paisano nuestro, ausente de esta capital desde hace muchos años, en ocasión de haberse desarrollado la epidemia colérica en varias poblaciones de España, representó al San Rafael que corona la torre de la Catedral, con faja, chaqueta al hombro y sombrero cordobés, en actitud de acometer, navaja en mano, a un esqueleto armado de terrible guadaña, que simbolizaba el cólera. Debajo de las figuras aparecía esta inscripción: mientras yo esté aquí no entras.

